Nº24
revista de literatura
 
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reseña    

Francisco Izquierdo Quea

 

No hay más ciudad

Animal de invierno, 2021, 168 pp.

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Formas de salir de la isla

Elegir es tal vez el acto más recurrente y crucial del tránsito a la adultez. Elegimos constantemente: qué ideales mantenemos, las personas con quienes nos relacionamos, de quiénes nos alejamos, los anhelos a los que nos aferramos. Estas son elecciones trascendentes que se dan en un contexto social de cada vez mayor exigencia y presión, donde la obsolescencia funcional, laboral y/o académica se torna cada vez más sombría y asfixiante. La culpa va emergiendo ante cada decisión que en retrospectiva se percibe como errónea. ¿A quién acusar? ¿Hasta qué nivel es posible el lamento sin perderse del todo ante la marea de recriminaciones propias y ajenas?

Con pasajes que recuerdan mucho a la narrativa de Alejandro Zambra –con cierto humor pero sin caer en el constante sambenito de la sensiblería efectista de la narrativa peruana actual–, Francisco Izquierdo Quea (Lima, 1980) esboza un retrato de aquellas relaciones afectivas que evitan el agobio contemporáneo de la extrema individualización. Refleja cómo la amistad y el amor fungen de antídotos al fracaso insular, incluso en su rememoración, cuando ya todo está o parece perdido. No es casual que sus tres personajes sean jóvenes, Héctor incluido, entrando en la vida adulta. Para Izquierdo, es la adultez ese momento bisagra, cuando la independencia puede ser solo un espejismo y la felicidad una quimera, aunque posible, aún posible.

Vi lo del incendio. Lo mejor que puede hacer uno con ese tipo de noticias es cerrar el periódico y dejarlo de lado, o mejor, romperlo en dos. No hay que ceñirse a lo que pueda decir la prensa, no vale la pena. No vale la pena. Esa frase me la dijo Kurt alguna vez y yo sí que sé discernir entre lo que vale la pena y no. Se puede vivir bien así. (p. 11)

Cito las primeras líneas de la novela porque desde el inicio se plantea una disyuntiva primordial sobre la que se centrarán las decisiones de los personajes a lo largo del libro: qué vale la pena y qué no. De alguna u otra manera, van surgiendo algunas preguntas y reflexiones sobre dicha premisa desde la más rutinaria cotidianidad, como al momento de optar por quebrar un comportamiento que se ha tenido durante años. Un ejemplo de esto lo tenemos en el siguiente fragmento:

Tenemos miedo a nuestro dolor pero no a morir. Por alguna razón matamos y vemos morir pero no somos conscientes de esas muertes reflejadas en nosotros mismos. Intenté reflexionar sobre todo aquello pero no lo conseguí. A veces la presencia y la mirada de Telma terminaban por bloquearme. Déjalo, no pienses en eso, dijo ella. ¿Entonces?, pregunté. Ella sólo sonrió y continuó mirando las estrellas. (p. 28)

¿Vale la pena seguir intentando reflexionar sobre el dolor? La irrupción de la figura de la pareja interrumpe dicho devaneo. Son las personas las que irrumpen y modifican nuestras perspectivas, las ópticas desde las que uno se ve y retan también la forma como se concibe el mundo. Son ellas las que, con su presencia, ayudan a sobrellevar esos miedos, los fantasmas.

Tres son los protagonistas que a través de sus historias muestras distintas maneras de actuar sobre esa premisa: Germán, Claudia y Héctor. Chico, chica y gato. La primera voz que aparece es la de Héctor, un gato que desde su privilegiada condición de mascota va observando y controlando cada vez más lo que ocurre a su alrededor, moviéndose entre el complejo mundo de las relaciones humanas y el de sus pares. Poco a poco, es testigo de cómo ese primer ámbito, dominado por Germán y Claudia, empieza a quebrarse. Lejos de pretender que su mundo gatuno también sucumba, se obsesiona más por ese control, por ese ánimo de no perder su posición y cierto poder. Lo hace incluso con la nueva mascota de la casa sobre la cual ejerce la violencia como forma de coaccionarla:

Esa misma noche me deslicé hacia él, lo apreté del cuello inmovilizándolo y lo amenacé de muerte. Luego le dije vamos a hacer las cosas a mí manera, ¿de acuerdo? Yo mando en esta casa y no me importan tus privilegios. O lo tomas o te rompo las patas ahora mismo. Lo que tú quieras, lo que tú quieras, dijo él aterrado. Qué risa. Lo cierto es que a partir de este episodio todo cambió, y tratamos siempre de llevarnos bien. Hablábamos poco, compartíamos tiempo en la sala, e íbamos al jardín de vez en cuando. (p. 40)

Claudia, la dueña de Héctor, también tiene que lidiar con este tipo de contextos adversos, de posibles escenarios de frustración y pérdida. Por esto, en un tono más desenfadado y de rebeldía a la crianza conservadora bajo la que ha crecido, empieza a llevar una doble vida donde el control es ejercido desde lo corpóreo: «Si tengo que pensar en algún hecho que me encienda recuerdo ese momento, no el momento en que estaba con las chicas, sino ese episodio de mi vida, el sentirme deseada, el provocar y abrigar tanto placer» (p. 63).

La juventud se vuelve una suerte de licencia para arriesgar, para asumir una apuesta y controlar. Una vez más, aparece el control. A lo largo de todo su relato y las distintas etapas que atraviesa, la de Claudia es una historia por poder controlar los distintos aspectos de su vida donde siempre está lidiando con el secreto, el ocultamiento. Esta doble vida le supone un campo minado que, bajo control, le permite satisfacciones, pero que al estallar puede arrasarlo todo y llevarse consigo a todas las personas que le rodean.

Descontrol e incertidumbre son las características del relato de Germán y los aspectos en donde Izquierdo, al abordarlos, nos brinda sus mejores páginas. Es ahí donde se plasma mejor los desbordes emocionales de la juventud y un elemento clave: la amistad. A diferencia de los anteriores personajes, Germán, desde un inicio, se encuentra rodeado por amigos. No es casualidad que la universidad y las amistades adultas, con las aficiones más definidas, sean una defensa clave para los temores de fracasar y vivir. Una fe a la que se aferra a través de la nostalgia:

Esa fue la primera vez que conversamos entre los tres, algo que luego se hizo una práctica frecuente, natural. Era el momento y en esas circunstancias era necesario hallar puntos en común, empatías, nexos, y nosotros los teníamos. Pienso en eso y no puedo evitar sentir cierta nostalgia. Oh, aquella época. Tantas cosas he sacado en claro de aquella época, tantas otras me quedaron vedades, algo probablemente normal para un estudiante y su vida, una vida que solo puede sostenerse por los amigos, las experiencias y los proyectos hasta que estos últimos desaparecen. Hay otras cosas que terminan acentuándose en uno, la libertad, el desorden, los miedos. (p. 113)

Germán reflexiona sobre las relaciones que ganó y perdió, las que lo han llevado al momento trágico desde el que observa su vida ahora: lo que pudo hacer y lo que no, lo que estuvo en sus manos, las oportunidades que tuvo. Piensa en cómo los cantos de sirena empezaron a hacerse más fuertes atrayéndolo al abismo en el que se sumió mientras sus relaciones se erosionaban:

Luego las cosas se fueron al diablo. Poco a poco fui dejando de lado mis ideas de hacer cortos, filmaba cualquier cosa y dejé de escribir los posibles argumentos para un buen guion. Trabajé más en publicidad, un mundillo frívolo y agradable, de halagos y falsedades que deben ser vendidas como ciertas. (p. 132)

Hacia el final de la novela, una vez ocurrido el atentado de los amigos o examigos de Germán, y ya con la palabra devuelta a Héctor, el lector se va concientizando que no es posible discernir el momento exacto cuando las cosas se desviaron para los protagonistas hasta sumirlos en el agobio. Es una suma de eventos y factores sobre los cuales perdieron el control o tal vez nunca lo tuvieron del todo. Ese es tal vez el mayor aprendizaje sobre la adultez y sobre el cual la novela va adquiriendo sentido, ahondando en las consecuencias de cada elección, pero también en lo que hay detrás de cada decisión. ¿Cómo sobrellevar cada elección? ¿Cómo dejar de percibir la adultez como una etapa signada de forma unívoca por el miedo a fracasar? Las respuestas tal vez estén en las relaciones formadas. Vigentes o recordadas.

 

 
 
 
©Sebastián Uribe, 2022
 
 

Sebastián Uribe (Lima-Perú, 1992)
Ha publicado reseñas en el suplemento El Dominical del diario El Comercio (Perú), en portales web como Buensalvaje, El roommate, Solo tempestad y en El Hablador. Es Licenciado en Economía de la Universidad de Piura y licenciado de Administración de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En la actualidad, trabaja como especialista en políticas públicas, es coeditor en el blog de la revista El Hablador y prepara su primera novela.

 
 
 
 
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