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José Donayre: "La enramada de Leona"

Luis Tamargo: "Más que un juego"

Rolando Revagliatti: "Mario y yo"

Alejandro Neyra: "Con Perec, Vernier y el amigo de mi pueblo en Ginebra"

 

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Con Perec, Vernier y el amigo de mi pueblo en Ginebra

por: Alejandro Neyra

 

“He descubierto que Hugo Vernier sí existió. Y fue efectivamente plagiado por Verlaine, Rimbaud, Mallarmé… todos, todos. Lo que dice Georges Perec es cierto. Yo tengo las pruebas” (1) .

Breve introito y descripción del ambiente

No sé exactamente por qué le decían “el amigo de mi pueblo” — simplemente amigo, de aquí en más— en San Marcos. Creo que alguna vez compartí con él algunas clases en la universidad, pero no puedo decir que fuera mi amigo. Y me parece recordar vagamente que su apodo se debía a que alguna vez escribió un cuento —entre lo costumbrista y lo posmoderno— con ese título, el cual fue inmisericordemente pulverizado por la crítica de nuestro curso de creación literaria —tampoco un gran referente, por supuesto.

Desde aquellos tiempos universitarios no lo había vuelto a ver. Y ahora, increíblemente me lo venía a encontrar en Ginebra, en esa noche de poetas y trovadores, organizado por Tierra Incógnita, el curioso nombre del pequeño local que fungía de librería, guardería, discoteca, pub y punto de encuentro de la escasa pero siempre animosa intelectualidad latinoamericana de la parte francófona de Suiza.

Allí, en medio de pósters del Che Guevara, Celia Cruz y Rubén Blades, además de algunos tapetes de estilo andino que colgaban de la pared, sentados en una de las tres mesitas que llenaban el espacio convivial de la chingana, y con dos Cusqueñas al frente (7 francos suizos cada una —casi 6 dólares—, lo que me hace pensar ahora que debe haber sido la cerveza más cara de mi vida), el amigo comenzó su historia sobre el tal Hugo Vernier. La música de fondo era una bachata cantada por unos dominicanos que viven en Nueva York y es éxito en toda Europa: “Obsesión”. Canta el grupo Aventura.

El narrador

Yo llevaba en Ginebra ya un buen par de años. Mi vida no es lo más importante de esta historia, pero a efectos de ponerme en contexto, diré que llevé algunos cursos de Literatura en San Marcos, mientras estudiaba, un poco a mi pesar, Derecho en una universidad privada. Al final, la necesidad, madre de todos los vicios y profesiones, obligó a que dejara mi ilusión de ser escritor para convertirme —para alegría de mi familia clasemediera— en abogado.

No me quejo. Al final, por esas casualidades de la vida trabajé en algunas ONG, en la Comisión de la Verdad, y desde allí pude dar el gran salto para venir a Ginebra, en donde trabajo en la OMCT (2), organización no gubernamental que denuncia violaciones de derechos humanos alrededor del mundo.

Hasta allí mi vida, que es lo menos importante en esta breve narración. Bueno, sí, termino con esto: escribo de vez en cuando y soy amigo del peruano dueño de Tierra Incógnita; por eso estaba allí, luego de leer algunos de mis poemas, que causaron tímidos aplausos en la raleada concurrencia de la soirée.


El amigo

La historia del amigo sí es mucho más interesante, sin duda.

El amigo provenía efectivamente de un pueblo cercano a Chota. Estudió la primaria en Cajamarca y luego llegó a Lima para hacer la secundaria en un colegio de San Martín de Porres, que era donde vivía con una tía materna. Cuando terminó el colegio, sin muchas alternativas, decidió postular a la universidad, donde pensaba estudiar Derecho. Tras sucesivos y fracasados intentos, decidió que lo mejor era comenzar a trabajar y dejar el sueño de los estudios superiores para más tarde.

Así fue que el amigo empezó a colaborar con unos negocios familiares de otro tío suyo, que tenía un pequeño taller de confecciones en Gamarra. Mientras tanto, dispuesto siempre a progresar en la vida, empezó con las clases de francés. No eligió el inglés porque lo encontraba muy común, y él siempre había querido ser diferente (sic).

El amigo tendría unos 25 años cuando volvió a intentar el ansiado ingreso a la universidad. Para entonces, con sus ahorros se había comprado un auto de segunda, que también taxeaba. Eso le había permitido ya independizarse de su familia y alquilar un pequeño cuartito en Jesús María, distrito que le parecía mucho más chévere (sic). Al mismo tiempo, dedicaba parte de su tiempo libre a hacer a un servicio especial de taxi, que explicaré a continuación.

Iba al aeropuerto, donde buscaba turistas —de preferencia mujeres, jóvenes y que pudieran hablar francés— para ofrecer su servicio de guía, el cual casi siempre venía acompañado de otras ofertas, como clases de español o de baile latino, y terminaba muchas veces con otro tipo de prestaciones mucho más placenteras por las cuales, por supuesto, no cobraba... aunque a veces le dejaban alguito (último sic).

Decidido a complementar sus labores como guía de mejor manera, el amigo postuló esta vez a Historia, sabiendo, además, que el ingreso a la Facultad de Letras en San Marcos era mucho más sencillo que a Derecho. Su segunda opción fue Literatura. El amigo no alcanzó el puntaje mínimo requerido para estudiar Historia pero sí el de Literatura, lo que tomó deportivamente como una señal del destino. Después de todo, un brichero motorizado con cultura literaria tampoco era mala cosa.

Debo haber coincidido con el amigo durante su segundo año de estudios en la Escuela de Literatura, cuando en realidad ya había pasado —en términos reales— cuando menos unos tres o cuatro años en la universidad. Desde entonces no lo había vuelto a ver.

El amigo tenía treinta y dos años cuando conoció a la que sería su futura esposa (entonces seguía llevando cursos de tercer y cuarto año). Tuvo mucha suerte porque esta vez en realidad fue un encuentro casual. El amigo estaba tomando un jugo de maracuyá y comiendo una tajada de pizza en el Jirón de la Unión, mientras hacía tiempo para recoger a una cliente, cuando de pronto escuchó unas voces, casi gritos, en francés.

De inmediato se acercó a las dos jovencitas que estaban a punto de arañar a una vendedora que sólo atinaba a decir “tranquilícese, amiguita, ya le doy su vuelto”. Cual moderno Salomón, el amigo fungió de traductor y mediador, dejando al final satisfechos a ambas partes de la contienda. Las chicas lo besaron tres veces cada una y lo invitaron a tomar unos tragos. Desde aquel momento, durante cinco semanas, el amigo vivió con las chicas, disfrutando de todo lo que ellas le invitaban, y de no pocos menage à trois en su cuarto de Jesús María.


Ella

Ella era ginebrina y millonaria (en realidad, hija de millonario), tenía 27 años y era lesbiana. Había ido al Perú enviada por sus padres, calvinistas radicales que no podían admitir que su hija fuera lesbiana y libertina. Los ingenuos millonarios creían que quizás en ese lejano y exótico país de Sudamérica su hija podría reflexionar un poco, distraerse un tiempo y, en el mejor de los casos, dejar sus extrañas y pecaminosas prácticas.

Ella se había arreglado para conseguir que una de sus habituales parejas viajara con ella y, de ese modo, el viaje a Perú lo estaba disfrutando a las mil maravillas. Aquel amable indio —con acento francés terrible— que se había acercado para ayudarla cuando estaban a punto de golpear a una vendedora que no quería entregar el vuelto adecuado (manías de millonaria, que compraba ropa interior en plena calle del Jirón de la Unión de Lima) era, sin duda, un ángel caído del cielo.

Ella le dijo que estaba dispuesta a pagarle el pasaje a Suiza si aceptaba casarse. El amigo quedó sorprendido. Por supuesto, su duda no duró más de tres o cuatro segundos. Europa lo esperaba.

De inmediato ella le confesó cuál era el arreglo. No estaba interesada en la relación carnal, pues a ella le gustaban las mujeres. Ellos necesitaban los papeles del matrimonio para convencer a los padres del enlace. Luego solicitarían una dote y la entrega de uno de los departamentos de la familia —de preferencia alguno con vista al lago—, lo que les permitiría contar con techo de lujo y una suma mensual que ella administraría. Si él quería más, tendría que trabajar o vérselas por su cuenta. Más allá de las necesarias precauciones para no ensuciar demasiado el nombre de la familia, él tenía libertad entera para buscar mujeres u hombres, o lo que quisiera, y llevar la vida sexual de su preferencia. Ella no estaría al cuidado. ¿Podía el amigo pedir algo mejor?


El amigo en Europa

Luego de una breve despedida de la familia y amigos, y el viaje con escalas en Bonaire y Amsterdam, la feliz pareja de recién casados llegó a Ginebra, y más precisamente a una residencia de Collonges-Bellerive, al borde del lago Leman, donde se expuso a la familia de ella la situación existente (obviando detalles innecesarios como el arreglo propuesto, la administración del estipendio mensual, la autenticidad del documento que formalizaba el matrimonio y lo hacía legal, y el origen del título de maestría en Literatura Latinoamericana que el amigo también había comprado en el jirón Azángaro a menos de doscientos soles).

La familia, prefiriendo el matrimonio con aquel bon savage antes que reconocer ante la sociedad calvinista el lesbianismo de su hija, aceptó gustosa al amigo como miembro de la familia.

De más está decir que el amigo se las arregló prontamente para comenzar una vida de brichero internacional que le daba réditos suficientes como para vivir con holgura, tanto que se daba el lujo de enviar el dinero que recibía de la esposa a su familia en el Perú.

Ella era la pareja perfecta, totalmente despreocupada de lo que hiciera o dejara de hacer su marido. Sólo le plantó una queja aquella vez que lo sorprendió tocando una quena con un grupo de indios iguales a él, semidesnudos y con algunas plumas en la cabeza, al borde del lago. A ella no le molestó tanto el hecho de verlo en aquella actitud de falso trance espiritual mientras tocaban una música extraña y flirteaban con desconocidas, sino el hecho de que las plumas hubieran sido extraídas, como era notorio, de la cola de uno de los bellos cisnes del lago. Más allá de eso, era sin duda la esposa más maravillosa del mundo.

La vida del amigo transcurría sin agitaciones, más allá de las que le producían los partidos de fulbito que solía jugar con otros amigos peruanos los martes por la noche (casi todos engastadores de joyas trabajando de negro en conocidas firmas suizas).

Hasta que un día le sucedió lo que me empezó a contar aquella noche en Tierra Incógnita.

La historia de Perec y Vernier

“He descubierto que Hugo Vernier sí existió. Y fue efectivamente plagiado por Verlaine, Rimbaud, Mallarmé… todos, todos. Lo que dice Georges Perec es cierto. Yo tengo las pruebas.”

—Bueno, cuéntame quién es Vernier. Porque a Perec sí lo conozco, creo. Es un escritor, ¿no?
—Exacto. Genial. Miembro del Oulipo, maestro de maestros.
—¿Oulipo?
Ouvriers de la Littérature Potentielle. Trabajadores de la Literatura Potencial. Experimentales. Alquimistas del lenguaje.
—Bueno...
—Otro día te cuento de ellos. Es un grupo que formó Queneau en 1960 (3), entre miembros del Colegio de Patafísica.
—¿Pataqué?
—Patafísica (4). Es un colegio, una especie de logia fundada por Alfred Jarry a principios del siglo XX. Unos locos malditos…
—En fin… cuenta tu historia.
—Ahí voy…

Debe haber sido hace como un año y medio más o menos que conocí a una chiquilla que creo que estudiaba literatura en la Universidad, aquí en Ginebra. Estaba rica, dentro de lo que me acuerdo. La cosa es que la manyé en una discoteca, bailamos y la llevé a mi departamento. La verdad no sé siquiera si me la tiré porque cuando me desperté estaba medio calato, con una super resaca y al costado de mi cama encontré Un cabinet d’ amateur (5), de Perec. Ese fue el primer libro que leí de ese pata. Cuando acabé me di cuenta que tendría que seguir con todo Perec. A la chiquilla nunca más la volví a ver…

Me hubieras visto en esa época, loquito. Parecía un enajenado. Me pase meses leyendo todo lo de Perec. Todo. Lo más rayado fue que resultaba que la familia de mi esposa tenía la colección de todo Perec, quien había resultado ser amigo de un primo de la familia y, además, había legado toda su biblioteca a los viejos de mi cuero. La cosa es que todos los libros eran originales y dedicados por el propio Perec. ¡Hasta notas había!

Así llegué un día a Le voyage d’ hiver. La historia me pareció alucinante. En resumen, es un pata que encuentra un libro en el que reconoce textos de otros escritores (Rambó, Verlén, Mallarmé, toda esa gentita), así que piensa que el autor es un simple copión. Pero después este bróder se da cuenta que el libro es anterior a los famosos y se raya. Pero justo empieza la guerra y el pata pierde el libro y tiene que huir de Francia. Después regresa para encontrar datos del escritor, que es el que te digo: Hugo Vernier. Pero nada, como si al pata lo hubiera tragado la tierra. Así que el pata termina rayado y sin encontrar el libro de marras. Y nadie se entera que en realidad todos eso poetas malditos no eran más que unos copiones de Hugo Vernier. Alucinante, ¿sí o no?

Pero ya, ahora viene lo más locazo. Yo he descubierto que Hugo Vernier existió de verdad… Perec lo descubrió y después se quedó callado para no matar la fama de los poetas malditos. ¡Alucina!

—A ver… tú dices que Vernier existió. Pero eso significaría que alguien lo debería conocer. Debería ser famoso, ¿no?
—No, pues. Sólo Perec descubrió el libro de Vernier y la verdadera historia de él y sus plagiarios. Entonces escribió la historia para despistar a todos. Además, bueno, éste es un cuentito póstumo, que se encontró en sus notas finales. Claro, todos creyeron que se trataba de un cuento, pero no. Bueno, en cierto modo, sí, era un cuento, pero se basaba en la vida real. La vaina es que yo tenía el original del librito y eso me llevó a las notas de Perec… así que yo no tengo dudas.
—¿Entonces tú tienes pruebas?
—Claro, pues… Oe, ponte otra chelita, pe’.
—Pero estoy misio.
—No seas malo. Tú ganas bien, cuñao. La última…
—¿Quién te ha engañado? Nada que ver… A mí me pagan poco y en dólares… y con la devaluación estoy hasta el cien. Con las justas me alcanza para la jato y la comida. Además, acá el millonario es otro…
—Pero ahora estoy misio… mi cuero no me ha dado nada este mes…
—Ya, bueno, las últimas.
—¡Buena, loquito!
—Ya, ya…pero bueno, cuenta pues… saca las pruebas…
—Ya, manya…


Un viaje en invierno (según el amigo de mi pueblo)

En la biblioteca de la familia de ella existe un ejemplar de Le voyage en hiver. Esa edición es original y cuenta con una firma original de Georges Perec. En el cuento hay algunas notas en las que se menciona un lugar cerca de Ivry sur Seine, lugar donde muere Perec en 1982; allí se encontrarían diversos manuscritos dejados por Perec.

La pista es verdadera, pero en el lugar indicado (la base de una estatua que representa a Carl Dreyer, cineasta francés, director de Juana de Arco) sólo hay un mapa que conduce a Aix en Provence, en el sudoeste de Francia, y menciona una biblioteca del pueblo de Auxmartel, que apenas aparece en las guías Michelin.

En esa biblioteca, que sólo abre de martes a viernes por la tarde, hay un único ejemplar de La vie mode d’ emploi, de Georges Perec. En el interior se encuentran unas notas escritas por Georges Perec en las que describe la historia de Hugo Vernier.

Según las notas de Perec, Vernier vivió en Le Havre (6), puerto en el Atlántico, hacia la primera mitad del siglo XIX. Efectivamente, en 1864, tal y como dice el cuento de Perec, escribe Le voyage d’ hiver, obra que pasa desapercibida totalmente. Se trata de una novela breve, provinciana, de cuya primera y única edición se imprimen solo doscientos cincuenta ejemplares. Al parecer, un joven Verlaine descubre esta nouvelle en un viaje que hace a casa de un amigo en Caen, hacia fines de la década de 1860. Quizás la obra no le impresiona en su conjunto, pero reconoce algunas frases inspiradas. Toma el ejemplar y lo lleva de vuelta a París.

Al principio, siempre según Perec, se trata de una farsa lúdica. Hay que tomar frases del librito para incluirlas en futuras obras. Toda la generación de grandes poetas franceses —parisinos amigos o discípulos y/o amantes de Verlaine— lo hace, algunos sabiendo de la existencia del juego, otros apenas de oídas o incluso de manera casual, eso no queda del todo claro. El hecho es que al poco tiempo de iniciado el juego, Verlaine se arrepiente y comienza a sentir miedo de que alguien descubra el plagio, incluyendo el propio Hugo Vernier, de quien nadie sabía absolutamente nada. Lo peor es que las frases de Vernier, como si estuvieran tocadas por un sino benéfico, son admiradas por todos y permiten a muchos escritores noveles e incluso poco dotados triunfar en un momento en el que París es el centro de la literatura de Occidente.

Desde el momento en que Verlaine toma la decisión de desaparecer para siempre a Vernier, todos sus amigos y demás escritores plagiarios —se entiende que los que conocen la verdadera historia y participan del juego de manera consciente— se dedican a buscar y eliminar cualquier pista que haga siquiera presentir la existencia de Vernier. Por suerte para ellos, Hugo Vernier, quizás algún humilde profesor del norte de Francia, jamás se entera de nada. La limitada edición de su obra, que, además, casi nadie compra ni conoce, ayuda a la tarea de Verlaine y compañía.

No hay mayores datos sobre quién fue Hugo Vernier, salvo una inscripción de bautismo en una pequeña capilla de Brest, de 1823. Los registros de Le Havre desaparecieron luego de la Gran Guerra. No existen ejemplares conocidos de la obra de Vernier. No se sabe cómo Perec conoció (¿o inventó?) la historia.

Las notas de Perec las tiene el amigo de mi pueblo.


Final final

La cerveza que le invité al amigo, por supuesto, no fue la última. La policía cantonal, advertida por algunos vecinos, llegó a las 11:45 de la noche, cuando nos quedaba un poco de cerveza en las botellas, la que secamos inmediatamente. A instancias del amigo fuimos, en orden consecutivo, a los siguientes lugares: Café Cuba, Café Brasil, Santa Cruz discoteca latina, bar Mil y Una Noches, cabaret Bagheera, mi casa.

El total de mis gastos llegó a los doscientos setenta francos suizos, sin contar una botella de champagne en el cabaret Bagheera, que pagué con mi tarjeta de débito (trescientos cincuenta francos que nos dieron derecho a acariciar a un par de prostitutas ucranianas a quienes no recuerdo y que se fueron apenas acabado el trago, asumo). Por suerte mi tarjeta no permitió comprar más.

En casa, de acuerdo con lo que vi al día siguiente, en medio de una resaca brutal, tomamos media botella de vino tinto y algo de un bourbon que me habían regalado. Lo sé porque encontré un vaso con un poco de ese trago, pero la botella había desaparecido.

El amigo de mi pueblo también había desaparecido. Al día siguiente de todo lo que he narrado, algo recuperado de la intoxicación alcohólica, llamé al número que me había dado el amigo, que resultó ser el teléfono de Pizza Express. Su dirección, escrita en una etiqueta de cerveza, era la de un honorable viejecillo que me dijo que se llamaba Albert Cohen (7). Cuando regresé a Tierra Incógnita, el dueño me dijo que el amigo vivía en Fribourg, según lo que a él le había contado; él no sabía quién era Georges Perec.

En la librería Payot conseguí una edición de Le voyage d’hiver (8), obra poco conocida y póstuma de Georges Perec. El argumento de la historia es el que me contó el amigo. Sé que a él no lo volveré a ver. Escribo esto en el tren que me lleva camino a Aix. Luego iré a Auxmartel. Desde allí planeo ir a Le Havre. Luego a Caen y a Brest. Finalmente pasaré por París para asistir a una reunión del Club de Amigos de Georges Perec.

La verdad, no espero encontrar nada. Sólo quiero hacer el recorrido de Perec, de Verlaine, de Hugo Vernier… si llegó a existir tal. Al final haré el recorrido de la historia del amigo de mi pueblo. ¡Qué más puedo pedir!


Ginebra, 21 de diciembre de 2004

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(1) Hugo Vernier es el protagonista de Le voyage d’ hiver, relato de Georges Perec, publicado póstumamente en 1993, en la edición del Magazine Littéraire N° 316, dedicado al autor francés. La historia corresponde a los cánones perecquianos. Un estudioso de literatura francesa del siglo XIX (Vincent Degraël) es invitado por un colega a pasar unos días en una casa de campo de su familia. Allí encuentra un librito que se titula justamente Le voyage d’ hiver, de un autor desconocido para él: Hugo Vernier (¿homenaje a Víctor Hugo y Jules Verne? ¿Relación con las iniciales H.V., que en francés se lee “achevée” o terminado?). El librito no es especialmente interesante, pero Degraël reconoce allí, copiados casi textualmente, textos de Mallarmé, Rimbaud, Verlaine, entre muchos otros poetas y clásicos franceses del siglo XIX. Al principio piensa en una copia burda llevada a cabo por Vernier, pero pronto cae en cuenta que la edición del libro data de 1864. ¡Mucho antes que los otros autores escribieran sus obras más famosas! Desde ese momento, Degraël inicia una búsqueda desesperada por encontrar otras obras y señas del autor. Su tarea se ve pronto interrumpida por la guerra. Exiliado primero en Londres y luego en Escocia, encuentra algunas reseñas bibliográficas de la obra, pero ningún otro ejemplar de la edición que olvida estúpidamente en la casa de su amigo.

Cuando regresa a Francia, al día siguiente del retiro de las tropas alemanas, se entera de la muerte de su amigo en un bombardeo de la Luftwaffe; peor aún, descubre con horror la destrucción de la biblioteca en que dejara el librito de marras. Degraël dedica toda su vida a la búsqueda de la obra de Vernier, sin que pudiera encontrar más que breves e inconexas pistas que lo llevan primero a un hospital psiquiátrico y luego a la tumba.

(2) Organización Mundial contra la Tortura. No confundir con la Organización Mundial del Comercio (OMC), cuyo propósito, resulta evidente, no tiene nada de no gubernamental ni ejemplificador.

(3) Raymond Queneau en realidad fue cofundador del grupo. El verdadero artífice de la creación de Oulipo fue Francois Le Lionnais, quien en 1960 planteó la creación del grupo en el seno del Colegio de Patafísica. Entre sus miembros más connotados están Queneau, Perec, Bert y Calvino. Su objetivo era llevar la literatura al grado máximo de la experimentación. Algunos de sus “juegos” consisten en lipogramas, transposiciones definicionales, poemas con estructuras matemáticas, palíndromos, etc.

(4) Alfred Jarry ideó la patafísica (pataphysique) hacia finales del siglo XIX, como creación del Doctor Faustroll, personaje que creó en el liceo que estudiaba para burlarse de su profesor de física. Por definición, la patafísica es la ciencia de las soluciones imaginarias, la ciencia que estudia las leyes que rigen las excepciones. El grupo tiene sus propias leyes, reglamentos, calendario, jerarquía, et al. Sigue sesionando hasta la actualidad. Formaron parte del grupo, además de los miembros de Oulipo, otros famosos como Dalí, Buñuel, Miró, Duchamp, Prévert y un largo etcétera.

(5) Obra clásica de Perec. Un pintor americano de origen alemán pinta por encargo un cuadro en el que aparece un famoso coleccionista retratado con todas sus pinturas detrás. El lienzo es un juego de espejos en el que al fondo del coleccionista aparece nuevamente un cuadro similar que representa a la pintura original y así hasta el infinito. El cuento describe varias de esas pinturas, algunas ficticias. El cuadro es destruido por un maniático y el pintor desaparece misteriosamente. Luego de algunos años, la fama del cuadro y de la colección retratada crece hasta que los herederos del coleccionista disponen la venta de las pinturas que parecen en el retrato, logrando precios fabulosos. Al final nos damos cuenta que todos los cuadros de la colección habían sido imitaciones o cuadros sin valor que, sin embargo, se hicieron costosos debido a la fama cobrada por la desaparición del artista y de la destrucción del cuadro, todo lo cual no había sido más que parte de un plan orquestado por el coleccionista y sus hijos (uno de los cuales fue en realidad el propio artista desaparecido) para obtener dinero a través de la futura venta de las obras..

(6) Literalmente habría que atravesar todo Francia para llegar desde Aix hasta Le Havre.

(7) Curiosa homonimia con el autor de Solal, Beille du Seigneur y otras obras de gran calidad, quien murió en Ginebra el 4 de octubre de 1981.

(8) Le voyage d’ hiver, Éditions du Seuil, 1993.


© Alejandro Neyra, 2005

 
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Alejandro Neyra (Lima, 1975). Estudió Derecho en la PUCP y Literatura en la UNMSM. Actualmente es miembro de la delegación diplomática peruana en Ginebra. Ha escrito en revistas del medio artículos y cuentos. Recientemente, se ha ocupado de restaurar el archivo del poeta Xavier Abril en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Acaba de publicar su primer libro de relatos, Peruanos ilustres.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento9_6.htm
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