Estas
consideraciones que desde inicios de los ochenta enfatizaba
Navarro han debido ser lo suficientemente elocuentes
como para dejar en
claro las interdependencias entre la(s) teoría(s)
y la historia literarias. Entendiendo bien este trasfondo
epistemológico es que, por ejemplo, puede aceptarse
sin remordimientos la identificación entre
"comunidad nacional" y "comunidad literaria".
Una lectura incompetente de dicha identificación
no iría más allá de entender
que "un texto dado (...) tiene tales y cuales
rasgos porque ha sido producido en el seno de tal
y cual nación".
(Kaliman, 1993:312), lo que conduciría,
en el peor de los casos, a un castrante esencialismo
que, en el caso latinoamericano, se erige aún
en un "pintoresquismo turístico"
que no hace sino agudizar más, por un lado,
la relación jerárquica de centro / periferia
implicada también en la noción de alteridad
(13); y por otro,
hacer de la construcción de las literaturas
nacionales un proceso nocivo de homogeneización
desde las élites de gobierno para adscribir
a los diferentes sectores contradictorios bajo el
canon que se imponga (14).
La lectura más conveniente de
la identificación entre "comunidad nacional"
y "comunidad literaria" la ha señalado
también Kaliman: "podría llegar
a establecerse que la nacionalidad es una variable
necesaria de ciertos aspectos de ciertas formas de
literatura. Creo que podemos tener la seguridad de
que nunca llegará a mostrarse que es necesaria
para todos los aspectos de todas las formas literarias,
ni mucho menos que es suficiente para ninguno (15)".
(loc. cit. p.313)
Finalmente,
para cerrar este apartado, anotaremos, asimismo, que
Antonio Cornejo Polar propuso en su diseño
preliminar para una agenda problemática de
la crítica latinoamericana una perspectiva
de clase que recogería las mismas dilucidaciones
epistemológicas enfatizadas por Navarro para
generalizar las hipótesis que aspiran a ser
leyes universales: "la conciencia ideológica
(...) tiene la posibilidad objetiva de ser también
(16)
conciencia científica: supera y convierte en
tradición legítima los valores y el
saber logrados históricamente por otras clases
y se ofrece como la opción más concreta
y definida de auténtica universalidad. La perspectiva
de clase tiene, pues, para la crítica, significado
de condición de ciencia." (Cornejo
Polar, 1982:33,34). Una vez más, la
oposición 'universal' / 'singular o particular'
como factor divisorio y definitorio es echada abajo.
III. La función de la crítica
Luego
de habernos preocupado en distinguir los niveles de
la reflexión y la observación que corresponden
respectivamente y en términos de Mignolo
a un "sujeto hermenéutico" (que vive
en y transmite una herencia cultural)" (Mignolo,
1991:106) y a un "sujeto epistemológico"
de comprensión teórica"
(que vive en y transmite una herencia cognoscitiva-disciplinaria
o científica)" (ibíd.);
queremos concluir esta presentación caracterizando
la que podría (o debería) ser la función
de la crítica. Crítica que, hacemos
notar, la entendemos como una que conjuga los dos
niveles mencionados, el hermenéutico y el teórico;
puesto que las distinciones hechas no han sido sino
parte de una abstracción didáctica que
aclare la confusión en el uso común
y, a veces, hasta abusivo de términos como
"teoría literaria" o "teoría
de la literatura"; mientras que en la práctica
crítica concreta los niveles de comprensión
naturalmente interactúan (o, en todo caso,
sugerimos que deberían hacerlo), a veces conflictivamente.
Recogemos,
así, para empezar, la función tradicional
que Terry Eagleton reclama reivindicar para la
crítica contemporánea:
"La
función del crítico contemporáneo
es oponerse a ese dominio volviendo a conectar lo
simbólico con lo político, comprometiéndose
a través del discurso y de la práctica
con el proceso mediante el cual las necesidades,
intereses y deseos reprimidos puedan asumir las
formas culturales que podrían unificarlos
en una fuerza política colectiva (...). La
del crítico contemporáneo es, pues,
una función tradicional" (Eagleton,
1999 [1996]:139)
La revaloración de un tradicionalismo en
la crítica es la misma revaloración
que ha reclamado Osmar Gonzáles hace muy poco:
la emergencia del "intelectual de moral pública"
y no del "intelectual de moral privada"
. Tradicionalismo que recupere en una vigilada medida
el espíritu inicial participativo con que apareció
la esfera pública burguesa en la Inglaterra
del siglo XVIII: una en que la reflexión crítica
pierde su carácter privado, pues estaba destinada
a un público, ya despierto y pensante frente
al Estado absolutista; una esfera pública que
sea fermento de opinión heterogénea,
es decir, formada por voces múltiples no necesariamente
pertenecientes a la clase dirigente aristocrática
ni mucho menos a los "centros" de pensamiento
metropolitanos; una esfera pública que no caiga
en un amateurismo crítico o una crítica
de masas como ocurrió en ciertas revistas
de inicios del XVIII que, si bien fueron componentes
esenciales de la emergente esfera pública burguesa,
adolecieron, según cuenta Eagleton, de una
crítica literaria aun impresionista;
en fin, una esfera pública que opte por un
saludable equilibrio entre una humanística
general amateur y una especialización crítica
profesional que añada el rigor necesario al
análisis, descripción y explicación
(si no valoración) del fenómeno literario
o cultural.
En
tal propósito, no es sino el aparato metodológico
y categorial de una teoría literaria (en el
sentido común que Eagleton usa el término)
no necesariamente literaria, sino interdisciplinaria
(como a lo prevé el concepto de "teoría
de la literatura" que hemos elegido para el caso
latinoamericano) el que va a enriquecer el "mensaje
lateral sobre la forma y el destino de toda una cultura"
(loc. cit. p. 122), que es el momento,
según Eagleton, en que la voz de la crítica
ha adquirido atención generalizada.
Por otro lado, la legitimación
del discurso crítico no sólo
latinoamericano,
sino universal (aunque es comprensible que la urgencia
del reclamo sea especialmente para esta región)
no debe estar en el enunciado ni en el "título
nobiliario" del enunciador, sino en el
mismo acto de enunciación: "Las identidades
discursivas no están preconcedidas, sino que
se construyen en el acto mismo de participación
en una conversación culta" (loc.
cit. p.18). Se trata de participar con
una enunciación que por sí misma se
justifique y sustente, que siga a un paradigma de
razón que legitime su elocuencia y lucidez,
que se respete a sí misma y propugne una relación
de uno a uno en el campo mundial de la geopolítica
del conocimiento.
Éste
es un reclamo que Mignolo, a su vez, ha hecho ya varias
veces. En lo que respecta, por ejemplo, a la actividad
teórica, se ha referido a la necesidad de despejar
"la creencia de que por el hecho histórico
de que la teoría se practicó principalmente
en el primer mundo y fue ejercitada fundamentalmente
por hombres, la teoría es masculina y pertenece
a Occidente (18)."
(loc. cit. p.73).
El crítico argentino sostiene, por el contrario,
que "la capacidad de teorizar es esencial al
ser humano, por ser humano, y no específica
de determinado sexo o regiones geográfico-históricas."
(ibíd.). Es así
que, ya en el ámbito polémico de los
estudios culturales, Mignolo advierte del peligro
que conlleva especificar como latinoamericanos a este
tipo de estudios realizados desde aquí.
El
riesgo está en que puedan transformarse en
un "token" cultural (Mignolo,
2002:5), una "marca" o "seña"
cultural que delata un localismo perjudicial y, por
ello, una automarginación al tratar precisamente
de lo "marginal". De esta manera, Mignolo
esboza unos escenarios posibles para la creación
de programas o departamentos de estudios culturales
en América Latina en los que dichos estudios
no sólo "no tienen por qué definirse
necesariamente como 'latinoamericanos' " (loc.
cit. p.7), sino que tampoco "tienen
por qué ser de 'estudios latinoamericanos'.
Recordemos que los estudios 'latinoamericanos' son
la consecuencia de los estudios de áreas y
en éstos América Latina y otros lugares
del Tercer Mundo fueron el objeto de estudio, mientras
que las disciplinas que lo estudiaban estaban institucionalmente
localizadas en el Primer Mundo" (ibíd.).
El reclamo está hecho: América Latina
no tiene por qué estudiar únicamente
a América Latina para tener una voz "auténtica"
en el ámbito geopolítico del conocimiento;
ahí reside precisamente la persistencia de
la colonialidad del poder. La consigna se configura
sola: "pensar el mundo a través de
América Latina, al igual que lo hacen los
pensadores europeos o estadounidenses [la
cursiva es nuestra]" (loc.
cit., p.5).
Finalmente,
sin dejar de contestar a las preguntas formuladas
al finalizar el primer apartado de este trabajo, diremos
que el crítico que desee realizar una fidedigna
transmisión de conocimientos o que pretenda
responsabilizarse de un acto de enunciación
que no pervierta el sentido del fenómeno que
observa para no ser impostor y falaz deberá
en principio preferir una explicación y
descripción muy rigurosa del fenómeno,
para lo cual si queremos tomar el reclamo de
Cornejo Polar deberá determinar muy bien
cuáles son los componentes históricos
que lo constituyen y evitar así trabajos monográficos
que "se proyectan sobre la sociedad, mas no sobre
la literatura" (loc.
cit., p. 36) y que más incurren
en un sociologismo vulgar. El riesgo está en
que tales reflexiones críticas, "más
especulativas que teóricas, (...) intentan
ligar sociedad y literatura latinoamericanas como
si ambos términos fueran unitarios y homogéneos
(...). La tergiversación propia de estos planteamientos
suele no ser del todo inocente. [De ahí que]
el recurso a la historia garantiza un mejor y más
sutil nivel de análisis." (ibíd.).
Este sociologismo vulgar, producto de una sobreinterpretación
que fue denunciada ya hace más de tres décadas
por Susan Sontag y llamada por Cesare Segre "crítica
creativa" o "ficción crítica",
no hace sino poner en evidencia que si bien la interpretación
es un derecho inalienable de todo individuo, no toda
interpretación es igualmente válida.
Más
todavía y en especial para el heterogéneo
y multisemiótico ámbito latinoamericano,
Mignolo vuelve riguroso el acto de enunciación
del crítico al proponer para él una
hermenéutica pluritópica que
a diferencia de una monotípica,
que no hace sino presuponer la construcción
de nuestra propia tradición hegemónica
donde se sitúa el sujeto de la comprensión
presupone, más bien, no sólo el vaciado
y la movilidad del centro de la representación,
sino también la movilidad del centro del acto
de representar. En sus mismas palabras, Mignolo señala
que
"las
interrelaciones de la semiosis colonial como una
red de procesos que se desea comprender y el locus
de enunciación como una red de lugares desde
donde se realiza la comprensión necesitan
de una hermenéutica diatópica o pluritópica
que revele, al mismo tiempo, las tensiones entre
por un lado la configuración
académica y disciplinaria y por otro
la posición social, étnica y sexual
del sujeto de la comprensión." (Mignolo,
1992:23)
En
otras palabras, el crítico no sólo debería
ampliar su ámbito de comprensión para
abordar producciones semióticas sean
éstas orales, picto-ideográficas, textiles
o alfabéticas, sino también debería
considerar los condicionamientos propios del lugar
desde el que enuncia: su etnia, su sexo, su clase
social y la disciplina en la que se inscribe, a fin
de determinar hasta qué punto su práctica
hermenéutica es válida.
Sin
duda, la importancia de esta hermenéutica pluritópica
es que sustenta bien a toda voz crítica que
se base en ella, precisamente porque evidencia las
tensiones existentes entre el paradigma hermenéutico
y el teórico: la inscripción del sujeto
"en un contexto social en el cual su etnia, su
sexo o su clase social entra en conflicto con las
normas y convenciones [epistemológicas]
del juego disciplinario"
(20) (loc. cit. p. 20).
Han
quedado varios aspectos en el tintero que contribuirían
a completar ad infinitum este apartado final.
Nos referimos, por ejemplo, a los conflictos multiculturales
que han surgido por la globalización y que
entran directamente a la revisión de la identidad
de las naciones. Temática esta última
que también se ha retomado desde los estudios
literarios coloniales en una relectura de textos considerados
como "ancilares" y que ahora se han vuelto
"centrales": las crónicas, relaciones,
cartas, etc. Relectura que trae muchos aspectos complementarios
al amplio tema que nos ha ocupado: por ejemplo, si
nos preguntamos por el (los) aparato(s) epistemológico(s)
que se ha(n) utilizado para realizar tal relectura,
que merecerían un trabajo de investigación
y confrontación aparte.
©
Andrés López Velarde*, 2004 
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