Borges no Brasil (Jorge Schwartz)

Confluencias e intercambios (Biagio D'Angelo)

Contemplación de los cuerpos (Luis Chueca)

Cinco segundos de horizonte (Mario Montalbetti)

El goce de la piel (Oswaldo Reynoso)

Hostos Review (Revista Hostosiana), por Claudia Salazar Jiménez

____________________________________________________________

El cuerpo o las cicatrices de la memoria

por Martín Rodríguez-Gaona

 

Luis Chueca
Contemplación de los cuerpos
Lima: Estruendomudo, 2005.

________________________________________________

Si bien toda manifestación artística puede entenderse como un acto de rebeldía frente al tiempo, de oposición a la muerte, son pocos los creadores que asumen ese llamado de forma explícita y excluyente. Como signo de profundos cambios en los discursos de una época, un temperamento elegíaco no es ya la norma, sobre todo desde el culto a la juventud instituido en los años sesenta. Luis Fernando Chueca, el poeta peruano de los últimos años que más fielmente se acoge a esta sensibilidad, ha sido, consecuentemente, uno de los escritores menos amables de clasificar, en las escasas y apretadas valoraciones de los censos poéticos generacionales. La contundencia y la limpidez de su cuarto libro, Contemplación de los cuerpos no sólo viene a confirmar la valía de su obra, sino que nos acerca a enfrentar asuntos de gran relevancia, prácticamente inéditos en las letras nacionales.

En Contemplación de los cuerpos Luis Fernando Chueca abandona los planteamientos míticos y la parca elocuencia retórica, que habían sido características de sus anteriores trabajos, para expandir su análisis acerca de la acción devastadora del tiempo sobre la materialidad humana. Y esta vez la ampliación llega mediante la exploración de la memoria, tanto en su faceta personal como colectiva. La historia, sus paradójicas y fragmentarias construcciones, la fragilidad del individuo y las limitaciones de la propia poesía, son algunos de los asuntos que aparecen en este contrapunto de textos y poemas, convocados desde el recuerdo como un exorcismo frente al dolor.

A diferencia de la mayor parte de los libros de poesía, Contemplación de los cuerpos no esconde la naturaleza eminentemente mental de su planteamiento. Sin embargo, el intelectualismo es un riesgo que el autor supera desde un inicio: “Imagino, a falta de precisión en el recuerdo”. Así, el sutil entramado de cantos y viñetas tiene como propósito ser emotivo, sin caer en el sentimentalismo. Este contrapunto entre poema y prosa refleja la alternancia entre la oposición y la aceptación de la muerte, y se manifiesta como un atinado recurso para recrear el vaivén emocional y cognitivo típico del duelo.

Y si uno de los filtros para alcanzar la temperatura emocional adecuada es la memoria, otro es el propio lenguaje. Frente al cincel del verso, que se rebela ante a lo efímero, que corta el tiempo con efectos plásticos y sonoros, en Contemplación de los cuerpos se impone la discursividad de la memoria, la narración serena, casi silenciosa, que explora en lo interior. Las palabras de este libro no buscan sorprender, ni ser memorables. La exposición es escueta, severa, las reflexiones son humildes. Con auténtica finura, el poeta nunca aspira a invadir el espacio del lector: no supone que su experiencia es más intensa o cierta con respecto al tema que se está exponiendo.

Tal actitud quizá responda al reconocimiento de que en todo sufrimiento existe una dimensión incomunicable. Sin embargo, la catarsis y la función terapéutica de la palabra requieren que el poeta emprenda un arreglo de cuentas con el pasado. Un pasado al que sólo puede enfrentarse mediante una exploración subjetiva y parcial, la que conecta a amigos y familiares con los desaparecidos de la Cantuta y las lejanas víctimas de Pompeya. Un recuento de individuos alguna vez únicos y ya indiferenciados por la muerte, a quienes nunca se les transforma en personajes, a quienes no se les reduce dibujándolos desde la empatía, permitiéndoseles su propia disidencia. Algo que se hace explícito en textos como “Stabat mater dolorosa” y aún con más claridad con el soldado mutilado que aparece en “Díptico”, instante en el que se recoge el “¿Dónde estábamos todos en el reino de la muerte?” que, ante la tragedia, se amplifica retóricamente desde los medios periodísticos.

La exploración de la memoria es, por lo tanto, un mecanismo consciente y reparador, propiciado, siguiendo la lección de Barthes, por el análisis de los vestigios de la ausencia: fotografías, pinturas y otros implementos desarrollados para sustituir el vacío. Pero, fuera de motivar un desfile que se corresponda a las desapariciones, Chueca, a través de este recurso, se coloca en un ángulo que lo aleja de la inmediatez del lirismo tradicional. Este distanciamiento se aprecia, consecuentemente, en los diversos planos empleados para retratar los recuerdos, y en la intromisión de su yo, si contadas veces protagonista, abiertamente antiheróico.

No es gratuito, entonces, que estas aparentes reflexiones en tono menor sean convocadas para desentrañar algunos de los episodios más duros del Perú republicano. Con valentía y humildad, Luis Fernando Chueca recuerda que el tiempo de la poesía no es el tiempo de la historia, pero aquella idea de José Ángel Valente, lejos de ser esgrimida como excusa, se convierte en una advertencia, en una guía que se dispone frente a los hechos que se pueden evocar y reconstruir artísticamente, más allá de ninguna obligación con la actualidad. La dimensión complementaria entre experiencia y conciencia, puede observarse en un poema como “Homo homini lupus”: nada asegura, pese al ejercicio de la voluntad y las buenas intenciones, que la respuesta que se ensaya sea la adecuada.

Aunque este libro no pretende hallar conclusiones, fuera del propio ejercicio de la poesía, Contemplación de los cuerpos contribuye a recordarnos que todo análisis de lo humano termina por exhibir la descomposición y la desaparición propias de una naturaleza efímera. Las imágenes y la violencia que se marcan en la psiquis son nuestras cicatrices: una herencia desafortunada e irrenunciable que asoma tras la experiencia, pero que también entrega pequeñas alternativas (al menos a los supervivientes, al menos en lo artístico). El dolor y la muerte son experiencias reales y, por lo mismo, definibles, abarcables y, en alguna medida, factibles de superación

 

© Martín Rodríguez-Gaona, 2005

__________________________________________________
Para citar este documento: http://www.elhablador.com/resena9_3.htm
home / página 1 de 1
_____________________________________________________________________________________________________________________________________________________
contacto | quiénes somos | colaboraciones | legal | libro de visitas | enlaces | © el hablador, 2003-2004 | ISSN: 1729-1763
:: Hosting provisto por Hosting Peru ::
Hosting