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Difícilmente podemos hablar de un manierismo en Indias; más bien nos inclinamos en adscribir a obras como la de Balbuena al barroco, puesto que es la expresión del intento de hacer una nueva sociedad, de una nueva ideología, de un nuevo modo de concebir el mundo

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El epílogo de la Grandeza mexicana de Bernardo de Balbuena. Primicia del barroco y de una conciencia criolla

por Jaime Zapata Fajardo

 

América sus minas desentraña,
y su plata y tesoros desentierra,
para darle los que ella a nuestra España. (78)
con nueva estimación mira suspenso
cruzar las flotas en que aquestos mundos
te envían cada año su tributo y censo; (84)

¡Oh España valerosa, coronada
Por monarca de viejo y nuevo mundo,
De aquél temida, déste tributada! (82)

De tesoros y plata tan preñada,
que una flota de España, otra de China
de sus sobras cada año va cargada. (75) (6)

Destacamos este último, en el que se nota claramente que la riqueza de España proviene de las “sobras” de México, muy común esto —según Chang— con “las ambiciones de algunos criollos e indianos, la capital novohispana se ubica en una situación de superioridad hacia la metrópoli” (167).

Otro pasaje en que podemos analizar las ideas de Balbuena es cuando se diserta sobre la lengua española hablada en México:

Es ciudad de notable policía
y donde se habla el español lenguaje
más puro y con mayor cortesanía,
vestido de un bellísimo ropaje
que le da propiedad, gracia, agudeza,
en casto, limpio, liso y grave traje. (75)

Aquí se alude a una superioridad del lenguaje novohispano (“más puro”) y al que se le califica con “gracia, agudeza” (valores que se tienen en gran estima en esa época, recordemos la gran influencia de Gracián en la retórica española).

La posición del enunciador del poema es de una gran admiración por la estructura administrativa del virreinato, que además versifica con gran maestría:

un gran virrey y real cancillería,
la silla arzobispal, el santo oficio,
cabildo ilustre, grave clerecía;
la caja real, pilar deste edificio,
casa de fundición y de moneda,
de su riqueza innumerable indicio;
el rico consulado, la gran rueda
de ancianos y prudentes regidores,
a quien la de fortuna se está queda;
corregidor alcaldes, provisores,
y otras innumerables dependencias
de alternados ministros inferiores. (80-81)

y con un respeto de la jerarquía que va descendiendo a medida que el verso avanza, desde el virrey , las autoridades eclesiásticas (arzobispo, Santo oficio, clerecía) hasta las autoridades menores como alcaldes, regidores, etc. que reproducen los esquemas heredados de España.

La posición con relación a la riqueza española y a la manera en la cual se obtiene es más clara en los versos que siguen:

¿En qué guarismo hallará unidades
al rigor, los trabajos, asperezas,
calmas, tormentas, hambres, mortandades,
tierras fragosas, riscos y malezas,
profundos ríos, desiertos intratables,
bárbaras gentes, llenas de fierezas,
que en estos nuevos mundos espantables
pasaron tus católicas banderas,
hasta volverlos a su trato afables? (84)

Son versos en los cuales se describe a los indios como “bárbaras gentes, llenas de fierezas” —remito al artículo de Georgina Sabat-Rivers sobre Balbuena en el libro de Mabel Moraña con respecto al adjetivo fiero— y se omite hablar de la manera en la cual se les ha vuelto “afables”, posible crítica soterrada. Sin embargo, contradictorio podría resultar este episodio, que es una alabanza e incluso podría tomarse como una justificación del poder español, rica en matices:


¿Quién no creerá que las consejas crecen,
si oye que en menos tiempo de diez años
ganó España en las Indias que hoy florecen
dos monarquías a su riesgo y daños,
y en cien reinos de bárbaros valientes
dos mil leguas de términos extraños,
abriendo en suelo y climas diferentes
de doscientas ciudades los cimientos
que hoy las poseen y gozan nuestras gentes?
Y esto sin más caudal que atrevimientos
de ánimo belicoso, a cuya espada
por su interés le dará el cielo alientos,
y así gente sin armas, destrozada,
que nunca tuvo juntos mil soldados,
victoriosa salió con tal jornada. (85)

Los matices también abundan como en la alusión a las dos monarquías (española y mexicana, consideradas con la misma denominación curiosamente), una de ellas vencida de manera casi inverosímil debido a la inferioridad numérica.

¿Y dónde se ubica Balbuena? Nos interesa sobremanera la definición de Georgina Sabat (7) al afirmar que “el modelo epistemológico de similitud y oposición en busca de la identidad, del que se ha hablado (lo ha hecho Rolena Adorno en el artículo que citamos al final de este trabajo) es dualidad barroca y equívoca, pues oscila de un extremo a otro en nuestros autores, marcadamente en Balbuena. En los esquemas ideológicos y escriturales que regían ese mundo, lo primordial era la forma correcta (idea de Margarita Zamora) por medio de la cual se realizaba la comunicación: al mismo tiempo, aquélla, la forma servía para traspasar el mensaje de manera persuasiva, retórica, y, sobre todo, en la poesía, escondida.” Con la que estamos plenamente de acuerdo, ya que Balbuena era un clérigo que desde su posición de letrado pretendió con esta temprana obra ingresar en el círculo humanístico, ser protegido por el poder, pero curiosamente realizando una crítica bastante soterrada (no es un poeta tan político como Terrazas) de la forma en que se ejerce el poder en América y que posteriormente sería un debate sobre quién debía ejercer ese poder, pues los criollos quisieron ser el grupo hegemónico. El discurso de Balbuena, la voz que enuncia la Grandeza es, según Buxó, “alabanza e impugnación, dual(es) y equívoca(s), contradictoria(s) e incompatible(s)” (cit. en Sabat pag.  ), si bien de una manera bastante oscilante, pero de todas formas presente:

el mundo que gobiernas y autorizas
te alabe, patria dulce, y a tus playas
mi humilde cuerpo vuelva, o sus cenizas. (86)

entre el menudo aljófar que a su arena
y a tu gusto entresaca el indio feo,
y por tributo dél tus flotas llena, (86)

en el deseo de volver a la Madre Patria (primer terceto), pero en el cuestionamiento de su poder (segundo). Al analizar Chang este terceto, halla que el “indio feo” es visto como “el más valioso tesoro de la Nueva España, porque sin él no sería posible entresacar la riqueza mexicana” (169). Ella mismo abre la posibilidad de que, al final, no sea más que un texto en el que se proponga a él mismo (el obispo) para ser parte de la administración, idea que no nos parece descabellada, pero muy difícil de sustentar textualmente. Tratamos de rescatar esos primeros intentos de cuestionar, sin tomar en cuenta la intención personal que pudo haber tenido Balbuena, la forma en la que se administraba el poder en estas latitudes, pues esto generaría obras de mayor envergadura reivindicativa (incluso a nivel de vida) como la de Sigüenza y Góngora o la misma Sor Juana Inés de la Cruz.

En conclusión, difícilmente podemos hablar de un manierismo en Indias; más bien nos inclinamos en adscribir a obras como la de Balbuena al barroco, puesto que es la expresión del intento de hacer una nueva sociedad, de una nueva ideología, de un nuevo modo de concebir el mundo y, específicamente, la urbe. Balbuena no es un revolucionario, pero sienta ciertas bases para el futuro.

© Jaime Zapata Fajardo, 2008

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(6) Citamos de la Grandeza la edición siguiente: Balbuena, Bernardo de. Grandeza mexicana (y fragmentos del Siglo de Oro y El Bernardo). México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1963.

(7) Sabat-Rivers, Georgina. “El Barroco de la Contra-conquista: primicias de conciencia criolla en Balbuena y Rodríguez Camargo”. Relecturas del Barroco de Indias. Mabel Moraña, ed. Hanover: Ediciones del Norte, 1994. 59-96.

 

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Jaime Zapata Fajardo: Estudiante del último ciclo de Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú.

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