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Comparada
con las novelas que Mario Vargas Llosa había
publicado hasta entonces, El hablador (Barcelona,
Seix Barral, 1987) era en apariencia una obra secundaria.
No tenía el desbordante juego de tensiones que
soporta, y esconde, el orden cerrado de La ciudad
y los perros (1963). Ni el endemoniado tejido de
las historias y los tiempos de La Casa Verde
(1966); ni el asombro que generaba su mundo goyesco.
Tampoco nos producía el deslumbramiento de Conversación
en la Catedral (1969), en el que el diálogo
alcanzaba vida propia y se convertía en otro
de los personajes fantasmales de la novela. Ni era tampoco
esa saga fascinante de ecos bíblicos sobre la
grandeza, el fanatismo y terror que resonaban en La
guerra del fin del mundo (1981).
El
hablador
pertenece al otro grupo de las novelas de Vargas Llosa,
en las que el diestro narrador peruano no funda su bien
ganada fama internacional. Inclusive en algunas de sus
novelas ya encontramos antecedentes de ciertos aspectos
del texto citado. La presencia del mundo amazónico
ya estaba en una de las líneas narrativas de
La Casa Verde. La contemplación de su
propia escritura aparece en Historia de Mayta
(1984). El escamoteo de identidades y el testimonio
de su vida y su época, en más de una de
las novelas citadas.
Si
desconociéramos al autor del libro diríamos
que El hablador es una novela bien elaborada,
escrita por un narrador maduro en sus recursos expresivos
y que nos propone una anécdota más o menos
lineal, contada por dos narradores perfectamente definidos.
No están aquí las innovaciones técnicas,
ni el sutil entretejido de varias de sus obras anteriores.
Dos novelas importantes de la literatura de Hispanoamérica,
a las que podemos valorar no tanto como antecedente,
sino por su parentesco, ya habían abordado dos
aspectos esenciales de esta novela: Los pasos perdidos
de Carpentier, como viaje a los orígenes
del mundo americano, y Hombres de maíz
de Asturias, en el insólito ejercicio de meterse
debajo de la piel de un indio americano para mirar desde
adentro.
De
la lectura de los párrafos anteriores podríamos
deducir que El hablador es sólo una
narración circunstancial en la obra de Vargas
Llosa. Una lectura más profunda y realizada desde
otra perspectiva nos mostraría un perfil más
singular: la historia, cuya obsesión lo persiguiera
durante casi un cuarto de siglo, es la más completa
metáfora de la autocontemplación de Vargas
Llosa como novelista, y un profundo enjuiciamiento de
su propia arte narrativa.
Una
historia, dos historias
En
la sexta parte de esta novela, el narrador confiesa
que: “Desde mis frustrados intentos a comienzos
de los años sesenta de escribir una historia
sobre los habladores machiguengas, el tema había
seguido rondándome” (151). Y al final de
su libro, el autor señala los dos lugares de
redacción de su novela: Firenze en 1985 y Londres
en 1987. Allí está, por boca del propio
narrador ese lapso, antes citado, de alrededor de un
cuarto de siglo. El de El hablador es, como
vemos, uno de esos argumentos a los que un autor tarde
o temprano regresa. Es decir, de una obsesión
sino permanente, al menos perdurable. De ejemplos de
este tipo está llena la literatura. Uno de ellos,
indudablemente significativo para el autor peruano,
sería el de su amado Flaubert. Pero para tratar
de entender esta obsesión tal vez debamos recordar
la historia, las historias, que conforman El hablador.
En
la novela hay dos narradores: uno de ellos se identificaría
con el propio novelista y el otro sería un “hablador”,
un narrador ambulante de la tribu machiguenga. La intervención
de ambos narradores es clara y ordenada: a cada uno
de ellos le corresponde un capítulo o parte del
relato. Los relatos se alternan. El narrador “civilizado” abre y cierra el libro. Él narra las partes I,
II, IV, VI y VII; el machiguenga, las tres restantes.
Los relatos del “hablador” quedan entonces
enmarcados, no sólo por estar en medio de los
textos del “civilizado“, sino por el usual
juego de “cajas chinas” de la narrativa
de Vargas Llosa: el narrador blanco cuenta su historia,
pero en función del “hablador” machiguenga;
el indígena, en cambio, cuenta la historia de
los mitos, costumbres y creencias de él mismo
y de su propia gente, ignorante de la presencia del
otro narrador. El “civilizado” engloba al
machiguenga; éste, sólo a su propio mundo.
Un breve resumen del argumento figura en el párrafo
siguiente.
Durante
su estancia en Firenze, el narrador peruano descubre
una exposición de fotos sobre la tribu amazónica
machiguenga. Una de ellas reproduce, aunque de manera
confusa, la figura de un “hablador” rodeado
de gente de su tribu que lo escucha con extraordinaria
atención. Luego el mismo narrador evoca su amistad
con Saúl Zuratas, un condiscípulo universitario
a quien apodaban “Mascarita” por una mancha
oscura que le cubría la mitad de la cara y por
su cabello endiablado y pelirrojo, que recordaba un
escobillón. “Mascarita”, quien era
famoso por su fealdad, era hijo de un judío y
una criolla. Lentamente Saúl se va interesando
por la cultura aborigen y comienza a distanciarse del
narrador. Éste no lo ve más y después
se entera de que se había ido a Israel con su
padre, por quien sentía una gran veneración.
La narración se bifurca tres veces hacia el mundo
de los aborígenes y el “hablador”
nos cuenta sobre las luchas entre Tasurinchi, “creador
de todo lo existente” (81) y las pequeñas
divinidades y genios malignos. El discurso del “hablador”
está poblado de metamorfosis, leyendas, posesiones,
ceremonias mágicas, etc., sobre el trasfondo
de una selva maravillosa todavía incontaminada
por la llegada del hombre blanco. El narrador “civilizado”,
por su parte, evoca luego un viaje al territorio machiguenga
gracias a que en ese momento tenía a su cargo
un programa de televisión. Allí conoce
al matrimonio Schneil, que hace años vive en
la región. Ellos le brindan datos sobre aquellos
aborígenes, su estadio cultural muy primitivo
y el permanente traslado de un lado a otro, pero ninguno
lo conmueve tanto como la descripción que hacen
de un “hablador” muy molesto por la presencia
de los hombres blancos y a quien el narrador peruano
fácilmente identifica con Saúl Zuratas.
La novela se cierra con una ardiente noche de Firenze,
en la que el narrador confiesa que “seguiré
oyendo, cercano, sin pausas, inmemorial, a ese hablador
machiguenga” (235).
Los
dos discursos
A
diferencia de sus primeros textos, en El hablador
Vargas Llosa no juega con un lenguaje confuso. En esta
novela las dos historias están perfectamente
separadas. El hilo conductor de ambas narraciones es
claro y preciso, y no emplea enunciaciones caóticas,
discursos indirectos ni el fluir de la conciencia. Podríamos
atribuir esta característica a la madurez del
novelista a la que hicimos mención. Creo, sin
embargo, que el motivo es de otra índole: se
trataría del deseo del escritor de mostrarnos
con claridad la existencia de los discursos perfectamente
distinguibles y separables. Y, al mismo tiempo, de mostrarnos
la existencia de dos mundos que también presentan
esas profundas diferencias.
El discurso del narrador “civilizado” se
acerca bastante a la crónica. Los hechos que
allí figuran, tienen como marco una autobiografía
en apariencia real o, al menos, creíble. Estos
hechos transcurren en fechas precisas y sobre un marco
histórico determinado. El narrador evoca las
dictaduras de Odría y de Velasco Alvarado y la
restauración del régimen democrático
en Perú. Cuenta experiencias personales y la
evolución de sus creencias: sus lecturas, la
seducción y abandono del marxismo, su cambio
posterior. Si quisiéramos caracterizar este lenguaje
diríamos que es fundamentalmente analítico
y denotativo; su perspectiva
es la de la experiencia personal; el marco espacio temporal
es preciso y concreto; y su intención fluctúa
entre la autobiografía y el testimonio. La denominación
de crónica testimonial no sería del todo
inexacta en un intento de definirlo. En esta aproximación
a este discurso es necesario destacar la mirada que
el narrador posa sobre su propio ejercicio narrativo
y sobre el proceso de escritura de su novela.
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