La lecture, óleo en canvas de Berthe Morisot (1841-1895).

Las novelas conducen la mirada femenina más allá de las ropas o utensilios del hogar. Estos viajes imaginarios y desplazamientos sociales perturbaban a los varones letrados y por ello, la acerba crítica.

 

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Género, novelas de folletín e imágenes de la lectura en la Ilustración y el romanticismo peruanos

por Marcel Velázquez Castro

 

Planteamos que en la República del Guano (1845-1879) en el Perú existieron dos circuitos interrelacionados de producción novelística (folletín y letrado), dos fuerzas productivas sociales que participaron activamente en la lucha política por imaginar la nación y se constituyeron en vehículos de modernización y modernidad, pero fueron incapaces de liquidar las viejas representaciones sociales de los sujetos subalternos (indios, negros y mujeres).

Las novelas de folletín que aparecieron en la década de 1840 –escritas mayoritariamente por extranjeros– contribuyeron decisivamente en la formación de un nuevo público lector, asociadas sincrónicamente a las manifestaciones de las novelas de folletín europeas, coadyuvaron a la constitución de la prensa popular como el primer medio de una cultura protomasiva en nuestra comunidad; por ello, fueron un factor que alentó la modernización sociocultural, pero sus mundos representados y sus códigos retóricos fortalecían una concepción tradicional, organicista y jerárquica de la sociedad. A la inversa, la mayoría de las novelas letradas que se consolidan en la década de 1860 –escritas mayoritariamente por peruanos– siguen los ya desfasados modelos románticos de la alta literatura europea y mediante sus mundos representados y sus estrategias de narración intentaron constituir una subjetividad y una sensibilidad moderna en el orden privado y un espacio público regido por los ideales de la Ilustración y la racionalización de la sociedad, pero sus formas de producción y circulación alentaban una esfera cultural premoderna, en la cual lo literario estaba disjunto de las mayorías sociales y subordinado a la moral y política de las elites.

Estos dos circuitos de producción novelística se distinguen no solo por el soporte material (prensa/libro), el respeto a las altas convenciones de la literatura o a las retóricas del folletín, sino principalmente por el público lector y la imagen del escritor. El público lector de las novelas de folletín estaba conformado por sectores urbanos medios (artesanos, comerciantes, estudiantes, sirvientes) que leían fragmentaria y discontinuamente; el público de las novelas letradas era más reducido signado por su buena capacidad económica y mayor educación, su experiencia de lectura creaba una temporalidad que ellos controlaban y una expectativa de códigos retóricos propios de la literatura ilustrada. Además, la imagen del escritor y su posicionamiento en el mercado también varían: el escritor de folletines –en teoría– vive de su escritura, es un agente del mercado que posee por su práctica una visión desacralizada de la literatura. El escritor de novelas letradas es un letrado, un sujeto que confía en sus competencias culturales, en la omnipotencia de la palabra escrita y en el carácter estético y moral de lo literario. Estas diferencias no son antagónicas, hay varias zonas de contacto: los folletines publicados en los periódicos se convertían luego en libros que eran publicitados desde el propio periódico, el varón como productor de ficciones y la mujer como consumidora de novelas es un binomio hegemónico en los dos circuitos novelísticos en esta primera fase, las retóricas del folletín son asimiladas y transformadas por los novelistas letrados y el lenguaje del folletín muchas veces era un simulacro de la norma culta.

En el eje diacrónico, podemos afirmar que las novelas de folletín fueron al inicio hegemónicas y gradualmente fueron perdiendo importancia hasta que ya a fines del XIX constituirán un fenómeno minoritario, mientras que las novelas letradas iniciarán gradualmente su prolongado recorrido hasta convertirse en el paradigma central del campo literario.

Las novelas de folletín y las novelas letradas interactúan con la serie política por lo menos en cuatro aspectos: a) forman parte de una pedagogía política, las elites emplean esta tecnología discursiva para difundir, transformar o socavar las nuevas racionalidades y sensibilidades que están emergiendo en el campo ideológico; b) sus mundos representados poseen –a veces– una visión crítica que cuestiona las fracturas entre el discurso político moderno y las viejas prácticas sociales que preservaban las diferencias tradicionales; c) al formar parte de los nuevos circuitos de sociabilidad e intentar constituir al sujeto/lector moderno, participan en el proceso de subjetivización generalizado en las sociedades decimonónicas que implica la transformación discursiva de la plebe en pueblo y del pueblo en ciudadanos; d) establecen una constelación de imágenes de las comunidades étnicas y sus eventuales uniones, diseñando una cartografía simbólica asociada a políticas sexuales y étnicas que se convierten en severos obstáculos para la plena y cabal difusión de los procesos modernos.

No debe olvidarse que muchas de estas novelas de folletín y otros materiales narrativos ficcionales cumplían también una poderosa función de tecnología social, en términos foucaultianos: eran parte de una biotecnología masiva que pretendía educar y disciplinar a los lectores en determinadas sensibilidades y cosmovisiones funcionales a los proyectos políticos hegemónicos. María Fernanda Lander (2003) lo plantea tajantemente: la novela sentimental del XIX está concebida como un instrumento diseñado para imponer la visión de sociedad civilizada que promovían los criollos que asumieron el control sociopolítico después de la Independencia (22).

La mayoría de novelas formalizaba dos concepciones claves en todo el XIX: a) la familia burguesa como refugio del espacio privado (la mujer como rectora moral y educativa del hogar y el varón como proveedor y jefe de la familia) y el amor como una experiencia peligrosa que debía someterse a las jerarquías sociales y étnicas propias del matrimonio concertado; b) la instauración de un sujeto moderno (conducta política de un ciudadano ideal que está vinculado orgánicamente al incipiente Estado nacional, deseos de autoperfección moral y social, rechazo a costumbres tradicionales o formas arcaicas de organización social). Por ello, Susana Zanetti (2002), refiriéndose a la emergencia del género en Hispanoamérica, sostiene:

A pesar de las reservas morales, un sector de las elites confiaba en que los folletines (y las novelas) podían lograr mayores y más amplios efectos en el conjunto de la población alfabeta y urbana que otros discursos que se proponían aleccionar acerca de los modelos de sociabilidad y de familia convenientes para flamantes naciones que cumplían o intentaban cumplir una rápida modernización y consolidación del estado nacional (107-108).

Es evidente que sí existió una cultura de masas en las principales ciudades europeas por la alianza entre prensa popular y novelas de folletín. En el Perú decimonónico existían parcialmente las condiciones sociales y culturales que forman parte del presupuesto de la producción masiva de textos novelísticos, pero nuestro desarrollo tecnológico, urbanístico y educativo(5) atentó contra la expansión plena del género entre los escritores nacionales. A pesar de que El Comercio logró desde sus inicios regularidad y aprovechó los adelantos tecnológicos de la época, su tiraje en este periodo nunca superó al de los otros grandes periódicos americanos de la época. Por lo tanto, no se pudo consolidar un mercado de productores nacionales; sin embargo, en todo este periodo se siguen publicando novelas de folletín importadas de los periódicos franceses y españoles principalmente. Es decir, hay una masa constante de lectores, pero no una producción nacional sistemática.

La naturaleza ambigua y paradójica de la novela decimonónica se deriva de la propia modernidad. La novela es medio de la libertad artística y herramienta de coerción social; espacio de la creatividad y refugio de la imitación; mecanismo biotecnológico de disciplinamiento y espacio de las fantasías y las libertades más alucinantes; espacio polifónico de diversos enunciados y lugar de enunciación monológico y autista; medio de constitución de la subjetividad moderna y cartografía social tradicionalista o incluso premoderna.

¿Existe una correlación simbólica entre la novela de folletín y la mujer y las novelas letradas y el varón? ¿Es la novela de folletín una amenazante metonimia de lo femenino y lo popular que asalta los ya resquebrajados muros de la ciudad letrada? ¿Es la novela letrada una respuesta de los varones productores de la cultura tradicional contra la novela de folletín? ¿Fueron mujeres las principales lectoras de las novelas de folletín? Aun a riesgo de generalizar y con las debidas reservas, podemos contestar afirmativamente a todas estas preguntas en el campo literario peruano.

En la década de 1840 y las siguientes es fácil encontrar la ira y el lamento de los escritores neoclásicos por la difusión y éxito de las novelas de folletín en las principales ciudades latinoamericanas(6). Las acusaciones se repiten con ligeras variaciones: irrealidad de los mundos representados, falsificación de la verdad, promoción del ocio y excitación de las malas pasiones. No parece descabellado establecer una correlación entre estas acusaciones y la imagen de la mujer que recorre el siglo XIX: sujetos peligrosos y fascinantes que deben ser regulados, vigilados y castigados mediante diversas biotecnologías. La feminización de la práctica social de la lectura de folletines revela la íntima conexión entre ambos imaginarios desde la perspectiva del varón ilustrado(7).

José Antonio de Lavalle, escritor peruano, en una reseña publicada en 1861(8) sostiene que
No ha faltado quien, observando únicamente el abuso que se hace de este género de escritos, ofreciendo á los lectores tipos y características absurdos, escenas de mundo que no existen, y pinturas, engañadoras unas veces, excitantes de las malas pasiones otras, se haya pronunciado enérgicamente contra un género de obras, que, cuando no perjudiciales, son inútiles por lo menos (491).

La argumentación de Lavalle apunta a proponer una distinción central al interior del género novela:
si esto sucede con la mayoría de los romances que corren por las manos del público, no sucede, ni puede suceder, con aquellos, que tomando la sociedad tal como ella es, agrupan caracteres verdaderos, los enlazan en un centro formado de escenas ciertas ó naturales, y forman con ellos una ficción posible é interesante, de la que se desprenden una ó muchas lecciones de moral social (491).

Adviértase que la metáfora “corren por las manos del público” grafica de manera elocuente la distribución y circulación de las novelas de folletín. Por otro lado, se postula una poética concentrada de la novela de carácter prescriptivo. La premisa es no alterar el carácter de la sociedad, pero se consiente en la posibilidad de incorporar escenas no verdaderas, pero sí verosímiles. Se asigna importancia a la articulación y el entrelazamiento de los personajes y las escenas. Nótese el implícito rechazo a la mera secuencia de acontecimientos autónomos que define las unidades de las novelas de folletín. Por último, se insiste en la utilidad moral de la lectura que tiene un carácter social. Con esto se cierra el círculo: la sociedad es la fuente primigenia de las novelas y en ella se aplican los principios morales derivados de los textos. La solución de Lavalle es luchar con el fuego de la educación contra el fuego del placer, las novelas letradas contra las novelas de folletín.

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(5) A pesar de la constante preocupación de los letrados desde fines del XVIII por la promoción de la educación y la literacy entre la población, el avance de la alfabetización fue lento en el Perú y tuvo una marcada discriminación de género. Un estudio minucioso y con muchos datos cuantitativos puede consultarse en Historia de la educación… (2002) de Margarita Guerra y Lourdes Leiva. El análisis de la variable lectura/escritura correlacionada con el acto de la elección y los derechos de ciudadanía puede consultarse en la tesis de Jose Ragas (2003: 52-57).

(6) Un antecedente de este fenómeno se produjo en la primera reacción contra la novela en Europa a finales del siglo XIX. Desde 1780 era hegemónica la “lectura sentimental”, principalmente entre el público femenino y juvenil. Esto generó severas críticas de los sectores ilustrados y las autoridades: el libro adopta una nueva configuración como medio de ocio, lujo, aburrimiento y mero espacio de entretenimiento; así los ideales de la Ilustración y de la ética burguesa aparecen traicionados (Wittmann, 521-22).

(7) Domingo F. Sarmiento publicó un artículo bajo el título “Al oido de las lectoras” en el periódico Progreso de Santiago de Chile el 16 de diciembre de 1842 donde señalaba tajantemente que “El folletín del Progreso ha sido mandado hacer ex profeso para las niñas y las viejas; y ningún barbilampiño ni barbicano haya de meterse con las cosas que son para la toaleta de aquéllas” (1943:235). Lo más interesante es que el artículo es una réplica irónica contra los varones suscriptores que quieren erradicar el folletín. Sin embargo, en una carta desde París pocos años después descalificará a los principales novelistas franceses de folletines como “contadores de cuentos para entretener a los niños” (1943:364).

(8) La reseña de José Antonio de Lavalle sobre Julia publicada enel núm. 42 de La Revista de Lima el 15 de junio de 1861 es una de las primeras críticas estructuradasde una novela romántica letrada en nuestra tradición crítica.

 

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