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Este
esquema comparativo de las ciudades mexicanas y norteamericanas
guarda tanta riqueza que puede ser aprovechada en los
días actuales. Es sabido que la mayoría
de las ciudades norteamericanas siguen desiertas. Recientemente
ha sido publicada en México la novela Ciudades
desiertas, de José Augustín, en que
el personaje Elígio, extrañando la ausencia
del pueblo en las ciudades norteamericanas, se sorprende
con su limpieza, la belleza esterilizada de las calles.
“(...) Siempre hace falta aunque sea un buen perro;
muerto, claro, pudriéndose en la calle”.
(19) En
otro pasaje, Agustín vuelve a la ausencia de
pueblo en la ciudad: “Reiniciaran el camino y
llegaron a una zona que Susana desconocía. Por
allí absolutamente nadie caminaba en las calles,
pues sólo en torno a la universidad había
peatones, explicó Susana, y eso sólo estudiantes,
porque los demás toman el coche hasta para ir
al excusado”. (20)
A los personajes sólo les resta comprar un coche
porque en Estados Unidos, deducen Susana y Elígio,
si alguien quiere pasear el domingo y no tuviera un
coche queda fuera de circulación. (21)
Pero Erico Veríssimo está en México
y vive la experiencia del contacto con el pueblo en
todas las ciudades por donde pasa. Las calles de la
capital, afirma, son salas de visitas y comedores del
pueblo. “Aqui eles passam a maior parte do tempo,
aqui se encontram, conversam, se visitam e comem”.
(22) Los
domingos, los parques quedan coloridos y llenos de niños
y familias.
La
Plaza Garibaldi recibe una verdadera multitud a la noche.
El Tenampa (famoso y autorizado café) representa
el más bello recuerdo que alguien puede llevarse
de la música mexicana, de sus cantores: los mariachis.
Os
coiotes do Tenampa erguem para o ar os focinhos bronzeados,
uivam — ui... ui... ui... ui... — soluçam
ai... ai... ai... — guincham convulsivamente
e eu peço a Deus, numa conversinha particular,
que jamais permita que o México mude. Sim,
que progrida, enriqueça, resolva o problema
da miséria, o da fome, o da distribuição
das terras, mas que jamais perca o seu estilo, a sua
cor, o seu caráter. (23)
Así
se refiere Erico al pueblo mexicano encontrado en las
ciudades, sobre todo en la Ciudad de México.
Él guarda de su vivencia una rica imagen del
movimiento del pueblo en el espacio público y
registra lo inédito de su experiencia. En un
sentimiento de profunda admiración por el hombre
mexicano, Veríssimo nos habla de las imágenes
de personas, cosas, lugares, fiestas. Las descripciones
toman cuenta de su relato. Aspectos del mundo de los
aztecas, su artesanía, las artes, la escultura,
la arquitectura, el diseño, las joyas, música,
danza y de la cosmogonía anterior a la conquista
de Hernán Cortés. El mundo precolombino
es recorrido en sus minucias.
Otras
imágenes
Erico
viaja a Puebla y se encanta con el barroco mexicano,
Cholula y Oaxaca. Se encuentra con el escritor José
Vasconcelos, con quien mantiene largos diálogos.
En Ciudad de México, admira la obra de Orozco,
Siqueiros y Rivera. Una vez más, vuelve a la
ruta para visitar Toluca (la localidad de la mejor cestería),
Metepec, Cuernavaca y Taxco.
En
el capítulo XI, Erico Veríssimo describe
aspectos generales de México. Presenta los grupos
étnicos, el habla española del mexicano
y su cortesía. Hace mención a la figura
de Cantinflas, del pelado; (24)
se refiere a la desconfianza, la susceptibilidad, el
patriotismo, el gusto de los mexicanos por las fiestas
y por las tardes de toros. Recuerda su estoicismo y
sentido del humor, su culto a la muerte, a los ritos
en los días de los muertos y la inmensa devoción
a la Virgen de Guadalupe.
Al
final de México: Historia de un viaje,
la comparación con Estados Unidos se torna, una
vez más inevitable. Erico Veríssimo, un
extranjero en las dos naciones, se permite algunas conclusiones:
O
mexicano de certo modo não perdoa ao americano
sua prosperidade, seu conforto, seu desafogo financeiro.
O americano inquieta-se um pouco com a presença
do vizinho turbulento e instável. Repetirei
o que venho sugerindo em todo este livro: o americano
é um povo lógico, o mexicano um povo
mágico. Como têm mais dinheiro, os lógicos
viajam mais. A atração exercida pelo
mundo mágico é poderosíssima.
No fundo, os americanos sentem a nostalgia, para eles
pecaminosa, duma vida boêmia e despreocupada,
cujo símbolo parece ser os relógios
derretidos do famoso quadro de Dali. Já o fascínio
que o mundo lógico exerce no espírito
do homem de pensamento mágico está tingido
de medo — medo à máquina, à
disciplina, à obrigação, ao horário,
à desumanização. (25)
Al
tratar de la atracción que México ejerce
sobre los estadounidenses, de la imagen que los gringos
hacen de los mexicanos, del modo de ser de uno y del
otro, Erico vuelve a su indagación inicial y
siempre presente en sus reflexiones: “Até
que ponto se está o México modificando
sob a influência americana?”. (26)
Sí,
hay influencias, afirma. Con las mercancías,
también son exportadas las costumbres y la filosofía
de vida. No obstante, el pueblo mexicano ofrece resistencia
que
Só
poderá ser mantida, e acho que está
sendo, por tudo quanto representa o México
Moderno, que, repito, nasceu dolorosamente da Revolução
de 1910, e que se exprime na arte, na literatura e
na vida. É a sua extraordinária pintura
mural, as suas audácias arquitetônicas
tão bem consubstanciadas na nova Cidade Universitária.
É a sua literatura de raiz e inspiração
mexicanas. É um nacionalismo racional, consciente
de suas possibilidades, orgulhoso de suas raízes
índias, confiante na sua força cósmica,
animado pela certeza de que, bem ou mal, o México
é uma nação diferente de todas
as outras do mundo, senhora dum caráter e de
um estilo próprios. (27)
Al
final de la jornada, como Rodrigo Octávio, Erico
revela todo su amor por México. En una frase
sintetiza ese sentimiento: “Quantos anos precisarei
para digerir o México? Quantas vidas deveria
viver para compreendê-lo? Mas um consolo me resta
e basta. Não preciso nem mais de um minuto para
amá-lo.” (28)
Erico
vuelve a Estados Unidos con fuertes recuerdos. Instalado
en su oficina en Washington, hace un inventario de su
experiencia.
É
bom estar de volta. Tenho de confessar a mim mesmo
que já sentia falta desta ordem, desta limpeza,
desse conforto. Mas ai! O tempo passa, a saudade do
México começa a assaltar-me com tanta
freqüência que termino numa confusão
de sentimentos. Eu sabia que o epílogo deste
livro não podia ser feliz! Estou talvez condenado
a oscilar o resto da vida entre esses dois amores,
sem saber exatamente o que desejo mais, se o mundo
mágico ou o mundo lógico. Só
me resta uma esperança de salvação.
É a de que, entre a tese americana e a antítese
mexicana, o Brasil possa vir a ser um dia a desejada
síntese. Y quien sabe? (29)
Coda
Rodrigo
Octávio estuvo en México hace setenta
y nueve años; Erico Veríssimo, hace cuarenta
y nueve años. Desde entonces hasta hoy día,
México ha pasado por grandes transformaciones.
Es difícil describirlas. Sólo me resta
mencionarlas. El país se ha industrializado
y un importante contingente poblacional se ha desplazado
del campo a la ciudad. La Ciudad de México se
ha transformado en una experiencia urbana con pocos
precedentes en la historia. El aumento espantoso de
la población ha generado una metamorfosis, quizás
nunca imaginada por los brasileños que allá
estuvieron en las primeras décadas del siglo
XX. No obstante, la cultura mexicana se mantiene diferente
a la de otros países latinoamericanos y de los
países del norte. Las ciudades no son desiertas
como en Estados Unidos y el pueblo mexicano permanece
silencioso, gentil, colorido, múltiple y resistente.
©
Elizabeth Rochadel Torresini, 2005
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Notas
bibliográficas
(19)
José Agustín. Ciudades desiertas.
México: Alfaguara, 1997, 82.
(20)
José Agustín, op. cit., 79.
(21)
Ibid., 78.
(22)
Erico Veríssimo, op. cit., 64.
(23)
Ibid., p.72
(24)
“Cantiflas simboliza o pelado”, dice Erico,
“o representante duma categoria social ínfima:
o marginal, o refugo da grande cidade, um tipo que,
segundo a definição de Samuel Ramos, sendo
economicamente menos que um proletário, é
intelectualmente um primitivo” (263).
(25)
Erico Veríssimo, op. cit., 283.
(26)
Ibid., 285
(27)
Ibid., 286
(28)
Ibid., p. 298.
(29)
Ibid., p. 299.
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