El periodista Beto Ortiz —que ahora amenaza con publicar un libro en el cual recopila las epístolas que mantuvo con cinco amigos íntimos— es más descarado. Es menos cínico. Más verdulero e irreverente.

 

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Me gusta tu página en blanco porque estás como ausente

por Víctor Miró Quesada Vargas

 

Yesabella es una vedette de aficiones triple equis. Es el nombre de batalla de Martha Vásquez. Es su pen name. Su nom de plume. O el nom de guerre. O seudónimo —en buen castellano— que usó para escribir Yesabella al desnudo, mi historia íntima(9).
Todo mortal tiene derecho a escribir sus memorias. Memorias que —dentro de los géneros literarios— son consideradas una subclase de la autobiografía.
Memorias amnésicas. Una subclase zoológica. Porque Susy Díaz, anatomía de una democracia (10) es una especie taxonómicamente inferior.
No es el caso de la admirable autobiografía Pretérito imperfecto(11) del reconocido escritor y psiquiatra español Carlos Castilla del Pino. O de las recientes memorias Vivir para contarla, de García Márquez.
Lo mismo sucede con el diario íntimo —otro subgénero de la autobiografía. Porque, sería irrespetuoso comparar La tentación del fracaso, de Julio Ramón Ribeyro —por citar rápidamente a un gran escritor peruano— con el diario personal de Paris Hilton —por citar apresuradamente a una celebridad estadounidense.
«Las Memorias son ficciones del ego: mejor que sean poemas, invenciones más puras —es el aserto más puntual que he hallado para aquel género literario tan en boga hoy en día.
Es cierto. Todo mortal tiene derecho a difundir libremente sus ideales dentro del libre «mercado de ideas». Pero, ¿dónde reside la desproporción artística, digamos, entre las memorias Yo sólo sé que soy un imbécil, de Mario Poggi (12) o el libro de vivencias Dinero fácil, de Arnie Hussid (13) y, por ejemplo, la maravillosa y ya clásica Autobiografía de un Yogui, de Yogananda, o, la estupenda Memorias de África, de Isak Dinesen?
La disparidad axiomática que existe entre los dos primeros libruchos y las dos últimas obras está justamente en el término «obra de arte». Es decir: en que los dos últimos libros mencionados —y otras estupendas autobiografías como la de Franklin, la de San Agustín, o Las confesiones, de Rousseau— son «obras de arte».
Incluso, añadiría el reciente Sin querer queriendo (14) a las dos últimas obras.
Por el contrario, los dos primeros libros —y otros, como Mi vida, el mundo que conocí (15) de la interprete del folclore peruano Angélica Harada Vásquez —mejor conocida como la «Princesita de Yungay»— son lo que el artista Gustav Metzger acuñó con el término «Arte Autodestructivo (16) ».
Por supuesto, lo antepuesto es una parodia impetuosa. Una picardía lúdica. Una bufonada retórica. Porque me refiero a las exposiciones públicas de Arte Autodestructivo que se dieron en 1966, en Londres, o —para ser maliciadamente más justo— al incendio de las Skoop Towers, del artista John Latham.
Léase Skoop de manera invertida y nos dará Books (Libros): Lathan quemó 3 torres de libros en las afueras del British Museum… para mostrar su punto de vista sobre la cultura occidental.
Ahora, ¿los «libelos faranduleros» hubiesen calificado para ser sacrificados en la quema de Lathan?
No. Porque pertenecen más a la «cultura del rumor». No. Porque me hermano más a la máxima de Heinrich Heine, que reza: «Allí donde se queman libros, se acaba por quemar a seres humanos». No. Porque habría que recordar, nada más, la quema de libros en la Alemania nazi, e interrogarnos si, dentro del arsenal de obras quemadas, el único libro que habría merecido las llamas hubiese sido Mein Kampf , la salvaje autobiografía de Adolf Hitler.
Exactamente. La Lucha contra el Frente Rojo(17) no habría sido suficiente para resistir las brasas.
           
«Las obras de arte se dividen en dos categorías —escribió Chéjov—: las que me gustan y las que no me gustan. No conozco ningún otro criterio».
Frente a dicho subjetivismo celoso, entonces, no sería descabellado que un idólatra y ferviente fan del buen fútbol considere el libro Yo soy el Diego, o Mi vida. Beckham: Both feet on the ground: An autobiography como las obras de arte más deslumbrantes que se hayan escrito en la lengua española o inglesa, respectivamente.
Sin embargo, no todo hincha de la buena futbolística le haría ¡tres hurras! a Muerte súbita, la «chisme-novela» o «locutora-prosaica» del comentarista de fútbol Phillip Butters.
Porque, ¿queremos más libros que se hagan pasar por ficción, cuando, en realidad, lo único que pretende el autor es tener al lector adivinando «quién es quién» o «qué es qué»?
¿O a lo mejor necesitamos la dirección técnica de un entrenador de fútbol que nos diga «¡sí se puede!» —como lo hace Freddy Ternero con su libro de «autoayuda-autobiográfica» ¡Sí se puede! La conquista de un sueño… u otro DT como Julio César Uribe con su Un mensaje a los carasucias?
Y no obstante, hay quienes considerarían el golazo de Leo Messi —ante el Getafe— como una auténtica «obra de arte».
Porque la definición de «obra de arte» es ambigua. Porque es intrínseca a cada individuo. Es una percepción de gusto íntimo y privativo. Porque en estética existe una discrepancia razonable en cuanto a opiniones. Porque no toda obra de arte debe corresponder a una manifestación de lo que se denomina «belleza».
El fin supremo de la belleza no es, necesariamente, gustar y excitar el calor de nuestros deseos. Porque existe una belleza de la idea. Porque un buen libro también debe ser una belleza de la expresión.
O porque «La belleza —según Kant— es, desde el punto de vista subjetivo, lo que gusta de una manera general y necesaria, sin concepto y sin utilidad práctica. Desde el punto de vista objetivo, es la forma de un objeto que agrada, con tal de que este objeto nos agrade, sin cuidarnos para nada de su utilidad».

Una obra de arte despierta nuestros sentido. Todos «tenemos dentro de nosotros un sentido interno, que nos permite reconocer lo que es arte, pero que puede estar en contradicción con el sentido estético» —nos dice León Tolstoi en su ¿Qué es el arte?.
Un buen libro, o un buen libelo —sin afán peyorativo en el término— también difunde la pasión de lo moral. Es esencia y percepción de la belleza. Léase Enigma de lo bello, de Mithalter.
Una obra de arte —escrita— es una exposición de lo artístico. De lo bello.
Sin embargo, también existe un arte vulgar. Un ejemplo son los libros de los bricheros o andean lovers. También hay obras de arte sin inteligencia ni talento, léase nomás algún libro tipo reality show. Obras que no tienen por fin la educación, como fotonovelas al estilo talk show. Obras de espíritus lineales. Obras sin sentido. Obras superficiales. Tabloides sensacionalistas. Obras huachafas.
«A todo esto, ¿qué es lo huachafo?, —se pregunta Winternitz (18) — ¿cómo podríamos distinguirlo?, ¿por qué una cosa es de mal gusto y otra de buen gusto?, por qué una cosa es bella y la otra no?, dónde radica la esencia de lo feo? Es porque lo huachafo no es auténtico, porque es falso, porque es imitación, es mentira. Es una cosa inútil, no es creada, no es necesaria, es el ‘adornito’».
Sea como fuere, pienso que si los lectores perciben los sentimientos que el autor intentó expresar en su libro, entonces se ha logrado una obra de arte perfecta.

«Si yo pinto a mi perro exactamente como es, —dijo Goethe— naturalmente tendré dos perros, pero no una obra de arte». Lo mismo podría decirse de las memorias o autobiografías: si el escritor se describe a sí mismo —palabra por palabras y al pie de la letra— como es, naturalmente tendrá dos yos, pero no una obra de arte.
Porque, ¿queremos más trastornos de identidad —léase: doble personalidad o personalidad múltiple— en nuestras tramoyas políticas, sociales y faranduleras?
Pareciera que no nos basta con tener a un solo Alan García —patológico o no— sino a otro transfigurado por él mismo en su libro El mundo de Maquiavelo(19).
¿O son los lectores —masoquistamente patógenos— los que necesitan de otros Vladimiros Montesinos en sus propias memorias porque ya no les basta con el monstruoso Frankenstein del ex Servicio de Inteligencia? Da la impresión que el lector desea —por más atroz que parezca— al «Montesinos artista»: autor de Peón de ajedrez —un opúsculo de 41 páginas publicado bajo el sello de una editorial independiente. O más aún: tal vez se deba a que anhelamos —morbosamente— el autógrafo de Montesinos, autor, además, de un libro titulado Ídolos de barro. Los demonios de la guerra asimétrica.

Hemingway decía que el cesto de la basura es el primer mueble en el estudio del escritor. Porque, finalmente, el oficio de escribir recae en la vocación —del latín vocare o llamar. Es, pues, un llamado al don de escribir. Un llamado de las diosas inspiradoras. Es la inclinación mitológica del escritor. Es esa «mayor valía de la vida» de la cual habla Emerson para indicar la fortuna de un hombre al haber nacido bajo el sino de una vocación celestial.

Y es también el oficio. El oficio de escritor del que carece Oswaldo Cattone —por citar un ejemplo que baje el telón— para deslumbrarnos con Mirar sin verte o La casita del placer (20). Es el oficio que posee Kafka —guardando enormes distancias— no sólo para deslumbrarnos sino para metamorfosear nuestra existencia a una vida ilustrada. Porque, como dice el escritor: «Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo? Un libro tiene que ser el hacha que rompa nuestra mar congelada».

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(9) Memoria del abismo, César Hildebrandt. Lima, Jaime Campodónico. 1995.

(10) Ediciones Volcánicas, Lima, 1999, 85 p.

(11) Carlos Chávez. Arteidea Editores. Lima, 1995. 

(12) Pretérito imperfecto. Autobiografía, 1922-1949. Tusquets. 2004. 542 p.

(13) Mario Poggi es un psicólogo que, en 1986, ahorcó, con una correa, al presunto descuartizador Angel Díaz Balbín. 

(14) Arnie Hussid: modelo de origen israelí encarcelado en el Penal del Lurigancho, por el delito de tráfico ilícito de drogas. Fue liberado en febrero de 2006.

(15) Sin querer queriendo. Memorias de Roberto Gómez Bolaños. Aguilar. México, 2006. 448 p. 

(16) Lima.: s.e.  2005. 199 p. Incluye CD - ROM con canciones de la autora.

(17) El término fue puesto en circulación en su artículo Machine, Auto-creative and Auto-destructive Art  en el número de verano de 1962 del periódico Ark.

(18) Nombre del capítulo VII de Mein Kampf.

(19) Adolfo C. Winternitz. Itinerario hacia el arte. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial 1993.

(20) Lima, Editorial Matices, 2003. 287 p.

 

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