Desde hace algún tiempo, el nombre de Cristhian Briceño (Lima, 1986) se viene consolidando en la nómina conformada por los nombres de aquellos jóvenes escritores nacionales que han encontrado en la narrativa breve el mejor medio para dar a conocer la visión del mundo que los define. Haciendo uso de un estilo depurado y de recursos narrativos que, pese a su juventud, ha llegado a dominar con gran pericia, Briceño exhibe en Su seguro servidor (Seix Barral, 2021) una cosmovisión muy particular y que invita al lector a la reflexión.
Integrado por once relatos, entre extensos y breves, el libro propone temas variados, tales como el vacío existencial, la complejidad y ligereza de las relaciones humanas, las máscaras sociales, lo absurdo de los convencionalismos, la espuria noción de éxito que impera en el contexto moderno y la angustia generada por una moral religiosa que sigue determinando el desenvolvimiento vital de las personas.
A través de un lenguaje heterodoxo, en el que puede uno advertir la influencia de voces narrativas que en su momento emplearon autores como Anthony Burgess y Ray Bradbury —y la inclusión, inconsciente tal vez, de uno que otro elemento bukowskiano—, Briceño hace ostensible una mirada personalísima del mundo y de la realidad, y nos muestra que, desde su perspectiva, no existen realmente códigos de conducta que puedan ser calificados como correctos e incuestionables. Ello a raíz de que cada grupo humano determina los suyos dependiendo de las circunstancias que definan el contexto en el cual se desenvuelvan. De este modo, no existen verdades absolutas, sino únicamente prejuicios y pseudo certezas que cada comunidad arrastra desde tiempos lejanos (¿la muerte debe ser vista, realmente, como un acontecimiento trágico(1)?, ¿es el sexo un acto que merezca ser maniatado por aquella construcción social conocida con el nombre de «moral»?
En «Los versus», el primer cuento del libro, se expone, por ejemplo, el fracaso inexorable que trae como resultado la búsqueda de un sentido existencial. Dentro de los límites de un espacio configurado por elementos posmodernos y futuristas —que hacen un guiño a aquellos que Philip K. Dick incluía en sus mundos ficcionales—, el narrador, quien tiene a su cargo la educación de unos seres absurdos, extraños e indómitos a quienes llama los versus, llega a decir de aquellos: «pero si ya están perdidos en un sistema más grande da igual que lo estén en nuestro sistema imperceptible, subordinado, contenido por aquel otro sistema». Los versus, quienes se erigen como un símbolo del vacío existencial y de esa frivolidad característica de los tiempos modernos, representan para el narrador un peligro constante de superficialidad respecto al cual decide mantener su distancia, como si se tratara de una enfermedad de la que fácilmente podría contagiarse.
En «Los trabajos», un relato ambientado en un lugar dominado por una oscuridad perenne, el autor hace ostensible su reflexión en torno a la naturaleza humana. Al leer las líneas que lo conforman, un lector atento no podría dejar de plantearse las siguientes preguntas: ¿qué tan sostenible es la idea del hombre como bienhechor del otro?, ¿la preocupación por aquellos a quienes consideramos nuestros semejantes es una inclinación natural o es solo una concepción impuesta por nuestra necesidad de vivir en comunidad? Evocando a Saramago, el narrador de este relato utiliza los elementos «oscuridad» y «ceguera» como representaciones de la frivolidad, del individualismo y de la búsqueda vana de un poder terrenal que, visto con profundidad, no tiene mayor trascendencia. La interrogante medular que se nos plantea en este texto es qué tanto hemos llegado a aherrojar nuestro impulso natural de preeminencia en favor de la colectividad, la misma que se quiebra apenas entra en escena el instinto de supervivencia.
Otro relato que sobresale del conjunto por su gran poder reflexivo es «En el corazón de los sencillos». En él, el narrador toma como punto de partida de sus reflexiones una lectura peculiar y distinta de la que habitualmente se da a los relatos bíblicos. Desde dicha perspectiva, se deshace de aquella mirada religiosa que suele concebir aspectos como la fragilidad y la temperancia como cualidades demandadas por una divinidad que solo ampara al más débil y que rechaza del hombre el carácter de supremacía y el afán de superioridad(2):. De este modo, un personaje como Esaú se convierte en un arquetipo de perfección, mientras que Jacob, su hermano, pasa a ser la representación de la debilidad física y espiritual. Es así como este último desarrolla un sentimiento de animadversión hacia el primero, quien llega a erigirse como un personaje más digno de gracia al no pretender ser algo que no es (a diferencia de Jacob, quien lo envidia y reniega de su propia condición). Podría decirse que la supremacía de Esaú se constituye como una muestra paradigmática del superhombre nietzscheano que, a pesar de su naturaleza superior, no adolece de empatía o de bondad. Una perspectiva similar se hace presente en la parte en la que el narrador habla de los tres hombres crucificados en el Gólgota y en aquella que nos remite a la historia de David y Goliat. En la primera, el personaje que históricamente ha llegado a ser concebido como el «Mal Ladrón» es quien merecería realmente más mérito, debido a que evitó caer en la debilidad de la contrición y a que decidió morir aceptando la responsabilidad de sus pecados. De este modo, su falta de arrepentimiento lo habría llevado a no caer en la deshonra, pues el relato parece decirnos que no hay honor si se reniega de aquello que nos es inmanente (3). En la segunda, Goliat, quien por ser un guerrero fiero y colosal no tiene por qué adolecer de nobleza y de buenos sentimientos, es retratado como una víctima de la predestinación divina, ya que cae vencido por un David que solo pudo derrotarlo gracias a un hado celestial que, en el momento del enfrentamiento, lo habría llevado a hacer uso de su honda con una precisión y destreza inusuales. Un David que tiempo después, ya convertido en rey, se sumergirá en un estilo de vida marcado por un hedonismo y despotismo nada ejemplares.
Es así que este libro de Cristhian Briceño nos brinda, a través de cada uno de los relatos que lo conforman, la posibilidad de reflexionar en torno a temas diversos y significativos. Una reflexión a partir de lo absurdo que nos lleva a preguntarnos qué tanto conocemos realmente de la naturaleza humana, pues, tal y como anota en las líneas finales de «Una temporada en el invierno», tal vez la existencia no es otra cosa que «una farsa orquestada por una conciencia superior, diabólica y evasiva, una continuidad de eventos despiadados donde la perfección está invitada y nada puede salir mal».
____________
1 En Toraja, una región ubicada en Indonesia, la muerte de una persona adquiere un carácter festivo.
2 En su novela Demian, publicada en 1919, Herman Hesse muestra una reflexión similar. En ella, Caín es —debido a su fortaleza y determinación— concebido por el protagonista del relato como un personaje más digno de gracia y aprecio que el débil y sumiso Abel.
3 El hombre de los ojos hermosos, de Charles Bukowski, es un poema en el que también se puede notar esta concepción. En dicho texto, el sujeto lírico queda impresionado ante la belleza de un hombre consumido por el vicio del alcohol. Este, a pesar de los defectos que el común de las personas le imputa, se muestra ante el sujeto lírico como un ser mucho más auténtico y digno de aprecio, a diferencia de aquellos que han llegado a subyugar sus vidas a los convencionalismos sociales y que no pueden dejar de vivir en un mundo de apariencias y caretas.
|