La temática histórica se convertirá en una de llamada de atención sobre la participación y los aportes de las provincias en diversos momentos de la historia o en denunciar los problemas sociales y sus consecuencias.

 

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Apuntes para un proceso de la narrativa histórica en el Perú

 

La anécdota en que se basa la tradición es fácil de resumir: Castilla recibe como obsequio un dije de oro y plata en forma de cañón para la cadena de su reloj. Lejos de colocarlo en la cadena, ordena que sea puesta sobre la consola de su gabinete y bromea con quienes se acercan a ver la joya diciéndoles que tengan cuidado con ella, pues está cargada. Días después, les anuncia que el cañoncito ha disparado, con baja puntería, poca pólvora y diminuto proyectil.

Lo sucedido (lo citaremos en su momento para no adelantar el final) lo aclara el narrador/Palma, que empieza la tradición con estos elogios a su ex rival político: “Si hubiera escritor de vena que se encargara de recopilar todas las agudezas que del ex presidente gran Mariscal Castilla se refieren, digo que habríamos de deleitarnos con un libro sabrosísimo” (Palma 1952:1092).

No caben más alabanzas en dos líneas y media, pero éstas siguen en los tres primeros párrafos. En el cuarto, y hablando de las costumbres de la nueva república, señala lo siguiente: “En palacio había lo que en tiempo de los virreyes se llamó besamanos, y que en los días de la República, y para diferenciar, se llama lo mismo” (ídem).

Esa es la sensación que da ésta y otras tradiciones, de las que puede deducirse que nada ha cambiado desde el final de la Colonia. La falta de crítica a ese continuismo es uno de los reproches que se le pueden hacer a Palma. Es lo que critica Segura en su novela. Pero el desenlace implica consecuencias mayores. “¿Qué había pasado? Que el artífice aspiraba a una modesta plaza de inspector en el resguardo de la aduana del Callao, y que don Ramón acababa de acordarle el empleo” (Palma, 1093).

Como una gracia y sin inmutarse, Palma nos está diciendo que Castilla recibía sobornos y además, que éstos eran efectivos. Si llevamos este planteamiento al sentido de igualar tradición con peruanidad como antes señalamos, llegaremos a la conclusión de que en el Perú el cohecho es una costumbre nacional. Lamentablemente lo ha sido.

Una de las muchas consecuencias de la derrota sufrida en la guerra con Chile fue el fin de la ilusión romántica-colonial de los criollos republicanos. Vencido y rendido el Perú “oficial”, la resistencia en los Andes hizo evidente la presencia de indios y mestizos como actores de la historia. La conmoción impuso el realismo y éste abrió una nueva visión del país que iba a reflejarse en su literatura.

Vuelvo aquí al tema de Los Marañones para plantear una hipótesis en respuesta a la pregunta ¿por qué no volvió Palma a reescribir esta novela? Esta es la siguiente: si él miraba a Aguirre como un criollo avant la lettre, al derrumbarse la República criolla después de la guerra, ya no tenía sentido.

El último suspiro criollo: Angélica Palma
 
Antes de continuar con el proceso de la narrativa histórica peruana, es preciso analizar una novela, tardía, que ilustra el pensamiento criollo respecto a su pasado y que apoya el punto de vista sostenido anteriormente acerca de su visión del pasado. Se trata de Tiempos de la Patria Vieja, de Angélica Palma, hija del famoso tradicionista.

Ya desde el título la autora plantea la dicotomía funcional que desarrollará en el texto y que refleja esa visión de continuismo que señalábamos en el caso de su padre. Hay una patria vieja/española peninsular y una nueva/criolla. La novela, histórica, nos narra el paso de una a otra.

La familia de Rodrigo Hinestrosa, peninsular, militar de carrera y monárquico radical, está formada por su esposa Juana Rosa, criolla, y sus hijos Rosario y Fernando, ambos también criollos que representan a una familia típica del Perú de principios del siglo XIX. Y aunque en 1821 ya San Martín había declarado la independencia, Lima seguía en poder de los realistas. La madre y los hijos, por diferentes motivos que se van contando y a escondidas del cabeza de familia, simpatizan con la causa patriota. El narrador escoge una cena para ir marcando diferencias entre peninsulares y criollos. Terminada la cena, el padre toma chocolate con bizcochuelo, la abuela ofrece la jícara a Rosario y ésta lo rechaza.

—Me empalaga; yo preferiría… Chomba. ¿No hay Champuz?
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—Yo también quiero champuz, Chomba —dijo Juana Rosa.
—¡Buen par de golosas madre e hija! En lugar de esas porquerías, que no hacen sino ensuciar el estómago, deberían ustedes tomar, como yo, su buena taza de chocolate, que es nutritivo y agradable (Palma 1926:XX).

El gusto de madre e hija por el champú/criollo, un dulce de la repostería peruana hecho con guanábana, maíz pelado, piña, manzana y membrillo, se opone al tradicional chocolate/peninsular que gusta al padre.

Fernando, por su parte, se escapa de noche de su casa para asistir a una reunión patriota clandestina a la que es invitado por Juan María Aguilar, un viejo amigo de la familia a quien el padre ha echado de casa a causa de sus ideas revolucionarias. Él y Rosario están enamorados. Al finalizar la reunión, Fernando le pide a su amigo que lo ayude a enrolarse en el ejército de Bolívar que se encuentra en la sierra. Éste le responde:

—He echado más leña al fuego, lo veo…y casi me duele encender la guerra civil en tu casa.
—Esa guerra está encendida hace tiempo, Juan María, sólo que corre por debajo, a modo de candelita de muladar. Hasta mi madre y mi abuela, que de buena fe creen pensar lo mismo que mi padre, en el fondo sienten que son peruanas; y nosotros, Rosario y yo, nosotros sabemos que lo somos (34).
 

Juan María, cuyo padre había muerto en un levantamiento independentista cuando éste era aún niño, lejos del lógico rencor, abraza la causa revolucionaria y es consciente, como el resto de criollos, que la suya es una guerra civil. Es más, para contrastar la posición de Rodrigo Hinestrosa, el narrador la opone con la de los tíos de Juan María, ambos peninsulares, que junto a él, tiempo atrás, habían intentado regresar a España, pero se sienten extraños en su tierra. No sólo porque la encuentran convulsionada por los liberales de Cádiz.

A estas causas generales de ingrata variación, deploradas por sus contemporáneos, añadían los Aguilera otras personalísimas que eran acaso el principal motivo de su desazón; encontrábanse fuera de su centro en la propia patria; la larga ausencia los había desarraigado del terruño, pues habían formado su vida y visto correr los años siguiendo el ritmo de costumbres distintas (51).
 

Desde la perspectiva del narrador, ni las diferencias ideológicas son tan fuertes como las costumbres. De aquí a la exaltación del costumbrismo hay más que un paso que, como vimos, fue dado por los criollos.

Para colmo de males de los monárquicos como don Rodrigo, son los propios peninsulares quienes tienen gran parte de responsabilidad en la crisis del poder real en el Perú y culpables directos de la insurgencia de los criollos.

… no; era a sus propios compatriotas, muchos de ellos sus amigos, otros antiguos compañeros de armas, a quienes don Rodrigo hacía responsables del innegable desmedro del poder real en el Perú. Ineptos unos, débiles éstos, egoístamente ambiciosos aquéllos, merecían la acusación indignada: todos en él pusisteis vuestras manos (87).

Reconocida la crisis de la “patria vieja” y el empuje de quienes desean una “patria nueva”, la confrontación entre ambas resulta inevitable. Fernando huye de casa y se interna en la sierra para unirse a las tropas de Bolívar. Don Rodrigo, que ya estaba retirado, pide su reincorporación en el ejército realista. Debido a sus años le ofrecen un puesto administrativo, pero él exige ir al frente. Su jefe no comprende la insistencia del veterano hasta que cae en la cuenta: “Recordó entonces Monet la marcha de Fernando al ejército patriota que, por la abundancia de casos semejantes, había pasado casi inadvertida para él; comprendió la rabia y el pesar del padre y trató de tranquilizarlo” (115).

Como vemos, ya no se trata de una guerra civil en el sentido de hermano contra hermano, sino de padres contra hijos. La solicitud de Don Rodrigo es aceptada y antes de partir al frente deshereda a su hijo. En este punto la autora desaprovecha el filón dramático que puede sacar de Juana Rosa al verse en la situación de tener al marido y al hijo en bandos opuestos y con la posibilidad real de que uno pueda matar al otro. En este punto de la trama sólo opta por hacer que su personaje se desmaye.

Estando cerca las batallas que definirán la victoria de los criollos, el narrador va apuntando las dicotomías que separan a ambos bandos. Frente al vino, asociado a los peninsulares; en el campamento patriota los criollos beben pisco (aguardiente de uva de origen peruano). Fernando, al enterarse de las divisiones internas de los realistas exclama:

—Y que anden los dos a la greña —dijo Fernando— lo mismo que, siglos atrás, anduvieron Pizarro y Almagres, y así la dominación española en el Perú tendrá un semejante a su principio (123).

Derrotados en Junín, el ejército realista se reagrupa en el sur. El 9 diciembre de 1924, y horas antes de la definitiva batalla de Ayacucho, se pacta una tregua para que familiares y amigos que se encuentran en bandos opuestos puedan reunirse y “disfrutar de un rato de afectuosa expansión”. Don Rodrigo se niega a ver a su hijo. El narrador obvia entrar en detalles sangrientos sobre el combate, salvo las arengas y las posiciones de los ejércitos, y resuelve el mismo en un párrafo. Tanto es así que Fernando es herido, pero de ello nos enteramos más adelante y con otro propósito. Otra cosa curiosa son los juicios del narrador. Dice de los realistas: “Todo estaba en contra de los valerosos vencidos” (142).

De los criollos: “(…) y fue Canterac quien firmó la capitulación más generosa que ha ofrecido un ejército al enemigo en desgracia” (142).

La preocupación por la herida del hijo fuerza la reconciliación con el padre. Pero éste no puede soportar la derrota, “el mundo al revés”; se entera, además, que Juan María se va a casar con Rosario. Cae enfermo y en trance de muerte. En sus momentos finales reconoce que el cambio es inevitable y dice que piensa regresar a España, pero pierde el aliento y muere. Con él muere también la “patria vieja”.

En busca de la historia perdida o el “descubrimiento” del indio
 
Si repasamos la novela anterior, nos daremos cuenta que en ella no aparece una parte mayoritaria de la población peruana: el indio. Angélica Palma los nombra, muy de paso, escasas veces; pero cuando describe la desbandada del ejército realista luego de la derrota de Ayacucho, el narrador manifiesta que le preocupa la suerte de los realistas que al dispersarse “se encontrarían indiadas ebrias y pueblos hostiles”. Para los criollos, sólo ellos eran los actores de la historia; mientras ellos luchaban, los indios se emborrachaban.

De 1881, año en que Lima cae en poder de los chilenos, hasta octubre de 1883, cuando se firma el tratado de paz de Ancón, Andrés Avelino Cáceres —quien recibiría el apelativo de El Demonio de los Andes— encabezará la resistencia guerrillera contra el ejército invasor. Son ahora los pobladores civiles del Ande, mestizos e indios, quienes intentan remediar el desastre causado por la República criolla. Pero poco pueden hacer por invertir la situación.

La tragedia de la derrota y la crisis de la posguerra hacen reaccionar a sectores sociales emergentes que juzgan y cuestionan a la clase responsable. Empiezan a replantearse los problemas del país desde una perspectiva diferente. Manuel González Prada será el representante más conspicuo de El Círculo Literario, del que saldrá un partido político. Desde el punto de vista peruano, la generación de González Prada equivale a la del 98 español. Sus prédicas van a encarnarse en la siguiente, a la que pertenecen, por ejemplo, Abraham Valdelomar(1888-1919), César Vallejo (1892-1938) y Augusto Aguirre Morales (1888-1957), autor de la novela histórica El pueblo del Sol.

Esta generación, que estará muy ligada al movimiento Colónida, va a significar la incorporación de la clase media en la inteligencia del Perú y aparición de la visión y los universos ficcionales de las provincias en la narrativa peruana. Esto, unido a los nuevos movimientos artístico-ideológicos de principios del siglo XX, trae como consecuencia el descubrimiento narrativo del indio e inicia el proceso que generará al indigenismo. Este proceso, que tiene como precursora a Clorinda Matto de Turner (1854-1909) en su novela Aves sin nido, se caracterizará por una serie de visiones o tendencias que culminará con la obra de José María Arguedas (1911-1969)

 

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