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Resurrección de los muertos será sólo el primer reencuentro con la obra de Churata, que resucita hoy por una compensación del olvido en que estuvo sumergido

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Apreciaciones en torno a Resurrección de los muertos,de Gamaliel Churata

por Aldo Medinaceli

 

III. La Academia y El pez de oro

El rigor que requiere la lectura de la obra de Churata no ha sido del todo asimilado. No son textos que pasen del escritorio al aula sin análisis previo, existe tal novedad en sus postulados que erudismo y sensibilidad son necesarios para transmitir el real contenido de sus tablones. Su tema no es el conflicto trillado que encuentra variadas vías de resolución por simples ejercicios de estilo, hay en su seno inaugurados canales de comunicación que antes de ser recorridos deben ser circulados con asiduidad. Quizá el temor de un legado demasiado retador haya retrasado la aceptación del trabajo. Lo cierto es que la necesidad que ha generado el agujero negro en la literatura continental se ha encargado de que el desentrañamiento de estructuras vírgenes de la obra sea poco menos que urgentes. Antes hay pautas primordiales que se han de adoptar previa una experiencia de lectura auténtica, desgajada de internaciones en la oniria y encauzándose en la paradoja de la salida del laberinto a través de la perdición misma, pues es libro que se siente más que se medita, y eso es mucho decir.

Y no suceda lo que a José Varallanos, quien, en una lectura superficial, hacía decir al texto precisamente lo que no deseaba, afirmando que El pez de oro era “la autobiografía de su autor. Lo dice el propio Churata (!), en la introducción al volumen: simbolismo autobiográfico como colectivo”, cuando la frase citada afirma explícitamente todo lo contrario: “no se quiera ver en el desarrollo dramático de sus diversos Retablos, ni en el hilo magnético que les da unidad, simbolismo autobiográfico, aunque por eso pueda decir que no constituyan la biología de un símbolo tan personal cuanto colectivo” y es que biología y biografía no son lo mismo amigo Varallanos, más tratándose de Churata. Y sucede que la sintaxis es una de las armas fundamentales de la obra, encerrando con cada signo puntual una paradoja en sí, un armazón donde la belleza de la sonoridad de las frases puede cautivar tanto que el riesgo de no comunicar se hace grande. Y que no se intenten forzar leyes gramaticales para encaminar el sentido que más que existir realmente sólo desea ser extractado: El contenido de El pez de oro no brota por un ceño fruncido que lo alimente, sino que se brinda al alma que lo recibe sin la predisposición al juicio. Y en esta ironía tropieza la Academia a la hora de encasillarlo, pues las Academias sobreviven alquilando casilleros, y no siempre han llegado al punto donde toda dialéctica se rompe y todo razonamiento se cuestiona. (Estamos en la era trascendente entre la razón que caduca y un instinto que emerge pausado), y muchas Academias ya intuyen que su supervivencia depende de la muerte de su frontera mayor: el desgastado aporte científico que se ha aplicado a la literatura —Oulipo es una gran herramienta, más no es aconsejable leer con la calculadora en mente—. De ahí que tanto la sintaxis parafrásica como la estructura interna de la obra deban ser entendidas desde una perspectiva amplia, cuando el corazón mismo de las obras se haya confesado al lector humilde, y no cuando el receptor leguleyesco caiga en la irónica trampa del autor.

Si bien el contexto es algo importantísimo en las monografías actuales, de ahí que se abunden informaciones de la era coetánea a Churata, no se ha sistematizado su profundo latir esotérico y su fuego instintivo que lo invadía sin descanso. Sabemos de Orkopata y Gesta Bárbara, sabemos que se adelantó a Bretón por casi una década al generar un surrealismo netamente andino y que también fue creador del Realismo Psíquico. Ahora digamos que tenemos el marco. Y el enfoque ya es otro: profundizar en el mensaje que emiten sus palabras, develar las claves que posibilitaron aquella anticipación de medio siglo al posterior realismo mágico tan sonado. Porque El pez de oro, además de obra enfocada, es también herramienta de entendimiento para todo un corpus de la literatura latinoamericana, y por supuesto también de sí misma. Su dialéctica propia permite enhebrar los sentidos que se sumergen tras la parafernalia de su lenguaje novedoso. Así entendemos, a través de sus enérgicos aforismos, cómo opera la muerte en nosotros. Y vemos sin el morbo oscurantista de las prácticas prohibidas, la magia que ocurre en cada accionar de la naturaleza y el hombre: en la fecundación sensual, en la piedra que vibra y —cómo no ha de estar— en las palabras que se materializan cuando son comunales. De ahí el subtítulo de la obra: Retablos del Laykhakuy, o el Escenario del Mago: —citando a Diez de Medina— se trata del “cubículo de un brujo”, brujo andino que todo habitante de estas tierras y montañas posee escondido y exporta esa su sensibilidad imperceptiblemente al resto del mundo.

Esta la labor de la Academia: refrescar sus herramientas de lectura, incursionar en la aventura del aprendizaje mediante la praxis y no con el frío escritorio, pues no todo lo que se siente se ha escrito, aunque todo lo que se piensa ande por ahí en cuartillas y librerías. Y los andares se inician en casa. Es plausible afirmar que en ningún lugar como en el Ande se entenderá —hoy— la obra de Churata. Y la Academia en Bolivia (como en Perú) está señalada a renovar su biblioteca. Hablo de las Carreras Humanistas y de los sectores que sirven de nexo entre la producción de pensamiento y la enseñanza primaria y secundaria en el país, la realidad lo exige y el mundo hoy más que nunca lo apremia.

IV. La epopeya del hombre

Como toda obra mayor, la difusión de El pez de oro fue lenta en su inicio y hoy —en honda crisis— es casi nulo. Existen tan sólo dos ediciones, ambas agotadas y de regular trabajo editorial. La primera de 1957 realizada por editorial Canata en la ciudad de La Paz y la segunda de 1987 hecha en Puno por la editorial Corpuno, entre ambas no alcanzan al millar de lectores que seguramente guardan sus ejemplares —en el mejor de los casos— bajo vidrio y espantapolillas. Sin embargo, de un tiempo a esta parte ha venido creciendo el interés en la obra de Churata, hasta que el italiano Ricardo Badini adquirió hace no mucho los derechos de la edición de los textos inéditos de los herederos del autor, que suman 18 tomos y que constituyen el mayor emprendimiento artístico por plasmar el fuego uterino que circula por las arterias aéreas de este continente, leamos aquello que Gamaliel informaba de aquellas escrituras y sus temáticas:

El volumen édito es sólo el primero de otros que le siguen, y que complementarán acaso una suerte de epopeya del hombre-animal. En efecto, tras El pez de oro, debe aparecer Resurrección de los muertos, de mayor número de páginas, y en el cual, en forma dialogada, en todo caso de un teatro sui géneris, se acomete el análisis del problema dialéctico del Ahayu-watan, a través del complejo filosófico, psicológico, histórico, sociológico, en suma, de este problema sustantivo de la sociedad humana. (...) Tras ese volumen viene otro, denominado Mayéutica, en poemas didascálicos, que ahonda el sentido del esquema. A Mayéutica habrá de seguir un diálogo que he denominado Platón y el Puma, en el que se examina por estos mismos canales, el tema de la salud del hombre desde raíces que, como individuo planetario, le corresponde, reaccionando contra el idealismo espiritualista del socratismo platónico. Y ya le seguirán Khirkhilas de la Sirena, poemario titikaka, en abono del símbolo matriarcal de las aguas. Luego, Balalas, haylli inkásiko, poemario de tono épico, sin embargo inspirado en las ritmias del Eyray lupaka, o sea la canción de cuna, poemario en defensa del incario y la exaltación de sus valores. Tras esto vendría otro de nuestra singular dramática: Los pueblos resucitan, sobre la base de la cinemática del Ahayu-watan. Y ya entramos a las Biorritmias del Tawan, enfronte radical hacia la demostración positiva de la inexistencia de la muerte, y la proposición insólita: nuestros muertos no están, ni estuvieron muertos nunca; están vivos junto a nosotros y en nosotros. Colección de madrigales, no dedicados ya a las novias actuales —Harawi-Hiwa— sino a las mujeres que murieron y nos viven; ven con nuestros ojos; oyen con nuestros oídos; aman u odian desde los sistemas cordiales de nuestra naturaleza. Y allí cierra el periplo con la pieza Khoskho Wara, diálogo que se produce en el primer planeta a que el hombre tendrá que dirigirse cuando las condiciones biológicas del nuestro hubiesen seguido proceso de linfatización, si así puede decirse, y ya resultase inadecuado para mantener la vida como lo ha hecho hasta hoy.

Explicar este bosquejo no es hacedero en las líneas de una charla. Pero la lectura de los volúmenes indicados dejará en el lector la certidumbre de que, quien les trazó, ni sufre psicosis, ni sus planteamientos pueden ser referidos a travesuras de la imaginación.

Esto dijo Churata en la Conferencia del 30 de enero de 1965, a tres meses de su regreso de La Paz, en el Cine Puno. Y hoy es grato poder decir que Resurrección de los muertos “de mayor número de páginas” que El pez de oro —como informa el autor— está en vías de publicación, desarrollándose el proceso de transcripción de los originales actualmente, y que espera ser distribuido y lanzado simultáneamente en la segunda tierra madre del autor, acá. Es pues una oportunidad de leernos a nosotros mismos, de generar nuestras propias herramientas asumiendo por fin que las recetas impuestas no siempre han cumplido un papel satisfactorio. Poseer este material fresco será la panacea de algunos vacíos en el aparato mental nacional y —por qué no— continental.

V. Lectura en comunión

Estas líneas no van en dirección de obligación alguna, son más bien una invitación a asistir a un espacio retador, difícil y estimulante. Y por eso mismo potencialmente enriquecedor. No postulamos un texto único que adopte la calidad de canon, al contrario, se quiere expandir el campo de libertad del menú disponible hoy, abriendo un interesante canal de reflexión y entendimiento, propuesto por la obra de un solo autor —por ahora—, pero que ha sido acompañado por distintas subjetividades emergidas de la misma célula madre: el alma colectiva del ser humano o la región de la psiquis que desconoce barreras, opuestos y ego. La invitación está lanzada —lo estuvo desde hace cincuenta años— y por esos azares percibidos —o quizás provocados— hoy cobra nuevo brío.

Resurrección de los muertos será sólo el primer reencuentro con la obra de Churata, que resucita hoy por una compensación del olvido en que estuvo sumergido. A este volumen le seguirán sus complementos secuenciales y no tardará en reconocerse la importancia real o ficticia de estos textos. Que el desdén no señale carencias y que no se repita la fórmula del olvido sin conocimiento de causa y se reemplace por la libertad con asunción. Valoremos que en el reconocimiento de otra lógica hay incluso una mayor luz que en una nueva lengua asimilada. Y hablamos de la experiencia de otredad no como psicoanálisis teorizante o como masa abstracta que se memoriza pero no se habita.

Hoy que las cárceles mentales cuadriculan al universo, emergen sensibilidades aletargadas retrotrayendo el pasado para una comunión en armonía —los procesos suelen ser tensos y dolorosos— pero los síntomas de transición se están viendo.

Luego de la experiencia —si es el caso— los resultados serán transmitidos a las aulas, con el comentario necesario y la frescura de una educación con cimientos no más basados en una historia rencorizante, sino en una reigumbre con genealogía y sacralidad. Toda lectura es una experiencia de comunión, que la escritura sea también un acto de brindar y no afán figurativo. El mundo tiene sed de horizontes y no más temor de murallas, saciemos esas exigencias desde el espacio que a cada uno toque.

La Paz, marzo de 2007

 

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