Nº24
revista de literatura
 
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reseña    

Denisse Vega Farfán

 

Fiesta

Alastor Editores, 2021, 85 pp.

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En el medio local, junto a Valeria Román, Teresa Cabrera o María Belén Milla, Denisse Vega Farfán es una de las autoras que más ha contribuido a definir los derroteros de la escritura poética en los últimos años. Su obra, pese a su brevedad, constituye uno de los ejercicios más interesantes y sólidos de la última década. Vega Farfán es autora de los libros Una morada tras los reinos (2008), galardonado con el Premio Poesía Joven del Perú, y El primer asombro (2014), su trabajo más celebrado, así como de la plaqueta Hippocampus (2010). En un inicio, su praxis poética evidenciaba una asimilación inteligente de los recursos surrealistas, aunque unida a una indagación sobre la experiencia de la escritura misma y la búsqueda del ser de la poesía, convertido en un motivo central en su segundo libro. En él, Vega Farfán apuesta por una dicción elegante, que prioriza la búsqueda del término preciso, y un regusto por la imagen singular, en una poesía donde idea y ritmo coexisten en una tensión enriquecedora. En términos generales, la poesía de Vega Farfán no solo nombra la realidad, sino la discute, como una incisión que sirve para explorar los circuitos que conforman el universo. Así, consigue ser, por momentos, una indagación casi ontológica en la que predomina una voz poética reflexiva cuyo lenguaje envuelve el propósito de entender a través de la música del verso. La suya es una poesía que busca nombrar lo inexpresable. En su obra, se redefine de una manera singular y única el clásico binomio entre el sentido y el sonido propuesto por Valéry.

La ejecución de Fiesta significa un paso adelante en la trayectoria de la poeta. Este es un poemario que ausculta las posibilidades de superar la alienación moderna a través de un reencuentro con el entorno y con uno mismo. Con ese objetivo, propone un elogio de la naturaleza y de su potencia multiplicadora, que favorece una verdadera comunión con el otro y con uno mismo. La unidad de los seres humanos en la danza de la existencia constituye un antídoto contra la enajenación y la rutina en el mundo moderno. Esta poética se expresa mediante la reiteración del colectivo «nosotros» que, a veces, comparte el protagonismo con el yo lírico en varios textos: «Hemos retornado frente a él / sabiendo que no nos ofrece una respuesta, / solo el palimpsesto que dejan los barcos» (p. 29) o «No preguntamos nuestros nombres, / siempre damos uno tan errado como el que llevamos» (p. 67). Asimismo, se materializa al prestarle su voz a las criaturas asentadas en el paisaje costeño, por ejemplo, en «soy un alacrán / e impero sobre la arena» (p. 39), o al impostar la voz de algunos elementos del paisaje, como el mar: «Entra, la mudanza es indistinta. Todo para mí / es una misma costa como tu especie / con su pugna insalvable» (p. 17). En alguna medida, este es un libro de aprendizaje, que relata cómo la voz poética recupera su verdad sobre la existencia humana a través de la contemplación y del contacto con el terreno desolado de la playa, de los reflejos del amanecer, del olor que desprende el mar, y las criaturas que pueblan y circulan esos territorios extraños e incomprensibles para el habitante de la urbe, pero que esconden una certeza única, un mensaje de salvación: la vida revelada en su insólita potencia.

En una edición impecable, el conjunto presenta 21 poemas de extensión variada, entre los cuales se intercalan cuatro fotografías que fusionan, en la mayoría de estas, el paisaje costeño, escenario donde transcurre la acción poética, y el motivo de la fiesta, simbolizado en una bola de espejos. Tres de estas se presentan a doble página. Entre ellas, tal vez, la que mejor ilustre el motivo central del libro es aquella que presenta el mar iluminado de noche como si fuera el espacio donde transcurre una celebración, donde los concurrentes recuerdan con regocijo quiénes son realmente y a qué puede aspirar la vida humana. En alguna medida, estas imágenes ilustran la poética en juego en el conjunto y, de esa forma, realzan la importancia del entorno natural. En efecto, buena parte del libro puede leerse como un elogio de la costa y de la fauna que la habita. Este escenario no es solo el fondo sobre el que el yo poético discurre, sino, en algunos textos, adquiere voz propia y es representado como una fuente de sabiduría para el hombre: «Vacía tu equipaje. / Nada sirve. Todo lo corroo. / Junta una mano contra la otra; / es lo que tienes. / Con eso viniste, con eso te irás. No es poco» (p. 18).

En ese sentido, el epígrafe que abre el libro («A mis amigos en Chimbote») funciona como una llave maestra, ya que sintetiza los dos motivos centrales que recorren el libro. En primer lugar, la concepción de la naturaleza como un espacio dominado por las fuerzas de la vida, que posee un orden propio que subsiste sin necesidad del ser humano: «En la osamenta de un pelícano / han hecho su casa los protozoarios […] Todo ha sabido hacerse una patria / en el abandono» (p. 25). En segundo lugar, el aprendizaje del yo poético que anhela recuperar el secreto de la existencia manifiesto en los seres que lo rodean, que intenta comprender para ser y que involucra en su búsqueda a toda la especie. Lo aprendido solo adquiere sentido al ser compartido con los demás, los amigos, los otros seres desgajados que habitan en los laberintos de la metrópoli, que también buscan esclarecer su posición en el cosmos. Este motivo que subyace al primero desemboca en un acercamiento a la segunda persona: «Hay alguien a tu lado haciéndote confidencias / del personaje al que cada día renuncia / o eres tú que te quedaste hablando solo, / el amplificador de un gemido que se rehúsa a fundirse / con el sucio reflector del nuevo día» (p. 79).

El lenguaje de Fiesta se caracteriza por una retórica de gusto clásico vinculada a una confianza en el verbo. La suya es una poesía que surge a partir de la seguridad que ofrece creer en la existencia de un código poético, una forma singular de la palabra que se distingue del habla cotidiana: «Un alto en el festín, un reposo de herramientas, / una regeneración del músculo que asesta el lenguaje / contra la dureza de lo que huye» (p. 73). No obstante, en ciertos pasajes, se combinan varios registros: «Un arcoíris se extendía, lentamente, sobre la tímida cresta de las olas, aquella heladísima mañana de junio, pero esto no era sino el aceitoso vómito de alguna fábrica. ‘Se ve lindo’, dijiste, con ese sarcasmo que hábilmente sabes envolver con la prenatal inocencia de un manatí» (p. 47, cursivas mías). Pese a ello, predomina en el conjunto una valoración del concepto como medio para crear imágenes específicas y sumamente expresivas. Se busca, por ello, el término preciso para definir cada una de ellas: «Gusta el humo sembrar abrojos en piel joven» (p. 28) o «Un rizoma / anudándose bajo la noche / es lo que somos» (p. 61). Prueba de ello es el uso deliberado de palabras a veces vinculadas a la zoología o a la geografía del lugar como «isóptero», «manakines», «espín» o «ginkgo».

La búsqueda de una lengua «poética», sin embargo, no siempre concilia con la preservación del ritmo. Existen algunos casos específicos en los que el verso se estropea debido a esta tendencia: «cual alegato ocioso contra la grava del tiempo / pero suficiente para horadar entre la trápala» (p. 60, cursivas mías), «anisópteros de metálicas alturas» (p. 76, cursivas mías) o «Después de la fiesta hay un acúfeno insistiendo toda la madrugada» (p. 79, cursivas mías). En estos casos, la persistencia de un lenguaje distintivo, ajeno al coloquialismo, entra en conflicto con el flujo rítmico del verso. Se sacrifica la consistencia del ritmo —una de las fortalezas de la poesía de Vega Farfán—, lo que provoca disonancias que, en mi opinión, son producto más de cierta vacilación estética con respecto al lenguaje conveniente para el rumbo trazado por el libro que de una decisión deliberada. Pese a ello, estos casos son contados y no perjudican la totalidad del conjunto.

Este lenguaje predominante, en un buen grupo de poemas, se emplea para “narrar” o “describir” el entorno. Esta combinación, lejos de lo que pueda parecer, resulta sumamente eficaz y brinda algunos de los puntos más altos del libro. Por ejemplo, al poetizar el arribo a una isla, la voz poética entona: «Descendemos por el flanco más caliente de su cuerpo, / nuestros pies se calzan de pulverizadas conchas / que alguna vez oficiaron las ceremonias del mar. / Recorremos su calcárea piel hasta lo más alto de su lomo. / Desde aquí, la ciudad se ve tan a salvo de sí misma / que, por un instante, creemos que si la isla existe / es para obsequiarnos esta comisura de veteada esperanza» (p. 51, cursivas mías). La manera en que el espacio y los seres que lo habitan se convierten en un medio para reconocer las hendiduras de la naturaleza humana resulta uno de los aspectos más destacables del libro. En realidad, se puede afirmar que los poemas dedicados a observar ese paisaje constituyen uno de sus pilares. En esos casos, la mirada poética consigue atrapar no solo aquello que aparece ante sí, sino que la contemplación del entorno se convierte en parte de un aprendizaje sobre la propia sustancia humana: «Nadando hacia el desembarcadero la perdemos de vista. / Desde arriba somos tres heridas ya cerradas / que alguna vez intentaron despedazar en la arena» (p. 49).

A nivel de las figuras, existe un claro predominio de la metáfora: «¿Acaso no es esta isla un animal yaciente?» (p. 53), «Cambia del carmín al cinabrio / recibe de lleno el sol / sin el mínimo riesgo de una neoplasia» (p. 49) o «Palabras, no. / No necesito palabras / Estas que escribo no lo son, / no hay que confundirnos: / son percusiones» (p. 69). Esta figura es compatible con el lenguaje predominante en el libro. Sin embargo, el recurso que mejor se aprovecha es la prosopopeya o personificación, estrategia recurrente que les brinda una voz propia a las fuerzas que gobiernan los parajes que recorre el hablante lírico. En el mundo representado en los poemas, todo posee el don de la palabra. Así, en una reminiscencia romántica, el espacio abre la posibilidad de trascender las propias limitaciones y acceder a la comunión con las fuerzas que rigen la existencia.

Dentro del conjunto de poemas gobernados por este imaginario, destacan, por ejemplo, el bello «Alocución del mar», un texto que dialoga con la salutación al padre océano de Lautréamont: «A mí que no sé abrazar mis extremos / porque soy continuidad, albergue / de innumerables siniestros sin testigo / e inauditas transformaciones» (p. 17) o «A veces, no puedo evitar desbordarme / y me arrojo sobre lo predecible, / propicio catástrofes, / para luego recogerme aún más auspicioso» (p. 20). Otro texto, en que se representa la perspectiva de un animal es «Humo»: «Quisiera saber en lo que me he convertido / vadeando en estos gases todos estos años, / si alguna vez fui una garza que sabía bien la dirección, / leer los vientos favorables, distinguir el hedor de lo que se descompone» (p. 27). Este protagonismo de la naturaleza coincide con la alabanza de la energía vital que recorre ese mundo que se erige alejado de la ciudad.

En efecto, algunos animales son descritos a partir de su potencia para reproducirse y extenderse sobre el territorio, en contraposición a la vida urbana: «Cierto es que no estoy solo // Innúmeros alacranes se dispersan por esta planicie / como por los resumideros del mundo. […] Escuchen esta austera música / que en lo precario ha aprendido a sonar, / a hacer címbalos / de lo que desechan las ciudades. / Temibles somos / con nuestra hambre obscena / que no nos preocupamos en disimular. // Y en vez de morir / nos multiplicamos, / estiramos las lindes / de lo que se resiste a transformarse» (p. 42). La voz poética celebra esa potencia creadora que modifica el entorno y a los seres que lo circundan. Los habitantes de la naturaleza revelan en su propia forma y dinámica la verdad de la vida, mientras que la ciudad solo genera fatiga y muerte en los hombres: «Ella finge sometimiento, / como todos los dones de esta playa / ante la corrupción de los veraneantes» (p. 49, cursivas mías) o «Pequeños crustáceos / que resistieron la purga del mar / —resumidos ahora en un delicado banquete— / nos abren la ruta hacia estos plumíferos / que saben sostenerse —sin esfuerzo— en lo inestable, / mientras nosotros libramos una pugna / por aligerar el herrumbroso peso de nuestra humanidad» (p. 51, cursivas mías). Así, el mal o la falta se encuentra en los hombres. En efecto, son ellos mismos los responsables de su propia desgracia al no ser capaces de dominar esa pulsión de muerte que destruye a la naturaleza y, poco a poco, los condena a la extinción.

Asimismo, algunos de estos poemas sugieren la nostalgia por una integración en la vida natural o, por lo menos, por aproximarse a sus fuentes: «Camino hacia el muelle, la isla parece prescindir de objetivo, / es un seno níveo flotando firme en el añil arrullando los botes. / Un pescador se pone en pie alistando los anzuelos / mientras yo me marcho a casa» (p. 56). El yo lírico parece proponer que solo un acercamiento a la multiplicidad que puebla el cosmos se puede recuperar el auténtico propósito de la existencia humana. En ese sentido, es vital el contraste que se establece con la vida urbana, que aparece representado como el espacio de una sucia luminosidad.

De hecho, el día, la luz y la vida diaria son descritos en términos negativos: «transparencia hedionda / —blindaje de una normalidad—» (p. 60), «perversión de la claridad» (p. 60), «maloliente claridad» (p. 67) o «sucio reflector del nuevo día» (p. 79). La vida diaria consiste en un agotamiento constante que llena a los individuos de desolación y desesperanza, una corrosión que lentamente consume y amenaza el don de la vida: «los fundacionales mitos de esta ciudad / de la que nada conocemos sino hasta esta hora filosa / por la que caminamos procurando no resbalar y caer / en el hocico de alguna fiera gestada por nuestra mansedumbre» (p. 80, cursivas mías). En contraposición, la noche —en un giño a la poética romántica— invoca el despertar de las fuerzas que regeneran y revelan la realidad. La oscuridad constituye un espacio donde «hemos depuesto las armas, / agotado, luego de perseguir al asesino / masillado por nuestros propios dedos» (p. 53). Es precisamente la noche el momento en que surge la oportunidad de recuperar el ser: «Todo puede ser falible bajo este cielo de estaño, / menos la noche, la noche no se equivoca» (p. 59).

La fiesta a la que se refiere este poemario constituye justamente el momento en que el ser humano se recupera a sí mismo al entrar en contacto con las fuerzas de la naturaleza. En esa dirección, la recuperación de los secretos meandros de la vida supone la única posibilidad para contrarrestar los males de la modernidad: «He aquí el jolgorio / de no saber ya quién es quién, / de dónde procede el ritmo que nos logra fundir / en una misma, halógena marea / que estalla y se desborda» (p. 77). La verdadera fiesta consiste en integrarse nuevamente, así sea por un instante, a esa energía que circula como marea o viento, o en la forma de los animales que pueblan el desierto y que vencen a la muerte una y otra vez.

En ese sentido, como resultado de un aprendizaje que se ha nutrido de los sentidos, de la escucha y de la observación minuciosa, el recorrido de la voz poética propone el baile como una ética que advierte que la única realidad que se puede codiciar es el ahora en su mutación permanente: «Baila / antes que seamos solo cascajo, / una cifra, / una estadística en rojo» (p. 62) o «Y ya no eres tú el que baila conmigo, / he soltado tu mano deliberadamente. / No has puesto resistencia en el arrastre gravitacional de otras esferas; / lo celebro, / bailando con el nuevo estallido celeste que me toca» (p. 68). Vivir, entonces, es fluir como el mar, con la energía de una danza que lleva hacia lo inesperado y hacia la metamorfosis permanente, convertida en la descripción más certera de la existencia.

De esa forma, la escritura poética se convierte en el testimonio de la experiencia de volverse a encontrar al volcarse en lo ajeno. Solo al contactar con el ambiente que la rodea, lejos de la vida urbana, la voz poética puede asumir con honestidad la escritura. La poesía, en tal sentido, es también la oportunidad de aprisionar ese esclarecimiento y de reconocer que la salvación pasa por recuperar el sentido de la propia existencia: «Reconoce tu espacio, / baila desde tu lugar, / verás cómo la mínima loseta se ensancha / hasta revestir todo el salón» (p. 58). Entonces, la poesía constituye una forma de vida digna, ya que brinda la posibilidad de traducir en las palabras las potencias misteriosas que organizan la vida: «Y desde aquí escribo. / La poesía es una red enorme / rota por algún lado / por la furia de un balénido. // No la repares, me advierte, / por ese hueco es que cantamos, / por ese hueco es que te obsequio tu lenguaje» (p. 30, cursivas en el original). Ese espacio propio y ese lenguaje permiten que los hombres puedan volver a afirmar que, pese a todo, aún no serán derrotados, que ellos también son parte de esa energía que fluye sigilosa, pero que resiste, punza y se aferra a continuar: «Vamos hasta donde esa ciudad se muerde la cola, me retas. / ¿Acaso no estamos ya en el ácido lecho de sus entrañas?, te interpelo. / Sí, pero aún somos un bocado indigerible» (p. 80, cursivas en el original). Ese «bocado indigerible» frente a una urbe donde rige la «vigilia del predador» (p. 80) es, tal vez, una de las imágenes más potentes del poemario, un genuino canto que aboga por recuperar el sentido de la existencia humana, de lo que realmente significa estar vivo.

En síntesis, Fiesta de Denisse Vega Farfán propone una exploración del paisaje de la costa como una ruta para comprender el lugar que ocupa el hombre en el mundo y, tal vez más importante, para concebir qué merece, cuál es el sentido de habitar este planeta o cómo puede vivir dignamente. Frente al riesgo de la deshumanización, la poesía es representada como una experiencia de recogimiento y escucha de la vida que circula a través de los seres y espacios que rodean al hombre. La esperanza de recuperar la forma propia radica en escuchar y contemplar la verdad que brota de lo circundante. La palabra poética es un remedio que recoge una sabiduría imperecedera que permite que el ser humano se reintegre al cosmos. Por sus logros estéticos y por la claridad de su propuesta poética, Fiesta es un libro ejemplar y perdurable, un paso adelante en la sólida trayectoria de una poeta que se ha venido forjando un nombre con méritos propios.

 
©Lisandro Solís, 1983
 
 

Lisandro Solís (Lima-Perú, 1983)
Bachiller y licenciado en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Culmina el último ciclo de la Maestría de Literatura Hispanoamericana en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) y labora en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC).

 
 
 
 
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