Miguel Barnet, autor cubano de Biografía de un Cimarrón

Las tipologías del género testimonial evidencian que el término testimonio hace referencia a muchos tipos de discursos. Término que no engloba sino que encubre las diversas ramificaciones de la narrativa “no-ficticia”

 

 

 

 

George Yúdice (1992), sugiriendo la existencia de una doble historia del testimonio, señala que el testimonio ha sido estatalmente institucionalizado para representar y ha surgido como acto comunitario de lucha por la sobrevivencia. Por lo que hay testimonios representacionales que reproducen los valores sancionados por instituciones estatales —como ciertos textos cubanos y nicaragüenses— y testimonios concientizadores que intentan crear un vínculo de solidaridad, construir una identidad en y a través de la lucha, para presentar una estética de autoformación (cierta producción testimonial de Centroamérica es representativa de este tipo de testimonio) (210-213).

Ninguna de las posiciones mencionadas define las características del género cuando el informante de los hechos no es un sujeto analfabeto. En este punto se ubica el aporte de Rossana Nofal (2002) a la discusión sobre el género testimonio. Nofal propone otra clasificación: el testimonio canónico y el testimonio letrado. “El testimonio canónico se caracteriza por un sistema desigual de negociación de la palabra escrita, ya que el informante es, en general, iletrado; necesita de la escritura de un intelectual, compilador de sus recuerdos, para acceder al espacio de la memoria. El testimonio letrado es el relato de una experiencia personal… se subdivide en dos categorías de testimonios: aquellos que dan cuenta de la experiencia de una flagelación corporal y aquellos que se definen como memoria de una militancia” (13).

Estas tipologías del género testimonial evidencian que el término testimonio hace referencia a muchos tipos de discursos. Término que no engloba sino que encubre las diversas ramificaciones de la narrativa “no-ficticia”, por lo que “… la delimitación del género resulta imposible… no sabemos cuáles son las reglas genéricas, o sea los mecanismos formales comunes a los textos considerados como testimoniales.” (Sklodowska, 1992: 74-75) De ahí que el fotorreportaje, la entrevista, los graffittis, el collage, el reportaje, la narración testimonial, la historia oral, la memoria, la autobiografía, la crónica, la confesión, la historia de vida, la novela documental, la novela testimonio, la novela no ficcional y la literatura de hecho sean textos “etiquetados” como testimonios.

En este marco, en que la función testimonial ha sido leída como un diálogo distante (Franco, 1992: 109), como una zona de pugnas (Vera León, 1992: 184), como otra lectura de lo real (Amar Sánchez, 1992: 34 -35), lo que hace evidente la crítica a las tipologías genéricas oficiales al proponer formas alternativas de comunicación (González, 1990: 20), me planteo indagar en Aquí no ha pasado nada (1972), de Ángela Zago, la desfiguración de los límites genéricos del testimonio.

III

Aquí no ha pasado nada (1972) es considerado un híbrido reportaje-ficción (Freilich, 1973: 216), una novela (Liscano, 1995: 97). Pero, en general, ha sido catalogado como testimonio. Probablemente porque: “Desde que comenzó sus relatos, Ángela Zago nunca eligió como eje estructural de su lenguaje la ficción, de aquí que en su escritura la memoria, el recuerdo, la resonancia de la vida pasada y la actual se manifiesten a través de…” la palabra (Schön, 1997). O porque Aquí no ha pasado nada aparece “… en el contexto de una crisis de representatividad de los viejos partidos políticos, incluso los de la izquierda” venezolana (Beverley, 1992: 16), desentierra una historia reprimida por la oficial y articula la memoria colectiva de una minoría desplazada (Barnet, 1987). Relata una experiencia personal significativa, está escrito en primera persona, le cede espacio en el texto al otro (a los personajes subalternos que tradicionalmente han sido excluidos del discurso oficial como la mujer, el campesino, el obrero, el niño…).

Sin embargo, hay un detalle que nos lleva a pensar que no “… pertenece a la estirpe de los testimonios auténticos…”, como señala Rangel (1990). Y aunque podría ser considerado un testimonio concientizador, inmediato, en sí o letrado, siguiendo la clasificación de Yúdice (1992) Sklodowska (1992), Randall (1992) y Nofal (2002), respectivamente, el hecho de que no haya ningún mediador entre el narrador-testigo y los lectores, y que el informante de la vivencia no sea un iletrado, hace que Aquí no ha pasado nada (1972) no pueda ser considerado un testimonio canónico, por lo menos no dentro de las tipologías tradicionales propuestas hasta la fecha.

Por otro lado, al considerar estos textos como testimonios, el problema de la función autor se hace presente. “… Un testimonio no tiene, en realidad, un autor. En la frase de Barnet, el autor ha sido reemplazado por la función de un compilador o ‘gestor’” (Beverley, 1987: 162). Pero en Aquí no ha pasado nada (1972), el autor no compila, no gestiona, su función no está borrada; sin embargo, tampoco encarna la figura del gran escritor. Por lo que esta función constituye un punto álgido del problema planteado.

Esto nos lleva a pensar, junto a Beverley (1987), “¿qué es, precisamente, un testimonio? ¿Una forma discursiva o varias? ¿Algo con un valor esencialmente documental, o un nuevo género literario? Y si es de hecho un nuevo género literario, ¿en qué consiste su efectividad estética particular? ¿Cómo se distingue de formas como la autobiografía…?” (153).

Una respuesta posible a estas preguntas la ofrece el mismo Beverley (1987): “[e]videntemente no hay una línea de división exacta entre testimonio y autobiografía… Sin embargo, hay implícito en la autobiografía como género una postura individualista, ya que como forma narrativa depende de un sujeto narrador coherente, dueño de sí mismo, que se apropia de la literatura precisamente para manifestar la singularidad de su experiencia, su estilo propio” (163).

Aquí no ha pasado nada podría ser considerado una autobiografía, pues es un relato retrospectivo escrito en primera persona, en prosa, que cuenta la vida de su autor(a) —o un período significativo de ella—, que enfatiza su experiencia individual y la historia de su personalidad. Pero la narración no supone la existencia de una identidad entre el autor —cuyo nombre figura en la portada del libro—, el narrador y el personaje de quien se habla, pues la autora construye un ente de papel, Morella, que narra la historia, y no es enunciada desde el nombre propio. En palabras de Lejèune, el texto no se sostiene sobre un pacto autobiográfico.

Lo que nos lleva a pensar que no es una autobiografía tradicional.
Nos encontramos ante un texto que presenta gestos del relato testimonial y autobiográfico, pero que canónicamente no corresponde a ninguno de estos géneros.

Si bien existen obras específicas que pueden ser ubicadas sin pestañear de uno u otro lado de los linderos genéricos, también existen “… los híbridos inclasificables, los objetos narrativos cuya naturaleza misma radica en la oscilación entre la función estética y la comunicativa, cuyo ‘destino específico es mantenerse en el límite’” (Sarlo y Altamirano, 1983: 29), los textos en la frontera.

Producciones narrativas que presentan una gran variedad de matices que dificultan enmarcarlas dentro de unas fronteras cerradas, que posibiliten definirlas como fenómeno narrativo uniforme.

A partir de los aspectos señalados, me atrevería a proponer, siguiendo los planteamientos de Pacheco (1997) que Aquí no ha pasado nada (1972) es una historia novelada, una novela testimonio (10), una novela autobiográfica “Porque la novela, modalidad discursiva en permanente transformación, género bajtinianamente inconcluso, multiforme y receptivo a la intertextualidad; maleable y abierto a otros múltiples y heterogéneos modos discursivos, se presta magníficamente como vehículo de esta empresa autobiográfica”: testimonial, disidente, alternativa (6).

© Adlin de Jesús Prieto Rodríguez*, 2004 descargar pdf

 

(*) Adlin de Jesús Prieto Rodríguez (Valencia, Venezuela, 1978)

Docente de Lengua y Literatura en la Universidad Simón Bolívar. Adscrita al Departamento de Formación General y Ciencias Básicas. Actualmente, trabaja el problema de la representación y la (autor)representación en los discursos testimoniales venezolanos de la década de 1970, proyecto de investigación que incluye el abordaje de textos fílmicos. Posee el magíster en Literatura Latinoamericana de la Universidad Simón Bolívar.

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