" En esta reflexión intento comprender una propuesta que, desde la disidencia, explore la posibilidad o imposibilidad de sacar el discurso subalterno a flote utilizando la ficción como plataforma "

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Eltit y Spivak: dos visiones de la subalternidad

por Marcela Reyes

 

La ciudad colapsada es ya una ficción nominal. Solo el nombre de la ciudad permanece, porque todo lo demás ya se ha vendido en el amplio mercado. En la anarquía de la costumbre por la venta se ejecutan los últimos movimientos a viva voz, voceando la venta del vacío. 

(Diamela Eltit. El cuarto mundo: 116)

 

El problema de la comprensión y representación del sujeto subalterno, parecen tener como raíz la diferencia de lugares en los que se ubica. El sujeto, tomado como objeto de estudio y el del investigador, plantea un acercamiento a un amplio y heterogéneo espacio que abarca lo marginado o el resto de la ciudad. De allí que los intelectuales decidan —en contra de una hegemonía que circula por todas las áreas del conocimiento y la recepción— situarse en la disidencia. Pero también, los sujetos apartados o subalternos que están desplazados físicamente hacia los márgenes, y atrapados discursivamente dentro del concepto del “otro”.

En esta reflexión intento comprender una propuesta que, desde la disidencia, explore la posibilidad o imposibilidad de sacar el discurso subalterno a flote utilizando la ficción como plataforma. El Padre Mío de Diamela Eltit, publicado por primera vez en Chile (1989), el cual, como veremos más adelante, está construido como un texto híbrido en cuanto a género y posicionamiento de la autora. Dicho texto puede entenderse como la materialización en la ficción de lo que en la teoría pregunta Spivak Gayatri Chakravorti: “ ¿Puede hablar el sujeto subalterno?” (1998).

Ambos trabajos, tanto el de Eltit como el de Spivak, cada uno en su área, abordan un punto muy importante para las investigaciones que se hacen acerca de la subalternidad: el problema de la comprensión del sujeto subalterno, y la representación del discurso que —desde aquel lugar (la periferia)— se pueda generar.

Comenzaré por mostrar las implicaciones que tiene este deseo de representarlo, trabajadas por Spivak en el mencionado artículo; para luego hacer el análisis crítico del texto de Diamela Eltit.

La representación del sujeto subalterno es siempre política, y el propósito de representarlo tiene que ver con una postura también ideológica. Quien lo convoca —en ocasiones— se encuentra en el lugar del que cuestiona el orden establecido que lo ha marginado; por el contrario, ignorar al subalterno. De acuerdo a Spivak (1998: 181), al “representar” a un sujeto, el término puede ser entendido de dos maneras diferentes: a) en el campo de la práctica política, se trata de un sujeto que se siente con voz autorizada para “hablar por” otro que se piensa sin voz; b) en el campo cultural —y más específicamente artístico—, re-presentar supone una conciencia capaz de aprehender al sujeto subalterno y, a partir de esto construir un relato que le otorgue visibilidad. Sin embargo, lejos del intelectual, de hacer visible o audible al marginado, su gesto termina por abrir una paradoja que Spivak devela apoyándose en Foucault:

Puesto que “la persona que habla y actúa (...) es siempre una multiplicidad” no existe “intelectual teórico (...) <o> partido o (...) sindicato” que pueda representar “a aquellos que actúan y luchan” (Foucault 1977: 206). Pero ¿acaso aquellos que actúan y luchan son mudos, en oposición a los que actúan y hablan? (Spivak 1998:181)

Cuando el intelectual asume la posición de representante —en los dos sentidos explicados— da por sentados dos enunciados y una analogía entre ambos: un sujeto con voz versus uno sin voz, y, un sujeto que habla versus otro que actúa. Esta suposición es la cuestionada por Spivak; ya que teorizar, hablar y crear son también acciones; idea que ella aclara posteriormente. Ante esto propone dos cosas: 1) cuando se construye un discurso desde el sujeto subalterno, se debe estar consciente de encontrarse ejerciendo una “práctica” y de que ese discurso —si espera “hablar por” el subalterno— “es, más bien, un reemplazo contestatario así como una apropiación (un suplemento) de algo con lo que se debe empezar y que es artificial” (184); y 2) no advertir “que ‘se deje hablar al otro / otros', sino que [se convoque un] llamado al ‘otro por completo' (tout-autre, como opuesto al otro que se afirma a sí mismo) para ‘transmitir a modo de delirio esa voz interior que es la voz del otro en nosotros'” (208).

Las soluciones a las que llega Spivak nos permiten explicar el texto de Diamela Eltit como un intento —desde la ficción— de mostrar una manera diferente que el intelectual tiene de acercarse al tan problematizado “sujeto subalterno”.

El texto de Eltit consta de dos partes: la primera es la presentación que hace la autora a tres grabaciones del habla de un indigente en delirio tomadas durante tres años consecutivos en una de las zonas marginales de Santiago de Chile (1983, 1984 y 1985), y luego, transcritas para ser publicadas como El Padre Mío. Las transcripciones —que son denominadas “su primera habla, su segunda habla, y su tercera habla”— vienen a conformar la segunda parte del libro, las cuales dentro de una lógica editorial conformarían el cuerpo del texto. Sin embargo, este delirio es más propenso para un análisis clínico que literario, mi reflexión se centrará por lo tanto en el aporte que tiene éste, en cuanto gesto y acción de haberlo colocado como parte del texto.

Recordemos que según Spivak, una de las posibles soluciones ante los problemas surgidos a un intelectual, que tiene como intención representar de alguna manera al sujeto subalterno, es la de tomar conciencia de su posición frente al “otro”, aceptando que su discurso es un “reemplazo contestatario” y una “apropiación” artificial, proveniente de un lugar diferente al de dicho sujeto. La forma en que Diamela Eltit resuelve este problema, es la confesión ante el lector de su posición como sujeto de enunciación. Esto implica develar la intención ideológica del intelectual y su pertenencia a un campo cultural, para luego dejar al descubierto su incapacidad de acercarse a lo marginado desde otro lugar que no sea el de la ficción. Es por esto que su texto utiliza formas discursivas propias del testimonio, al mismo tiempo que muestra cómo reconstruye —a través de la ficción— cierta “tensión dramática” que encuentra presente en los residuos de la ciudad.

En un primer nivel, que toma en cuenta la forma cómo están conjugados los verbos y el contenido de la primera parte del texto, puede reconocerse un registro perteneciente al discurso del testimonio, Así comienza:

Conocí al Padre Mío en 1983, la artista visual Lotty Rosenfeld me acompañaba en una investigación en torno a la ciudad y los márgenes, investigación iniciada en 1980, y en la que habíamos pasado por múltiples hospederías, barrios prostibularios y diversas situaciones de vagabundaje que Lotty Rosenfeld iba documentando en video. (Eltit 2003: 9)

La primera palabra que utiliza Eltit en esta cita es: conocí. C laramente está haciendo referencia al repetido “yo lo vi, yo lo viví” que la sitúa en un lugar y momento específicos de la historia chilena, reforzados por los datos que nos da más adelante: 1983, 1984 y 1985 “en la Comuna de Conchalí” (Santiago de Chile) por “hospederías” y “barrios prostibularios”. Una vez mostrados los datos que la inscriben dentro de un contexto histórico nos deja leer su condición de investigadora; y, por lo tanto, su objeto de estudio: “los márgenes y las ciudades”; no sin dejar de aclarar la intención y posición ideológica que la mueven a tal investigación:

 

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