Estas imágenes y frases hablan del pasado de los sanisidrinos, pero no creemos que sea el pasado de todos los trabajadores que están obligados a ver los carteles por largos minutos mientras el autobús, atestado de gente, espera la luz roja.

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Literatura municipal

por Mario Granda

 

 

Faltaría, sin embargo, saber hasta qué punto han sido descontextualizadas estas frases. No me refiero al papel que cumplen en los carteles, dado que lo cumplen muy bien, sino, en caso de conocer su origen, saber para qué y por qué fueron escritas realmente. En la serie “Nuestro Ayer”, que se encuentra en la esquina de la calle Roma y Pershing, aparece esta frase de Alfredo Bryce Echenique: “Corretearon un día entero por toda la hacienda, hasta ponerse inmundos, y por la noche regresaron al palacio que los padres del gordo tenían en San Isidro...” Sin duda se toma una frase en la que aparece un palacio y la inocente carrera de los niños, pero se escoge a un escritor que siempre ha escrito en contra del racismo, la frivolidad y la hipocresía de una clase dominante (y no dirigente, como bien ha aclarado el mismo autor). Lo mismo ocurre con las frases de Jorge Basadre a otra altura de la avenida Camino Real. “Se ha dicho que quienes olvidan o desprecian la historia están condenados a repetir los errores de ella. Enorme verdad.” O esta otra, “Hay que estudiar cuidadosamente al Perú para cambiarlo, en lo que sea dable; y también para reafirmar en él las buenas cosas del hoy y de ayer”. No hay nada más cierto en ellas, si lo vemos desde las ciencias sociales, pero al lado de las fotografías de Marina Núñez del Prado, Harold Griffiths (cura), Raúl Cillóniz (automovilista), Patricia Aspíllaga, Victor Andrés Belaúnde y Óscar Miró Quesada (Racso), con los infaltables Country Club, el parque El Olivar y los caballos de equitación, el mensaje cambia. Todos son los apellidos de las grandes familias o los apellidos extranjeros, todos son los rostros de la derecha. Lo importante aquí no es el pensamiento o el cambio del que habla Basadre sino el temor por olvidar la historia de amos y siervos, que es la que nos debe dar el ejemplo para la vida de hoy.

En otros lugares encontramos la serie “Nuestro ejemplo”, en la que aparecen fotos de ancianos (“Yo fui muy feliz en la juventud”, Belaúnde Terry), “Nuestro orgullo”, con coloridas fotos del parque El Olivar, “Nuestro Compromiso”, con fotografías de Nueva York, la Plaza Roja, el Cristo de El Corcovado en Rio de Janeiro y las pirámides de Egipto (¿San Isidro se compara?). Todas estas series, algunas más que otras, aluden a un mundo que solo tocó a algunos, pero que aquí se quiere presentar como el pasado de todos. Esta es la dimensión del “nuestro”, no un pasado con el que se esté de acuerdo sino uno que es impuesto. Como en La Molina, carteles como estos no dan la bienvenida, sino que más bien repelen. Lástima que el tiempo pasa, la municipalidad de San Isidro los ha visto adecuados para el paisaje urbano y los transeúntes ya parecen estar acostumbrándose a ellos.

Literatura municipal

Después del Perú, al peruano sólo le queda su ciudad, pero la ciudad, como en el caso de Lima, siempre es un espacio grande y desconocido. Lo único que le resta es el distrito, la última nación para el ciudadano limeño. Para un hombre sediento de identidad, encontrar algo de bueno en su propio distrito puede ser reconfortante. Es el sentimiento de pertenencia a un grupo, lo que nos acerca a la vida, como decía Eugéne Minkowski. Pero si en vez de crear una identidad, lo que se hace es crear más diferencias, salir a la calle será salir a recolectar espinas, como muchas veces lo es (cuando dos limeños se encuentran en un lugar fuera de Lima o en el extranjero es importante saber de qué distrito es cada uno; de esto depende el curso que tendrá la conversación). En tiempos en los que se intenta redescubrir nuestra propia sociedad (una de las últimas acciones tomadas en este sentido fue el Informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, que aún falta cumplir), propuestas como éstas dividen y encierran a las personas en los pobres mundos del egoísmo, el resentimiento y la indiferencia, sin mayor espacio para la solidaridad o la formación de una voluntad afirmativa.

 

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