Carlos Germán Belli
Roger Santiváñez
Chrystian Zegarra
Ezequiel D’León Masís
Alessandra Tenorio Carranza
Melania Menéndez Salazar

El profesor malgeniado / Jorge Eslava
Un instante para Aída / Rafael Sánchez Villegas
Don Quijote contra las trasnacionales / Giancarlo Stagnaro
La Estatua de Bronce / Roberto Roig
El adversario ambiguo / Martín Palma Melena
Sueño desde la jaula / César Pajuelo Moore
Heriberto El Enfermo / Manuel Aguirre

 

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Heriberto El Enfermo

por Manuel Aguirre

 

“A comfortable, smooth, reasonble, democratic
unfreedom prevails in advanced industrial
civilizations, a token of technical progress”.


Herbert Marcuse.
One Dimentional Man


En cualquier evento laboral, bueno o malo, Heriberto hace notar que él es el único perjudicado. Su queja es tan persistente que sugiere una conspiración. Una de las empleadas, que es de origen filipino, murmura que un día de estos el joven quejoso conseguirá un indeseado final. Ella asegura que lo ha leído, accidentalmente, en las entrañas de un gallo. Remarca lo fortuito del hecho explicando que en realidad el animal fue muerto para ser comido, no para facilitar una lectura del futuro.
Heriberto dice que en esta oficina él no puede ni respirar sin sufrir alguna consecuencia negativa. El hombre repite, con agobiante frecuencia, que su jefa muestra ojeriza en su contra. Es verdad que ella lo tiene bajo severo control, pero todos sobrevivimos esas pequeñas molestias que sólo acontecen de ocho a cinco, o en el peor de los casos hasta las seis o siete de la noche. Ese toma y daca es normal. Debemos trabajar para vivir y a fin de conservar nuestro empleo, tenemos que aguantar. Es parte de la vida. Debemos aprender y pensando en ello yo le he dicho a mi amigo, en diferentes ocasiones, “tienes que hacerte el cojudo, Heriberto. Haz como si no fuera contigo”, pero él no hace caso. No acepta consejos ni de un hombre maduro como yo. Mis canas no significan nada, en su concepción peculiar de la vida. Heriberto toma cada una de estas ocurrencias como una ofensa personal. Cuando hago un esfuerzo para hacerlo razonar, él eleva la nariz, en un gesto característico, y me contesta sin vacilación, “esto viola mis principios esenciales, hermano; quebranta la razón de mi existencia.” Y claro, yo no intento ir más allá, nunca. Constituiría una insensata pérdida de tiempo y temo que hasta peligroso podría ser para mí.

Si le das cuerda, Heriberto puede hablar por horas. Lo peor no es el engorro de tener que escucharlo sin poder ocuparme de algo útil, no. Lo triste es ver como Heriberto se destruye poco a poco, ante mis ojos. En ciertas ocasiones tengo miedo de lo que Heriberto sea capaz de pensar cuando atraviesa ese estado de desilusión por todo lo que lo rodea. Temo que algún día este joven pueda llegar a la conclusión de que ya nada tiene sentido en la lucha cotidiana y como consecuencia se le dé por atentar contra su vida.
La verdad es que Heriberto, cuando lo conocí, era un excelente trabajador. Cumplía con sus obligaciones al pie de la letra sin prestar atención a los avatares de cada día. Pero es cierto; creo que a la doña se le pasaba la mano con Heriberto, a pesar de que él trataba de no cometer errores y revisaba sus tareas, varias veces, antes de darlas por terminadas. Por ejemplo, cuando yo llegué a la compañía Heriberto era el más antiguo de su departamento; lo habían contratado cuando esa oficina se creó, pero su jefa insistía en tratarlo como recién llegado. Al ser nombrada esta señora, como jefa del departamento, Heriberto tenía el grado de especialista de primera. Sin embargo la vieja se encaprichó en asignarle el rango más bajo para su especialidad. En cada actualización de las listas de personal, ella lo hacía aparecer como especialista de quinta categoría.
Yo escuché a Heriberto, varias veces, decir con énfasis marcado, que el día menos pensado todo se iba a aclarar y que en esa oportunidad cada quién ocuparía el lugar que por méritos le correspondía.

Heriberto ama las canciones de Pink Floyd. En especial, el álbum llamado La pared. A nosotros nos puede gustar la música y la escuchamos para divertirnos. Heriberto se transporta dentro de ella. Él me dice, en tono secretista, que no podría trabajar una jornada completa si no escucha, como música de fondo, su favorito “CD”. Heriberto tiene ideas muy raras. Me cuenta que esa canción de la pared, es un himno a la libertad. “Porque nosotros no hemos nacido para trabajar”, me dice con fruición y cita como defensor de esa teoría a un tal John de Leyden que vivió en el año mil quinientos treinta y cuatro. “Nuestra tragedia principia en la escuela. Allí es donde nos quiebran la voluntad y el espíritu de lucha, donde desaparecen nuestra preciosa individualidad”, expresa Heriberto con tal júbilo que hasta el color de sus ojos parece más claro. Él dice que en el camino aparece la Iglesia que nos llena la cabeza de miedos y grandes ¡NO! “Porque la Iglesia está implicada en la gran conspiración para amaestrarnos”, dice Heriberto con los ojos soñadores a este punto. “Tú no lo ves claro, como yo”, me dice. Menea la cabeza y continúa: “En el principio éramos unos cuantos, tan sólo, y vivíamos felices, claro, sin trabajar; como verás el volumen es lo que nos caga. De pronto apareció un cabrón que era muy fuerte y empezó por obligar al resto a que trabajaran para él. Otro individuo, en el mismo grupo de que hablamos, no muy fuerte pero astuto y queriendo evadir el trabajo forzado, dijo que el rayo era un Dios, que el trueno constituía la expresión de su carácter divino y el relámpago la representación de su espíritu todo poderoso. Es más, el astuto dijo entre muecas extrañas de su rostro y contorsiones inverosímiles del cuerpo, a fin de completar el drama, que él podía hablar con los dioses y atenuar su inmensurable ira. El fortachón que nos forzaba al trabajo, halló graciosa, innovadora y útil aquella gratuita intermediación. En consecuencia, y como viera que esta fábula incrementaba su poder, atestiguó, con solemne devoción, la verdad celestial que el recién nacido brujo proclamaba. Los hombres principiamos a bajar la cabeza y a trabajar en silencio desde ese entonces. En aquel instante perdimos la razón de nuestra existencia.” Mi amigo, el Enfermo, guardó silencio con la cabeza gacha, como si hubiera iniciado un período de profunda meditación.
Heriberto me dice, con extrema seriedad, que la vida, por el contrario, no tiene otro sentido que poner a nuestra disposición la oportunidad de prepararnos para morir en la entera conciencia de lo que somos. “La mayoría de gente muere sin darse cuenta del glorioso evento o cagándose de miedo por lo que le va a pasar”, me comunica cubriéndose en parte la boca con una de sus manos estirada, como un alerón a medio abrir.

Pienso que yo me salvé, porque Heriberto me tenía cierta consideración. No sé, tal vez él me respetaba porque yo era el único que lo escuchaba y se interesaba en sus ideas y en sus angustias. Su vida ha de haber sido miserable. No comprendo por qué él pensaba que trabajar era una afrenta. “La vida es injusta con nosotros”, me decía al referirse a nuestro diario trajín en la oficina. “Me levanto a oscuras, llego de regreso a mi departamento cuando ya es noche y aún en esa circunstancia debo ponerme a cocinar algo que comer”, me decía con un rostro lleno de ira. “Después de alimentarme, por las noches, me provoca hacer algo que a mí me guste, algo que me apasione, pero mi esposa prefiere ver televisión, estúpidos programas, y así me quedo dormido en la sala, otra noche más.” Dicho esto último, Heriberto habló en un confuso lenguaje acerca de un hombre llamado Gracchus Babeuf, “un alma lúcida que cayó víctima de sus ideas, asesinado por las bestias que pretendían proteger la revolución francesa”, dice con los ojos transparentes y llenos de lágrimas, Heriberto. Acto seguido mi amigo argumenta, en francés, que yo no entiendo, por más de cinco minutos. Llena sus pulmones de aire, el enfermo, y retorna al uso del castellano para recitar un concepto de Grachus, “la opresión existe cuando una persona queda exhausta como consecuencia de su dedicación total al trabajo y constata después de ello que no posee nada, mientras otro nada en abundancia sin haber trabajado un segundo en su vida entera”, declama Heriberto como los sacerdotes gritan el introito en las misas cantadas. Yo le digo que eso me suena a comunismo y él arremete para replicar, “eso. Eso! Ese hombre santo fue el primer comunista de la historia que conocemos. Mucho antes de que el cabrón de Marx hubiera podido pensar en ello. Pero la revolución se lo comió.” Al llegar a este punto Heriberto me coge suavemente por el cuello y aproxima su boca a mi oreja para decirme, casi en un murmullo, que Gracchus se llamaba en verdad Francoise Noel y que él fue el primero en establecer el paralelismo entre el trabajo, como lo conocemos nosotros, y la esclavitud. Agrega, mi amigo, que Francoise poseía una virtud sin paralelo que le permitía estructurar definiciones que eran concisas, claras y mortíferas, pero dulces al mismo tiempo. “Observa esta”, me dijo, tomó asiento en una banca de cemento a la entrada de nuestra oficina y con los ojos entrecerrados principió a decir, “La propiedad privada, como institución, es una sorpresa introducida de contrabando en las almas simples y honestas de las masas. La aceptación de este macabro concepto justifica la existencia de afortunados e infortunados, de amos y esclavos.” Heriberto se pone de pie con inusual agilidad. Enciende un cigarrillo, con curiosidad por cada una de sus acciones y después de inhalar una bocanada inmensa de humo me dice con un gesto socarrón, “me gusta el pata, pero creo que al final, si hubiera sobrevivido, nos habría obligado a trabajar. Yo estoy mucho más a la izquierda que él. Por eso es que te digo que no soy comunista, ¿me entiendes?”

Mi amigo se la toma contra el matrimonio también. Habla, y delira al hacerlo, mientras construye un mundo lleno de peligro, a mis ojos. “¿Quién ha inventado esa patraña de que el hombre alcanza la grandeza cuando se sacrifica por sus seres queridos, por su familia?”, me dice con un gesto de extrañeza en el rostro. “Yo, como cada ser humano en este planeta, he nacido con una misión por cumplir. Soy una especie de profeta. Debo proclamar, cada segundo de mi vida, el evangelio de la violencia. Como Seres humanos, que somos, debemos superar el estado de marasmo y dominación en que nos encontramos, a través del ejercicio de la violencia.” A continuación me coge por las solapas, con ambas manos, y me grita con su boca salpicando saliva a dos centímetros de mi nariz, “¿quién que ejerza dominio sobre ti, que te obligue a trabajar y a doblegarte cada día, te va a liberar gratis?, ¿ha?”, me dice y yo me asusto del estado a que nuestra conversación ha llegado. Le digo, con tímida actitud, que su esposa, sus hijitos, no lo obligan a trabajar, no lo doblegan en absoluto y él retorna al ataque para decir con un dedo índice en alto, “si vivieras solo, no tendrías que trabajar.”

A Heriberto le gusta escribir, lo hace por las noches, en su tiempo de sueño. Crea historias sobre el papel con ardorosa pasión, como él dice. El problema es que no escribe bien y eso lo llena de violencia autodestructiva. “Quisiera escribir historias que al ser leídas produzcan un cambio tangible en los lectores. Tengo el ansia descontrolada de desatar violencia en las mentes que leen mis escritos; violencia destructiva en su reacción contra este estado perfecto de cosas que nos rodea y en el que estamos inmersos”, dice vibrante y aceza hasta que poco a poco recupera el ritmo normal de su respiración. En una oportunidad yo le sugerí que de repente se estaba volviendo comunista, sin darse cuenta, por cierto. Heriberto me respondió veloz como un látigo que no era un problema de doctrina política o de teoría económica. “Es algo más profundo, íntimo y básico. Tanto como los instintos. Comunistas y capitalistas, al final, hacen lo mismo, dedican todos sus recursos a la tarea de domesticar al ser humano para que trabaje sin protestar. Una vez que lo tienen amaestrado, el sujeto es como un drogadicto. Teme, con angustia mortal, perder el empleo que como un cordón umbilical, lo ata al sistema.” Yo le repliqué con pausada voz, para ver si así se calmaba que, “Heriberto, así no se salva nadie. ¿Queda alguien en este mundo en quién podamos confiar?”, le dije y en efecto el joven se calmó. Inspiró profundo una o dos veces y respondió que nadie. “El día en que todos se den cuenta de su miserable estado de esclavitud, se alzarán imbuidos de una violencia colectiva para matarse unos a otros.”

Yo pienso que Heriberto está enfermo. Dice que nosotros, todos, somos esclavos. “Es la versión moderna de la esclavitud”, pronuncia con las mandíbulas cerradas y rechinando las muelas. El otro día cuando bajamos a tomar un café, en la hora del almuerzo, nos sentamos al rededor de una mesa de metal, de esas que tienen un tubo con una sombrilla en el centro. Entre sorbos del aromático líquido, Heriberto me explicó el esquema completo detrás de su teoría de la esclavitud. Sus razones, para él muy poderosas, no me terminaron de convencer. Explica Heriberto que los esclavos negros, traídos a nuestro continente por los europeos, tuvieron una vida más fácil que la nuestra. Yo le digo de inmediato que se calle, no vaya a ser que lo escuche alguno de los negros que trabajan en nuestra compañía y se arma un despelote. “Cállate, Heriberto”, le digo yo, “no puedes comparar la vida que llevamos nosotros con la de un pobre negro tratado como animal menor de edad.” Y trato con esto de llamarlo al orden, pero él se empeña en explicar a voz en cuello que en el pasado los esclavos vivían en la propiedad de sus amos y no pagaban renta o hipoteca, El amo les preparaba y pagaba por su comida y finalmente su dueño les proporcionaba la ropa que necesitaban para cubrir su desnudez. “Hoy, escúchame, hermano”, me dice con las venas del cuello saltadas, “somos esclavos desde las cinco y treinta de la mañana, que es la hora en que yo me levanto para ir a trabajar, hasta las siete y media de la noche, en que llegamos a casa después de una jornada de suplicio.”
Le pregunto, con inocente humildad, que cómo es que él ve suplicio en lo que yo aprecio como una natural jornada de trabajo. En este punto en el tiempo, a Heriberto le tiembla el labio inferior, tiene tics horrendos en los párpados de sus ojos y en la boca, pero aún así continua su explicación, “a la hora que llegas a tu casa”, me dice, “el amo no te da de comer. Tú te tienes que cocinar.” Y a continuación extiende su perorata para culminar diciendo que ahora nos dan dinero para que hagamos las cosas que ellos hacían antes por sus esclavos. Cocinar, con productos comprados en la tienda del amo. comprar ropa, para vestirnos, en el almacén de nuestros dueños y por último, tomar cortas vacaciones de tal manera de no afectar la planilla de la compañía y al mismo tiempo darle negocio a los hoteles y aerolíneas del amo. “¿Te das cuenta de lo sutil que es este proceso? No disponemos de nuestro tiempo en absoluto”, repite el buen hombre, mientras menea su cabeza en signo de desencanto. “Después de comer, ellos, los amos se encargan de programar tu mente, a través de la televisión, con el objeto de que compres bienes en sus tiendas a la primera oportunidad que tengas y también te adormecen, mediante programas subliminales, a fin de que no pienses en nada que para ellos sea peligroso.” A continuación, Heriberto menciona el film “Fight Club” y cita una línea en que uno de los personajes dice: “To buy sheet we don´t need...”, y al terminar se queda con la cabeza gacha, contemplando el cuadriculado de las losetas en el piso, con la mirada disuelta en sus ideas.

El pobre Heriberto vive en pánico. Teme constantemente que lo despidan. “El asunto es tenernos aterrorizados, para que así seamos buenos esclavos”, dice al pasar frente a mi cubículo. Yo meneo la cabeza y trato de hacerle entender que no van a botar a nadie, que las ventas van viento en popa, que los dueños de la compañía van a tener que contratar más gente, por el contrario. Heriberto me hace una seña con los ojos para que me levante y vaya al baño con él. El enfermo argumenta, mientras orina, hablando con la boca torcida para que nadie más que yo escuche lo que me dice, a cerca de su teoría de que los amos se aprovechan del volumen de ventas para contratar más empleados y así poder despedir luego a aquellos que los supervisores hayan tachado de incompetentes. “En realidad nuestros jefes se aprovechan de estas oportunidades para deshacerse de los que no les besamos el poto.” Yo le digo a Heriberto que talvez él exagera. Que lo piense con calma y que así podrá ver las cosas con más claridad. Heriberto me contempla, como quién mira un niño lloroso, perdido en la calle y con una enorme sonrisa me dice, “¿te has dado cuenta que nosotros sólo tenemos dos estaciones de trabajo? La de angustia por que no hay negocio y en cualquier momento nos despiden y la de sufrimiento porque tenemos mucho trabajo y debemos producir por largas horas durante la semana y luego los sábados y domingos, ya que si no lo hiciéramos, nos dicen que los que no aportan, ahora, su cuota de sacrificio serán los primeros en irse cuando el volumen de ventas disminuya y se presente el siguiente período de despido.”
Por momentos llego a creer que Heriberto es un profeta. Me gusta lo que dice, mas me crea un sentimiento de nerviosismo irracional que me destroza el pecho. Sí, él expresa algunas verdades, pero en conjunto, todo lo que dice es peligroso para nosotros los que trabajamos sin entretenernos con tanto pensar.

Esta enfermedad de Heriberto ha trascendido los confines de nuestra oficina. Ayer fui a ver a mi doctor, porque tengo un uñero que me está matando, y él me pidió que hable con Heriberto. “Ese muchacho se encuentra al borde del colapso”, me dijo, “tiene la presión sanguínea constantemente en dieciséis, respira con dificultad por un asma que para mí es causada por el nivel de estrés en el que Heriberto se mantiene. Ese joven tiene que cambiar o algo malo le va a ocurrir.”
Yo le dije al doctor que iba a hacer lo posible, pero ¿qué puedo hacer yo? Heriberto tiene su propia agenda y es verdad, yo también me encuentro en un nivel de estrés que es muy alto. Todos nosotros lo estamos, ¿qué podemos hacer? Nada. Cada uno tiene que tratar de salir adelante. Trabajar duro para construir un retiro decente. Comprar una casa, mantener un estilo de vida que nos satisfaga. Pero yo creo que todo esto va a pasar. Todo se arreglará a su debido tiempo. Heriberto reaccionará en algún momento y se desacelerará. Empezará a pensar como cualquiera de nosotros y los silbidos que produce mi pecho desaparecerán también.

Cuando llegamos a la oficina, este viernes que pasó, todo lucía normal. Los consabidos saludos del viernes, “buenos días, hoy es viernes, ¿te has dado cuenta?” Y los compañeros respondían, “sí, ¿no me ves la cara de contento?, sí sé que hoy es viernes.” Y este es un intercambio ridículo de las mismas preguntas y respuestas, como un lamento disfrazado, que se repite religiosamente todas las semanas.

Ese día todos notamos que Heriberto había llegado muy temprano. Primero que todos, tal vez. Allí estaba él frente a su computadora, contemplando un fólder abierto sobre su escritorio; en silencio, como siempre, sin prestar atención a ninguno de los que canjeaban saludos a su alrededor. El viernes es día de vestimenta casual en nuestra compañía y la mayoría de empleados vestía una camiseta polo y un bluejean. Heriberto, sin embargo, tenía puesta una casaca larga de lona verde que lo hacía sudar.
Pasaron dos horas desde que llegamos hasta que nuestra jefa arribó, oronda y triunfante, para cruzar luciendo su tremendo trasero ante toda la gente que la saludaba con fingido entusiasmo y aparente amor.

Nadie había pensado en un desenlace como el que nos tocó vivir ese viernes. Bueno, excepto yo. Yo vengo del mismo país que Heriberto. Todos nosotros, en mi país, es decir, tenemos una imaginación desbordada. Yo había imaginado, un día mientras defecaba y me di con la sorpresa que no tenía nada que leer, que algo así de grande y dramático me podía suceder a mí. Lo normal es pensar que ese tipo de eventos se leen en los periódicos. Suceden en un pueblo pequeño de Colorado o Missouri, pero no en Los Ángeles, en nuestra oficina.

Heriberto lo había planeado todo, al milímetro. Conocía los horarios de llegada de cada uno y de cada una. Heriberto caminaba, siempre, muy rápido. Ninguno de nosotros se explicó nunca por qué se desplazaba de manera tan veloz. Cuantas veces le pregunté por una razón, él me respondía, con cara de ingenua sorpresa, que era su oportunidad de hacer ejercicio mientras se encontraba en la oficina. Heriberto se hizo conocido como el veloz caminante de los corredores. Había llegado el momento en que nadie se sorprendía de sus raudas apariciones en los pasillos. Ya no le prestábamos atención cuando él aparecía sudoroso al doblar una esquina. Así pues, aquel viernes por la mañana Heriberto pudo visitar doce oficinas, en un muy corto período de tiempo, para cumplir con su objetivo tan meticulosamente planeado. Nadie pensó en algo fuera de lo común, cuando lo vieron pasar presuroso al ir de un lado al otro. Ni un alma, en nuestra oficina, imaginó la verdadera magnitud de aquel evento.

Yo me resistí a creer lo que veía y oía. Heriberto me encañonó con un revolver, de apariencia extraña para mí, y con movimientos de muñeca y utilizando el arma como complemento de sus palabras me ordenó que ingresara en la oficina de nuestra jefa. Mi cubículo se encuentra a un metro de la puerta a la que él apuntaba. El cuerpo se me enfrió. Todo lo que yo había imaginado, antes de experimentar gran sentimiento de culpa por mis malos pensamientos, se convertía en realidad. Sólo que en mis sueños yo nunca fui un elemento participante, como en realidad fui el viernes de marras.
“¡De rodillas!” me dijo con enérgica actitud, pero en un tono de voz que muy pocos notaron. “¡Avanza e ingresa en esa oficina, huevón!”, continuó diciéndome. Ingresé a la oficina de nuestra jefa, él me siguió y cerró la puerta con llave. La señora intentó ponerse de pie mientras elevando el tono de su voz dijo algo como “yo no permito estas irrupciones...”, pero en ese mismo instante vio el revolver en la mano de Heriberto y languideció, se fue apagando y se dejó caer de regreso en el asiento en el que había estado sentada. Heriberto me pidió que me sentara frente a ella, “no tengo nada contra ti”, me dijo con naturalidad. “Deseo que presencies esta última ejecución. Tú has sido mi amigo por muchos años. Te has portado bien conmigo. Has escuchado mis penas. No te voy a matar. Tú vas a ser mi testigo. Tú darás fe de mis reales intenciones y creo que además vas a aprender. Espero que después de presenciar esta muerte pública, se haga la luz en tu mente y la violencia llene tu corazón.”

Heriberto habló muy rápido, pero con brillante claridad. Puedo entender por el tono de su discurso que él había preparado largo tiempo su mensaje. Meses diría yo. Él era escritor. Calculo que habría corregido aquel texto una mil veces, hasta conseguir que cada palabra significara realmente lo que él pretendía comunicar. De la misma manera creo que puedo asumir que él había depurado el número de palabras hasta que la combinación del mínimo de ellas produjera una sinergia tal que pudiera expresar el máximo contenido ideológico.
El hombre, con una tranquilidad sorprendente, le hizo saber a la mujer frente a él que antes que ella habían sido ejecutadas once personas. “Con un tiro limpio, en la frente, y sin ninguna explicación previa”, le dijo con una voz que a mí me pareció tierna. “Usted ha tenido suerte”, le dijo. La quedó mirando como si no la reconociera y continuó su perorata. Rememoró todas la injusticias de que él creía haber sido víctima. Inquirió con seriedad al abordar el tema de los despidos y la tortura a la que eran sometidos los empleados con esa amenaza continua. Le pidió que confesara en alta voz si ella, en verdad, no sentía vergüenza de ocupar el cargo que tenía sin conocer en detalle las actividades que sus subalternos practicaban día a día. Le pidió, casi le imploró, diría yo, que le confiara la razón o motivo por el cual ella se empeñaba en privarlo de su real categoría.
La señora balbuceó frases. Lloró, pidió clemencia y le recordó que ella tenía un esposo y tres hijitos. Mi amigo, el enfermo, volteó los ojos hacia mí y musitó, “no entienden estos huevones. Creen que pueden cometer injusticias y abusos y al final recordar que tienen marido e hijitos para obtener perdón.” A continuación Heriberto dijo cosas que había madurado largamente. Repitió, para mí, ideas y conceptos a los que él recurría con persistencia militar. Le hizo saber a la pobre mujer que ella iba a morir como los demás, llena de miedo y desesperación, “porque su vida era tan vacía como una calabaza del día de las brujas.” Trató de hacerle entender que por el contrario, él, Heriberto, había llegado al punto culminante de su existencia. Se había llenado del valor suficiente que le permitiría independizarse, liberarse de la dominación del trabajo, de ella y de todos los jefes, para que así, al final, siendo conciente de su libertad, habiendo probado con el ejercicio de la violencia, esa mañana, su entera autonomía, le fuera posible su partida de este mundo en el momento que él elegía. Sin temor alguno que turbara su mente. “Yo sé lo que estoy haciendo. Tú no, vieja cabeza de torta”, le dijo en un tono que me causo gracia, a pesar de la seriedad del momento. Luego la miró, colocó el cañón del revolver sobre la frente de su jefa y dijo muy despacio, “cuando se toman decisiones como la que yo he tomado, no hay perdón posible. ¡Levanta la cara, mierda!”, agregó con voz enérgica y cuando ella irguió la cabeza el joven disparó. Heriberto miró su revolver y cantó en voz baja la letra de Wish you were here: “So, so you think you can tell… Heaven from hell… Blue skies from pain… Can you tell a green field… From a cold steel rail…¿A smile from a veil?…¿Do you think you can tell?”
Detrás de su queda voz, montada en el lamento de aquella melodía, yo escuché un ruido insignificante, un “pac”, menos sonoro que un palmazo y la pared de atrás se llenó de sangre. Era una mancha en forma de estrella, algo como un cuadro surrealista o más bien una pintura abstracta a la que bien hubiéramos podido titular “deceso”. Heriberto dijo, “detesto estas manchas. ¡Ponte de pie y sal de esta habitación!”, dirigiéndose a mí.
Ni bien abrí la puerta, aparecieron ante mi vista varios curiosos; Al mismo tiempo Heriberto, después de colocar el cañón del revolver contra su pecho, a la altura del corazón, había disparado por última vez

Media hora más tarde llegaron los policías. Obligaron a salir de la oficina a todos los empleados y se dedicaron a inspeccionar cuarto por cuarto, a fin de constatar cuantos muertos podían encontrar y para verificar si aún se encontraba algún pistolero en la oficina. Los muertos fueron trece. Doce jefes y un empleado, Heriberto el enfermo.

© Manuel Aguirre, 2005

 
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Manuel Aguirre (Arequipa-Perú, 1940) Combina la escritura con sus labores cotidianas. En 1972 publicó el poemario Razón de silencio. Tiene una novela inédita, Dudas y murmuraciones; además de dos libros de cuentos, también inéditos, Partidas y Ardania.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento8_7.htm


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