De esta manera la obra de Palma se entiende a partir de la toma de posición del autor en contra del civilismo (toda toma de posición “implica unos rechazos inevitables” nos recuerda Bourdieu), dominante del campo político de las primeras décadas y que hacía imperar una concepción de mundo oligárquica

 

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Volver a Clemente Palma: la figura del gobernante y el intelectual

por Christian Alexander Elguera Olortegui

 

Este primer Corrales presentará el talante irónico y contestatario de Palma, pues expone el firme desideratum de criticar sin importar de quien se trate: autoridad política, religiosa, militar. No obstante, Corrales evolucionará: paulatinamente se hará de un nombre que le servirá para fines políticos que, incluso, lo llevaran destacados puestos de gobierno. Conforme sus vínculos políticos se acrecientan, Palma criticará en él los vicios políticos: el revistero que se había presentado leal a la verdad ira mermando sus convicciones, y terminará optando por una vida oportunista y cínica. Otro rasgo peculiar de la creación de Corrales es que comenzó siendo un personaje sin orígenes conocidos. No obstante, en el Nº 243 (26 de octubre de 1912) se escribirá una biografía suya en la que Palma satiriza el orgullo de la vida criolla: ha llegado a tal fama que su nombre será incluido en un “Diccionario Enciclopédico” que se piensa editar en Barcelona. Prevenido por su amada Rosaura, Corrales, decide publicar esta biografía en Variedades ante el temor de que el barco donde envié su biografía se hunda. De ella sabemos que es un escritor y político nacido en Lima el 29 de febrero de 1877, hijo de Casimiro Corrales y Doña Eulalia; que fue seminarista, estudiante de filosofía escolástica y casuística, compañero de colegio de Clemente Palma, que ha ocupado diversos y conspicuos cargos públicos y que, además, ha escrito los siguientes libros –en cuyos títulos se presenta claramente la burla que señalábamos hacia lo criollo–: Manual del perfecto vago, El arte de curar el moquillo, las sociedades anónimas para el cultivo de la caigua y Disquisición económica sobre el empleo del corcho en la moneda .

La mencionada biografía prosigue en el Nº 246 (16 de noviembre de 1912). Allí se nos informa que la esposa de Corrales, Doña Eulalia, murió. Las penas de amor no lo dejaron ya que su siguiente compañera, Rosaura, le era al inicio sumamente indomable, no obstante, seguirá con ella. Corrales asimismo expresa como alguien con cierta astucia puede ascender rápidamente posiciones en una sociedad donde prevalece la corrupción y el amiguismo (la “argolla”). Así, pasara de preparar y vender “encaramado en un coche de plaza, (…) un específico contracallos, ojos de gallo y sietecueros”, y extraer  muelas en la calle (1368) a “diputado por Amancaes” (1370), “compadre espiritual del señor Leguía” (1371) y “candidato a la plenipotencia en Chile”. La construcción de Corrales con un estilo costumbrista no es solo un recurso formal, sino que dicho estilo se debe a que aún están vigentes los vicios que el costumbrismo, denunciaba, así por ejemplo Corrales es la vigencia del gorrero, personaje típico de la Lima decimonónica: “¿Quién no conoce al gorrero?/ ¡Vaya un tipo estrafalario/ Y sobretodo grosero!/ Sinónimo del ratero/ Pues vive del vecindario”, rezaba unos de los versos de El gorrero, pieza publicada en el diario El Microbio .

 

3. Leguía, el hombre superior

Quedamos pues en que todo lo que hizo Leguía pudieron  haberlo hecho los demás gobernantes de este siglo, sino les hubiera faltado algo esencial para el caso: ser Leguía.
Clemente Palma

Palma postula a través de Corrales una crítica a la figura del político, postura disidente que se agudiza en las editoriales “De jueves a jueves” y en las caricaturas de Variedades, y que constituyen un duro ataque al primer gobierno de Leguía. El mismo nos confiesa su anti-leguiísmo en el siguiente párrafo:

Sea por la influencia que recibiera yo en el hogar paterno, pues mi progenitor no simpatizo con el civilismo, por instintiva rebelión contra los patriarcados aristocráticos, y que en el orden estudiantil se tradujo en mi desgano en la Universidad hacia los doctrinarismos cerrados de los maestros, y en le orden literario en mi resistencia contra la infalibilidad de los cánones artísticos imperantes, fui tamben adversario de este hombre de diminuta figura pero de alma enorme, mientras le sentí civilista (Había 10) 

La incomodidad del gobernante quedara expresada en la destitución de Clemente de la Biblioteca Nacional, y que a su vez motivará la renuncia de su padre como director de la misma. Se diría que estos motivos convertirían a Leguía en un enemigo a ultranza. No obstante sucederá todo lo contrario, Palma será uno de los políticos e intelectuales que integren parte de las filas del segundo gobierno de Leguía.

Tomas de posición

En la adhesión a Leguía es donde se advierte una distancia entre Palma y la generación del novecientos. El novecentismo se particulariza por una visión política oligárquica o civilista, así cómo por un rechazo a la problemática social del país, situación que Sánchez enfatiza en la siguiente frase: “la promoción arielista [léase novecentista] se conmovió más con las inquietudes estéticas que con el reclamo social” (La vida 118). En un inicio la toma de posición de Palma se orienta por una estética novecentista que se atestigua en: a.-) su conocimiento agudo de autores de la época y que se comprueba en su tesis Filosofía y arte(8), y b.-)  la visión de la modernidad con basamento racialista, verbigracia la tesis El porvenir de las razas en el Perú (criterio común que se observa también en Francisco Ventura Gracia Calderón y José de la Riva Agüero).

Mas, se observa una toma de posición distinta que parte del periodismo. Así, desde Variedades, como también desde La Crónica, la acción desentona de la ideología de su generación, alejamiento que se hará más notorio durante el apoyo a Leguía y su enjuiciamiento al partido civilista. De hecho, su anti-leguiísmo inicial debe en realidad ser entendido como un anti-civilismo: 

Pero pasaron diez años en que ese hombre enriqueció y renovó su espíritu[léase cuando abandono del civilismo] (...) Yo, que combatí acremente al mandatario en su anterior etapa gubernativa de acción incolora y vacilante, fui diez años después su amigo y colaborador modesto, dentro de mis actividades de periodista y parlamentarias (Ibíd.)

De esta manera la obra de Palma se entiende a partir de la toma de posición del autor en contra del civilismo (toda toma de posición “implica unos rechazos inevitables” nos recuerda Bourdieu), dominante del campo político de las primeras décadas y que hacía imperar una concepción de mundo oligárquica, pues: “La Republica Aristocrática significó el control absoluto y permanente del Estado por la oligarquía civilista” (Burga-Flores Galindo 130)(9). Es decir el apoyo a Leguía parte de una apuesta por el cambio y la libertad frente el civilismo que se encargó de atrofiar el progreso social y político del país, en tal medida el oncenio para él:

(…) hizo una nación respetable y respetada de lo que era una alocada y desorganizada democracia, enfeudada a la oligárquica agrupación política que desde los albores de la república y, heredera del señorío colonial, se dio maña para, directa o indirectamente, tener las riendas del poder y seguir explotando con el disfraz democrático la gran encomienda nacional (Había 13)   

La oposición civilista se ejemplifica si tenemos en cuenta que en Cuentos Malévolos, Historietas Malignas y Mors ex vita las sociedad y modus vivendis que se crítica es la de la República Aristocrática, de su “estilo de vida” caracterizado básicamente por el catolicismo. Se trata de una denuncia oculta a través de la referencia a países lejanos(10) (tal como hiciera Valdelomar con la aldea de «Siké», alegoría de la degradación política del país, de allí las referencias al «Pozo siniestro» y a los «Chin-fú-ton»(11)), y que  como indica Mora debe entenderse como “(…) una medida de protección para que no lo acusen de ofender a sus connacionales al presentarlos como sujetos capaces de ejecutar acciones abominables” (374).

La relación  se comprueba si tenemos en cuenta el sistema de valores de la República Aristocrática, tales como la familia o la Iglesia, que hacen que “La vida oligárquica result[e] tediosamente feliz”, y es entonces cuando la narrativa palmística cobran un poder peligrosamente subversivo, pues “(…) la mayoría de las estrategias literarias están sobredeterminadas [socialmente] y muchas de sus «elecciones» son golpes dobles, a la vez estéticos y políticos, internos y externos” (Bourdieu 308). Anótese así las características de Mors ex vita señaladas por Kason: “In this work, the themes of necrophilia and spiritism are presented through the sexual relationship of the protagonist with a dead woman, whom he causes to materialize alter several seances” (98), y el cuestionamiento de las solentes dicotomías de Bien y Mal (Cfr. Mora 386), que destruyen así férreas creencias religiosas. Dicha posición se expresara de manera enfática en su rechazo hacia la  consagración del Perú al Sagrado Corazón de Jesús: “Con este criterio juzgamos del todo inconveniente, y hasta grotesco, para la seriedad de la república y para la respetabilidad de la misma Iglesia Católica, la ceremonia que se pretende hacer, y que parece se hará, de la Consagración de la república del Perú... al Corazón de Jesús” (149-150)

La toma de posición anticivilista del autor marca entonces la visión del poder trabajada en sus obras y las consecuencias que esto acarrea: allanamientos, humillaciones(12), persecuciones, prisiones (en San Lorenzo y en el Panóptico de Lima en 1930) y destierros (exilio en Chile desde 1932). De esta manera:

(…) esta visión [negativa] del poder en la ficción [y en este caso de los textos políticos] presupone un conflicto entre el autor y el poder real, sea conciente o inconsciente, sea latente o abierto. La denuncia literaria del poder convierte el conflicto latente en abierto, y agudiza el conflicto abierto que ya lo era antes de la publicación de la obra  respectiva. Según las características del gobierno del país, sea democracia o dictadura, dictadura blanda, esta tolerará la oposición o recurrirá a represiones que pueden llegar hasta el asesinato (Kohut 60)(13)  

Había una vez un hombre: reivindicación  y mapa de la crisis política
 
La relación  Palma-Leguía cobra realce tras la crisis y muerte de este último. Clemente Palma estructura entonces Había una vez un hombre… libro que recopila diversos artículos de cariz político, y que posiciona a Palma en una clara y sincera defensa de Leguía. El libro se torna entonces en una manifestación anacrónica en tanto que su enunciación se da en un clima poco favorable, de crisis y apasionados vilipendios contra el oncenio. Es de esta manera que el paratexto se hace importante a fin de entender la problemática implicada en el ascenso al poder de Sánchez Cerro: ese título enfatiza el carácter de fábula en medio de la pesadilla, precisando además la grandeza del personaje aludido, es decir, Leguía se construye como un «hombre superior» (9), único.  

El tono del libro se entenderá mejor si se precisa que los textos polemizan con conferencias y participaciones públicas de los doctores Barreda y Revoredo, ambos miembros conspicuos del partido civilista, de allí el estilo denunciante e increpante(14):   

(…) en una década de infatigable  consagración constructiva hizo una nación respetable y respetada de lo que era una alocada y desorganizada democracia, enfeudada a la oligárquica agrupación política que desde los albores de la república y, heredera  del señorío colonial, se dio maña para directa o indirectamente, tener las riedas del poder y seguir explotando con el disfraz democrático la gran encomienda nacional (13)

Hay pues en la obra de Palma un duro ataque al civilismo y sus abstracciones, nos dice así: “se diría que la sabiduría del civilismo se condensaba en estos dos admirables principios de prudencia y buen gobierno: 'no innovar' y 'despacio se va lejos'” (Había 89). Al respecto, la abstracción, pasadismo e inacción del novecientos es retratada irónicamente por Sánchez en la siguiente cita: “Asistí durante dos o tres años a la tertulia de Mercurio Peruano, en donde, como aperitivo para un perfumado chocolate virreinal, se platicaba mucho sobre todo lo abstracto que gasifica el mundo y rara vez sobre problemas actuales” (Balance 19). Por su parte, Loayza ofrece la siguiente frase de Riva Agüero como testimonio del espíritu de la época: “¡Pobre aristrocracia colonial, pobre boba nobleza criolla, incapaz de toda idea y de todo esfuerzo” (14). Se concluye entonces que el juicio de Palma se fundamenta en la ineficacia de los políticos e intelectuales de la época, de ver en ellos una crítica y acción estéril, que se contrapone a la fecundidad fáctica de Leguía, gobernante que para él genera «confianza y fe en los destinos de la patria», hace «una gran metrópoli», en fin, cesa «la posición estupida que ocupábamos en el mundo»(15), dirá así:

es lo que censuro justamente a los gobiernos civilistas: que debieron y pudieron haber hecho muchas cosas buenas para la nación y no las hicieron, porque les faltó la visión, genio, sentimiento intenso de nacionalismo, concepto claro de las verdaderas energías del país, empeño para multiplicar el esfuerzo de los hombres. Vivíamos hasta antes de la oncenio en la apatía de la prudencia y la cautela. Vino ese tunante de Leguiia y cogiendo a la nación de las solapas la sacudió y despertó de la atonía, le insufló sus alientos de superación, y de después de once años de bienestar y progreso para todos, cuando el malestar económico mino la conciencia pública y la llevó a abismos de ingratitud y traición, cayo y murió, dejándonos una patria reconstruida, que sin el espíritu que la alentara, retrogradó al caos de sangre, desorientación y barbarie (Había 90) 

En obvia alusión  al civilismo Palma da señas a los lectores para que identifiquen a esté partido como metonimia de la muerte y la enfermedad, de tal que luchar contra el civilismo signifique luchar por la vida y salud, personificación que al concebir al país como un “cuerpo” y al civilismo como “germen”  establece un pensar metafórico propio del pensamiento político: “Todo el país sabe muy bien de qué focos de morbosidad han salido siempre los gérmenes de perversión moral que han  infectado el ambiente, envenenando las almas, corrompiendo la ciudadanía y originando los cataclismo históricos de nuestra vida republicana, y aprenderá alfin[sic.] a defenderse” (Había 96, Nuestro subrayado)

Palma logra determinar en su libro una serie de problemas políticos: el apasionamiento, la oligarquía. Sobre el apasionamiento nos habla de las “pasiones desenfrenadas que amenazan con ensombrecer los destinos de la patria” (Ibíd.), y al cual alude cuando refiere la coalición contra Leguía constituida entre sus enemigos, no por una preocupación nacional sino partidista. Dicho partidismo lo concibe el civilismo, a criterio de Palma, como un modo de democracia, de falaz democracia:

 (…) según el doctor Barreda [durante el oncenio de Leguía] naufragaron los idealismos juveniles de democracia austera y de libertad. Pero no naufragaron, felizmente; el tesoro del idealismo se salvo religiosamente guardado en el corazón de los que estaban en las mazmorras o en el cruel destierro, y tan es así, que cuando el oro que se acumulo en esta larga etapa de martirio dorado pudo emplearse en estipendiar la traición, en explotar la ingratitud, en pervertir la moral de las gentes de bajo nivel cívico (Había 55-56)

De la cita se destaca entonces una expresión irónica cuando se dice que los ideales democráticos del civilismo no naufragaron, ideales que no son sino disfraz de  intereses particulares. La consumación de dichos intereses no es otro que el caos de la patria: Así el golpe militar de Sánchez Cerro no significó alerta ni preocupación para los civilistas, sino una oportunidad de retornar al poder, éste “fue visualizado como el mal menor y el instrumento de la oligarquía para oponerse tanta al aprismo como al comunismo” (Burga-Galindo 198). Dicho caos produce una mirada perpleja e indignada, y que se agudiza si se tiene en cuenta el otrora periodo de estabilidad y orden. Por esto lo que acontece luego de Leguía es el reino de un espacio profano y reptante, de allí las constantes referencias al presente como retroceso:

Y vino después toda esa etapa de repugnante barbarie y regresión a las protervias de un trogloditismo ignomioso (Había 55-6)

Nunca hubo en el oncenio ese encono salvaje, ese ambiente de antropofagia, esa odiosidad morbosa, ese estado de ensañamiento sanguinario, esa enajenación moral que hoy estamos presenciando (Había 87)

“etapa de barbarie sangrienta y desastrosa que sufriera el país, y que, después de un breve respiro, amenaza repetirse” (Había 95)

“vorágine de las brutales pasiones desenfrenadas que amenazan ensombrecer los destinos de la patria” (Había 96)

“malas pasiones y los vergonzosos desbordes de conductores ineptos o malvados” (Ibíd.)

Una de las expresiones más resaltantes del apasionamiento es el vejamen al que fuera sometido Leguía. Su prisión constituye para el autor una pérdida del honor, pues quienes se encargaron de juzgarlo fueron aquellos que se beneficiaron durante su gobierno: Leguía no recibió el cordial trato que el mostró ante sus adversarios. Pero para Palma el punto más álgido del anti-leguísmo resulta la ingratitud expresada en la construcción y la imposición de una imagen tiránica del oncenio, oscureciendo y limitando todo aspecto favorable, de allí que el libro parta de un interés reivindicativo. Por su parte, un autor anónimo escribirá en “Sobre la libertad del Señor Leguía” (incluido en el citado libro de Larco Herrera) que la prisión de éste es el despliegue de la barahúnda y truhanería, del repartimiento del país entre dos frentes que, obnubilados por la pasión, se preocupan únicamente por ahondar en la destrucción del ex presidente, vindicta y violencia que no es sino síntoma de la carencia de una conciencia de proyecto político:

Leguía encarcelado significa el país en desorden, falto de disciplina (…) Ahora solo el civilismo y el sánchezcerrismo siguen enarbolando su bandera negra. El civilismo, porque no le perdona a Leguía los once años que le tuvo fuera del gobierno de su país que él considera un feudo. Y el sanchizmo, que falto de contenido, sin ideología, sin nada substancial, no tiene más sonaja que su odio femenino al ex mandatario (88-89)

Palma identifica asimismo el problema de la oligarquía como el problema nacional, como el óbice que obstruyo cualquier tipo de progreso, motivo por el cual reconocerá en Leguía a un civilizador(16). La siguiente cita es más que aclaratoria en su rechazo al pasado y sustenta en buena parte la autodenominación  del oncenio bajo el rotulo de “Patria Nueva”:

La oligarquía no es un precepto escrito del civilismo como norma de acción gubernativa: es una derivación inevitable de su estructura íntima, es un valor tácito que resulta del hecho mismo de que el núcleo del partido lo forman los hombres de nombre prominente en el capitalismo, en los altos planos sociales, en los preclaros abolengos, y en las demás pociones destacadas de nuestra organización social, rancia y fundada en prejuicios coloniales que muy poco han experimentado el soplo de renovación y evolución hacia otra clase de valoraciones. De esta íntima arquitectura patriarcal de gobierno ejercitado por gentes que se creen superiores y organizadas apriorísticamente para la autoridad y el mandato, por fatal declive ha caído siempre en la oligarquía, pues ocupando en el parlamento y en el gobierno los sitios de preeminencia estos señores de abolengo y de fortuna, poseedores de los grandes fundos rústicos, de los inmuebles urbanos, de las acciones en las grandes empresas industriales y comerciales y de los bancos, por la gravitación inevitable de los intereses comunes constituyen una secreta y formidable vinculación de defensa de ellos con detrimento de los intereses del Estado(…) Esa defensa para propiciar con cariño y ahinco[sic.] todas las medidas que produzcan ventajas o sostengan las adquiridas es cerradas: por eso el ingenio popular la llamaba argolla.  (…) en una palabra los gobiernos y parlamentos civilistas mantuvieron un íntimo contacto de codos para resguardarse de desmedros económicos  con perjuicio del presupuesto y el erario nacional (Había 88-89)(17)

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8 De hecho la nomina de autores leídos por el novecientos ofrecida por Sánchez integra en  gran parte el corpus de dicha tesis: Renán, Guyau, Nietzsche, Schopenhauer, Verlaine, Baudelaire, Lorrain, Huysmans. Cfr. La vida 128.

9 Hasta 1919, ascenso de Leguía (y aún después de su caída), y con los interregnos de Billinghurst y Benavides, se observa en la evolución  del campo político la presencia constante del civilismo: a.) la victoria de Billinghurst frente a la republica aristocrática,  b.) la negativa de Billinghurst a concertar con los partidos civilista independiente, civilista leguiísta, el constitucional y el liberal, c.) el golpe de estado de Benavides y su investidura como presidente provisorio, c.)conflicto entre 1914-15 entre los legitimistas o robertistas que apoyaban al primer vicepresidente del gobierno derrocado de Billinghurst, Roberto Leguía, y los civilistas bloquistas que apoyaron el golpe de estado de Benavides, d.-) el conflicto interno del civilismo entre bloquistas, leguiístas y pradistas, c.) la creación del Partido Nacional Democrático y sus relaciones tensas con civilistas y demócratas, d.) El conflicto entre civilismo y Leguía, que concluirá con el golpe del estado del último, e.) apoyo del civilismo a la revolución de Sánchez Cerro.

10 Sánchez acusa a Palma, tras insertarlo en el grupo novecentista, del mal de la evocación hacia lo pasado y lejano: “manifestaran su actitud no ya por la sumisa adhesión a la Metrópoli [España], como antes, sino a toda corriente foránea, sobretodo si nacía de Francia. Además incorporaron tendencias germanas, ignoradas en nuestro medio. Y agregaron autores escandinavos, sajones, y hasta rusos” (La vida128). No obstante dicho juicio nos obliga a matizar la relación de Palma con el novecientos: Si bien participa en un inicio de inquietudes eruditas y cosmopolitas, es innegable que en Palma la evocación no debe entenderse como evasionista, sino como un medio que permite la referencia alegórica a la degeneración social de la época; asimismo se advierte una segunda etapa, propiamente periodística donde la preocupación se dirige hacia un arte social, y que queda expresado en su obra ficcional más política, nos referimos a XYZ.  

11 Sobre la relación política-literatura de Cuentos chinos precisa Sánchez: “En los cinco cuentos, o cinco capítulos de una sola narración alegórica, se desarrolla una tesis absolutamente simplista: Sike es una aldea dominada por una pandilla de perversos, los Chin-fú-ton, en quienes se condensan las peores calidades cívicas: la adulación, la voracidad financiera, la perversidad en los comentarios, el doblez y la deslealtad. La manera como Valdelomar describe a estos personajes demuestra su irritación contra los conspiradores civilistas que derrocaron a Billinghurts” (Vadelomar 147). Se observa así dos características de la relación política-literatura: a.) el poder de la escritura a partir de su socialibilidad en el campo, recepción de la lectoría, b.) la configuración del caos, del poder como “un hecho negativo” (Kohut 60), verbigracia Lima de aquí a cien años y la configuración del espacio profano de los caudillos.

12 Al respecto cita Kason: “According to Edith Palma, durant Leguía´s first presidency her father was ardently opposed to his policies and frequently attacked the incumbent and his government in Variedades, the weekly magazine Palma edited. At the time Palma, was the assistant director of Biblioteca Nacional; Leguía retaliated against the published attacks by removing Palma from his position. This action resulted in the resignation of the library’s director, Clemente’s famous father, Ricardo Palma, since it was assumed that director enjoyed the confidence and trust of the assistant the director” (19) 

13 En tal sentido recuérdese la siguiente frase de la carta de Snagrelle a Clemente Palma: “el cobro impulsivo de las deudas, desde la simple e inocente paliza hasta el audaz terrible asesinato”

14 Esta es la dinámica de la lucha en el campo de poder: lo viejo que busca conservarse y lo nuevo que busca quebrarlo: “(…) lucha entre quienes, debido a la posición dominante (temporalmente) que ocupan el e campo (en virtud de su capital especifico), propenden a la conservación, es decir a la defensa de la rutina y la rutinización, de lo banal y la banalizado, en una palabra, del orden simbólico establecido, y quienes propenden ala ruptura herética, a la crítica de las formas establecidas, a la subversión de los modelos en vigor” (Bourdieu 308)

15 El beneficio de Leguía se expresa concretamente a través de las obras públicas, situación que Víctor Larco Herrera resaltara cuando diga sobre él: “fué  un espíritu superior, muy escaso en nuestro medio. Leguía fue exponente de nuestra democracia. Es más, lo formalizó y la garantizó con palabras y con hechos. Ellos están a la vista de todos” (7, nuestra cursiva). Al precisar el carácter visual se especifica el talante material y espacial del oncenio. La diferencia entre antiguo y moderno es expresada por Basadre entre una mentalidad de casta y otra imperialista, ambas nocivas para el país: “la sicología de los civilistas, sus amigos de antes y sus enemigos de ahora, es una sicología de hacendados señoriales, de propietarios urbanos, de banqueros modestos, de profesores universitario. Peca ella por su limitación de casta, por su conservadurismo, por su chatura. La sicología del señor Leguía es la de un moderno hombre de negocios” (Perú 116) 

16 Por su parte Larco Herrera lo comparara con un libertador y le otorga características mesiánicas, lumínicas y resurrecionistas: “Fué libertador de los pueblos, porque los arrancó del primitivismo e ignorancia en que se encontraban, colocándoles en el llano de la acción y del trabajo, creando así la riqueza privada y pública que forman el patrimonio actual de la nación.// Encuentra a su país subyugado por las pocas manos civilistas, encerrado en las cárceles de egoísmo y la miseria, y como Mesías salvador, con el milagro de su acción e inteligencia creadora, como a Lázaro le dijo Jesús. ¡Levántate y anda!” (14)    

17 En este sentido se hace importante recordar que la argolla, no es sino la reactualización, “vulgar y hasta caricaturesca”,  de la venta de favores durante la corte virreinal, toda una parafernalia que incluye juramentos y memoriales: “Argolla es un termino del habla criolla que, nacido hacia finales del siglo XIX, define al grupo cerrado e informal que gira alrededor de quien ejerce el poder. La pertenencia a dicho círculo garantiza a sus miembros el control de una esfera de actividades u organizaciones, así como el acceso a ciertos privilegios y beneficios derivados de dicho control. Esta situación hace que, en el interior de la argolla, los meritos profesionales se mezclen con cuestiones meramente personales. Asciende quien se gama la gracia del jefe y recibe una prebenda quien logra una recomendación que convenza a la argolla. A la inversa,  la caída sucede cuando el moderno cortesano se malquista con la argolla o la cuestiona”. (Torres Arancivia 234-235). 

 

 

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