Nº24
revista de literatura
 
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reseña    

Carmen Mc Evoy

 

La república agrietada

Crítica, 2021, 524 pp.

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La bibliografía de Carmen Mc Evoy es numerosa y ahora se amplía con la publicación de La república agrietada (Crítica, 2021), un libro de breves ensayos que se presenta a sí mismo como una bitácora de la pandemia pero que, sin dudas, es mucho más que eso. A partir de esta voluntad inicial de registrar los acontecimientos que jalonaron el 2020, se despliega otra intención, quizá la auténtica, de diagnosticar los males nacionales que son constantes en el tiempo y que explican de manera más o menos clara el deterioro de la sociedad y del Estado peruanos. Esta segunda dirección que asume el libro explicaría, en parte, la inclusión de textos de revisión histórica que buscan destacar distintos momentos de crisis que amenazaron la supervivencia del país, como el caudillismo posterior a la independencia, el abandono de funciones de Manuel Ignacio Prado durante la guerra con Chile, para conectarlos con situaciones más actuales, y por lo mismo más indignantes, como el escándalo del vacunagate. A través de esta secuencia de hechos, Mc Evoy establece un continuo proceso de degradación moral y de caos institucional que conduciría a cualquier lector a un profundo pesimismo sobre el porvenir. Sin embargo, lejos de detenerse en el papel de una observadora que, con perspectiva histórica, describe su trágico presente y lo conecta con el pasado, intenta encontrar una esperanza, una alternativa, una salida. Y he aquí que el libro encuentra por fin su lógica definitiva y su intención final: una propuesta política. La república agrietada es el intento de trazar un proyecto liberal que reivindique ciertos valores nacionales a partir de dos conceptos clave, el republicanismo y la ciudadanía.

Resulta pertinente intentar reconstruir el punto de partida de las reflexiones de Mc  Evoy. Los textos iniciales del libro son más bien íntimos y constituyen un ejercicio de memoria sobre los orígenes familiares de la autora y de sus vínculos comunales de la infancia. En ese sentido, destacan sobre todo dos breves ensayos titulados «Recuerdos de La Punta» e «Irlanda en el corazón». Este último explora el proceso histórico irlandés que estuvo marcado por luchas intestinas las cuales desembocaron, primero, en el protectorado inglés y, luego, en las rebeliones y represiones que se sucedieron constantemente por dicho dominio. La creciente violencia explica la inmigración de cientos de irlandeses al Perú y también la formación de una clara conciencia nacional que aspiraba a la independencia de su país. Ambos rasgos me parecen fundamentales por dos motivos. El primero está ligado a la influencia que ejerce sobre el ideal de modelo republicano que Mc Evoy elabora. Este se configura siempre en relación con la patria de origen, se nutre de ella e, incluso, por momentos, intenta ser su reflejo. Las penurias del pasado irlandés alimentan un proyecto que se presenta como garantía de «la libertad civil y religiosa así como iguales derechos y oportunidades para todos sus ciudadanos» (p. 128). El segundo motivo se refiere a la necesidad de construir una «patria chica» en la que asentarse y consolidarse. En ese sentido, La Punta se erige como un espacio casi mítico en el que se forma una comunidad, formada básicamente por otros inmigrantes –sobre todo italianos–, que establece lazos armoniosos y sin conflictos de ningún tipo entre sí. Forjadores de una nueva clase media, contribuyen en la transformación de un distrito que es el símbolo de la prosperidad lograda por el modelo de desarrollo leguiísta. Las largas descripciones de las festividades punteñas que relata Mc Evoy parecen confirmar esta idea. Aunque es evidente que ambos aspectos han pasado por el filtro de la escritura, que según Walter Ong reestructura la memoria, es posible afirmar que conforman la situación y condición desde las cuales Mc Evoy reflexiona y arma sus planteamientos en torno al Perú.

Como se señaló en la introducción de esta reseña, uno de los ejes de las reflexiones de Mc Evoy es el ideal republicano. Sin embargo, naturalmente, esta idea no aparece sin un contexto que la justifique. La pandemia entonces es el desencadenante que hace brotar la pus, como a fines del siglo XIX pudo serlo la guerra para González Prada. En el presente, los intereses subalternos de los políticos, la inoperancia de las instituciones, la corrupción de las autoridades –tanto las elegidas como las designadas–, la miseria moral de la mayor parte de la sociedad, todo ha quedado expuesto por la llegada de la COVID-19. La seguidilla de escándalos vinculados a las vacunas es solo un botón más en la larga muestra de hechos que demostrarían el fracaso del país y su inviabilidad. Ese es el panorama que nos plantea la autora y ante el cual sostiene, como respuesta, la reafirmación de los ideales republicanos como una alternativa que permitiría que el país recupere el control y el sentido de su destino. Esta propuesta se nutre de dos tradiciones republicanas bien definidas que tienen entre sí puntos de contacto: la peruana y la irlandesa. La primera se basa en la relectura de los liberales fundadores del país y en la revisión de sus acciones concretas que, en mayor o menor medida, construyeron el primer Estado nacional. En esa línea, destaca la figura de Sánchez Carrión, que surge en un momento crítico e inicia el debate que ataca la propuesta dominante de organizar una monarquía constitucional como modo de gobierno. De su pensamiento, Mc Evoy subraya la defensa cerrada que hace del orden republicano como el más ilustre de todos y el único que asegura la auténtica libertad. Este principio es fundamental porque, siempre de acuerdo con la lectura de la autora, permite construir ciudadanos e instituciones sólidas y funcionales (p. 166), a la vez que exige una decolonización cultural que modifique las costumbres sociales (p. 159).

Sobre esta base, Mc Evoy arma una tradición republicana que incluye a Manuel Pardo y Valentín Paniagua. En ambos casos, se destaca su apuesta política guiada por principios constitucionales que persiguen el perfeccionamiento y la consolidación del modelo republicano frente a situaciones previas caracterizadas más bien por «gobiernos autoritarios y corruptos» (p. 316). En el primer caso, reconstruye la trayectoria intelectual y política de Pardo. En ese sentido, valora positivamente su capacidad para organizar un partido político, el primero en la historia nacional, que logra abarcar la mayor parte del territorio del país y se impone práctica e ideológicamente al aparato político asociado al caudillismo militar, caracterizado por la prebenda, el clientelaje y el uso de la fuerza. Asimismo, se introduce en la formación intelectual del que sería el primer presidente civil e intenta establecer sus fuentes ideológicas y morales. Sobre este punto insiste Mc Evoy en que su radiografía prescinde de aspectos no relacionados con su formación espiritual:

Conviene advertir que hemos dejado de lado la explicación convencional que vincula esta resolución [la de ingresar a la lucha política] a la decisión del coronel José Balta, quien retira la consignación del guano a los nacionales. Creemos, desde otro punto de vista, que la originalidad de Pardo no reside únicamente en su esfuerzo por reinventar la política peruana, dotándola de nuevas formas y contenido, sino en su intento por delinear un derrotero inédito hacia el cual dirigir los pasos de sus conciudadanos. (p. 344)

Esta premisa le permite afirmar el terreno e iluminar aquello que le interesa: sus principios morales, afincados en la idea del deber inculcada por Felipe Pardo y Aliaga; sus convicciones ideológicas, vinculadas al «legado de los padres fundadores y [al] diálogo, la competencia y la apertura política como base de la democracia» (p. 344). En otro momento destaca su capacidad para vislumbrar la necesidad de implementar reformas que busquen «institucionalizar al país, es decir, establecer un pacto político interno» (p. 316) con el fin de insertarlo en una situación ventajosa en la nueva coyuntura mundial que se está gestando y que, de manera inevitable, lo afectará (p. 315).

En el caso de Paniagua, su lectura toma un rumbo muy similar. Al igual que Sánchez Carrión y Pardo, también el acciopopulista entra en escena en un contexto de desmoronamiento general. Tanto en 1982, a inicios del conflicto armado interno, como en el año 2000, al asumir la presidencia, Paniagua, destaca la autora, intentó siempre mantener y defender los cauces de la constitucionalidad. Ya sea llamando a la unidad de la república y sus instituciones a pesar de la dureza de la guerra, ya sea inaugurando una etapa nueva nacida de los escombros, su discurso y acto se orientaban por valores republicanos y democráticos. Otra demostración de esta orientación es su defensa de la necesidad de los partidos políticos y del rol de la prensa como catalizador de la opinión pública De este modo, «Paniagua se erige como un hombre de profundas convicciones. Él […] creía que el político, además de ser el responsable de definir los grandes objetivos nacionales, tenía como deber supremo el servicio al país. Así, ética, política y obviamente la búsqueda del bien común eran valores inseparables» (p. 314).

Queda bien clara la intención de Mc Evoy de construir una tradición republicana sobre la base de la ética, alineada a valores liberales que presenta como atemporales, y a una voluntad de hacer el bien frente al caos del presente. De ahí que afirme la necesidad de «reinventar una política nueva –ética, responsable y generosa» (p. 319). Estos planteamientos, sin embargo, por más esperanzadores y generosos que parezcan, encierran varios puntos cuestionables que aquí solo esbozaremos. Un primer aspecto por discutir es la idea misma de tradición, que supone cierta continuidad en el tiempo o, en todo caso, cierta recurrencia. En el caso peruano, la experiencia histórica revela que esta tradición es, por decir lo menos, bastante frágil. Las razones que explican esta interrupción sostenida del ideal liberal republicano, tal y como Mc Evoy lo presenta, se reducen a una dimensión moral que a todas luces resulta incompleta e insatisfactoria. Los apetitos personales de los políticos, la imposición de sus intereses particulares sobre el bien público y el impulso autoritario constituyen razones válidas, pero no las únicas. Limitar la explicación sobre la ruptura de los valores republicanos a una cuestión de conciencias y subjetividades, a una oposición entre personajes buenos y malos, anula otros posibles abordajes que podrían proporcionar un panorama más completo y menos interesado del fracaso del modelo republicano liberal. Un caso que ejemplifica estas afirmaciones es su evaluación de Manuel Pardo, que privilegia de manera excluyente su dimensión moral e intelectual en desmedro de otras posibles lecturas. Pardo es presentado como un personaje aislado de un grupo social específico, desconectado de cualquier interés de clase, casi como un monje obsesionado con un conjunto de ideales republicanos que motivaban su participación política. Una situación similar ocurre con la evaluación de la participación de la Marina en las elecciones de 1871-1872, en las que esta institución toma partido por el candidato civil. El análisis de esta parcialización se detiene solo en una apuesta constitucionalista y patriótica de los jefes de la armada y omite cualquier explicación distinta que las estrictamente éticas (p. 208).

Otro punto cuestionable es la insistencia de Mc Evoy en valorar la apuesta republicana solo en el plano del discurso. Las acciones solo se incorporan al análisis histórico y se valoran cuando están desligadas del ejercicio del poder político. Así, el ideal republicano es básicamente un conjunto de enunciados optimistas y esperanzadores sobre el futuro del país, sobre el proyecto que se quiere alcanzar, pero nunca es una práctica, una medida, una reforma concreta, nunca tiene resultados visibles y observables. Esta característica no sería un problema si el análisis de la autora se centrara solo en el plano ideológico o en el examen de ideólogos fundamentales como Sánchez Carrión, pero no es el caso. Las figuras de Pardo y Paniagua, una vez más, solo se valoran en la medida que enuncian discursos descontaminados de intereses partidarios y que no traen aparejados decisiones concretas, acciones asumidas y ejecutadas. El problema que acarrea esta perspectiva es que no responde a la pregunta fundamental de por qué los valores liberales republicanos nunca se consolidan en el Perú. Al personalizar la tradición republicana en dos o tres figuras resaltantes y al priorizar la lectura moral de la política, lo que resulta es una escena equívoca: los grupos que conforman la sociedad no son actores sino solo agentes pasivos que no tienen interés alguno en la cuestión pública y se dejan arrastrar por individualidades y moralidades autoritarias en algunos casos y del lado correcto de la historia en otros. El proyecto republicano peruano queda así huérfano de toda maquinaria social, como un canto hermoso que no se puede oír porque no se dirige a nadie. Este rasgo, además, nos permite criticar la perspectiva histórica que Mc Evoy parece asumir en estos ensayos. Para la autora, la historia es un conjunto de apuestas y decisiones individuales de sus protagonistas. Omite por completo que las circunstancias sociales y económicas también tienen un rol en el devenir de los sucesos. En ese sentido, es posible afirmar que, en estos ensayos, se apuntala una mirada positivista sobre la historia.

Para darle un vuelo romántico a su propuesta republicana, la autora da un paso arriesgado: el de la rebelión. A partir de la experiencia irlandesa, se intenta demostrar que la búsqueda de la libertad y la igualdad también puede llegar a buen puerto a través de la lucha frontal, a través del enfrentamiento abierto con los opresores. De hecho, se subrayan las reiteradas ocasiones en las que el pueblo irlandés se levanta «para defender su libertad injustamente arrebatada por el poder de la fuerza» (p.128) y la misma cantidad de veces que sufrió la represión más dura por parte del dominador inglés. Esta desesperada lucha por la libertad es interpretada como un impulso natural hacia el republicanismo por parte de los irlandeses, casi como una esencia que los define y que va de la mano con su fe católica. Esta apreciación se vincula con los postulados de Sánchez Carrión sobre la defensa de la república, en las que se señala que la «la tarea de todo buen ciudadano es “repeler con sus talentos y fuerzas físicas” los “proyectos ambiciosos de los enemigos domésticos” de la república» (p. 202). Esta idea es rematada por Mc Evoy con el discurso de Pardo luego del levantamiento que acabó con las vidas de los hermanos Gutiérrez en 1872, en las que se entiende que, aunque la obra del pueblo de Lima había sido brutal, había sido justa en el sentido de defender el orden y la ley (p. 214). Asimismo, la autora empareja el proceso emancipatorio irlandés, su organización estatal de acuerdo con el modelo republicano, la declaración de sus principios fundamentales que apuntaban a garantizar «la libertad civil y religiosa así como iguales derechos y oportunidades para todos sus ciudadanos» (p. 128), e incluso sus disputas intestinas por el poder, con la conformación de las repúblicas latinoamericanas y, por supuesto, de la peruana. Este esfuerzo por trazar un paralelo entre los procesos históricos de ambos países no considera dos aspectos imprescindibles: la idea de la unidad e igualdad irlandesa, más allá de sus diferencias, y la identificación de un enemigo común que impide lograr la libertad.

En efecto, el caso peruano presenta una diferencia fundamental con el irlandés que Mc Evoy soslaya en todo momento: la condición del indio. Si bien califica la situación de los irlandeses en el contexto europeo como la de «indios blancos» (p. 291), según lo que plantea Roger Casement, es evidente que existe un abismo entre ambas condiciones. Según esta lectura, el pueblo del norte de Europa se presenta como una unidad frente a la dominación inglesa, lo que fortalece una idea nacionalista en que la igualdad de todos los irlandeses es fundamental para construir su república. La fractura del Perú en relación con el indio no se resuelve de un modo similar. En ese sentido, llama la atención que Mc Evoy no preste ninguna atención a textos que discutan esta cuestión, ni que incluya, en su reflexión sobre el ideal republicano, una crítica a la élite dirigente que no pudo (o no le interesó) resolver este problema. Esta última afirmación nos conduce hacia otra limitación de este conjunto de ensayos. El enemigo de la libertad, de la igualdad, de la república en suma, siempre se personifica. En cierto momento es Gamarra; en otro, Prado; en un tercer momento, son los caudillos militares en su conjunto. De este modo, el análisis se detiene en el síntoma y, salvo variables culturales o idiosincráticas como el impulso autoritario, no considera otros aspectos estructurales.

El otro concepto vinculado a la propuesta de Mc Evoy que se mencionó en los primeros párrafos de esta reseña es el de ciudadanía. Los ciudadanos son fundamentales en el esquema republicano, porque, si bien son los principales beneficiarios de este –a través de la garantía de su desarrollo humano más pleno–, son los encargados de sostenerlo y defenderlo. La autora señala que cada ciudadano tiene un compromiso con el orden republicano peruano y que solo el cumplimiento de los deberes que este genera permite asegurar la supervivencia del país. Así, a pesar de las muestras de desprecio por las normas básicas de convivencia democrática, Mc Evoy saluda las muestras, escasas muestras al fin y al cabo, de desprendimiento personal y de entrega al cumplimiento del deber asumido. De este modo, lo que se prioriza es el ser buen ciudadano, en el sentido de hacer bien la función que se cumple en la sociedad –el trabajo, el ejercicio de un cargo, las acciones cotidianas– y buscar en todo momento el bien común, el interés público. Por supuesto, la defensa del orden republicano es otra de sus obligaciones. Los ciudadanos lo resguardan a través de los valores asociados a este, como la actitud democrática, la búsqueda de la máxima igualdad de oportunidades posible, entre otros, y también a través de la acción directa, tal y como se señaló párrafos antes.

Esta concepción del ciudadano que plantea Mc Evoy resalta de manera muy pertinente y necesaria en estos tiempos su dimensión moral. Sin embargo, es evidente que contempla a los ciudadanos como un todo homogéneo, sin tensiones de clase, de origen étnico, o de posiciones político-ideológicas. La ciudadanía del Perú no es igual a la de La Punta, el distrito que la autora describe tan idílicamente. Estas diferencias no pueden desaparecer bajo el manto del deber liberal republicano, así como tampoco se puede asumir que el nivel de responsabilidad es el mismo para todos los sectores sociales cuando es claro que existe una clase social dirigente que ha decidido y comandado los destinos de este país. Además, es curioso que Mc Evoy no problematice el concepto mismo de ciudadano, lo que toma especial relevancia cuando, históricamente, la marginación de amplios sectores, especialmente andinos y amazónicos, ha sido una constante. No es un dato menor que el Perú haya sido uno de los últimos países sudamericanos en universalizar el voto. ¿Es posible cuestionar el cumplimiento de deberes ciudadanos sin otorgar y asegurar la categoría como tal?

A partir de todas estas consideraciones, podemos concluir que La república agrietada constituye un examen del presente con el objetivo de analizarlo políticamente y ofrecer una propuesta de raigambre claramente liberal. Al igual que González Prada, Mc Evoy se subleva frente a la actualidad y busca ofrecer certezas. La diferencia está en que mientras González Prada apuesta por romper la normalidad a partir de posturas políticas y éticas que buscan reformar el sistema social, Mc Evoy lo hace solo desde el plano ético, pero sin romper el sistema. La mirada de la historiadora omite todo conflicto cuya índole no se vincule con la conciencia de los peruanos.

 
 
 
©Rómulo Torre Toro, 2022
 
 

Rómulo Torre Toro (Lima-Perú, 1987)
Estudió literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Actualmente se dedica a la docencia universitaria.

 
 
 
 
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