El carruaje de tercera clase, de Honoré Daumier (1808-1879).

Como Quijote, como Madame Bovary, el joven provinciano deslumbrado por sus lecturas ha querido convertirse en uno de los héroes de sus libros y sólo ha encontrado la muerte.

 

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Género, novelas de folletín e imágenes de la lectura en la Ilustración y el romanticismo peruanos

por Marcel Velázquez Castro

 

En un soneto neoclásico titulado “El Álbum” de Felipe Pardo, compuesto probablemente hacia fines de la década de 1840, encontramos una alusión a las novelas de folletín de Sue y a su lectura por las mujeres limeñas: “¿Talento? Sí; mas no del que descuella / En gobierno casero ni en costura. / ¿Saber? La virginal literatura / De Eugenio Sue marcada con la huella” (1973: 125). Es obvio el tono irónico en la calificación de “virginal” a las novelas del polígrafo francés: las mujeres que deben aspirar al saber de los libros religiosos que fortalecen principios morales sucumben ante el truculento y apasionante mundo del folletín. La lectura de estas novelas aleja a las mujeres de su espacio natural: el hogar. El tejido de significados que ofrece toda novela las aleja de la linealidad de la costura, las novelas conducen la mirada femenina más allá de las ropas o utensilios del hogar. Estos viajes imaginarios y desplazamientos sociales perturbaban a los varones letrados y por ello, la acerba crítica(9).

Un aviso publicitario que aparece reiteradamente en La Bella Limeña (1872), revista semanal para las familias, expresaba abiertamente la prolongada vigencia del imperio del folletín y la novela por entregas. En él se destaca que las novelas ofrecidas por una librería son “las unicas que puede leer con agrado las señoras y señoritas”, es decir, novelas que no contravienen las normas morales hegemónicas, además se pone de relieve su novedad: “las ultimas que se publican en España”.

La exacerbación de las pasiones, los códigos melodramáticos, la crítica social, la ideología tradicionalista y las soluciones consolatorias de la novela de folletín fortalecían una “lectura sentimental” que no distingue entre el mundo ficticio y la realidad cotidiana. Por ello, parte de las mujeres se evadía mediante la lectura de la jaula de hierro que empezaba a cernirse sobre ella bajo el rótulo de “ángel del hogar”, su experiencia de lectora las liberaba momentáneamente, pero los valores que proponían las novelas reforzaban su sometimiento. Esta paradójica tensión entre la libertad y la opresión, el acto privado de la lectura y los controles sociales públicos, me recuerda el balcón limeño, presente en muchas novelas del periodo, espacio donde las mujeres, dentro de los límites de la casa, ingresaban e interactuaban por medio de la vista y la palabra con el espacio público de la ciudad.


 
III. Imágenes de la lectura

Susana Zanetti ha sido una de las primeras en analizar la ficcionalización del acto de lectura en novelas latinoamericanas decimonónicas como una privilegiada vía para comprender la formalización y disciplinamiento de los lectores y observar el funcionamiento de los horizontes socioculturales y morales que dotan de sentido al acto de leer en un periodo determinado (14). En esta sección, presentamos un breve análisis comparativo de las representaciones de una mujer leyendo en una novela de folletín (El Padre Horán, 1848) y de un varón leyendo en una novela letrada (Edgardo o un joven de mi generación, 1864).

Narciso Aréstegui(10) nació en el distrito de Huaro cerca del Cusco en 1823 y falleció en Puno en 1869. Encarna plenamente la figura del letrado provinciano (abogado y literato) que se articula desde su región con el poder político central y a cambio obtiene la posibilidad de ejercer cargos públicos y tener presencia en la vida cultural de la metrópoli.

El Padre Horán fue publicada como folletín en El Comercio de Lima en 1848. Llevaba como subtítulo Escenas de la Vida del Cuzco. Se inició su publicación el 21 de agosto y concluyó el 30 de diciembre, sus 83 partes ocuparon de manera discontinua el extremo inferior de una o de las dos primeras páginas del periódico, que en esa época solo contaba con cuatro páginas. Fue el texto de folletín más importante del segundo semestre del año(11) y seguramente colaboró en la renovación de las suscripciones: por ello, la fecha en que concluye. El nombre del autor solo aparece en la última entrega, hecho que revela la poca importancia de la identificación del autor en el proceso de consumo del bien simbólico (novela de folletín), más aún tratándose de un autor que realizaba sus primeros pinitos en el oficio.

La estructura de la novela nos revela que fue pensada y escrita para ser publicada en forma de folletín: hay una extensión muy similar en todos los capítulos y además se presenta en cada uno un asunto temático que se desarrolla y concluye, pero incluye nuevos elementos y conflictos que permiten la continuación de la historia en la siguiente entrega.

De esta extensa novela, nos interesa apreciar la representación del acto de lectura realizado por una mujer y el marco social e ideológico en que se realiza en el mundo representado. Paulina, la madre de la protagonista, le entrega a Angélica “un librito de pasta colorada” (I: 67). Ese libro es un Cotidiano que la joven debe leer para preparar su examen de conciencia en pos de su primera comunión. La madre le indica qué parte del libro debe leer, señalando con un dedo las páginas que explican el orden que debe seguirse para confesarse bien. Toda la escena encierra una silenciosa violencia y un flagrante autoritarismo, el libro no es un objeto que la lectora puede explorar libremente, sino el portador de un mensaje trascendente que tiene que memorizar e internalizar. Poco después, Angélica vuelve a la costura, actividad femenina por antonomasia.

En el capítulo siguiente, llega a la casa la Beata Brígida, personaje que encarna la autoridad y el saber religioso, pero que es cómplice de las perversiones morales del Padre Horán. Al observar a la adolescente que ha dejado nuevamente la costura y se distrae hojeando el Cotidiano, la beata exclama: “¿Con que Angélica es afecta a leer? (…)Pero…sin duda que no leerá esos libritos que corren en el día” ( I: 70); ante ello, la madre replica: “lo que le agrada más es la costura”, pero “Ahora lee un Cotidiano, que yo le he dado para que principie con el examen de conciencia” (I: 70). Este diálogo es altamente revelador de las concepciones hegemónicas en la mentalidad de los personajes: la lectura de las mujeres debe ser reglamentada, solo es válida la que se inscribe en los marcos religiosos o morales. Existe un conjunto de lecturas peligrosas que debe ser evitado: textos políticos republicanos que proclaman la separación del Estado y la Iglesia y otros de mero entretenimiento que se agotan en su propia intransitividad. En diversos pasajes posteriores, Angélica aparece con su libro en la mano, ella lo lee sin entusiasmo y con mucha aprensión porque el manual religioso la constriñe espiritualmente y le genera un intenso desasosiego: el libro moldea dolorosamente su conciencia. Entre el libro prohibido y el libro ofrecido, la libertad de la mujer se disuelve entre páginas que no le pertenecen.

La importancia de la lectura moral y religiosa para las mujeres seguirá siendo hegemónica entre los sectores ilustrados durante casi todo el XIX. Nótese como la oposición entre lectura cristiana y lectura atea sigue operando en una revista como La Bella Limeña (1872) que en su presentación sostenía:

La ‘Bella Limeña’ abre sus columnas á cuantas composiciones literarias de mérito se el envien; se entiende, no de esa literatura atea que ha venido carcomiendo las bases de las antiguas sociedades, sino de esa literatura cristiana que eleva el sentimiento popular, purifica las costumbres y ennoblece los sentimientos del corazon (I: 1).

Además de la maniquea oposición, cabe resaltar esa conciencia de que la literatura posee el poder de socavar los fundamentos sociales o la capacidad de transformar espiritualmente al lector: la literatura es una biotecnología. Por ello, la imagen ideal de la mujer que se diseña a propósito de los exámenes anuales de un colegio para mujeres dirigido por la Srta. Beausejour en la ciudad de Lima:

su imaginacion debe nutrirse en la lectura de esos libros que derraman en el espíritu el bálsamo purísimo del consuelo religioso, y no en las novelas modernas en que se representa el mundo, no solo como no es, sino tambien como no debe ser (…) la ciencia útil y poetica de la familia, mas que la estéril, punzante y fria ciencia de los libros; la economia del hogar mas que las combinaciones matemáticas, la conducirán pura y feliz á traves de las tempestades de la vida (La Bella Limeña 9: 65).

Aquí la oposición está planteada claramente entre los libros religiosos y las novelas perniciosas. Las novelas alejan a las mujeres de su destino final: la administración del hogar.

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(9) Juan Poblete (2003) sostiene que tanto la Iglesia como el Estado observaron como un poderoso desafío la protomasificación de impresos, específicamente la lectura de ficciones novelísticas, ya que les arrebataban influencia en el modelado de los cuerpos y corazones de las mujeres y los emergentes sectores populares urbanos (267). Una solución a este conflicto en Chile fue el proyecto novelístico de Alberto Blest Gana definido por su carácter transaccional y su reconceptuación del producto “novela” (27 y ss.).

(10) Estudió en el Colegio Nacional de Ciencias y Artes creado por Bolívar, se graduó de abogado en el Colegio Seminario San Antonio de Abad y desde 1850 era Catedrático de Historia Antigua y Moderna y de Literatura. Participó activamente en el ejército de Castilla. Posteriormente asumió diversos cargos públicos: Prefecto, Jefe Militar, Rector del Colegio Nacional de Ciencias del Cusco, Vicepresidente de la Sociedad de Amigos de los Indios, Prefecto de Puno (Tamayo Vargas 1992, II: 453).

(11) Domingo F. Sarmiento publicó un artículo bajo el título “Al oido de las lectoras” en el periódico Progreso de Santiago de Chile el 16 de diciembre de 1842 donde señalaba tajantemente que “El folletín del Progreso ha sido mandado hacer ex profeso para las niñas y las viejas; y ningún barbilampiño ni barbicano haya de meterse con las cosas que son para la toaleta de aquéllas” (1943:235). Lo más interesante es que el artículo es una réplica irónica contra los varones suscriptores que quieren erradicar el folletín. Sin embargo, en una carta desde París pocos años después descalificará a los principales novelistas franceses de folletines como “contadores de cuentos para entretener a los niños” (1943:364).

 

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