Ahora el personaje literario que construye Lemebel es también un escritor admirado y reconocido, se codea sin ningún complejo con las principales esferas culturales santiaguinas. Él es el que está ahora por encima del proletariado. Y es el protagonista de las historias el que da las órdenes a los muchachos iletrados que ingresan a su casa a cumplirle favores sexuales a cambio de dinero, ropa o comida

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Pedro Lemebel, distanciándose de la representatividad

por Jack Martinez Arias

 

Adiós mariquita linda, recuento híbrido y alejamiento de la representatividad

Si llamo híbrido a Adiós mariquita linda y no “libro de crónicas” como ha sido comúnmente denominado, es porque en él confluyen diversos elementos: el trabajo cronístico de Lemebel, una sinopsis de novela, un capítulo propio del género epistolar, fotografías, dibujos y hasta un glosario del autor. Pasaré a desarrollar aquellos capítulos en los que se puede distinguir con mayor claridad los cambios que ha sufrido el lugar desde que se enuncia el protagonista, que ya no es necesariamente el espacio del subalterno representativo.

Las primeras crónicas del libro están agrupadas en el capítulo “Pájaros que se besan”. En ellas Lemebel sorprende no porque nuevamente inserte a la clase pobre y obrera dentro de sus personajes, sino porque el protagonista ya no forma parte de ese mundo. Ahora es el escritor al que los jóvenes ávidos de dinero lo reconocen porque alguna vez lo han visto en la televisión u oído en la radio y le ofrecen sus servicios amatorios, ya sea de manera directa o indirecta. Las cinco crónicas que componen este capítulo tienen esa característica. Por esas páginas desfilan un provinciano ingenuo que se admira con cualquier detalle mostrado por el escritor, un joven casi analfabeto que se aburre en las reuniones literarias del cronista o un “hiphopero” que se contenta y se complace con las extra largas prendas propias del Bronx y las zapatillas de marca sin pasadores que le compra el intelectual protagonista.

Se percibe así una inversión en el orden jerárquico que ha predominado hasta ahora en las crónicas de Lemebel, otra razón más en contra del encasillamiento de la crítica. Ahora el personaje literario que construye Lemebel es también un escritor admirado y reconocido, se codea sin ningún complejo con las principales esferas culturales santiaguinas. Él es el que está ahora por encima del proletariado. Y es el protagonista de las historias el que da las órdenes a los muchachos iletrados que ingresan a su casa a cumplirle favores sexuales a cambio de dinero, ropa o comida. En conclusión, el personaje protagonista que ahora es aceptado retorna en la búsqueda de aquellos que siguen siendo rechazados, como si se tratase de acciones nostálgicas u obsesivas. O tal vez ello obedece justamente a un propósito del autor, en la que esta representación tiene como finalidad sacarse de encima esa etiqueta de personaje marginado y pasarse al otro lado, al del artista aceptado y reconocido. Pero artista, sobre todo, como se muestra en este fragmento de la crónica “Ojos color amaranto”, donde Lemebel defiende las licencias estéticas sobre la realidad objetiva, a pesar de retratarla:

Soy de la Jota del Regional Valparaíso y vine a colaborar con el partido, me repitió con arrogancia. Y no por eso no vamos a tomar un trago, lo desafié con desparpajo acariciando al Che Guevara de su polera ensopada de calor. Y así nos fuimos de copas con el bello jotoso que después de la primera botella se declaró mi admirador. ¿Y qué libro leíste de mí?, dije con una mano en el pecho sujetándome los diamantes de un collar invisible. Casi todos, pero el que más me gustó fue ese del torero, me dijo, y agregó: pero hay un error al final de la historia, cuando Carlos y la Loca del Frente están en la Laguna Verde. ¿Y qué error?, pregunté un poco molesta por la impertinencia del chico sentado junto a mí en la fonda del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. De Laguna Verde no se ve Valparaíso. ¿Y cómo sabes tú? Porque soy de allá y en la playa hay un cerro de rocas que no deja ver el puerto. Y quién te lo está preguntando, güevón copuchento. Yo le digo nomás, no se enoje, amigo Pedro, me calmó abrazándome con dulzura. Son recursos literarios y yo hago lo que quiero con la historia, casi le escupí roja de ira.

Siguiendo con el libro, “Chalaco amor” es el título de la “Sinopsis de novela”. La estructura es más compleja que el relato directo que caracteriza sus crónicas. Aquí, el protagonista se encuentra con un peruano que necesita un contrato de trabajo, desesperado por renovar su visa en Santiago. El narrador reconoce su acento y lo invita a tomar una “chela” para luego contarle que también ha estado en el Perú. Se cuenta así la historia en la que conoce a Roger, un contrabandista de ropa “chalaco” (del Callao) que viaja a Iquique y transporta su mercadería hasta Lima. Se enfrascan entonces en una aventura amorosa que los lleva a situaciones extremas, viéndose obligados a separarse en una primera instancia.

Lo importante aquí es establecer el grado de empatía que existe, en primer lugar, entre el narrador y el peruano perdido en Santiago en busca de la legalidad y, por otro lado, la del narrador con este contrabandista “chalaco”. Un primer grado de contabilidad es la identificación, nuevamente, entre la condición del inmigrante peruano ilegal o el contrabandista que labora también al margen de las normas y el pasado del narrador, cuando éste era discriminado. Pero un segundo grado de compatibilidad se percibe al leer, por ejemplo, las siguientes líneas de esta sinopsis de novela, donde la empatía también está marcada por lazos raciales y ni siquiera se menciona la opción sexual, que en ocasiones anteriores hubiese sido insoslayable.

¿Sabes por qué me gusta Perú, Roger? No sé, pata, dijo poniendo cara de yo no fui. Porque aquí no siento que es un pecado tener los ojos pequeños. Tengo un algo de por aquí, canturrié sonámbulo, mientras salíamos del bar encaminándonos a la parada del bus que partía anocheciendo a Ilo (6)

Tras el alejamiento de la pareja, Roger regresa al Callao y el narrador se dirige a Arequipa, donde conoce a un par de mochileros como él y juntos hacen un recorrido turístico, para luego dirigirse a Cusco y terminar en Lima. Es entonces cuando nuevamente se vuelve a encontrar con Roger, pero ahora ya no en un hotel de media estrella como la primera vez, sino en el tradicional Hotel Bolívar. La línea aérea con la que tenía que volar de regreso a Santiago les pagaba un día entero de estadía en la capital a consecuencia de un retraso causado por un error logístico. Es entonces cuando el narrador inicia la crítica política ácida, cuando un grupo de personas se quejaba ante la línea aérea del porqué de la elección de un hotel situado en el peligroso centro de la ciudad y no en Miraflores, por ejemplo.

Alguna vez fui a Miraflores; pero, en Santiago, Providencia era lo mismo, con sus casonas de ricos venidos a menos convertidas en esos centros culturales donde babean las pitucas escuchando a Vargas Llosa. Toda esa alcurnia decadente que siempre avalaron el facismo y las dictaduras. Qué asco, pensé en voz alta (7).

Obviamente, hay que tomar estas líneas como una crítica no al lugar determinado, sino a una clase que, si bien en este caso es peruana, guarda analogía con la chilena. El narrador mantiene un resentimiento que aún le sobrevive en el presente desde el que se enuncia, donde ya es un reconocido escritor en todos los estamentos culturales dentro y fuera de su país. Ello nos lleva también a pensar en que la crítica, en este caso política en Adiós mariquita linda, no tiene como blanco a la sociedad chilena actual sino a la retrógrada, esos grupos que tuvieron su apogeo en la dictadura de Pinochet y que sobreviven y añoran el regreso de un conservadurismo que se va desvaneciendo.

Esta idea se refuerza con el último capítulo, que justamente da título al libro. En él el narrador recién vuelve los ojos al pasado, a la represión de la dictadura. Rememora los toques de queda y con ello el caminar escondido por las calles en busca de algún lugar secreto en el que se pueda pasar la madrugada. Las escenas en este apartado son escabrosas, marcadas por la homofobia y la violencia. Y esto hace que el título del capítulo “Adiós mariquita linda” pueda leerse en más de un sentido. Por un lado, como la despedida a ese pasado caótico y suburbano, ya que las crónicas narran remembranzas del narrador, como el haber sido asaltado a mano armada en un bar, sus trasnochadas borracheras, o desencuentros personales con algún cantante famoso. Mas por otro lado, el título obedece también a la despedida que el narrador ofrece a Andrés Pavez, su entrañable amigo gay, recientemente fallecido, que aparece en más de una crónica como su compañero de aventuras. 

Apertura del mundo representado

Antes de finalizar, es importante señalar que en el libro aparecen distintas jergas, desde las empleadas por el vulgo santiaguino y las dichas exclusivamente en el mundo gay hasta las inventadas por el autor.

Ahora bien, en una primera instancia se puede señalar que la utilización de jergas puede obedecer a la limitación del mundo representado, pues estas solo son entendidas por  los que las utilizan o conocen muy de cerca. Sin embargo, para Bajtin esta premisa sería válida solo si se tratase del lenguaje de uso común y no de su uso literario y artístico, pues señala que en este “podemos hallar todos los estilos, discursivos, funcionales, las jergas sociales y profesionales, etc. Carece de limitaciones (...)  y de la relativa autocontención que caracteriza los estilos. Pero este poliestilismo y –en el límite– el “omniestilismo” del lenguaje de la literatura es la consecuencia del rasgo principal de la literatura. La literatura es, en primer lugar, arte” (8)

Desde ese punto de vista, el lenguaje que emplea Lemebel en Adiós mariquita linda no reduce el espectro del entendimiento como acusan algunos de sus detractores, al contrario, lo amplía. Además, valiéndose del glosario, que bien pudo ser prescindible, más bien abre el escenario de sus historias a los diferentes tipos de lectores.

A modo de conclusión

Pedro Lemebel, con Adiós mariquita linda, se aleja de ese Lemebel que hasta ahora se había enunciado desde el mismo centro de las realidades más excluidas. Si bien es cierto que la voz narrativa mantiene esa característica en algunas crónicas de este libro, lo relevante es notar el cambio de posición que se ha producido en otras. En ellas, Lemebel (mediante el narrador) ya no es el que le da voz, a través de la literatura, al proletariado o a la comunidad homosexual pobre. El narrador tiene voz propia para la denuncia, y una temática que de a poco va rompiendo las fronteras del inicial y aún vigente encasillamiento subalterno. Ya no representa un mundo colectivo. Representa su propio mundo. Sí, se mantienen los vínculos de empatía con la minoría excluida, pero su pluma la retrata desde otra perspectiva, desde la del escritor reconocido.

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(6) En Adiós mariquita linda, Editorial Sudamericana, Santiago de Chile, 2005, pág. 113.

(7) Ìdem, p.. 130.

(8) En M. Bajtin. Hacia una filosofía del acto ético. De los borradores, trad. de Tatiana Bubnova, Anthropos, Barcelona, 1997, pág. 163.

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Jack Martínez (Lima-Perú, 1983)Estudió Literatura en la UNMSM y Psicología en la UNFV. Se desempeña como periodista cultural y fue columnista del diario La Primera. Ha publicado artículos en diferentes medios y forma parte del comité editorial de la revista El Hablador

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