Nº24
revista de literatura
 
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reseña    

Margarita García Robayo

 

El sonido de las olas (Tres novelas cortas)

Alfaguara, 2021, 279 pp.

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Todo en Latinoamérica es real. Si la literatura del siglo XX en adelante se encargó de mostrar el abanico de posibilidades que esa premisa ofrecía, hoy en día nos encontramos frente a una encrucijada. No hay hecho extraordinario ni historia conmovedora a la que motive someter al escrutinio de la comprobación. ¿Cuál sería la necesidad? Es tan posible lo fantástico como lo perverso. Puede pasar tanto lo bueno como lo malo (aunque lo segundo suele suceder con mayor frecuencia). Por lo tanto, se podría decir que la verosimilitud no es el mayor reto de la ficción latinoamericana contemporánea. Como lectores, estamos en búsqueda de nuevas experiencias. No basta con un libro que cuente con precisión positivista alguna crónica emotiva. Estamos hambrientos de novedad. Escuchar una nueva voz, explorar otras miradas. Encontrar un nuevo espejo que nos muestre la contradicción que somos y el laberinto que recorremos. Un espejo que nos refleje, sin condescendencia ni superioridad moral, aquellos rasgos grotescos que nos enfrenten con aquella belleza anómala que nos habita.

En ese sentido, El sonido de las olas, de la escritora Margarita García Robayo (Cartagena, 1980) es un libro, pero también un espejo vertical de tres cuerpos frente al cual nos contemplamos sin poder omitir ningún ángulo. Está conformado por tres novelas cortas que, si bien geográficamente se encuentran ubicadas en Colombia, literariamente reclaman un sitio dentro de la universalidad. La miríada de emociones que estos relatos evocan ayuda a establecer un pacto íntimo con el lector. Despiertan la ilusión de estar escuchando, con mediación de una voz narrativa en primera persona, algo real, en el pleno sentido de la palabra, no solo verdadero o verosímil. Los matices orales y el color local de las historias –transversales a todo el libro– nos proporcionan una cercanía casi íntima con la subjetividad de los personajes. Como lectores, acompañamos estas historias, escritas con un gran despliegue de talento, y nos sumergimos de lleno en este universo narrativo ácueo, profundo y tabú. Sin alternativa ni cautela, solo con la curiosidad que los grandes relatos son capaces de despertar. En suma, son historias que, si bien son narradas desde una realidad familiar y latinoamericana, conecta con lo más profundo de las emociones humanas y universales, como solo la buena literatura lo hace.

Hasta que pase un huracán es el relato que abre esta compilación y nos introduce al mundo narrativo de García Robayo: un abismo fronterizo que escinde la imagen paradisíaca del Caribe y la realidad detrás de la postal, experimentada de forma sensorial en esta nouvelle, leída cual cartel de advertencia. Allí donde hay un mar prístino también se encuentran olores nauseabundos: «Huele a frito, huele a ron, huele a ciénaga podrida, huele a pobre» (p. 35). Distancias insalvables y múltiples estructuras de violencia que corroen cualquier tipo de inocencia. La nouvelle cuenta la historia de los continuos intentos de una mujer por escapar de un estrato social que le resulta insoportable, una protagonista cuya voz no censura cuestiones como el arribismo, la ilegalidad y la manipulación.

Pese a los tintes trágicos que va adquiriendo la historia, esta no se percude con los códigos del melodrama. García Robayo demuestra una gran capacidad para crear personajes marginales que construyen sus propias reglas en medio de un entorno hostil. Su protagonista es un ser inconforme con su situación que, sin embargo, no delata una voz auto-complaciente mendigando empatía. Se afirma como una extranjera en su propia tierra, secuestrada por su propio desapego, una no-pertenencia que la perseguirá, frustrará sus planes y traicionará sus afectos. Su meta, como todo horizonte, se convierte en una línea imaginaria que se aleja conforme pasa el tiempo.

Con este relato, García Robayo propone una re-imaginación de la novela picaresca a través de la mirada de una persona que se percibe en el limbo: «Yo odiaba mi ciudad porque era bellísima y también feísima, y yo estaba en el medio. El medio era el peor lugar para estar: casi nadie salía del medio, en el medio vivía la gente insalvable; allí no se era tan pobre como para resignarse a ser pobre para siempre, entonces la vida se gastaba en el intento de escalar y redimirse» (p. 11). Se modela una voz que va describiendo lo asfixiante que resulta estar en un punto medio, en un permanente cliché imitativo, en lo wannabe. Con esto, la autora muestra ser plenamente consciente del lugar de narración, reflejando con inteligencia la cualidad de piso resbaloso que presenta el deseo de huida: uno busca salir de Latinoamérica sin que esta alguna vez salga de uno. En Hasta que pase un huracán, García Robayo abraza una narrativa de desarraigo crítico, desdeñoso, que reniega tanto de la utopía del mestizaje como del American dream y nos muestra sin recato aquello que pocas escrituras arriesgan a narrar en la actualidad.

Lo que no aprendí es la segunda novela del libro y la de mayor extensión. La historia se centra en Catalina, una niña de once años que vive con su familia en Cartagena de Indias a inicios de los años noventa. Propone un retrato vívido de la cotidianidad latinoamericana de la época, con muchos elementos que persisten (el clasismo, el racismo, la violencia sexual), los cuales replican las mismas dinámicas de exclusión hasta el día de hoy. La elección de la voz narrativa es el mayor acierto en esta novela: en el personaje de Catalina, confluyen la visión infantil junto a la intensidad emocional de alguien a punto de abandonar esta etapa.

Con esta novela, García Robayo se une a la tradición –aún corta, no obstante– de autoras hispanoamericanas que han construido entrañables personajes adolescentes con voz propia (de la talla de Rosa Chacel y Sara Gallardo). La autora capta la riqueza de un mundo interior plagado de primeras experiencias. De esta manera, la joven Catalina se embate entre la soledad que supone abandonar la infancia, la afirmación de su propia identidad y sus descubrimientos de un mundo adulto, violento y excluyente, del cual cada vez es más consciente. Con una mirada curiosa, y no por ello infantilizada ni ingenua, se nos narran episodios del convulso paisaje político colombiano sin que la narración se desvíe de lo principal: la relación de la protagonista con su familia, en particular, con su padre, una figura enigmática que va siendo develada por su hija entre el deslumbramiento y el misticismo. Es en esta relación que se abordan muchas verdades sobre el proceso de crecer, como el abandono de la idealización, la pérdida de la inocencia, la fijación de los roles de género y las distancias insalvables de las jerarquías de clase.

La reflexión en torno a esto se vuelve literal en la segunda parte de la novela, en donde García Robayo usa la autoficción como recurso narrativo y «explica» el origen de la novela. La narradora –una escritora que recuerda esta infancia muchos años después a modo de epílogo – ubica la noticia de la muerte de su padre como el momento germinal para la novela. Esta narradora, desde el exilio, busca reconstruir estas memorias con resultados infructuosos hasta que reflexiona: «Esa noche me dormí pensando que la memoria de una familia eran muchas, tantas como miembros que tuviera esa familia, tantas como secretos que se guardaran entre sí» (p. 225). Es en ese palimpsesto de memorias, debate autobiográfico y conflicto interior que la narradora reconstruye sus recuerdos y los ofrece, sin aspavientos, como uno de muchos, en sus propias palabras, como «un coro para nadie» (p. 209).

Finalmente, en Educación sexual, el tercer y último relato de esta compilación, García Robayo vuelve a sus lectores en cómplices de las infidencias de un grupo de chicas adolescentes mientras viven su último año de colegio. Una vez más, somos guiados a esta intimidad vedada, poco frecuentada por la literatura, por la voz de una protagonista singular. Una muchacha que observa la hipocresía de la sociedad que la rodea, y execra los discursos sobre la sexualidad en su institución. García Robayo, haciendo gala de un humor mordaz, denuncia la militancia de la castidad ejercida en los colegios católicos a través de la catequesis y la glamourización del sexismo. Al mismo tiempo, nos cuenta una historia de embrollos sentimentales y amistad entre amigas, la cual adquiere un tono sombrío a medida que el grupo experimenta en carne propia las consecuencias del doble rasero social en el que fueron educadas.

La riqueza de este relato reside en su capacidad para transmitir la subjetividad adolescente y su insolencia característica. Existe en la protagonista un desdén por las normas que conviven con una particular sensibilidad. Así, comienza a darse cuenta (y acompañamos, con la lectura, esta revelación) que su ciudad es una que se niega a verse como es: fracturada y hostil. Su voz recorre las afueras de una ciudad antiguamente amurallada (es Cartagena, pero bien podría ser Lima o Trujillo) que conserva no solo su trazo colonial sino un repudio por todo lo que viene de afuera como norma tácita.

Aquí, la mirada de la protagonista erige un yo distanciado de estos círculos concéntricos y endogámicos, escribiendo su historia en los márgenes. Dibuja una cartografía propia, ajena a «lo establecido», con una voz que busca escandalizar sin caer en el efectismo. Así, comenta sobre sus amigas: «La virgen le había dicho a Karina que el gordo Arias se la podía tirar por el culo. Dalia me lo confirmó después, por teléfono. Yo le dije está loca» (p. 249). O narra un episodio en un salón de clases: «Las películas del aborto debían ser el equivalente simbólico de los cuadros de El Bosco que habíamos visto en Arte, años atrás. El feto muerto y el vientre podrido eran, como el infierno, el resultado invariable de acostarse con un chico» (p. 266). Expone, así, una violencia tan extrema como latente, normalizada entre lo ridículo y edulcorado. Una violencia que forma parte de un sentido común rancio, cucufato. Cercano. Nuestro.

Todo en Latinoamérica es real, aunque haya cosas que prefiriéramos no sean ciertas. El sonido de las olas de Margarita García Robayo se blande ante nosotros como ese espejo incómodo en el que, de poder hacerlo, elegiríamos no mirarnos. Pero una vez comenzada la lectura, no hay opción. Y terminada esta, no hay arrepentimiento alguno. Solo la satisfacción de que la buena literatura, una vez más, se abre paso hacia nosotros y nos ofrece historias. En estas tres historias hay tres voces que, sin aspavientos, se dan al lector con credibilidad, para que en su humanidad reconozcamos la música en el ruido. Y sepamos contemplar la belleza de un océano en tormenta, las fisuras de un continente.

El sonido de las olas posee una narrativa que baña las orillas de su sociedad y la roe, la moldea a la mala. Captura el anhelo de la catástrofe transformadora, del mar infronterizo e inconmensurable que ofrece la posibilidad de diluir la soledad y que arremete rabiosamente contra las convenciones sociales que se erigen como dogmas, regodeándose en su impenetrabilidad e inmanencia, al mismo tiempo que delatan su fragilidad. Las historias de García Robayo y la voz de sus personajes socavan con furia estos pilares, recordándonos que, si bien todo en Latinoamérica es real, nada es, o puede ser, para siempre.

 
 
 
©Eliana Del Campo, 2022
 
 

Eliana Del Campo (Trujillo-Perú, 1993)
Escritora e investigadora. Estudió la Maestría en Estudios de Género en la PUCP. Licenciada en Turismo y Bachiller en Ciencias Sociales por la UNT. Ha publicado artículos en diversos medios culturales de La Libertad. Aparece en Relatos selectos, escritores y escritoras de La Libertad (Revuelta, 2020) y en la antología Cómo Narrarnos (Bicentenario de la Independencia del Perú, 2021). Fue ganadora del Concurso Nacional de Relatos Peruanos, organizado por Poliedro Estudio, en su edición 2021. Actualmente, escribe reseñas literarias para la revista El Hablador y dicta talleres sobre temas de literatura y género.

 
 
 
 
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