Mujeres se reúnen en torno a la lectura. Ilustración de The Lady´s Book, publicación de Louis A. Godey.

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Género, novelas de folletín e imágenes de la lectura en la Ilustración y el romanticismo peruanos

por Marcel Velázquez Castro

 

Retornando al análisis de la novela, cabe considerar que Angélica y Doloritas reciben cartas de personajes varones a lo largo de toda la trama narrativa. La lectura de las cartas es diferente a la de los libros, es un texto que las interpela directamente y las estremece de placer o de miedo, es una experiencia concentrada e intensa que reafirma su subjetividad. La primera carta de amor de Wenceslao que recibe Doloritas genera que le tiemblen las manos mientras la lee y luego llora de ternura y amor por el joven que ha manifestado su deseo amoroso mediante la escritura (II: 7-9). Sin embargo, en ambos casos las mujeres son meras destinatarias de textos escritos por los varones depositarios del saber religioso o de actores legitimados para enamorarlas. Su trato con la palabra escrita parece conducirlas siempre a la de receptoras pasivas en esta novela de folletín.

La paradoja vuelve a estallar: la mujer que lee El Padre Horán en la parte inferior de El Comercio bajo el nublado cielo limeño encuentra que su novedosa práctica social no posee modelos legitimados en la propia ficción. Nuevamente, la práctica social de la lectura y la relación con la novela de folletín está más avanzada que el texto atrapado en representaciones tradicionales de la lectura femenina. La modernización social de la distribución y consumo del novedoso bien cultural se estrella contra la insuficiente modernidad de la representación de la mujer en el texto.

En cuanto a la representación del acto de lectura de un sujeto masculino existe un notable ejemplo en una novela de Luis Benjamín Cisneros. De todo el conjunto de escritores románticos, Cisneros ocupa una posición paradigmática por dos razones: a) la alta competencia literaria en marcos discursivos como la poesía y la novela, b) su devenir constituye un modelo generacional gracias a su inicial rechazo a las políticas de las elites gobernantes y su posterior asimilación a las estructuras del poder político (recorre rápidamente el tránsito de los ideales liberales de la juventud al pragmatismo político de la madurez).

Edgardo o un joven de mi generación (1864) ha sido casi completamente olvidada por la crítica literaria y los lectores. Novela que se aleja de la visión edulcorada y las cosmovisiones monológicas de Julia porque presenta un grupo de personajes más complejos y con múltiples perspectivas de la realidad que se enfrentan continuamente. El contrapunto central se plantea entre Adriana, entregada plenamente a un amor que la conduce a la ruptura de normas morales y a la miseria social, y Edgardo, escindido entre las ilusiones utópicas y la cruda realidad del amor personal y el amor a la patria.

Uno de los tantos aportes del romanticismo consiste en diseñar una nueva experiencia de la lectura de ficción: ya no se trata de contemplar admirado o extasiado la perfección de la obra artística, sino vivir la experiencia de una subjetividad ajena que nos ayude a comprender mejor nuestra propia subjetividad y sus relaciones con el mundo. A diferencia de otras literaturas, en las novelas románticas peruanas no es frecuente la representación de la lectura de los personajes principales como elemento decisivo en la conformación de su identidad; no obstante, encontramos una notable excepción en la novela que estamos analizando.

“En las sencillas narraciones de Garcilaso y en los cuadros coloridos de Robertson y Prescot, el joven oficial contempló abismado la noble y gloriosa civilización de los Incas (...) nacida de sí misma como la luz de la nada” (II: 290). La conformación de la identidad individual se produce simultáneamente con la re-creación de la identidad social, la continuidad histórica o la permanencia a lo largo del tiempo y del espacio encuentra en los incas un momento originario y fundacional. Este pasado que se actualiza por la lectura no deja de poseer estructuras jerárquicas, calificar de “sencillas narraciones” la obra de Garcilaso revela cierto desdén hacia ella. Cabe anotar la paradoja de que Edgardo conoce y valora el pasado inca, su pasado histórico, por medio de las reconstrucciones de historiadores extranjeros. Aunque hay admiración, no hay identificación plena con ese pasado. Obsérvese la diferencia cuando se alude al periodo de la conquista:

Admirando las proezas titánicas de los hombres que trajeron al Perú la bandera conquistadora, cuya raza forma hoy el elemento más activo, más ilustrado y más civilizador de nuestra nacionalidad, Edgardo lloró y comprendió el estupor de la raza primitiva al ver en un solo día destruido el imperio, degollado sus reyes, condenada su religión, derribados sus altares, perdidos sus dioses, y cuya conciencia (...) cayó, en medio de este cataclismo universal, desquiciada, aturdida y espantada como en el caos del vacío (II: 290).

Párrafo ambiguo y contradictorio, el sujeto que lee se identifica con los españoles y le asigna a esa comunidad étnica la primacía en la constitución sociocultural de la nación; no obstante, no deja de conmoverse por la derrota y aniquilación del mundo andino. Por otra parte, implícitamente se está negando la posibilidad de que los sujetos andinos participen activamente en la conformación de la nueva nacionalidad. En esta síntesis de la historia peruana, el texto continúa:
La gloriosa epopeya de la revolución de la independencia infundió en su alma el amor sagrado de las glorias del Perú y de América. Edgardo vio en esa epopeya, no la resurrección exclusiva de la nacionalidad india, sino la aparición de una nacionalidad moderna, engendrada por los elementos simpáticos de dos razas llenas de bellas cualidades y de nobles tradiciones (II: 291).

La independencia es el crisol del mestizaje y de la nacionalidad moderna, curiosa formulación del ideal republicano donde la cultura criolla y la andina aparecen como fuentes de valores y tradiciones que se amalgaman sin conflicto. Un aspecto que demuestra la utilización de marcos discursivos literarios para leer la historia es la calificación de “epopeya”. Esta circunstancia se verá consolidada con la siguiente descripción del narrador:

El joven oficial devoraba las páginas (...) no solo con la meditación con que se lee la historia sino con el fuego santo con que se lee un poema. Bolivar y San Martín eran para él dos gigantes inconmensurables, dos guerreros homéricos, dos espíritus de los antiguos tiempos reaparecidos en los tiempos modernos para llenar una visión providencial en el Nuevo Mundo (II: 291).
           
Ese fuego sagrado que se exige al lector de la poesía ha embargado el espíritu de Edgardo, quien empieza a leer la historia como si fuera literatura. Nótese la importancia asignada a las figuras individuales como motor de la historia y el carácter providencial que asumen: curiosa mezcla de individualismo romántico y cristianismo mesiánico. Ante este glorioso pasado reconstruido, las miserias del presente se hacen más evidentes:

El torbellino de los hombres y de la historia contemporánea pasó a sus ojos como un vértigo. Edgardo no vio en él sino el encadenamiento fatal de los malos gobiernos engendrando las revoluciones, y de las revoluciones engendrando malos gobiernos. Ante esa serie de poderos efímeros nacidos de un tumulto popular, de un motín de cuartel o de una legalidad siempre dudosa (...) su corazón sufrió de desesperación y de impotencia (II: 291).

La reconstrucción de la historia ha concluido creando en el lector un estado de angustia y dolor, el aciago final contrasta con los gloriosos orígenes y las diversas gestas extraordinarias. Se ha formalizado “la realización del sueño ilustrado, a través del ejercicio de la lectura y la escritura interpretativa” (Batticuore, 1998:469). En el caso de Edgardo, el sueño se transforma en pesadilla porque él no se convierte en un sujeto con la competencia y el saber necesario para transformar su país, sino en un sujeto que se desubjetiviza de su presente chato y miserable y se inscribe en la subjetividad ajena de los héroes militares. Renuncia a su miserable historia para escribir la Historia, el retrato de Salaverry que se encontraba frente al lecho simboliza los elementos ajenos que se inscriben en el sujeto para intentar alcanzar la gloria personal y la regeneración de la patria. Las lecturas siguen jugando un papel relevante en la re-creación del nuevo Edgardo: lee una historia de la Revolución Francesa que le enseña los principios rectores de la democracia liberal y lee poesía que exalta aún más su espíritu (II: 293). Finalmente, “un soplo de ambición pasó por su ser, y su corazón se inflamó como una hoguera” (II: 299); por ello, intentó destacar de modo excepcional en la batalla de La Palma donde lucha con denuedo en las filas de Echenique, pero es finalmente herido de gravedad y muere pocas horas después.

Como Quijote, como Madame Bovary, el joven provinciano deslumbrado por sus lecturas ha querido convertirse en uno de los héroes de sus libros y sólo ha encontrado la muerte. Subjetividad protésica, porque la percepción de estar excluido de la Historia lo incita a integrar a su primigenia subjetividad retratos y memorias ajenos, deseos de otros, extrañas tareas heroicas. Además, las excesivas lecturas operan como una gigantesca prótesis que termina devorando el cuerpo propio e imponiendo percepciones y sensaciones que lo conducirán a la muerte.

El análisis de las imágenes de la lectura que proveen estas novelas románticas ofrece dos modelos asociados a las diferencias de género. La mujer recibe libros religiosos que se le ofrecen como mecanismos de disciplinamiento moral y sujeción espiritual, ella lee bajo la mirada de los otros. Además, ella es la depositaria privilegiada de los epistolarios masculinos de contenido amoroso. El varón lector elige sus libros y mediante ellos conoce su historia y su sociedad, la lectura lo transforma drásticamente y lo compele a escribir la Historia, a ser agente de su tiempo. Mientras que la lectura femenina de las cartas amorosas transforma la política sentimental, la lectura masculina de libros históricos transforma los sentimientos políticos; sin embargo, en ambas subyace la confianza en el poder de la escritura como biotecnología y el carácter moldeable de todos los lectores.

 

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