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Del mismo modo que se entiende que decir diplomáticamente algo es utilizar desmesuradamente circunloquios y frases enrevesadas, los diplomáticos escritores parecen encontrarse cómodos en describir no solo su mundo real sino también ese mundo de la imaginación y del intelecto, en el cual suelen discurrir sus disquisiciones, en las que los propios funcionarios pasan a formar parte de un mundo de representación

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Diplomacia versus Literatura

por Alejandro Neyra

 

Diplomacia y narrativa (memoria y novela)

Sin embargo, quizás un poco por el propio hecho que la poesía se encuentra un poco en retirada frente a las diversas especies narrativas, pero quizás en gran medida debido a la propia característica de su función, el género narrativo es el que se amolda mejor a la actividad de los diplomáticos. Y si hay además un género literario en que los diplomáticos parecen sentirse más cómodos, ése debe ser el de la memoria. En tiempos remotos, decir Embajador era casi como decir gran viajero. No por nada es Hermes el símbolo de los diplomáticos, el mensajero de los dioses, aquel que debe viajar por los confines del universo para llevar el mensaje de los soberanos(5). Y sin duda los grandes relatos de esos Embajadores  –que viajaban en caravanas enormes, llenas de regalos exóticos que aseguraran alianzas para la seguridad de sus naciones– constituyen parte de la literatura, en la que se entremezclan ficción y realidad para mayor gloria de sus territorios y de sí mismos. La memoria es casi una obligación funcional, pero aquellos diplomáticos que saben hacerlo bien pueden elaborar clásicos como Diplomacia de Henry Kissinger, y para ponernos a tono con la realidad nacional, Peregrinaje por la paz de Javier Pérez de Cuéllar y el reciente y sabroso libro de Carlos Alzamora, Medio siglo por el mundo, cuyo solo título da cuenta de su importancia para la realidad de la política exterior peruana.

En algunos casos, resulta complicado establecer el límite entre memoria y novela. Muchas novelas escritas por diplomáticos son más bien memorias noveladas. Esa distancia ha creado no pocos problemas a escritores como Roger Peyrefitte, diplomático y escritor francés a quien la gustaba el escándalo y que en su libro “Las Embajadas”(6) describió sus descubrimientos de joven diplomático, incluyendo escarceos homoeróticos que suscitaron no pocas controversias. De hecho, en el caso de Peyrefitte la literatura se confunde con la vida misma, lo que seguramente complacía al novelista, quien fue conocido por sus diatribas al establishment y sus álgidos debates con los más famosos escritores franceses desde Mauriac a Gide. Un provocador, antes que un escritor, y a despecho de eso, un narrador que ganó mucha fama en su momento.

Sin embargo, son muchas las novelas sobre diplomáticos, escritas o no por ellos. El mundo diplomático es, guardando las distancias, como el mundo de los espías en Ian Fleming  –pese a lo cual no hay ningún James Bond o detective diplomático (hasta el momento). Un entorno atrayente, lleno de cócteles, vestidos de lujo y glamour, en el que las intrigas de Estado se confunden con los amores y flirteos. Hay diplomáticos “perdedores” de todos modos, como en “Bajo el volcán”  –aquella novela que narra la decadencia de un alcohólico ex cónsul británico en México— o en una novela (que también se convirtió en película) del chileno Carlos Franz “El lugar donde estuvo el paraíso”, la historia de un cónsul chileno nada menos que en la calurosa Iquitos, el lugar donde estuvo el paraíso y en el cual el viejo diplomático chileno deberá encontrar su redención.

Y sin embargo, quizás la más lograda novela sobre la diplomacia  –y sobre el amor probablemente– sea Bella del Señor de Albert Cohen, un diplomático suizo –o más bien un funcionario internacional, una de las vertientes de la carrera— de origen judío sefardita, que plasmó en su novela varios de los clichés sobre  el oficio de las relaciones internacionales, al retratar las idas y venidas de los funcionarios de la que era entonces la Liga de las Naciones, con sede en Ginebra. El propio Cohen, un funcionario de la OIT y de la Liga de las Naciones, un hombre parco y reservado en su vida personal, creó una colorida dinastía de judíos, cuyo hijo predilecto  –el elegido– era un guapo y encantador funcionario internacional que se vale de todos los artilugios posibles para conquistar el amor de una mujer, quien además era la mujer de uno de sus subordinados. Es esta una novela larga y compleja, en la que asistimos no sólo a reuniones diplomáticas sino a la construcción y destrucción de una relación sentimental entre el apuesto y complejo diplomático y la bella y distinguida dama ginebrina. Probablemente la novela deba mucho a las grandes novelas románticas con sus escenarios fastuosos y el lujo que normalmente siempre se asocia –un tanto equívoca y gratuitamente— a la diplomacia, pero es sin lugar a dudas una de las grandes novelas del siglo XX.

Finalmente, para terminar con este sucinto y no comprensivo listado de narradores presentaremos a uno que ha quedado relativamente olvidado pero que sigue siendo uno de los mejores escritores franceses (pese a que nació en Vilnius, Lituania) del siglo pasado. Se trata de Roman Kacew, conocido mejor como Romain Gary, pero también como Emile Ajar(7), quien es la única persona que ha ganado dos veces el famoso premio Goncourt  –que se entrega una  vez en la vida, pero que en su caso fue obtenido bajo nombres distintos. Hemos dejado para el final un novelista de su talla, antes de pasar a mencionar a algunos escritores peruanos, porque Romain Gary es el autor de un libro que se conecta con el Perú: Los pájaros van a morir al Perú(8). Este es un conjunto de relatos que toma el nombre del primer cuento, que narra el rescate, redención y caída de una hermosa joven que busca suicidarse en una noche de carnavales al sur de Lima para huir de su amante  –un hombre mayor– y una vida de incomprensión. Gary, el diplomático, sirvió en varios lugares del mundo, y pasó muchos años como Cónsul de Francia en San Francisco, donde escribió varios de sus relatos.

A vuelo de pájaro pasamos ahora a la revista de nuestros autores. Para comenzar debemos mencionar a algunas figuras históricas como Felipe Pardo y Aliaga, Carlos Augusto Salaverry y Clemente Palma, quienes desde los albores de nuestra vida republicana hasta entrado el siglo XX, pueden ser considerados entre los principales representantes de esta dualidad de diplomático-creador de ficciones, que bien visto –tomando en cuenta el derrotero de nuestro país en su primer siglo de vida –termina siendo casi lo mismo. El primero, autor costumbrista, que ocupa puestos en Bolivia, Chile y España, es conocido por haber fundado El espejo de mi tierra, pero sobre todo por un cuento que se incluye en todos los textos escolares Un viaje, que narra los preparativos del viaje de un aristócrata aniñado, que bien pudo haber representado la partida de cualquier diplomático peruano en los primeros años luego de la independencia de nuestro país. Sobre el segundo, volveremos más tarde cuando demos una mirada a la dramaturgia, que fue el campo donde sobresalió, de modo que terminaremos este breve recuento con Clemente Palma, autor cuasi-olvidado, pero que es uno de nuestros pocos exponentes de la literatura fantástica de terror.

Antes de ingresar al estudio de dos autores reconocidos como Harry Belevan y Carlos Herrera, anotaremos un caso singular en la tradición peruana, más cercana a la veta sensacionalista de Peyrefitte, y que sin embargo ha sido casi olvidado. Se trata de una novela de Edgardo de Hábich, actualmente Embajador en retiro, quien en 1964 publicó El monstruo sagrado. En esta novela se describe el caso de un joven inocente que es cooptado por un hombre de mucho poder (“el monstruo sagrado”) que, curiosamente, forma parte de la casta diplomática. El monstruo se aprovecha de la condición económica y social del chico para esclavizarlo incluso sexualmente. Más allá del estilo excesivamente barroco de la novela, el tema es por demás interesante, sobre todo si se tiene en cuenta la fecha de publicación en un país tan pacato como el Perú. De Hábich escribió también teatro y poesía, y ha publicado algunos otros libros de memorias, pero es esta novela la que le vale el honor de ser considerado como uno de los más reconocidos escritores-diplomáticos del siglo XX.

Como se señaló, quizás sea bueno detenerse un poco en la obra de dos de los más importantes y prolíficos narradores diplomáticos: Harry Belevan y Carlos Herrera. El primero es no solo autor de varias colecciones de cuentos y de novelas tales como Una muerte sin medida  –novela auto-referencial sin llegar a la autobiografía— sino también y sobre todo un importante teórico de la ficción literaria peruana, y quien mantiene hasta ahora la mejor antología del cuento fantástico nacional, en una edición que data de 1977 y que merecería revisarse cuando no actualizarse y reeditarse.  

Carlos Herrera, por su parte (aunque de origen arequipeño) es uno de los mejores narradores peruanos de las últimas generaciones, con una obra que transita por lo fantástico pero que debe –y tributa– más a Cortázar que a los narradores de ciencia ficción o de terror, vertientes clásicas de “lo fantástico”. Blanco y Negro y Gris, así como Crónicas del argonauta ciego, son novelas breves en las que la fantasía se mezcla con la realidad cotidiana en un mundo lleno de metáforas y cuestionamientos de lo real. Entre sus cuentos y sus novelas, Herrera tiene –por larga distancia— el corpus literario más logrado de los diplomáticos escritores.

El drama diplomático

Del mismo modo que se entiende que decir diplomáticamente algo es utilizar desmesuradamente circunloquios y frases enrevesadas, los diplomáticos escritores parecen encontrarse cómodos en describir no solo su mundo real sino también ese mundo de la imaginación y del intelecto, en el cual suelen discurrir sus disquisiciones, en las que los propios funcionarios pasan a formar parte de un mundo de representación. Es curioso por ello que no existan más diplomáticos dramaturgos o que escriban comedias, siendo la propia función diplomática, como ellos mismos consideran, una función de representación. Entre los mexicanos  –que tienen una fuerte tradición de diplomáticos escritores, pero sobre todo de “premios diplomáticos para escritores”, como son los nombramientos de gente vinculada a la cultura en puestos en el exterior(9)—, quizás pueda encontrarse uno con más ejemplos, entre los que cabe destacar a Carlos Fuentes, quien en obras como El tuerto es rey, plasmó aquello que sus novelas también hacen, cuestionar las estructuras de poder y el caótico y abstruso orden de una nación que, como pocas, funcionó por mucho tiempo  –y aún hoy arrastra esa cruz– como una “dictadura perfecta”.

Entre los peruanos, quizás Carlos Augusto Salaverry, hacia finales del siglo XIX  –claramente identificado con el romanticismo– sea el único autor nacional que pueda colocarse en la lista de diplomáticos dramaturgos (aunque cabe notar que De Hábich ganó el premio nacional de teatro en 1961). Entre sus obras destaca Atahualpa o la conquista del Perú y El pueblo y el tirano, grandilocuentes obras épicas que puedan quizás responder a ese lenguaje diplomático del que antes hablábamos. Es sin duda él, alguien que puede clasificarse entre diplomáticos-escritores antes que escritores-diplomáticos.

Queda, sin embargo, mucho por decir sobre esta relación íntima entre diplomacia y literatura. Este es solo un primer esbozo que buscaremos ampliar y que esperamos sirva también de acicate para interesar a otros autores diplomáticos que tengan pasión por las letras.

En todo caso, queda una reflexión final. Si es usted un ser de carne y hueso y no un infatigable trotamundos a cuenta de su gobierno, es válido que se cuestione lo siguiente: ¿Qué hacer si se encuentra con un diplomático? ¿Enfrentarlo o no enfrentarlo? ¿Creer en sus discursos o en los cuentos que siempre estará dispuesto a contar? Esa es la pregunta. Confíe en su buen tino y enfréntelo. Pero con cuidado. Trate de identificarlo antes. Y entre un diplomático frívolo y otro estudioso y apasionado de las relaciones internacionales, no dude un segundo, elija al primero. El segundo puede aburrirlo con interminables descripciones históricas o científicas del mundo actual o, peor aún, del pasado (cuando todos sabemos que el mundo fue y será una porquería, como dice el tango). Desde los fanáticos del Arte de la Guerra de Tsun Tzu, pasando por las fabulaciones de Clausewitz, las esquizofrenias realistas de Morgenthau, hasta los más modernos adoradores de Fukuyama y Huntington, todos pueden hacerle pasar una velada realmente fatal. Júntense con aquellos que se limitan a leer las actualidades y la sección de internacionales  –o en el mejor de los casos The Economist y Caretas– o con aquellos que saben de memoria las capitales de todos los países del mundo y los nombres de los más famosos dictadores del África sub-sahariana. No se aburrirá tanto y con suerte el hombre lo puede ayudar a encontrar esa palabra que le falta para llenar su crucigrama matutino. 
  

© Alejandro Neyra, 2009

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Alejandro Neyra: (Lima-Perú, 1974). Bachiller en Derecho por la Pontificia Universidad Católica del Perú y Bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Maestría en Diplomacia por la Academia Diplomática del Perú. Se desempeñó como delegado en la Representación Permanente del Perú ante los organismos internacionales con sede en Ginebra y ahora desempeña funciones en el Gabinete del Ministro de Relaciones Exteriores. Profesor de Diplomacia del curso de formación de la Fundación de la Academia Diplomática del Perú y de Comercio Internacional en la Universidad Tecnológica del Perú. Autor de los libro de cuentos “Peruanos Ilustres” (Solar, 2005) y “Peruvians do it better” (Sarita Cartonera, 2007), así como de diversos artículos literarios y cuentos publicados en revistas especializadas. Pronto publicará “Peruanas Ilustres” y prepara otro libro de cuentos –“Desastres naturales”— de donde forman parte estos relatos .

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5 The Ambassadors, from ancient Greece to the nation state, Jonathan Wright.

6 Les Ambassades, Roger Peyrefitte.

7 De hecho solo después de su muerte – suicidio con arma de fuego en 1980— se supo que Emile Ajar y Romain Gary eran la misma persona, pues mientras vivió, fue un pariente suyo Paul Pavletich, quien se hizo pasar por el ganador del premio Goncourt por La vida frente a sí (La vie devant soi).

8 Les oiseaux vont mourir au Pérou, también llevada al cine con el mismo nombre y dirigida por el propio Romain Gary y con la actuación de su entonces esposa, Jean Seberg.

9 Sin hacer distinciones de diplomáticos de carrera o no, entre los más grandes exponentes encabezados por Octavio Paz, Alfonso Reyes y Carlos Fuentes, están clásicos como Amado Nervo o Rosario Castellanos, y más recientemente Sergio Pitol, Juan Villoro y Jorge Volpi.

 

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