La definición de Beverley del testimonio hace hincapié en que un narrador-testigo, haciendo uso de la primera persona, relata su vida a un intelectual-mediador que graba, transcribe, edita y luego publica lo relatado. El mediador convierte la voz del otro en escritura, pues el otro no domina el registro escrito

 

 

Del testimonio a la autobiografía. Aproximación a Aquí no ha pasado nada (1972), de Ángela Zago (*)

por Adlin de Jesús Prieto Rodríguez
 
 

I

Aunque ya en 1958 Sardio (**) publicaba su primer “testimonio” para posicionarse críticamente ante la situación del país y en 1962 Caupolicán Ovalles y el resto de los balleneros despertaban al somnoliento presidente; la revista Rocinante (1968-1971) inaugura en Venezuela la publicación periódica de testimonios (1). A partir de esta iniciativa, aparecen “…entre 1968 y 1975 una serie de testimonios de ex guerrilleros de la FALN o de delincuentes publicados como libros de reportaje principalmente por la Editorial Fuentes…” que llegaron a ser best-sellers (Beverley, 1987: 158).

En 1972 aparece Aquí no ha pasado nada, de Ángela Zago, texto que inicia el proyecto escritural de la autora y que ha sido incluido por John Beverley en su corpus testimonial ad hoc (1987a: 153) (2). La primera edición apareció en mayo de ese año (3). Luego se sucedieron ediciones en julio y agosto del mismo año, en mayo de 1973 y julio de 1975. La última edición data de 1990. El libro circuló en Chile, Argentina y México; y el tiraje de sus distintas ediciones ha excedido la venta normal de cualquier otro libro venezolano. Fue traducido al italiano y al alemán.

Aquí no ha pasado nada “… es el relato de una joven de veinte años, combatiente desde los días mismos del liceo, a quien las circunstancias de la lucha llevan un día a las guerrillas. En sus páginas se recogen las más diversas experiencias, desde las de la muchacha enamorada de un Comandante, que debe guardar, paradójicamente, las normas de una moral burguesa, incapaz de comprender determinadas situaciones, hasta la de la militante política que recibe en sus manos una tremenda responsabilidad para la cual se reconoce impreparada.” (Contraportada de la primera edición, 1972.)

Este texto, señala la autora, es un libro “… estrictamente personal. Son mis experiencias en las guerrillas en los años 1964 y 1965” (Zago, 1972. Contraportada de la segunda edición de Aquí no ha pasado nada) y agrega: “Es necesario hablar de las guerrillas porque es una experiencia que mucha gente parece haber olvidado. Es más, hasta los mismos partidos de izquierda parece que se olvidaron de esa época” (Zago, 1972).

II

Podríamos convenir en que el testimonio, aunque no está referido en ningún texto de preceptiva literaria, es un género discursivo (literario), puesto que es posible apreciar en él algunas constantes (4) que lo “identifican” y permiten “clasificarlo” (5).

En América Latina este género alcanza un reconocimiento institucional a partir de la década de 1960 (6) —después de la Revolución cubana— con: 1) la publicación de la Biografía de un cimarrón (1966) de Miguel Barnet —texto que inaugura la “tradición testimonial”, tanto en la producción textual como en la recepción crítica de éstos—; 2) la creación y premiación de la categoría testimonio en 1970 por Casa de las Américas; y 3) la realización de un taller, denominado Testimonios, por el Ministerio de Cultura Sandinista de Nicaragua en 1979, dentro del ciclo de talleres sobre historia oral, taller que se convertiría en un manual: “¿Qué es y cómo se hace un testimonio?” (7). Esta institucionalización generaría un boom otro latinoamericano, el de la función testimonial (Concha, 1978: 133); reordenaría el campo de los estudios literarios latinoamericanos; crearía un canon (8); introduciría y/o replantearía problemas teóricos y modificaría los pactos de lectura de la academia latinoamericana y estadounidense.

Este reconocimiento y el sorprendente desarrollo del discurso testimonial latinoamericano estimularon la preocupación intelectual por diferenciar su estatuto genérico. Este punto ha sido estudiado por René Jara y Hernán Vidal (1986), John Beverley (1987, 1990, 1992, 1993) y Marc Zimmerman (1990), quienes desde los estudios subalternos han intentado definir la condición “representativa” de los testimonios latinoamericanos. Desde otra perspectiva, Elzbieta Slodowska (1992) ha señalado la influencia del concepto de “diferencia” de Lyotard en la constitución del género.

Sin embargo, la definición del testimonio como género podría hacerse siguiendo la propuesta de Beverley:

Por testimonio, quiero decir una narración de la longitud de una novela en forma de libro o folleto, enunciada en primera persona por un narrador que es también el protagonista o testigo de los acontecimientos que relata. La unidad de la narración es generalmente ‘su vida’ o una experiencia significativa de ella… En muchos casos, el narrador es un analfabeto, y si es letrado, no es un escritor profesional; de ahí que la producción de un testimonio, a menudo, implique la grabación, la transcripción y edición de un relato oral por parte de un interlocutor que es un intelectual, un periodista o escritor. (1993: 70-71) (9)

Esta definición hace hincapié en que un narrador-testigo, haciendo uso de la primera persona, relata su vida —o lo más significativo de ella— a un intelectual-mediador que graba, transcribe, edita y luego publica lo relatado. El mediador convierte la voz del otro en escritura, pues el otro no domina el registro escrito.

A partir de los aspectos arriba señalados, se han propuesto diversas tipologías del género testimonial. Margaret Randall (1992) habla del testimonio en sí y del testimonio para sí. En la primera categoría incluye toda una literatura testimonial: novelas testimoniales, obras de teatro sobre una época o hecho, poesía, fotografías, documentos cinematográficos, el periodismo, algunos discursos políticos. En la segunda, el testimonio es presentado como un género distinto a los demás géneros basado en el uso de fuentes directas, la entrega de una historia que transmita la voz de un pueblo en un momento determinado, la inmediatez, el uso de material secundario (paratextos) y una alta calidad estética. (22-23).

Por su parte, Sklodowska (1992) propone la clasificación del testimonio en inmediatos y mediatos. El discurso testimonial inmediato, también denominado directo, se relaciona con el testimonio en sí propuesto por Randall. En él, Sklodowska, presenta varias modalidades testimoniales como el testimonio legal, la entrevista, el diario, la autobiografía, las memorias, las crónicas. El mediato está vinculado directamente con la definición de testimonio de Beverley. Los testimonios mediatos son aquellos organizados por el editor (98).

__________________

(*) Este estudio forma parte de un proyecto de investigación titulado: Del testimonio a la autobiografía. Ángela Zago y su proyecto de escritura. Dicha investigación se plantea, entre otras cosas, mostrar la desterritorialización genérica de la producción narrativa de la autora. Nuestro texto constituye un primer acercamiento a Aquí no ha pasado nada (1972), primera publicación de la autora. Fue leído en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Lima), durante las Jornadas Andinas de Literatura Latinoamericana (JALLA), efectuadas del 9 al 13 de agosto de 2004.

(**) El grupo Sardio formó parte de la renovación literaria venezolana a fines de la década de 1950, después de la época de influencia del novelista y ex presidente Rómulo Gallegos, derrocado en 1948. Agrupados en torno a la revista del mismo nombre, en Sardio confluyeron Salvador Garmendia, Adriano González León, Rodolfo Izaguirre (estudioso de la novelística venezolana contemporánea) y Guillermo Sucre, entre otros. Techo de la Ballena —de ahí el apelativo “balleneros”— fue la publicación heredera de Sardio. (Nota del Editor).

 

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