El cinismo impregna las páginas de La posibilidad de una isla. Pero un cinismo que adopta la catarsis. Houellebecq nos enrostra sus verdades y es difícil no sentir la soledad y la angustia, pero también la risa y un severo llamado de atención.

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Las metáforas de Michel Houellebecq

por Giancarlo Stagnaro

 

Como queda indicado, la base teórica para la clonación está a disposición de los científicos. Tras la ubicación del genoma humano, es factible apuntalar una manipulación genética. Aun así, y dada la complejidad del cerebro humano, la aplicación práctica de la clonación tardará muchos años por el costo y la implementación de la logística. En la ficción de Houellebecq, la organización del movimiento elohimita había previsto codearse con lo más graneado de la sociedad para, en función de este capital simbólico, granjearse simpatizantes con capacidad de financiar los experimentos de Miskiewicz.

El elohimismo, en ese sentido, puede interpretarse como la fachada de un proyecto científico de mayor amplitud: si la clonación era técnicamente viable, podía resultar una buena fuente de ingresos. La secta elohimita era pequeña y no representaba problema alguna para otras confesiones mayoritarias. Sin embargo, un hecho extraordinario sucedió. El profeta de los elohimitas, un hombre muy afecto a los placeres sensuales que dentro de la trama de La posibilidad de la isla cumple un papel catalizador, se reúne con sus adeptos en Lanzarote, una isla volcánica del archipiélago de las Canarias. Rodeado por sus discípulos, se ve involucrado en un lío sexual con una de las seguidoras elohimitas. El amante de una bella chica italiana asesina al profeta. En medio del estupor general, el Sabio y los otros miembros, con Daniel1 de testigo, deciden enfrentar la situación. La persona del profeta será asumida por su hijo Vincent, pintor y amigo de Daniel1. En tanto, el italiano y la chica fueron asesinados por orden del Sabio. Su comportamiento moral tiene que ver con el aura fáustica del proyecto elohimita. Como lo describe Daniel1, había mucho en riesgo en torno a la muerte del profeta. Era posible que las autoridades intervengan, lo que generaría el descrédito del elohimismo. Lo más rápido y práctico era cortar por lo sano. En ese momento, la figura de Miskiewicz nos hace recordar al hombre de ciencia que es capaz de sacrificar todo, incluso la vida de los demás, en aras del progreso tecnológico y material de la humanidad.

De esta manera, en medio de un enorme despliegue mediático, se consume la resurrección del profeta, emergiendo de las cavernas volcánicas de Lanzarote. Con gran teatralidad, Vincent, en su nuevo rol, anuncia el inicio de la inmortalidad y el comienzo de la raza neohumana. Desde ese entonces, el elohimismo asume una posición de avanzada y de notoria expansión globalizada. Esto, como es de suponer, también trajo profundas consecuencias sociales.

Que en Occidente pudiera nacer una nueva religión ya era una sorpresa de por sí, hasta tal punto se habían caracterizado los últimos treinta años de la historia europea por el derrumbamiento masivo, pasmosamente rápido, de las creencias religiosas tradicionales. En países como España, Polonia, Irlanda, una fe católica, unánime, masiva, había estructurado la vida social y todos los comportamientos desde hacía siglos, determinando tanto la moral como las relaciones familiares, condicionando todas las producciones culturales y artísticas, las jerarquías sociales, las convenciones, las reglas de vida. En cuestión de unos pocos años, en menos de una generación, en un tiempo increíblemente breve, todo eso había desaparecido, se había evaporado en la nada. En esos países, en la actualidad ya nadie creía en Dios, ni lo tenía en cuenta para nada, ni recordaba siquiera haber creído en él; y había ocurrido sin dificultad, sin conflicto, sin violencia ni protesta de ninguna clase, sin un verdadero debate siquiera, con la misma facilidad con la que un objeto pesado, sujeto durante un tiempo por una traba externa, vuelve a su posición de equilibrio en cuanto se suelta. Quizás las creencias espirituales humanas distaran de ser ese bloque macizo, sólido, irrefutable que uno se suele representar; quizás, por el contrario, fueran lo más fugaz, lo más frágil, lo más rápido en nacer y morir que había en el ser humano (319-320).

He aquí una visión distópica del cristianismo y de la estructura religiosa de la sociedad. Estamos asistiendo, en las páginas de esta novela, al fin de una era, de una estela civilizatoria de la humanidad que no pudo seguir generando expectativas. Houellebecq parece decirnos: a mayor avance científico, le rendimos culto a menos objetos sagrados. El espacio de lo sagrado se va reduciendo o, en todo caso, se va desplazando: recordemos la expansión evangelista o la proliferación de las sectas. En el mundo moderno de nuestros días, las religiones tradicionales han fracasado de manera casi rotunda. La gente, no obstante, requiere de religiosidad, porque sin ella la vida sería insoportable. Lo que pasa, en opinión de Daniel1 (y aquí vuelve a esbozar la mirada cínica de sus primeras observaciones), es que ahora la posibilidad de ser inmortal es tangible: gracias a la clonación, uno puede reencarnarse en numerosos cuerpos, ad infinitum. Y a eso también contribuye el ideal de goce que subyace en la idea de vivir para siempre.

En este momento de la narración, a través de la voz de Daniel25, Houellebecq atisba un futuro posible, es cierto, pero avezado en su intención final: la caída de todos los sistemas religiosos mundiales. Daniel25 va describiendo la expansión del elohimismo en todos los continentes: la conquista de Asia, la resistencia católica en América y la barrera del islamismo. Lo sorprendente del asunto es que esta caída se produce “sin dificultad, sin conflicto, sin violencia ni protesta de ninguna clase, sin un verdadero debate siquiera, con la misma facilidad con la que un objeto pesado (…) vuelve a su posición de equilibrio en cuanto se suelta”. De todas formas nos cuesta pensar que las religiones tradicionales no asumieran una postura fuerte frente al crecimiento elohimismo, sobre todo en una época de fundamentalismos como la actual, donde las sectas representan el cuco contemporáneo. Después de todo, el elohimismo es una creencia costosa. Y no lo decimos porque estemos parcializados por una u otra religión, sino que creemos que esta observación no se puede aplicar de manera generalizadora. Sin embargo, Daniel25 piensa lo contrario: que el elohimismo ingresa con mayor facilidad en zonas de alta penetración capitalista.

El elohimismo (…) estaba perfectamente adaptado a la civilización del ocio en cuyo seno había surgido. No imponía ninguna exigencia moral, reducía la existencia humana a las categorías del interés y del placer, y sin embargo hacía suya la promesa fundamental compartida por todas las religiones monoteístas: el triunfo sobre la muerte. Erradicaba toda dimensión espiritual o confusa, y limitaba simplemente el alcance de ese triunfo, y la índole de la promesa, a la prolongación ilimitada de la vida material, es decir, a la satisfacción ilimitada de los deseos físicos (324).

Es cierto: clonación y civilización del ocio van de la mano. Me imagino que en aquellos países que oscilan entre la tradición y la modernidad, como en el caso de América Latina (y pienso sobre todo en la zona andina), la penetración del elohimismo habría alcanzado a los sectores más globalizados de la sociedad. Hubiera sido la moda del momento, reservada para los VIP que ven así satisfechas sus ansias narcisistas.

Volviendo a la ficción, la incursión del elohimismo y la caída de las religiones convencionales han sesgado las bases sociales e ideológicas de la civilización tal como la conocíamos. En este punto, La posibilidad de una isla tiene mucho de las proposiciones de Las partículas elementales, al proponernos que la clonación originará una nueva raza de seres humanos, los neohumanos, que estarán alejados de toda inclinación al placer y al dolor. También se convierten, mediante rectificaciones genéticas, en autótrofos, es decir, se alimentan de sí mismos, como las plantas. Incluso el elohimismo desaparecerá y sólo quedarán los resabios de una religión que favoreció la experimentación científica (lo cual, en cierto modo, nos remite al viejo debate de que detrás de una búsqueda racional se encuentra una secreta pasión irracional). En este nuevo futuro, el paradigma es otro: los neohumanos sólo son la antesala a la desaparición pacífica de la raza humana de la faz de la Tierra, que dará paso a la aparición de los Futuros.

Según la Hermana Suprema , los celos, el deseo y el apetito de procreación tienen un mismo origen, que es el sufrimiento del ser. Es el sufrimiento del ser el que nos hace buscar al otro, como un paliativo; tenemos que superar esa fase para alcanzar el estado en el que el mero hecho de ser constituye en sí una ocasión permanente de júbilo; en el que la intermediación pasa a no ser más que un juego, emprendido libremente, no constitutivo del ser. En una palabra, debemos alcanzar la libertad de la indiferencia, condición que hace posible la perfecta serenidad (339).

Finalmente, Daniel1 acepta la clonación como inevitable. Testigo de un momento, a su juicio, memorable en la historia de la humanidad, inicia su relato de vida, en medio de la muerte de su mascota, el perro Fox, su separación de Esther y la muerte de Isabelle. Perdidas todas las ganas de vivir, sólo le queda la secreta intuición de resucitar en algún punto del futuro, no para empezar de nuevo, sino de revivir en otro cuerpo con todas las experiencias aprendidas. Sin embargo, el miedo a lo desconocido invade sus últimos pensamientos, cuando describe la proximidad de lo real, “el terror puro del espacio”: “Ya no hay mundo real, mundo sentido, mundo humano; he salido del tiempo, ya no tengo ni pasado ni futuro, ya no tengo ni tristeza ni proyecto, ni nostalgia, ni abandono ni esperanza; ya sólo queda el miedo” (386).

Dos mil años más tarde, en la era de Daniel24 y Daniel25, la Tierra ha sufrido innumerables cambios climáticos. Tras una serie de desastres, los neohumanos viven en refugios, distantes del mundo exterior y comunicándose mediante Internet. Sin embargo, hay pocos que se aventuran por el mundo exterior. Convencido de hallar las raíces de su propósito en el mundo, Daniel25 se embarca, junto con un clonado perro Fox, en la búsqueda del sentido que Daniel1 dejó pendiente. Así, inicia un periplo por la península ibérica, durante el cual se enfrentará a la naturaleza y algunos salvajes. En última instancia, y a diferencia del alucinado protagonista de Ampliación del campo de batalla, Daniel25 toma conciencia de sí con el entorno circundante: “Mi cuerpo me pertenecía por un breve lapso de tiempo; yo jamás alcanzaría el objetivo asignado. El futuro estaba vacío; era la montaña. Mis sueños estaban poblados de presencias emotivas. Yo era, ya no era. La vida era real” (439).

 

Conclusiones

La posibilidad de la isla es una novela que bien vale la pena leer. No sólo por lo descarnado de su trama (para un lector acostumbrado a su prosa, esto no es una sorpresa) y las soluciones extremas que plantea la clonación, sino porque plantea un debate que debería tomarse en cuenta en estos tiempos de mercado y globalización. Por ejemplo, ¿cuáles son los límites éticos del ser humano? Si bien es cierto hay una conciencia del límite y de la experiencia límite (como la escena chocante de la fiesta de Esther, antes de que ésta termine con Daniel1), ¿acaso dicha responsabilidad culmina en nombre del progreso tecnológico? No hay una respuesta clara, pero sospechamos que la entropía de la civilización humana hasta llegar a un yermo desolado no es precisamente el sueño de los científicos contemporáneos, y menos de las trasnacionales.

La literatura especulativa y sobre todo la ciencia ficción, como lo ha hecho en tantas otras ocasiones pasadas, plantean las consecuencias de este futuro alternativo, generado por un presente completamente verosímil. Lo más interesante, sin duda, es que lo anterior se complementa con una visión sociológica de los progresos científicos, que requieren, para legitimarse, un componente afectivo: en este caso, una religión New Age, desprovista de contenido, pero útil en su representación, en su performance social. La mascarada de Lanzarote fue la ocasión propicia para que el elohimismo destaque entre el amplio abanico de sectas y creencias marginales. ¿Quién podría dudar, en el mundo real, de la efectividad de este suceso, magnificado con todo un despliegue mediático?

Lo anterior refuerza la convicción de que la sociedad actual, en todas sus expresiones y manifestaciones, sean culturales, sexuales, políticas, económicas y religiosas, vive intensamente el simulacro. A través de la voz del comediante Daniel1, Houellebecq denuncia el simulacro de vida, pero a la vez, contradictoriamente, defiende el hedonismo sexual. Aunque al final se impone la sensación de hastío, no es vano decir que Daniel1 siempre anheló una autenticidad moral en medio de un mundo completamente inmoral (y de cuya inmoralidad él forma parte). Entre la convicción y la simpatía, Daniel1 deposita sus esperanzas en que sus sucesores vivirán en un mundo mejor que éste.

El cinismo impregna las páginas de La posibilidad de una isla. Es un cinismo que adopta la catarsis. Houellebecq nos enrostra sus verdades y es difícil no sentir la soledad y la angustia, pero también la risa y un severo llamado de atención. Él no pide frenar la globalización —a su juicio, un proceso inevitable—, pero alerta sobre lo que este proceso viene llevando a cabo, en perjuicio de la humanidad. Sobre todo, en relación con la compasión hacia las personas que la globalización margina, como las personas de mayor edad. Se ha vuelto lugar común pensar que a los cuarenta o cincuenta años la capacidad profesional de las personas es severamente cuestionada. En un sistema como el actual, dicho cuestionamiento puede abarcar otras esferas de la vida, incluyendo lo sexual. La advertencia de Houellebecq es tomar con pinzas este asunto, que en los países del Primer Mundo se ha vuelto sumamente delicado. ¿Cuándo tardarán en llegar las mismas preocupaciones a zonas como América Latina? No lo sabemos, pero desde hace más de una década comienzan a sentirse los efectos de una globalización desbocada, en donde el mandato del goce comienza a impregnar todas las capas sociales. Y si consideramos la fragilidad histórica de nuestras instituciones, es fácil prever que los sectores excluidos de los beneficios de la globalización harán sentir su protesta, como ya está ocurriendo en muchas partes del continente.

Michel Houellebecq nos ha entregado en La posibilidad de una isla una novela única en su especie. Quizás sea el punto más alto de una obra en total ascenso, pero a la vez no deja de ser testimonio fundamental de una época oscura como la actual. Es difícil no sentirse tocado por sus páginas, de una lectura abrasadora. Aunque con ciertos reparos, el escritor francés nos ofrece un calidoscopio de las contradicciones de nuestro tiempo, pleno en posibilidades, pero a la vez escéptico en sus consecuencias. Como buen apocalíptico, Houellebecq cuestiona el futuro de la humanidad si seguimos en la senda actual. Como buen integrado, cree todavía en la fuerza de la literatura como último refugio de la lucidez humana.

© Giancarlo Stagnaro, 2006

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/debate12_stagnaro1.htm

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