Narración como exorcismo / Birger Angvik
La letra en que nació la pena / Varios
Los puertos extremos / Johan Page
Casa / Francisco Ángeles
Casa de citas / Alejandro Susti

 

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Un puerto extremo y arriesgado

por Aldo Incio Muñoz

 

Johann Page
Los puertos extremos
Lima: Editorial Estruendomudo, 2004.

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Muchas veces al tratar de calificar una obra literaria se incide en el buen manejo del lenguaje y en lo original de la propuesta. En la mayoría de ocasiones, los autores caen en una verborrea aterradora, que los catapulta por ese afán a veces expositivo de querer decir mucho sin los elementos necesarios; más aun, tratándose de una primera entrega. Así, un primer libro (un primer libro honesto) siempre es el proyecto arriesgado de un incipiente autor que quiere trazarse un camino literario. Algunas veces lo consigue, otras veces se queda en el intento. Este libro de Johann Page es el paso inicial de un autor interesante y arriesgado, pero que aún no despega de la consecución de un estilo netamente propio. Y esto, pues creemos que el autor conoce el oficio y se encuentra en el rumbo correcto —donde se notan los destellos de una obra personal pero todavía deudora de la impronta cortazariana o borgeana—. O en todo caso continuador, en el Perú, su país de origen, de una tradición que pudo haberse iniciado con Clemente Palma, continuar con algunos cuentos de Ribeyro, además de otros seguidores. Veamos las razones de estas afirmaciones.

Los puertos extremos está dividido en dos partes que guardan cierta correspondencia: "Traslaciones" y "Telegrafía". El primer cuento de esta sección inicial se titula “Sobre el muro”, y es una alusión directa al mito del minotauro. En él, como en el famoso relato de Jorge Luís Borges, “La casa de Asterión”, el personaje es un recluso de su propio destino, que es su prisión tras el muro. Page acierta en el nuevo giro que puede imprimirle al relato en su base argumental. Centra la tensión en el límite que existe entre la prisión y el mundo exterior para darnos cuenta de lo ambigua que puede resultar la libertad y lo que ella implica en los confines del mundo, además de la relación tan especial que existe entre víctima y victimario. En este caso el personaje es el inquilino de su naturaleza, que es el espacio que se encuentra en lo que lo separa a él de lo exterior, que en un primer momento comparte con otros, que construye junto a otros, para luego ser él quien sea el solitario protector de su hábitat.

En el relato de Page, el mundo se muestra como una estructura mayor, superior e inabarcable. Tras el muro, en el espacio que le es externo, se encuentra el peligro y con él el enemigo que lo acecha. Lo inevitable surge a través de la inconsistencia de una parte de la edificación, punto débil de esa función de defensa que cumple el muro. Además, este es el mundo propio, el hogar, para quien lo habita. En él nuestro protagonista es el órgano vital de ese organismo que es más parecido a una placenta protectora. Sobre las alusiones a la naturaleza del protagonista en un momento se denomina hombre, en otras habla de garras que hacen alusión a un ser de naturaleza no humana. Otro punto a resaltar es la utilización de un narrador protagonista de la historia desde un nosotros, primero, para luego asumir la responsabilidad de la narración desde un yo, siempre desde el punto de vista homodiegético. Sobre este aspecto se construyen, asimismo, dos partes que son un antes, en donde se tiene la responsabilidad de la construcción del muro junto a otros; y desde un ahora que contempla la soledad del individuo y la ausencia de toda forma humana que lo acompañe, y que toma un matiz de amenaza para su propia supervivencia. La paradoja de la historia se sostiene en la gran metáfora de la libertad-reclusión, que cumple en los límites del muro que lo alberga. Otro aspecto a rescatar es la proximidad del hombre de la barba que se menciona al final del relato. En esta alusión directa al otro, se muestra las ganas de querer ser como él, y después, ante la incertidumbre de su muerte, la inocencia y luego un sentimiento de culpabilidad, injustificado para él, mas no para el resto. Es curioso como se refiere en su contra, por su naturaleza, un profundo sentimiento de hostilidad e indiferencia. Al final del cuento asistimos a la revelación del protagonista sobre los muros paralelos que se construyen alrededor del suyo. La inminencia de un encuentro entre él y los otros es la resolución final de la ambigüedad de su libertad, sobre lo que lo convierte a él en víctima o en victimario de sus congéneres, como sucede en el desarrollo del mito del minotauro, donde este puede acceder por fin a un liberador que será su verdugo final. Puede ser este relato la reafirmación de un antiguo mito o la reescritura de nuevas preocupaciones sobre este tema, lo que sí queda claro es que el autor maneja con eficacia esa capacidad de síntesis y de tensión sobre temas que llevan a una reflexión mayor; esta característica será una constante en el resto de relatos que componen el libro.

El cuento “Nueva sombra del árbol” remite inevitablemente a otro célebre relato: “Casa tomada”, de Julio Cortázar. Las semejanzas primarias son evidentes: existe una casa, dos hermanos y una amenaza, que a diferencia de la de Cortázar, en este cuento es “real” y tangible. Son dos los espacios primordiales, la casa en sí y la habitación de la hermana, que es donde late la amenaza real. Los castores, en este caso, cumplen el papel de aquello que se torna inevitable para la propia convivencia, o son ellos o somos nosotros, pero nunca ambos. Por eso, ante la amenaza, la huida cae por propio peso. Aquí, como en el relato aludido de Cortázar, el papel de la hermana es fundamental. Hace las veces de ojo inquisidor y de filtro de la maldad, pues sobre ella, sobre la mujer, es que se cumple el abyecto destino de los protagonistas. Se nota claramente que se intenta establecer paralelos entre un antes y un después, inclusive en los propios comportamientos, así se incide mucho en una forma oscura, turbia, en una visión inobjetable, en la imagen última de los castores royendo las fortificaciones de la habitación y con él el destino de los personajes, su insalvable devenir, además de todo lo que conlleva a la destrucción de la casa sobre el pasado simbolizado con acierto en la imagen de los retratos olvidados.

En el relato “Con Schiele”, podemos observar la actitud experimental que intenta imprimir el autor sobre su estilo. En esta imagen surrealista este se encuentra en la tarea de ficcionalizar al pintor Egon Schiele. Decimos surrealista porque el autor trabaja sobre imágenes oníricas; lo mismo sucede con el relato que se encuentra a continuación: “Las telas”. La fantasía subyacente a la atmósfera impregnada de elementos pictóricos permite ese final de locura y de irrealidad, en donde otra vez la figura de la mujer y ese elemento demoníaco que se le atribuye es manejado con eficacia, además de la reproducción del tiempo y de las imágenes a través de los espejos. En “Las telas”, la impronta es más calma, porque se trabaja sobre un aire de cotidianeidad que los personajes asumen a pesar que el relato maneja un elemento sobrenatural como es la araña monstruosa. En este relato de ribetes kafkianos, la imagen de Gina sirve para que el protagonista construya la idealización casi perversa de la mujer en esas palabras que parecen acariciarla pero que son al final el tránsito hacia lo inesperado.

El cuento que puede despertar más interés, porque también de da título al libro, es “Los puertos extremos”, pues resulta el más eficaz y sobre el cual se puede ensayar una poética del autor (el título del cuento que toma el libro mismo será visto en muchos de los pasajes de los cuentos como justificación de aquello que quiere mostrar el autor). Son dos relatos paralelos que al final convergen a través de no solo un propio hilo narrativo sino que los elementos que les pertenecen llegan a una relación de familiaridad que deja una sensación de único fin mortífero en que se convierte la cuerda que ahorca al soldado y a la niña entrometida llamada Sonia; en ambos casos pareciera se da una caso de correspondencia entre ejecutores de ambos actos entre el guardia, el abuelo y la niña. Puertos extremos que al final terminan encontrándose en esa enmarañada de coincidencias que viene a ser el destino final de los protagonistas con respecto a sus vidas. A mi entender es el cuento que resume con más precisión el tema que subyace a los demás relatos, el de la cercanía de elementos que en algún momento de nuestras vidas pueden ser lejanos pero que irremediablemente terminan convergiendo sobre ese hálito de irrealidad y sueño. A continuación, Page incide mucho más con el experimento lingüístico a la manera de su maestro Cortázar para elaborar un pequeño relato llamado “Toponimia”, el cual no resulta muy claro para nuestro propósito.

Sobre "Telegrafía", que es la segunda sección del libro, podemos afirmar que el autor se aventura aún más en trabajar el lenguaje hacia extremos, al punto que bordea la prosa poética, que por momentos se vuelve muy intensa. “Mecánica de suelos”, el cuento que abre esta segunda parte, nos hace recordar mucho al Cortázar de Historia de cronopios y de famas, primero por el manejo del lenguaje, y segundo por ese aire de cotidianeidad que se confunde con la observación casi minuciosa de elementos que pasan inadvertidos. En “Attis”, el autor le hace un guiño a la mitología y construye una historia salpicada de intriga sobre aquello que se protege y oculta en el cuarto de la madre como si se tratara de algo maligno y poseedor de una revelación. “Las hojas reunidas” es la revelación de un amor no consumado que transita por la imagen de un hombre que lo despoja de toda posibilidad, Georgette, como lo fue Gina o Germaine, es por momentos la idealización de esa imagen común que las une y que transita por las páginas del libro. El relato más inquietante de esta parte viene a ser, que duda cabe, “Residencia”. En este se elabora la ficcionalización del autor como protagonista central del relato. Al parecer es una práctica concurrente en los nuevos representantes de la actual narrativa joven. En el cuento, Page, tributa a quien parece ser la inspiración para el relato, Pedro Lazo. El cuento alcanza su mayor clímax fantástico al elaborar el cuento dentro del elemento que lo contiene, que es el libro. Todo procede mediante las notas que le envía aquel amigo que murió ya hace muchos años y que irrumpe en su vida como la advertencia de un pasaje no zanjado y que busca saldar. Al final, el autor se ve presa de una circunferencia terrorífica que lo tiene a él dudando de la elaboración de un relato llamado “Residencia” dentro de un libro que él escribió hace muchos años llamado Los puertos extremos; sobre los que su infortunado amigo le pide saldar cuentas en cuanto a algunos amores que expone y que son la consecución final de su destino. Al final asistimos al desdoblamiento de la imagen del autor que es quien debe saldar deudas sobre él mismo y su conciencia. Los relatos finales “Búsqueda de casa” y “Brújula”, son el complemento de lo que es una constante en todo el libro: la búsqueda de la intriga sobre lo desconocido y lo incierto, y las ganas de construir un lenguaje que permita anclar en puertos que le son extremos y algo arriesgados. Existe un apartado al final del libro que intenta ser más un homenaje de parte de otro autor. Renato Sandoval elabora “Fuga” con el afán de redondear las imágenes salpicadas del libro, pareciendo el propio Page en un intento por sorprendernos una vez más.

El sello de los relatos de Page se encuentra bajo la impronta de la tradición de la literatura fantástica. En ellos se refleja una elaboración a la usanza, en cuanto al estilo, de sus maestros en el rubro, como los mencionados Borges y Cortázar. Lo mejor de Page en este despegue debe ser lo que en algún momento señaló otro de los referentes mayores, Horacio Quiroga, en aquel famoso decálogo: el “plagio” de los maestros es una consecución en la búsqueda de un estilo propio. Esperemos que ese sea el inicio de una obra que adquiera ribetes de un lenguaje realmente original y propio, cuándo no, salpicado de toda la literatura aprendida y asimilada.

© Aldo Incio Muñoz, 2005

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/resena7_3.htm


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