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Hace casi
treinta y cinco años que José María Arguedas
(Andahuaylas, 1911-Lima, 1969) se suicidó en Lima. Sin
embargo, su figura como intelectual ha ido creciendo a
la par que el reconocimiento de su obra tanto en el Perú
como internacionalmente. Al quitarse la vida en 1969, el
autor de Agua (1935) dejó una novela inédita
lista para la imprenta. Las circunstancias de su muerte
y lo peculiar de su novela hicieron que la crítica se
interesara en ella más como un testimonio de la vida del
autor y de las circunstancias que le tocó vivir en un
país convulsionado por la violencia, la pobreza, el
olvido de las clases pobres y, sobre todo, de los
indígenas que tanto preocuparan a Arguedas.
Con la perspectiva que dan los años, se ha vuelto
a esta obra con otros ojos, tratando de encontrarle
sentido a esta novela sui géneris. Sin embargo, todavía
existen áreas que no se han estudiado a
cabalidad.
El zorro de arriba y el zorro de abajo
(1971) (1) es una novela
en la cual el lector siempre encuentra interrogantes
difíciles de responder; pero, a su vez, son
interrogantes que no se pueden dejar de lado.
La dificultad que causa el hecho de que el autor
se haya suicidado después (no inmediatamente después) de
terminar de escribir su novela y que ésta haya sido
publicada póstumamente (1971) y, por consiguiente,
ordenada, en parte, por la viuda del autor, el poeta
Emilio Adolfo Westphalen y el editor argentino Gonzalo
Losada (más adelante volveremos sobre este asunto), nos
llama a cuestionar si este hecho no cambia el
significado total de la obra. (2)
La sobrecogedora muerte de José María Arguedas
por mano propia es un tema inevitable cuando se trata de
estudiar la última novela del autor de Los ríos
profundos (1958). Es realmente difícil eludir el
hecho, tanto más cuando en gran parte de la obra se
habla del tema del suicidio del propio
narrador.
A mi entender, todos los problemas que enfrenta
el crítico para interpretar la última novela de Arguedas
se derivan de la lectura de los “diarios” como discurso
autobiográfico, sin cuestionar la naturaleza misma de
dicho discurso como perteneciente a tal
género.
Mi propósito es, en primer lugar, tratar de
establecer el texto “original” de la novela, cosa que
considero de suma importancia si se quiere hacer una
interpretación coherente. En segundo lugar, hacer una
lectura de la novela en la cual se cuestione el discurso
de los “diarios” en tanto que discurso autobiográfico y,
en tercer lugar, estudiar la función de éstos en la
estructura total de la novela.
Por otro lado, cada vez que se intenta
interpretar una obra se establece un diálogo no sólo con
la obra en cuestión, sino también con la crítica
precedente. En el caso de la novela póstuma de Arguedas
no existe, como en otros casos, una crítica abundante.
Incluso lo último que se ha escrito sobre esta novela
sigue entrampado en los temas de la realidad
(autobiografía-“diarios”) y ficción. Nuestro diálogo, en
particular, se ha establecido con la crítica hecha por
Mario Vargas Llosa. Si bien no fue uno de los primeros
en escribir sobre Los zorros, dada su autoridad
en el campo literario, sus artículos sobre el tema han
tenido gran impacto en cualquier interpretación
posterior
(3).
En la versión de la novela que manejamos y que
reproduce la primera edición de Losada (1971), la
editora Eve-Marie Fell (XXVIII) acepta que, dado el
carácter de edición póstuma, la novela podría tener
errores y se refiere específicamente a que el discurso
que dio Arguedas en Lima al recibir el premio Inca
Garcilaso de la Vega en 1968 y que pidió se colocase
como prólogo de la novela aparece como parte del
“Epílogo”. La profesora Fell no hace otro comentario con
respecto a las “últimas disposiciones de
Arguedas”.
Ciertamente, las últimas disposiciones del autor
no se respetaron para nada y no se sabe a ciencia cierta
quién autorizó la edición de la novela tal como la
conocemos. La edición que conocemos tiene un “Epílogo”
que, según la carta de Arguedas (incluida en el
“Epílogo”), dirigida al editor Gonzalo Losada con sus
disposiciones para la publicación de la novela,
dice:
(...) Si usted acepta
publicar «El zorro de arriba y el zorro de abajo»
así como está y mantiene su decisión de
disponer la edición inmediata, le pido insertar a
manera de prólogo el breve discurso que pronuncié
cuando me entregaron el premio Inca Garcilaso de la
Vega, y que mi viuda Sybila (acero y paloma) y mi
amigo Emilio Adolfo Westphalen, se encarguen de
revisar las pruebas y le aconsejen respecto a la
edición... A él y al violinista Máximo Damián
Huamani, de San Diego de Ishua les dedico, temeroso,
este lisiado y desigual relato. (251, la cursiva es
mía).
La única disposición que se cumplió fue la
referida a la dedicatoria. La novela apareció con un
“Epílogo”, en el cual se incluyó la mencionada misiva a
Gonzalo Losada, la carta al rector de la Universidad
Agraria y a los estudiantes, una “Nota aparte” dirigida
al rector y alumnos, y la nota final escrita el mismo
día en que se disparó (28 de noviembre de 1969),
explicando la razón por la que eligió ese día para
suicidarse, y el discurso “No soy un aculturado”, que
Arguedas había pedido que se incluyera como prólogo a la
novela. Obviamente todos estos documentos llevan las
iniciales de José María Arguedas.
Por la carta citada queda claro que Arguedas
nunca pidió que se incluyeran las cartas y notas finales
como epílogo a su novela. Queda claro también que
estamos leyendo una versión que no sólo cambia el deseo
del autor, sino la estructura y significado de la novela
y, por consiguiente, cualquier interpretación que se
haga sobre ella.
En resumidas cuentas, lo que intento hacer es
seguir los deseos del autor con respecto a su novela. Es
decir, quiero hacer una lectura de Los zorros
que elimine las cartas y notas del “Epílogo” y coloque
el “Discurso” como era el deseo de Arguedas: como
prólogo de la novela.
Es cierto que después de haber leído este epílogo
es difícil librarse de él, pero, de poder hacerlo, nos
daría, si no una nueva lectura de la novela, al menos se
podría replantear ésta. Existe una gran cantidad de
crítica sobre la obra arguediana en general, en la cual
se hace notar que muchos de los escritos de Arguedas se
afincan en la realidad “real” y que algunos personajes,
entre los más conocidos, Ernesto, de la novela Los
ríos profundos (1958), tienen una gran similitud
con la vida del propio autor, quien a través de
entrevistas y reportajes contribuyó a crear esta
imagen.
Frecuentemente es citada la polémica entre
Arguedas y el filosofo y escritor peruano Sebastián
Salazar Bondy en 1965, primero en el Primer Encuentro de
Narradores Peruanos llevado a cabo en la ciudad de
Arequipa, donde Arguedas protestó cuando éste, hablando
de su reciente novela Todas las sangres (1964),
se refirió a ella como una “realidad verbal”; luego,
Salazar Bondy aludiría a este mismo aspecto en la “Mesa
redonda” sobre esta novela, efectuada en junio del mismo
año (4). Para
Arguedas, Todas las sangres era el producto de
sus vivencias personales y representaba los problemas de
la realidad nacional peruana. La crítica que se le hizo
a Arguedas lo afectó sobremanera, tanto que recrudece su
dolencia psíquica y piensa en el suicidio.
Aunque no es éste el lugar para discutir cuánto
afectaron estas críticas en la manera de actuar y
escribir de Arguedas en el futuro, pienso que esto
repercutirá en su próximo proyecto de novela.
Para la mayoría de los críticos, Arguedas era un
escritor que no se preocupaba tanto por las técnicas
narrativas, es más, se afirma que era un escritor
intuitivo. Esta imagen de Arguedas y todo lo que dice el
Yo narrador de los “diarios” en la novela que estamos
analizando ha hecho que los críticos hayan tomado el
discurso del narrador de los “diarios” como una
autobiografía. Aquí me propongo cuestionar tal
asunción.
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