El arte de leer a García Márquez (Gloria Macedo)

Luna llena (Miguel Ángel Vallejo)

Kafka en el jardín (Jack Farfán)

Lo propio y lo ajeno (Rafael Ojeda)

Bonitas palabras (Alberto Villar)

Punto de fuga (Cynthia Campos)

El huevo de la iguana (Giancarlo Stagnaro)

"Seré millones". Eva Perón: melodrama, cuerpo y simulacro (Augusto Carhuayo)

Pelando la cebolla (Claudia Salazar)

 

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El llamado del desierto

por Giancarlo Stagnaro

 

Carlos Calderón Fajardo
El huevo de la iguana
Lima: Editorial San Marcos, 2007.

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Carlos Calderón Fajardo es uno de los escritores peruanos contemporáneos de mayor proyección de los últimos años en cuanto a variedad de temáticas. Sin relegarse a un género narrativo determinado, Calderón Fajardo ha venido practicando novela histórica (La conciencia de la plenitud) y policial (La conciencia del límite último), argumentos basados en experiencias de escritores (La última visita de William Burroughs) y novela social (El huevo de la iguana). 

Con esta copiosa producción, Calderón Fajardo no debería pasar desapercibido para la crítica literaria local; sin embargo, esto no ha ocurrido. Recientemente, y particularmente gracias a los premios internacionales en que ha participado, Calderón Fajardo viene cobrando notoriedad en el medio literario. En ese contexto, y a fin de alentar una revisión más detallada de su obra, ha practicado un reentré literario con El huevo de la iguana

Como el mismo Calderón Fajardo indica en las primeras páginas del libro, la primera parte de esta novela –denominada inicialmente La conquista de la maravilla– obtuvo el premio Gaviota Roja de novela en 1982. La editorial Mosca Azul la publicó en 1983 con el nombre Así es la pena en el paraíso, edición que ya no existe. A 25 años de obtener el premio, Calderón Fajardo nos presenta una historia muy rica en destinos encontrados que tiene como protagonista esencial la ciudad de Talara.  

El auge y la caída de esta urbe piurana abarcan uno de los capítulos más interesantes de la historia republicana contemporánea y son el leitmotiv de esta novela. Talara fue, durante casi cien años, centro de interés para la explotación petrolera en el desierto de La Brea y Pariñas. En 1914, la compañía inglesa Landon & Pacific Petroleum cedió los derechos de explotación a la International Petroleum Company (IPC), que los retuvo hasta la ocupación y posterior nacionalización de los campos petrolíferos por el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado en 1968. 

La primera parte de la novela, Así es la pena en el paraíso, describe los sucesos ocurridos en 1956. Así como en 1931, fecha de una de las primeras sublevaciones sindicales en la ciudad, se ha reprimido cruentamente una insurgencia encabezada por los dirigentes Farías y Zapata, cuyos cuerpos terminan sepultados en el desierto colindante con la ciudad. Ese mismo desierto –una huaca en la cosmovisión andina– formula un “llamado” a Anacleto Ancajima, maestro chamán de Las Huaringas, quien supuestamente debe velar para restablecer el equilibrio de poderes y fuerzas encontradas en Talara. Ancajima prevé, desde una prudente distancia, los acontecimientos que darán pie a la venganza de parte de los descendientes de los dirigentes fallecidos: Encarnación Zapata (alias La Maravilla) y Antonio Farías. 

A través de la narración de uno de los amigos de la pandilla de Farías, Edmundo Maldonado, la novela plantea un detenimiento en la vida cotidiana de Talara en la década de 1950. Como enclave transnacional, Talara es objeto de posesión por parte de la IPC. La Compañía, como se le llama en la novela, funciona a la manera de un panóptico, una gigantesca maquinaria opresiva que rige la vida de cada uno de sus habitantes y acapara las instituciones de Talara, explícita o implícitamente. Por ello, cuando Toño Farías renuncia a seguir yendo a clases, como los otros miembros de su pandilla, en verdad está renunciando a ser educado según el punto de vista de la Compañía.  

En esta entidad fantasmal pero omnipresente habita el mensaje de la máquina, del progreso y de la modernidad, pero, como hemos señalado, como un desquebrajamiento en el espacio natural y social de una comunidad peruana con su propio sistema de creencias, símbolos y maneras de entender la vida, muy diferentes a las concepciones occidentales o capitalistas. Y es que las acciones de la Compañía, aunque se aceptan con naturalidad, resultan a todas luces forzadas, como haciendo querer recordarle a la población quién ejerce el verdadero poder.  

La mentalidad de los lugareños se rige más bien por creencias mágico-religiosas, en contraposición al culto al tiempo y al capital social. Los muertos y los vivos cohabitan en el mismo espacio y en el mismo tiempo. Por eso, las viudas de Zapata y Farías ven las penas (los muertos) a cada instante, evocándolos mientras éstos les piden cosas, tareas pendientes que solucionar. O se aparecen de manera misteriosa, en forma de iguanas.  

La iguana es un animal de gran presencia en el desierto peruano. En términos simbólicos y totémicos, y dada su enorme capacidad de adaptación a los rigores del ambiente, para las antiguas culturas peruanas la iguana significa la constancia del cambio, pero también lo que permanece inmutable a pesar del transcurso del tiempo. Para los chamanes del norte del Perú, la iguana es una manifestación de la voluntad del desierto e incluso del designio inevitable.  

La presencia de las iguanas, al igual que la de Anacleto Ancajima, corre a la par de la crónica que hace Edmundo Maldonado sobre el año que cambió todo en Talara: 1956. Las secuencias de Así es la pena en el paraíso avizoran la confluencia final de distintas líneas narrativas que corren en paralelo. Por un lado, la historia del romance entre Encarnación y Toño, por otro las reflexiones y disquisiciones de Anacleto Ancajima, y finalmente la vida cotidiana de los obreros y trabajadores de Talara, que es retratada con detalle por Maldonado. Son reiterativas, eso sí, las alusiones al desierto, que en cierto punto de la historia pueden sobrecargar la lectura.  

Así, no deja de percibirse, a pesar de la opresión que ejerce la Compañía, cierto ambiente carnavalesco en Talara: desde la aparición de las Bim Bam Bum y el revuelo hormonal causado por esta banda de vedettes, hasta la celebración de fin de año que finalizó con el incendio de la Refinaría causado por Toño Farías. No por ello dejamos de mencionar los episodios concernientes a una descabellada premier cinematográfica en Talara (ocasionada por un beodo actor gringo) y el Carnaval de la Historia Universal, histérica y alucinada puesta en escena del padre de Edmundo, quien se volvió loco —con locura quijotesca— de tanta afición a las batallas y combates de la guerra mundial. 

En medio de toda esta parafernalia, la evolución de algunos personajes es llamativa. De Toño Farías, quien deja de lado su comportamiento rocanrolero y avieso para convertirse en un joven y letal instrumento de venganza. El más joven de los Farías siempre mantuvo, como hemos mencionado, una actitud de resentimiento por la muerte de su padre. Y encontró en la pandilla una suerte de hermandad y complicidad que no hallaba en su casa. En esta parte, El huevo de la iguana recoge las anécdotas y juegos de un grupo de amigos, a manera de iniciación sexual y sentimiental, actitudes que son muy caras a la l0iteratura peruana de la Generación del 50 en la representación de lo que conocemos como collera.  

Por otra parte, Encarnación Zapata se convierte en la contraparte de Farías y de la historia en sí. En tan solo un año, Zapata se convierte de niña en mujer. Ella llevará en su vientre no sólo al hijo de Toño, sino también al restaurador del equilibrio: un ser humano con apariencia de iguana negra. El desierto es el hogar de ambos, ya que, desplazados de la ciudad, deberán encontrar en los ensalmos de Ancajima la fuerza y el equilibrio necesarios para afrontar los cambios y el encargo de las penas de sus padres, que claman venganza.  

Finalmente, todo ese ambiente cargado, ridículo, calenturiento y ominoso a la vez, explota una noche de diciembre de 1956, cuando Toño Farías se infiltra en la Refinería para cumplir con su destino. Talara no volvería a ser la misma desde entonces. Edmundo Maldonado abandona Talara en pos de Lima, no sin llevar un huevo de iguana consigo.  

La historia de la ciudad también tendría otro vuelco con la instauración del gobierno militar de Juan Velasco Alvarado, que declara la ocupación de Talara como un asunto de interés nacional. Es el 3 de octubre de 1968 y las tropas peruanas ingresan a la ciudad. Es el Día de la Dignidad. Tres años más tarde, Talara es una ciudad abierta, regida por la empresa estatal Petroperú.  

De este modo, se inicia la segunda parte de El huevo de la iguana: Así es la alegría en el infierno. Desde su declaratoria como ciudad abierta, Talara ha visto ingresar a una cantidad ingente de migrantes, muchos de ellos procedentes de la Sierra norte del país. Al igual que el proceso y desborde ocurridos en Lima, ellos se instalan en los extramuros colindantes con el desierto. Desde ahí comienzan a reconfigurar el rostro urbano de Talara hasta nuestros días.  

Unos personajes se van, otros se quedan. Encarnación Zapata debió ocuparse de su hijo sola. Sin embargo, esa soledad la expuso a una serie de privaciones, que la obligaron a buscar oficio en la calle. Convertida en prostituta, Encarnación deberá aceptar en silencio los excesos y brutalidades de los hombres, mientras que su hijo, Toño, crecerá marcado por el odio al resto de los hombres, marcado largamente por las muertes de su abuelo y de su padre. 

En tanto, uno de los personajes que mayores cambios ha vivido en todo este tiempo es Edmundo Maldonado. La pregunta de la novela es también la pregunta por la identidad de Maldonado. A inicios de la década de 1980, es un periodista y escritor medianamente reconocido en el ambiente cultural limeño. Vive con una mujer que ha padecido la pobreza extrema en Lima. Sus historias se parecen en mucho, aunque a ella la domina un arduo sentimiento reivindicativo. Su postura comienza a radicalizarse y esto empieza a ser un inconveniente para la relación. Finalmente, ambos se separan y la mujer pasa a la clandestinidad, a formar parte de un movimiento subversivo. 

Justo en esos momentos, Maldonado recibe la visita de su amigo Germán Briceño, un talareño miembro de la pandilla de Toño Farías, quien se ha convertido en un ingeniero petrolero en Talara y se encuentra casado con una mujer de buena posición social. Briceño le propone a Maldonado volver a Talara. Como cosa casual, Maldonando confiesa que ha escuchado el llamado de su compañero desaparecido, Toño Farías, a través del huevo de la iguana que lleva consigo desde que salió de Talara. 

Otro que piensa regresar a Talara es Anacleto Ancajima. Tras haber cumplido sus funciones, regresa a las Huaringas con los demás maestros. Sin embargo, los años de tranquilidad y apaciguamiento en la región de las lagunas están a punto de concluir violentamente. Las primeras columnas subversivas incursionan en este territorio, azuzando a los campesinos sobre las supuestas “supercherías” de los curanderos. Pero Ancajima tiene otras razones de fuerza para volver a Talara: la penosa situación de Encarnación Zapata. Para ello no dudará en apelar a las artes oscuras para encargarse de quienes la sojuzgan. 

Nuevamente territorio de confluencias, esta segunda parte incide sobremanera en los cambios ocurridos en Talara luego de la nacionalización. La situación social de la ciudad en relación con otras partes del Perú es similar. Pobreza, exclusión social y un goce hedonista marcan el paisaje de la ciudad. Esta situación alcanza incluso a las familias “bien” de la ciudad, las que habitan en Punta Arenas, que son objeto de una dura crítica por parte de Maldonado. Calderón Fajardo se detiene por momentos a examinar las razones de esta crisis total en lo social, que finalmente desembocará en la violencia política y su contraparte, los afanes individualistas.  

El autor parece preguntarse si, en el fondo, el origen de todos estos males no reside en la desmedida ambición humana, que en su obsesión por modernizarse no quebró el orden natural de las cosas. Calderón Fajardo se hace esta pregunta a través del personaje que intenta restaurar el equilibrio de las cosas: Anacleto Ancajima. La respuesta sólo puede desatar inexorablemente las fuerzas de la naturaleza, que pugnan por encontrar el balance con el mundo humano y sus excesos. En tanto, el escritor, Maldonado, sólo puede hallar la redención escribiendo la novela de Talara. 

El huevo de la iguana es una novela sobre el destino y su inexorabilidad. Nadie puede escapar a él. Narrada con economía y puntualidad, aunque, como hemos señalado, con algunas reiteraciones, su deuda con lo mágico-maravilloso es innegable, así como con una tradición ancestral, como lo es el chamanismo del norte del Perú. En ese sentido, la fuerza de lo sagrado, a través de la huaca-desierto, ejerce una atracción especial, haciendo difícil dejar de sustraerse a ella. En sus páginas podemos hallar una poética del desierto, que, a pesar de que desde la ciudad se le imagina o esboza como un lugar muerto, el lugar de la no-vida, en esta enorme alegoría del Perú contemporáneo ocurre todo lo contrario: el desierto contiene lo esencial de la vida y hacia ella se dirige. Esta novela nos enseña a estar atentos a sus designios y señales.

 

© Giancarlo Stagnaro, 2008

 

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