El libro de la democracia criolla establece que la política en el Perú es parte de la diversión pública: escarnio que no alarma sino que retroalimenta aún más el jolgorio del cotarro. Este es uno de las principales críticas al pueblo, su inmadurez al no reconocer la decadencia de su sociedad

 

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Volver a Clemente Palma: la figura del gobernante y el intelectual

por Christian Alexander Elguera Olortegui

 

Diálogos con El libro de la democracia criolla

Libro con el que dialoga Palma tanto en la figura de Leguía como en la crítica a los vicios políticos es el texto de Alberto Guillén, El libro de la democracia criolla. El prólogo de dicho libro es escrito por el mismo Palma donde configura la imagen del intelectual disidente y mundano, esto es, afincado en la problemática concreta de la vida, en este caso, la política, contrario a toda postura del arte por el arte,  dirá así:   

Piensa [Guillen, y  él mismo] que si los dioses le han puesto algo dentro de la cabeza no es solamente para que lo dilapide en el dulce vagar de la divagación y la lucubración plumaria, no es para solamente esta eternamente echando rosas sobre el regazo de la buena diosa. La vida es la vida; y si algo de ese algo no se da a los menesteres  de la vida, se cae en le peligro de la…Bohemia” (“Prólogo” VI)

Guillén confirma las palabras de Palma en una toma de posición que criticará tanto a los políticos como al pueblo. Parte de un cuestionamiento de la concepción de ciudadano, que para él restringe toda su doctrina cívica a aprovechar lo que pueda de los gobiernos de turno. Cuestiona además, a partir de una perspectiva populista, toda abstracción política, de allí que sentencie que el éxito o fracaso de una institución o norma constitucional se debe a si “produce o no produce la felicidad del país”; por eso su discurso se avoca a un cambio hacia la practicidad: “Razones de utilidad, razones prácticas son las que reclama nuestra nacionalidad más que discursos profundos, abstrusas paradojas o especulaciones en el vacío” (86)(18). Para Guillén las nociones políticas que ha estructurado el estado son demasiado abstractas, todo lo cual ha conllevado a una degeneración que hace del ciudadano un convenido, por esto aludirá constantemente de manera irónica al cambio de significación de la palabra República: “La República  es la cosa pública, la cosa de todos. Y nos dormimos (…) en espera de cojerle la cola a la res pública” (22) y donde advertimos de nuevo, como enfatizará Palma, como se relegan intereses del Estado por intereses particulares.   

El libro de la democracia criolla establece que la política en el Perú es parte de la diversión publica: escarnio que no alarma sino que retroalimenta aún más el jolgorio del cotarro. Este es uno de las principales críticas al pueblo, su inmadurez al no reconocer la decadencia de su sociedad. Dicha inmadurez se radicaliza para Guillén en su ingenuidad, en su facilidad para creer en las palabras de los demagogos, a quienes considera uno de los principales peligros de la política. Y será por este motivo que emplee un símil femenino: el pueblo es fácil de seducir como una mujer. Esto provocara un círculo vicioso que consiste en el apoyo inicial y en el repudio posterior, por esto todo ascenso de nuevo gobierno es una algarabía y espectáculo(19). Es interesante precisar que para el autor esto se debe a una lucha por el poder, de tal que la oposición  a un  gobierno se fundamente en no haber logrado alcanzar, durante este, un puesto público, así pues: “lo importante es coger un sitio en la partida. Si no se ha cogido un sitio, entonces hay que hacer todo lo posible por desbarrancar al que esta a la cabeza del grupo dominante”. Se trata entonces de una conveniencia que confirma a la figura de Corrales como la figura del político típico de la época, una metonimia de la corrupción social.   

Dicha situación  lo lleva a postular lo que él llama “cesarismo democrático” (concepto que toma prestado de Valenilla Lanz), posición que parte del apoyo a la reelección de Leguía. Se establece así que la reelección es una manera de evitar el ascenso de arribistas al poder, de mantener un orden y estabilidad y permitir la continuidad de la empresa del gobernante(20). Y es en este punto que Guillén radicaliza su postura hasta el punto de adquirir tintes fascistas, una estetización de la política, que lo llevara a admirar a los caudillos militares y a las tiranías, ya que ellas han permitido que sea un «hombre» quien gobierne y dirija(21); por esto nos hablara de “gobiernos paternalistas”, de “tiranos bienhechores”, que “dominan por el valor, el prestigio personal, la audacia agresiva. Ellos representan a lo vivo de las democracias que los deifican” (79)(22). La importancia del hombre se precisa como una oposición a la abstracción de la ley, pues él, el cesar democrático, nos dice citando a Valenilla Lanz: “(…) es la democracia personificada, la nación  hecha hombre. En él se sintetizan estos conceptos al parecer antagónicos: democracia y autocracia” (Ibíd.).  

Así las cosas, observamos como Palma y Guillén convergen al reconocer a Leguía como figura ejemplar de gobernante. Si bien hay que reconocer se trata de una hiperbólica empresa, su importancia radica en el reconocimiento de la estolidez e incapacidad de las clases dirigentes, de allí la admiración por quien inicia cambios palpables y generales, inimaginables dada la tradición corrupta y oligárquica(23). Además de ello los libros resultan preeminentes a fin de entender los obstáculos políticos que aun ahora siguen acechándonos, tales como el apasionamiento partidista, y la irresponsabilidad de las decisiones políticas  de los ciudadanos, manifiesta en su facilidad de adular y   rebajar: “El milagro del aplauso es la desgracia de los pueblos. Un gobierno que sube y el pueblo que lo aplaude. El gobierno que cae y el pueblo que lo condena. No hay concepto de la responsabilidad ciudadana” (Larco Herrera 83).

Diálogo con Ideales democráticos

Temas como el apasionamiento partidista, serán retomados por Palma en el prólogo que hiciera al libro de Jorge Prado, Ideales democráticos, con quien además comparte una preocupación por el modelo de gobernante. Respecto del partidismo nos advierte desde un inicio que: “Mal antiguo ha sido en el Perú el apasionamiento tenaz con que los gobiernos han procurado, desde los primeros congresos, constituir mayorías previas, a base de la apropiación de curules parlamentarias por amigos y adictos a él” (IX-X). Para entender el juicio se hace necesario precisar que el libro de Prado (1936) es una meditación política acerca de la campaña parlamentaria de 1917, donde su participación se convierte en un quiebre de la solencia de las elecciones(24). El apasionamiento degenera los valores democráticos pues rehúsa todo compromiso con la colectividad convirtiéndose en la expresión de una casta. Sus graves efectos, Palma precisara, son:

(…) detener el progreso de la conciencia cívica en la nación, el de viciar nuestra vida institucional, desviar el concepto público en la función parlamentaria, desmedrar el control que toca al poder Legislativo, y convertir la alta y noble política, que en las democracias adelantadas informa la actuación de los parlamentos, en el torpe y mezquino juego de los intereses y apetitos personales, sin otra orientación espiritual que el propósito de servir o dañar la acción del gobierno, sin tomarse para nada en cuenta el plano superior en que juegan las ideas y el supremo interés nacional (X).

Lo que Prado significó en medio de este miasma hizo que Palma tomara una posición de defensa de su candidatura frente a diversos ataques políticos provenientes del civilismo, el mismo lo aclara en la siguiente cita: “el diario de mi dirección acojio [sic.] con estudiamos y empeño la defensa del derecho popular [Pardo] y atacó con energía las maniobras con que la pasión política  trató de cruzar una victoria consagrada por el concepto público” (XIV). Hay que destacar que la posición defensiva de Palma ante ataques apasionados se hizo también presente durante la Conferencia de Washington donde se debatió el tema de Tacna y Arica. Así desde diversos artículos  periodísticos se opondrá al acervo nacionalismo que propugnaba una reyerta a ultranza con Chile.

Valga al respecto precisar que para Palma el nacionalismo es otro de los peligros políticos del país, nacionalismo de “espíritus irreflexivos, sentimentales o líricos, que preconizaban el reinvidicacionismo extremista” y que degenera en el riesgo del chauvinismo, lo cual no es sino evidencia de un interés partidista en tanto dicho chauvinismo se convierte en legitimación del partido opositor  al gobierno, así Palma advierte como durante esta coyuntura el chauvinismo “prestaba oportunidad solapada de aprovechamiento para propósitos de política interna”(Cuestión 8). Así las cosas, planteará un modelo orientador con su propio hacer periodístico y que establece una diferencia entre patriotismo y “extravío pasional”, entre prudencia y apasionamiento político:

Es por esto que juzgamos sinceramente un deber de patriotismo procurar oponernos con nuestras modestas fuerzas a esa extraviada orientación de la opinión pública que se intentaba formar, y que, a nuestro concepto, solo conducía al desastre de nuestra causa y al triunfo de la política chilena (…) reclamamos de la sensatez y del patriotismo de los peruanos una reacción contra la dirección malsana e imprudente que se estaba intentando dar al criterio publico sobre la labor de la chancillería peruana en la Conferencia de Washington(25).

El apasionamiento e imprudencia como males políticos serán puntos en común con Jorge Prado. Para éste el apasionamiento se expresa de manera alarmante en la figura del presidente y su séquito de aduladores: “el personalismo de los hombres que gobiernan y el régimen gubernativo que genera y sustenta ese personalismo” (17), quienes “Parecen que no hubieran tenido otra preocupación de la que conservar el poder, percibir las rentas, sin discreción ni equidad y proyectar leyes, favorables por lo común a intereses que no siempre resultan los verdaderos de país” (36-37). Junto a este grupo se encuentra el pueblo, constituyendo ambos el anatema político: la carencia de conciencia pública. Los primeros “han olvidado engañosamente advertidos de que la conciencia es un estorbo en el áspero camino de la vida pública”, son pues, cínicos y oportunistas; mientras, los otros, simplemente desconocen toda virtud ciudadana. Haciendo un balance, Prado concluye que el principal mal es el de los políticos, ya que ellos son los que debieran instruir al pueblo. Es entonces que el modelo de gobernante se configura bajo el signo de guía e iluminado, por esto dirá:   

Es que el obstáculo mayor, el valladar insuperable que precisa combatir y vencer, consiste en la falta de educación política de los gobernantes. Es decir, en la negación de la esperanza; en la debilidad de quienes deberían ser los fuertes; en la ineptitud de la ignorancia y de la culpa en donde deberíamos hallar el milagroso poder del acierto y la virtud (28-29)

Cuando brinde su modelo de gobernante lo distinguirá la prudencia, la estrategia, el deber y la templanza. Siguiendo El héroe de Gracián (citado por Basadre como vimos en la Introducción), el gobernante, o como llama lo llama él, el héroe, se singulariza por su entendimiento (“Aténgome a la que así imprecaba: «Hijo, Dios te dé entendimiento del bueno»), capital prenda que se complementa con “fondo de juicio” y “elevación de ingenio” (Primor III). Dichas características las reconocerá Prado al momento de establecer los requisitos para gobernar: 

Es lo cierto sin embargo que no se puede conducir sin capacidad para conducir; que se no puede gobernar sin capacidad para gobernar; que en esta vasta familia llamada nación, son indispensables las virtudes que habilitan para organizar, sostener y dignificar el hogar doméstico; que la función del gobernante exige  el convencimiento científico de esa función y la fortaleza para convertirle en beneficio de los pueblos; que  basta para hacerse obedecer, saber cuándo y hasta donde ha de exigirse la obediencia; que antes que contener a los otros; que dominarlos, ha de tenerse el hábito de dominarse a sí mismo” (29-30)

Palma, por su parte, verá estas cualidades en Leguía cuando nos diga: “Dignidad y firmeza, optimismo y fe, fueron las cuatro grandes fuerzas que Leguía supo aplicar y coordinar con estupendos y fecundos resultados en la transformación de país” (Había 96). Por esto el oncenio será para él una metáfora orientacional (de carácter espacial), que se destaca dentro del corpus de gobiernos por estar adelante, a la vanguardia de la tara civilista (progreso y superación). Será asimismo una metáfora ontológica de tipo recipiente(26): en ella, a diferencia de otros gobiernos, entró el progreso, el orden y la estabilidad al país.

Para entender dichas metáforas es necesario tener en cuenta que  a la derecha convencional, el civilismo, no le interesaba el cambio: “el civilismo era, por esencia, contrario a toda renovación y a todo examen” nos dice Loayza (75). Al respecto citemos dos ejemplos: La primera negativa al cambio se evidencia en la reelección de José Pardo, que como ha precisado Basadre, fue “símbolo de un retorno al orden vigente entre 1903 y 1908”, de tal que “La clase dirigente en la vida económica y social volvía a ocupar el puesto de comando en el Estado” (XII 367). De esta manera el segundo gobierno de Pardo fue el gesto de “conservación” y “protección” de una clase (intereses partidistas), óptimo en tanto su periodo significó “la época de mayor prosperidad de la República Aristocrática” (Burga-Flores Galindo 131).      

Otro es el caso del partido presidido por José de la Riva Agüero, el Nacional Democrático. Si bien puede apreciarse una desconfianza del civilismo hacia sus propuestas ya que no pudiendo “contar con la simpatía de las antiguos partidos civil o demócrata, suscitó el recelo de los primeros y el resentimiento de los segundos” como señala Belaúnde (apud Loayza 75), cae en el mismo conservadurismo y abstracción, “en los buenos deseos del siglo XIX, repetidos hasta el cansancio dentro y fuera del ambiento político, sin el menor resultado” (Loayza). Asimismo el conformismo que halla Loayza en los jóvenes del novecientos (66) es el cuidado de los intereses, despliegue de la argolla oculta en conservadurismo. Por esto advertirá que en la Declaración del Partido Nacional Democrático hay influencias civilistas en lo referente al rechazo del desarrollo de las industrias, tema amenazante para “los grandes terratenientes”. La visión aristocrática fue otro de los óbices del partido Nacional Democrático, lo cual impedía convertir sus ideas en acciones(27), por esto sólo “(…) quedó como un cenáculo, como un grupo de personalidades prestigiosas cultural y socialmente pero ajenas a las masas” (Basadre XII 409)      
Y en esto, sostenemos, el oncenio se separa de los gobiernos anteriores. Es decir si bien no cumple el proyecto estipulado de la Patria Nueva, no puede negarse que al permitir la participación popular viabiliza la verdadera liquidación de la republica aristocrática. El oncenio entonces debiera entenderse como la concreción del problema nacional, totalmente ajeno a los civilistas y novecentistas, verbigracia el caso de la Declaración del Partido Nacional Democrático que no solo evidencia “lo superficial de [sus] resoluciones, sino el hecho de que muchos graves problemas nacionales no se plantearon, que ni siquiera se mencionara su existencia” (Loayza 67).

 

5. Conclusiones

a.-) La figura del gobernante propuesta por Palma debe entenderse a partir de su poción anticivilista, la cual se legitima en sus diversos textos: editoriales de Variedades, en las crónicas-domesticó-taurinas de Corrales, en Había una vez un hombre…, en La cuestión de Tacna y Arica y en los prólogos de El libro de la democracia criolla e Ideales democráticos. En ellos el civilismo es enjuiciado por su primitivismo político, por su concepción de país como un feudo, y que se manifiesta en su preocupación únicamente partidista. 
 
b.) La figura del gobernante precisa la metaforización del imaginario político peruano. Las metáforas, ya sean ontológicas u orientacionales, constituyen una concepción donde  el gobernante es un individuo que está a la vanguardia (adelante) y por encima (arriba) de gobiernos nefandos pues tiene dentro de él (recipiente) virtudes como “el claro entendimiento” (Basadre), la  “Dignidad y firmeza” (Palma), la templanza y el “autoconocimiento” (Prado). Es la salud y la vitalidad que se oponen a la enfermedad, a la muerte; la prudencia y templanza que se aleja de la pasión y el desequilibrio.

c.) Además de la propuesta de la figura del gobernante, Palma configura con su propio discurso la figura de un intelectual inmerso en la actividad política concreta. Su enunciación periodística y política lo convierte en una voz disidente y crítica frente al civilismo oligárquico y a la dictadura de Sánchez Cerro. De esta manera  se distancia de la figura intelectual novecentista, pues para él la política no es solo un discurso formal (ideal, académico, estético) sino una preocupación social, una acción concreta.

d.)Palma, al igual que los autores mencionados de la época (Alberto Guillén, Jorge Prado, Víctor Larco Herrera, Abraham Valdelomar, Federico Elguera, entre otros) nos permiten entender no solo el panorama del campo político de las primeras décadas del siglo  XX sino también advertir la continuidad y vigencia de sus principales estigmas en este siglo: el apasionamiento partidista, la “argolla” y la irresponsabilidad ciudadana.

© Christian Alexander Elguera Olortegui, 2009

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18 Cuando Basadre reconozca los beneficios de Leguía, tratara básicamente de aspectos materiales (obras públicas). Esto va acorde con la visión de Palma sobre el materialismo de Leguía, y que converge con Guillén y su expresión del bienestar tangible. Se determina así una metáfora ontológica del oncenio: Leguía es lo concreto, mientras  que el civilismo es lo gaseoso (utópico, ideal).

19 Idéntico juicio es el de Federico Elguera quien precisa que el símbolo de la crisis y los cambios de gobierno se manifiestan en los cambios de vestidos de la ciudadanía: “No se necesita leer los diarios, para enterarse de una crisis, pues esta se anuncia por el traje y la actitud de ciertos individuos, ávidos de cartera. Visten su mejor ropa, se cubren la cabeza con sombrero alto, y forman corrillos por todas partes, para expresarse patrióticamente del Jefe del Estado y del país.//Inmediatamente que la organización del Gabinete se hace pública y que no cabe duda de ella, se guarda esa ropa [para] otra ocasión y se principia á execrar á  los cinco favorecidos [Ministros], profetizándoles efímera existencia.// De este tema no se sale, hasta que se presenta nueva crisis” (9-10).

20 Esto cobra lógica en tanto que para Guillén en el Perú el presiente dedica la mayor parte de su gobierno a mantenerse en el poder,  mas no a gobernar, y cuando comienza a hacerlo es prontamente repuesto. Por esto empleará la metáfora de la semilla, donde cada cinco años ésta es arrancada, lo cual impide, por ende, todo cultivo y crecimiento.

21 Se precisa aquí la configuración de Leguía como el caudillo, como guía en medio del infierno político, y que se precisa en una de las notas editoriales del diario El Cristiano: “(…) solo la mano de hierro puede restaurar la comunidad que está desmoronándose en una anarquía intolerable” (115). 

22 La imagen de la divinización del gobernante como hemos observado es establecida también por Víctor Larco Herrera quien alude en más de una ocasión a la comparación de Leguía y Jesucristo (vid Nota 16). Se trata de una identificación que Guillén precisa en la siguiente comparación bíblica: “Mientras no aparece un Hombre los Pueblos son rebaños. El pastor es el que da personalidad al rebaño” (107).

23 La crítica partidista al civilismo en Palma y el arribismo ciudadano en Guillén, son puntos que Larco Herrera comparte cuando declara que “En el Perú pasa lo que en otros pueblos: Hambre por la cosa publica; deseo desmedido de ser Presidente de la Republica, cuando no de hacer una revolución. Se debe a ello que no hay partidos políticos organizados que sean el control den la marcha del país” (83) En ambos el interés personal se convierte en amenaza en tanto degenera en pasión que es capaz de infringir perjuicios a la nación en aras de la consumación de sus deseos, y que tiene como consecuencia inmediata el caos socio-político tal como sucediera luego del derrocamiento de Leguía, y que queda diáfanamente expresado en la siguiente frase del drama, coetáneo del suceso, La epopeya del Pueblo mártir de Trujillo: “vivismo una época de barbarie donde impera la injusticia y el abuso…”(apud Burga-Flores Galindo 199).

24 Sobre la corrupción parlamentaria expresada en partidismo e interesa ajenos a los nacionales nos dice Federico Elguera en “El Congreso”. “Se notará que el Presidente [de la cámara de diputados] nunca se opone á las pretensiones de sus colegas, y se le dará toda la razón, sabiendo que él necesita á costa de todo, que los diputados le queden gratos y nada ablanda tanto  á las almas, como el metal circulante (7). 

25 Palma busca oponer pues “el razonamiento tranquilo del patriotismo sereno y equilibrado, a la campaña de pasión que se venía siguiendo en pos de idealidades estériles” (Cuestión 10). Conciente de que sus textos se dirigen a una opinión publica a la cual busca encauzar e informar se referirá al apasionamiento con expresiones hiperbólicas que permitan su reconocimiento: “lirismo de los extremistas”, “la literatura de pirotecnia chauvinista”.      

26 Como hemos precisado (vid Nota 1) las metáforas de tipo recipiente forman parte de las metáforas ontológicas. Cfr. Lakoff y Johnson 67-68.

27 Bajo este contexto las referencias a Nietzsche en 7 ensayos de la interpretación de la realidad peruana cobra sentido como oposición  al imaginario del novecientos. En primer lugar, respecto del epígrafe opone el instinto a la erudición (sentir un libro frente a escribir un libro): “Ya no quiero leer a ningún autor  de quien se note que quería hacer un libro; sino solo a aquellos cuyos pensamientos llegaron a formar un libro sin que ellos se dieran cuenta” (4). Y en segundo lugar, acerca del principio nietzscheano aludido, se expresa una disidencia y renuncia de toda postura verbal, cómoda y estéril, en otras palabras, novecentista, y que se convierte en la legitimación de un nuevo escritor en el campo intelectual peruano: “Y si algún mérito espero y reclamo que me sea reconocido es el de -también conforme un principio de Nietzsche- meter toda mi sangre en mis ideas” (5).

 

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