Andrea Cabel García

Ximena Lazarte

Paul Cañamero Álvarez

José Cárdenas Jara

Daniel Maguiña Contreras

Natalia Molina Alanoca

Ramón Peralta

Augusto Rodríguez

Moisés Sandoval Calderón

Diana Sánchez Hernández

Gabriel Amador

Luis Angel Condori Mamani

Gustavo Marcelo Galliano

Giancarlo Andaluz Queirolo

Javier Alejos Guerrero

 

 

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Los cuyes (cuatro y cinco

por Javier Alejos Guerrero

 

Sergio, Pablo, Diego y Jaime son cuatro cuyes de pelaje color blanco. Son compañeros de estudios y muy buenos amigos. Vivían en un pueblo cerca al mar.
A pesar de su aparente similitud física, podemos decir que había elementos que los diferenciaban. Así, Sergio portaba un reloj en la muñeca izquierda; Pablo usaba un chaleco verde y un medallón que tenía una foto de los cuatro amigos juntos; Diego llevaba un gorro azul que nunca se lo quitaba ni permitía que otro lo usara, y Jaime usaba un bonito cinturón negro con una gran hebilla dorada. Los cuatro calzaban resplandecientes zapatos de charol.
Una tarde, luego de terminada la clase, se encontraban jugando kaiví en el patio de la escuela.
Al rato, Sergio tumbó las latas con la pelota. Estas salieron disparadas por el golpe y rodaron en el piso. Pablo cogió el balón y persiguió a sus amigos arrojándoselo, a fin de ganar el juego.
–¡Gané! –gritó Pablo–, al tocar la pelota a Sergio, luego que Diego y Jaime ya habían sido alcanzados previamente.
–¿Puedo jugar? –preguntó una voz a sus espaldas.
Era Gastón, un cuy de pelaje color negro chivillo, delgado, con unos ojos grandes y vivaces.
–¡Claro! –respondió Sergio.
–No, ya estamos completos –refunfuñó Pablo.
–Además se ha hecho tarde, ya estamos cansados –dijo Diego.
–Sí, ya nos vamos –agregó Jaime.
Gastón se puso triste, sus ojos se le nublaron, miró al suelo, dio media vuelta y se retiró.
Sergio quedó sorprendido por la actitud de sus amigos.
–No es correcto lo que acaban de hacer, no hay razón alguna para tratarlo de esa manera.
Los otros amigos los miraron entre asombrados y distantes.
–Puede jugar en su casa.
–No se parece a nosotros.
–Y no usa zapatos.
–Todos somos iguales –replicó Sergio–. Blancos, negros, amarillos, marrones, todos respiramos, pensamos, reímos, lloramos, sentimos, amamos, y hasta la sangre es del mismo color.
–Pero no todos tenemos lo mismo –dijo Pablo–. Y ya, me voy porque tengo que llevar este remedio para mi mamá que está muy enferma –agregó, sacando una cajita de uno de los bolsillos de su chaleco–.
Los cuatro amigos emprendieron el camino de regreso a casa, hasta que de pronto Jaime gritó:
–¡El último que sube al rompeolas tiene cola!
Todos corrieron de distintas maneras, cuando se escuchó un grito.
–¡Nooooooo!
Era Pablo. Se le había caído el remedio de su madre entre los peñascos. Al fondo se distinguía la pequeña caja. En instantes, intentó recuperarla.
–¡No puedo entrar por estos huecos! –lloraba.
Los tres amigos se quedaron a su lado, pretendiendo ayudarlo, sin poder hacer mucho.
–Vamos a tu casa y pide dinero para comprar otro remedio –sugirió Diego.
–Era el último que había en la farmacia que tenemos en el pueblo –respondió desconsolado Pablo.
–¿Qué están jugando? –se escuchó de pronto.
Era Gastón, que los había seguido sin que ellos dieran cuenta.
–Se cayó el remedio de la mamá de Pablo, y si no lo toma se pondrá muy grave –explicó Sergio.
Gastón, sin pensarlo dos veces, se introdujo de manera elástica entre las rocas, deslizándose con agilidad gracias a su delgado cuerpo. Cogió la cajita y salió empapado y lleno de arena.
–¡Ye, ye, ye, ye! –gritaron Pablo, Diego, Sergio y Jaime, uno más fuerte que el otro.
–¡Ye, ye, ye, ye!
–¡Gracias! –le dijo Pablo a Gastón–, dándole un abrazo y manchándose con arena el rostro.
–De nada –le contestó–. No quería que sintieras lo mismo que yo sentí cuando perdí a mi mamá.

Ahora ya no son cuatro, sino cinco amigos inseparables. Pablo le regaló un chaleco a Gastón y en su medallón hay una nueva foto con los cinco sonriendo, juntos

 

© Javier Alejos Guerrero, 2007

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Javier Alejos Guerrero(Lima-Perú, 1966) Estudió Historia en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Siendo padre de Claudia, Mónica, Gabriela y Javier, le dedicó mucho tiempo a distintas labores, en donde sobresalió la de chef y la de escritor oculto de relatos infantiles. Leía con frecuencia los textos de Alberto Flores Galindo y Jorge Basadre, era hincha de Alianza Lima y de la selección peruana (cuando esta iba a los mundiales), y junto a su esposa, Rosa María, le gustaba escuchar a Pablo Milanés, Nino Bravo, Rubén Blades, El Gran Combo, pero sobre todo, a Los Prisioneros, grupo del cual era fanático confeso.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento14_7.htm
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