Nº 19
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reseña    
Alberto Fuguet  
Aeropuertos
Santiago, Ed. Alfagura, 2010. 157 pp.
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Los aeropuertos equívocos

Las últimas entregas de Alberto Fuguet habían dejado de ser lo que, convencionalmente, llamamos literatura de ficción, para situarse más bien entre el relato testimonial y la biografía. Textos como Apuntes autistas, Missing o Mi cuerpo es una celda configuran un corpus literario más cercano a la serie documental que a lo estrictamente ficcional, como sí sucede con toda su producción anterior. En este sentido, una lectura plausible, aunque diferente, de estas obras podría advertir una intención textual del autor por narrarse a sí mismo desde ángulos disímiles a lo puramente biográfico. Esto se manifiesta con mayor fuerza en Missing: un libro que trata, en apariencia, de una investigación acerca del tío real de Fuguet, pero que, en el fondo, no es otra cosa que una búsqueda por comprender y, en cierta medida, reparar los propios conflictos personales del escritor. En el caso de Mi cuerpo es una celda considero que, si bien se intenta conferir total autonomía a la voz de Andrés Caicedo, esta manifiesta, a un nivel subtextual, una identificación evidente con los personajes típicos y el universo ficcional de Fuguet, convirtiéndolo de esta manera en vocero de un proyecto literario que implica la reunión de un conjunto de tópicos: el fracaso, la pérdida, la marginalidad social y emocional, la frustración que deviene en depresión obsesiva, la falta de conexión con el mundo y la realidad y, evidentemente, el autismo intelectual.

Sin alejarse de estos temas (se podría decir, más bien, que intensificándolos), Fuguet ha vuelto a la ficción desde los marcos concretos de la novela, esta vez bajo el título de Aeropuertos; escenario que, más allá del inicio y el final, no tiene mayor implicancia en el contenido. El libro cuenta la historia de Francisca y Álvaro, dos adolescentes de dieciséis años que, sin preverlo, se ven unidos para siempre por el súbito embarazo de ella. Pablo, como es llamado el hijo, nace y crece con su madre, pues Álvaro se desliga de la responsabilidad de cuidarlo y de su subvención económica; sin embargo, no desaparece por completo. A lo largo de su vida, Pablo experimenta la ausencia del padre y las peripecias de una madre torpe que se dedica por entero a su educación. Todo sobreviene en sufrimiento cuando Pablo llega a la adolescencia y se da cuenta de su desapego con el mundo por una falta de identidad y un padre que existe pero que aparenta no existir para él, un padre que es y no es al mismo tiempo, que no puede ser porque también él intenta buscar su propia identidad como sujeto.

Antes de ingresar al análisis de la novela, debo señalar que esta se encuentra muy por debajo de entregas como, por ejemplo, Cortos, o la ya señalada Missing, debido a una serie de deficiencias que detallaré más adelante. Se pueden observar, sin embargo, algunos aciertos, que, a mi modo de ver, no son otra cosa que reelaboraciones de aspectos típicos de la obra de Fuguet. Uno de ellos es el tratamiento de la carga intensiva en el relato mediante un ritmo narrativo que en ningún momento se agota o trastabilla. Otro es la utilización del testimonio, específicamente la carta o el video (que, en la novela, resulta admisible concebirla como un simple correo electrónico: la cinta que graba Pablo, dentro del soporte físico del libro, aparece por obvios motivos en formato de texto, y no en uno audiovisual, aunque se entiende la intención). Fuguet parece escribir esta historia desde el desgarro y es, precisamente, esta clase de artificios lo que realza con fuerza aquella intencionalidad dramática del texto. La carta que le escribe Álvaro a Francisca luego del nacimiento del niño, además de funcionar dentro de la lógica ficcional, puede leerse como el manifiesto de un individuo que empieza a conciliarse con el mundo tras la experiencia conflictiva. Una lectura similar podemos extraer sobre el final: Pablo se encuentra con su padre en el aeropuerto, nunca se han entendido, nunca uno se ha visto reflejado en el otro; sin embargo, algo empieza a ocurrir, algo entre los dos parece conectarse. En la despedida, Pablo llama “papá” a Álvaro, luego se marcha. La ofuscación emocional que ambos habían sufrido a lo largo de la historia comienza a atenuarse por intermedio del contacto, de una especie de comprensión del otro, lo que no implica de ninguna manera una disolución total de los problemas.

Por el otro lado, como ya he señalado, Aeropuertos es una novela fallida, que en su tentativa por dramatizar un acontecimiento (el embarazo prematuro y, sobre todo, no deseado) se excede al punto de generar una suma de desajustes a nivel de la estructura del texto, la cosmovisión de los personajes, el mundo que representa y los discursos utilizados. Para evitar extensiones innecesarias, expondré cada uno de estos aspectos.

  1. La estructura no se concreta adecuadamente pues los ejes focales de la narración no es tan del todo definidos: ¿de quién se habla al final, de Álvaro, de Francisca o de Pablo?, ¿quién resulta, en realidad, el motivo del relato? Una respuesta evidente sería Pablo. La novela, sin embargo, utiliza muchas de sus páginas para explicar al personaje de Álvaro, por ejemplo, o, en menor grado, a Francisca. ¿Por qué razón, desde la página 75 hasta la 101, se nos narra la vida del padre al margen de su vínculo con los otros dos protagonistas? Si la novela pretende contar la historia de un chico atormentado por la no-familia de la que procede, la escena de Álvaro en el baño con Carla, su ex novia, no tendría ninguna importancia o significado. En un libro tan corto, dedicar veinticinco páginas a referir un lazo amoroso que ya no existe entre ambos no resulta muy gratuito. Pero tampoco podemos decir que la novela se centra de forma unívoca en Álvaro o Francisca o, peor aún, en los tres.
    En esta línea, la estructura que maneja Fuguet perjudica a la historia principal. Dividido en fechas, cada parte manifiesta el estado de las cosas de ese momento: primero observamos el antes (1992); después, cuando Pablo tiene cinco años (1998); luego, se realiza un salto significativo hasta el 2006 (aunque solo para relatar los vínculos ya señalados de Álvaro con Carla y con su compañero de cuarto, un tipo llamado Blas); finalmente, la narración se restringe a los años 2007 y 2008, cuando Pablo tiene quince y dieciséis, respectivamente, y es un muchacho sumido en la depresión. El tránsito estructural producido entre la infancia y la adolescencia ocasiona un vacío en la historia que afecta la construcción de las situaciones y los personajes, sobre todo del propio Pablo.

  2. El personaje mejor delineado de la novela es Francisca (sin ser, por esto, la más interesante): desde el inicio observamos un tipo de mujer que, pese al correr del tiempo, se sigue manteniendo, aunque con distintos matices (lo que la vuelve creíble ante el lector). Con esto no quiero decir que se trate de un personaje plano, sino que la Francisca de 2008 resulta, a nuestros ojos, el desenvolvimiento natural y verosímil de la Francisca de 1992. Es decir, no es un personaje incoherente consigo mismo. Sin embargo, esta verosimilitud no se extiende, por ejemplo, al hijo, que vive en una depresión jamás fundamentada (ni siquiera para pensar en la típica inestabilidad de los adolescentes), deviniendo en un personaje un tanto excesivo y desmesurado, carente de un conflicto específico: pareciera que Pablo es depresivo por el solo hecho de venir de una familia disfuncional en la que la madre no es madre y el padre no existe más que como una imagen lejana, difusa y amarga.

  3. El mundo que representa Aeropuertos es el mundo que Fuguet nunca abandona: los desgarros en el sujeto, la marginación emocional, el fracaso y la visión derrotista o disidente. Su mundo es el de los perdedores, los que no forman parte, los que, de alguna manera, no están pero están. En el texto, esto es llevado al extremo. Todos, a excepción, aparentemente, de ese personaje secundario llamado Blas, son fracasados, conflictuados, disconformes. Ni siquiera Francisca se salva de este esquema. Desde Álvaro hasta Lucas, el personaje cinéfilo y fanático de Ian Curtis. Este aspecto crea una atmósfera densa que innecesariamente recarga la situación final de Pablo y sus problemas existenciales; además de restarle cierto efecto de autenticidad: el perfil del adolescente, en el fondo, no difiere demasiado de Álvaro, Francisca, Lucas o Roque, pues parecen ser personajes modelados bajo una misma plantilla.  

  4. Igual que en el punto anterior, los discursos utilizados por parte de los personajes (los diálogos conforman un gran segmento de la novela) están inscritos bajo un solo registro. No existe diferenciación en la voz de cada uno. Pablo refiere el mundo del mismo modo en que lo hace Álvaro, con la única diferencia que el primero es depresivo y un tanto arisco, y el segundo simplemente está ajeno a los intereses del resto. Ambos se consideran individuos distintos a la mayoría y lo enuncian a cada momento. Se encuentran al margen y la manera en que formulan su posición en la realidad resulta muy similar: siempre con el signo derrotista.

Al inicio señalé que Fuguet pareciera relatarse a sí mismo en sus últimos libros debido a que los temas que presenta, más allá de ser a estas alturas demasiado evidentes y reiterativos, reflejan una tendencia: la del tipo que se pierde y se aísla y que está en permanente lucha, resistiendo al mundo; de la misma forma en que Fuguet lo hace con su literatura y sus películas, un aspecto que él no ha dejado de repetir en sus entrevistas, casi obsesivamente, y, sobre todo, en sus textos no ficcionales. Fuguet, en este sentido, es de los escritores que siempre escriben el mismo libro; que posee, además, un proyecto literario que, al margen de su originalidad o falta de ella, sienta una posición coherente respecto al quehacer artístico. Aeropuertos, por ello, puede comprenderse como un desliz en la obra general del escritor chileno por todas las razones que he esbozado líneas atrás; sin embargo, no opaca lo ya alcanzado en otros libros ni muchos menos disminuye las expectativas por sus futuras entregas.   

 
 
© Juan Francisco Ugarte, 2011
 
 
Juan Francisco Ugarte: (Lima, Perú - 1988): Estudiante de Literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Paticipó como reseñista y editor en el proyecto virtual Porta9. Ha publicado textos de crítica literaria en revistas como Letras.S5 y El Hablador. Actualmente forma parte del comité editorial de esta revista. 
 
 
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Tengo todavia ese prejuicio con las peliculas made in chile. Aun asi vi Velodromo y la verdad me gusto mucho, mas bien muy interpretado. Asi tambien con algo de recelo leo tu reseña y me quedo con ella, siento que a pesar de ser breve das en el clavo. Felicitaciones. (la moraleja es para mi)
Comentado por: GVNyPuJXxqEEJpQ
 
 
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