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George
Yúdice (1992), sugiriendo la
existencia de una doble historia del testimonio, señala
que el testimonio ha sido estatalmente
institucionalizado para representar y ha
surgido como acto comunitario de lucha por la
sobrevivencia. Por lo que hay testimonios
representacionales que reproducen los valores
sancionados por instituciones estatales —como ciertos
textos cubanos y nicaragüenses— y testimonios
concientizadores que intentan crear un vínculo de
solidaridad, construir una identidad en y a través de la
lucha, para presentar una estética de autoformación
(cierta producción testimonial de Centroamérica es
representativa de este tipo de testimonio) (210-213).
Ninguna
de las posiciones mencionadas define las características
del género cuando el informante de los hechos no es un
sujeto analfabeto. En este punto se ubica el aporte de
Rossana Nofal (2002) a la discusión sobre el género
testimonio. Nofal propone otra clasificación: el
testimonio canónico y el testimonio
letrado. “El testimonio
canónico se caracteriza por un sistema desigual de
negociación de la palabra escrita, ya que el informante
es, en general, iletrado; necesita de la escritura de un
intelectual, compilador de sus recuerdos, para acceder
al espacio de la memoria. El testimonio letrado es el
relato de una experiencia personal… se subdivide en dos
categorías de testimonios: aquellos que dan cuenta de la
experiencia de una flagelación corporal y aquellos que
se definen como memoria de una militancia” (13).
Estas
tipologías del género testimonial evidencian que el
término testimonio hace referencia a muchos tipos de
discursos. Término que no engloba sino que encubre las
diversas ramificaciones de la narrativa “no-ficticia”,
por lo que “… la delimitación del
género resulta imposible… no sabemos cuáles son las
reglas genéricas, o sea los mecanismos formales comunes
a los textos considerados como testimoniales.”
(Sklodowska, 1992: 74-75)
De ahí que el fotorreportaje, la entrevista,
los graffittis, el collage, el
reportaje, la narración testimonial, la historia oral,
la memoria, la autobiografía, la crónica, la confesión,
la historia de vida, la novela documental, la novela
testimonio, la novela no ficcional y la literatura de
hecho sean textos “etiquetados” como
testimonios.
En este
marco, en que la función testimonial ha sido
leída como un diálogo distante (Franco, 1992: 109), como una
zona de pugnas (Vera León,
1992: 184), como otra lectura de lo real
(Amar Sánchez, 1992: 34 -35),
lo que hace evidente la crítica a las tipologías
genéricas oficiales al proponer formas alternativas de
comunicación (González, 1990:
20), me planteo indagar en Aquí no ha pasado
nada (1972), de Ángela Zago, la desfiguración de
los límites genéricos del testimonio.
III
Aquí no ha pasado nada (1972) es
considerado un híbrido reportaje-ficción (Freilich, 1973: 216), una novela
(Liscano, 1995: 97). Pero, en general, ha sido
catalogado como testimonio. Probablemente porque: “Desde que comenzó sus relatos, Ángela
Zago nunca eligió como eje estructural de su lenguaje la
ficción, de aquí que en su escritura la memoria, el
recuerdo, la resonancia de la vida pasada y la actual se
manifiesten a través de…” la palabra (Schön, 1997). O porque Aquí no
ha pasado nada aparece “… en el
contexto de una crisis de representatividad de los
viejos partidos políticos, incluso los de la
izquierda” venezolana (Beverley, 1992: 16), desentierra
una historia reprimida por la oficial y articula la
memoria colectiva de una minoría desplazada (Barnet, 1987). Relata una
experiencia personal significativa, está escrito en
primera persona, le cede espacio en el texto al otro (a
los personajes subalternos que tradicionalmente han sido
excluidos del discurso oficial como la mujer, el
campesino, el obrero, el niño…).
Sin embargo, hay un detalle que nos lleva a
pensar que no “… pertenece a la estirpe de los
testimonios auténticos…”, como señala
Rangel (1990). Y aunque
podría ser considerado un testimonio
concientizador, inmediato, en sí o
letrado, siguiendo la clasificación de Yúdice (1992) Sklodowska (1992), Randall (1992) y Nofal (2002), respectivamente, el hecho
de que no haya ningún mediador entre el narrador-testigo
y los lectores, y que el informante de la vivencia no
sea un iletrado, hace que Aquí no ha pasado nada
(1972) no pueda ser considerado un testimonio
canónico, por lo menos no dentro de las tipologías
tradicionales propuestas hasta la fecha.
Por otro lado, al considerar estos textos como
testimonios, el problema de la función autor se
hace presente. “… Un testimonio no
tiene, en realidad, un autor. En la frase de Barnet, el
autor ha sido reemplazado por la función de un
compilador o ‘gestor’” (Beverley, 1987: 162). Pero en
Aquí no ha pasado nada (1972), el autor no
compila, no gestiona, su función no está
borrada; sin embargo, tampoco encarna la figura del
gran escritor. Por lo que esta función
constituye un punto álgido del problema planteado.
Esto nos lleva a pensar, junto a Beverley (1987), “¿qué
es, precisamente, un testimonio? ¿Una forma discursiva o
varias? ¿Algo con un valor esencialmente documental, o
un nuevo género literario? Y si es de hecho un nuevo
género literario, ¿en qué consiste su efectividad
estética particular? ¿Cómo se distingue de formas como
la autobiografía…?” (153).
Una respuesta posible a estas preguntas la ofrece
el mismo Beverley (1987):
“[e]videntemente no hay una línea de
división exacta entre testimonio y autobiografía… Sin
embargo, hay implícito en la autobiografía como género
una postura individualista, ya que como forma narrativa
depende de un sujeto narrador coherente, dueño de sí
mismo, que se apropia de la literatura precisamente para
manifestar la singularidad de su experiencia, su estilo
propio” (163).
Aquí no ha pasado nada podría ser
considerado una autobiografía, pues es un relato
retrospectivo escrito en primera persona, en prosa, que
cuenta la vida de su autor(a) —o un período
significativo de ella—, que enfatiza su experiencia
individual y la historia de su personalidad. Pero la
narración no supone la existencia de una identidad entre
el autor —cuyo nombre figura en la portada del libro—,
el narrador y el personaje de quien se habla, pues la
autora construye un ente de papel, Morella, que
narra la historia, y no es enunciada desde el nombre
propio. En palabras de Lejèune, el texto no se sostiene
sobre un pacto autobiográfico.
Lo que nos lleva a pensar que no es una
autobiografía tradicional. Nos encontramos ante un
texto que presenta gestos del relato testimonial y
autobiográfico, pero que canónicamente no corresponde a
ninguno de estos géneros.
Si bien existen obras específicas que pueden ser
ubicadas sin pestañear de uno u otro lado de los
linderos genéricos, también existen
“… los híbridos inclasificables, los objetos narrativos
cuya naturaleza misma radica en la oscilación entre la
función estética y la comunicativa, cuyo ‘destino
específico es mantenerse en el límite’” (Sarlo y Altamirano, 1983: 29),
los textos en la frontera.
Producciones narrativas que presentan una gran
variedad de matices que dificultan enmarcarlas dentro de
unas fronteras cerradas, que posibiliten definirlas como
fenómeno narrativo uniforme.
A partir de los aspectos señalados, me atrevería
a proponer, siguiendo los planteamientos de Pacheco
(1997) que Aquí no ha
pasado nada (1972) es una historia
novelada, una novela testimonio (10), una
novela autobiográfica “Porque la
novela, modalidad discursiva en permanente
transformación, género bajtinianamente inconcluso,
multiforme y receptivo a la intertextualidad; maleable y
abierto a otros múltiples y heterogéneos modos
discursivos, se presta magníficamente como vehículo de
esta empresa autobiográfica”: testimonial,
disidente, alternativa (6).
© Adlin de Jesús Prieto Rodríguez*, 2004
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