La novela El tungsteno (1931) nos ofrece otra novedad en el Perú, una novela en que campesinos, obreros, conscriptos y gente de clase media, logran, por encima de humillaciones y abusos, entender la necesidad de organizarse en un grupo rebelde, en un sindicato promotor, ojalá, de un estallido popular y de un cambio social auténtico

 

 

 

 

La novela El tungsteno (1931) nos ofrece otra novedad en el Perú, una novela en que campesinos, obreros, conscriptos y gente de clase media, logran, por encima de humillaciones y abusos, entender la necesidad de organizarse en un grupo rebelde, en un sindicato promotor, ojalá, de un estallido popular y de un cambio social auténtico.

Así como Vallejo fue siempre un revolucionario de la palabra y la poesía, sus pasos de experimentador en la narrativa no le fueron suficientes; avanzó todavía más y culminó un pequeño libro de pensamientos titulado Contra el secreto profesional, escrito entre 1928 y 1929, cuyo mayor éxito literario es lo que ahora podemos llamar el cuento-ensayo, genero en que después fue un maestro Jorge Luis Borges, pero que aquí, en un libro concluido antes de 1930, destaca a Vallejo con brillo auténtico.

Y como si tampoco este logro le bastara, Vallejo siguió con su experimentación de la prosa, y en ese nuevo camino, escribió los de veras famosos "Poemas en prosa", que constituyen la primera parte del libro Poemas humanos (1938).

En todos estos títulos, lo más valioso sigue siendo la interrelación entre dos estilos, el barroco y el coloquial. El barroco supone el artificio, el adorno, la sombra, el plano sonoro por encima del tema, a veces incluso el olvido de la línea argumental: ésa es una conducta poética más que narrativa; y el segundo estilo es directo, coloquial, es la variante norperuana del español, el idioma materno de Vallejo en la sierra de Santiago de Chuco. Muchas veces los dos estilos se hallan en pugna, y se ven los dos niveles, cuando la cadena de hechos es pospuesta por la verbosidad del poeta, quien ha invadido la prosa con sus hábitos lingüísticos; pero a veces hay también cierto empuje del coloquio. Por ejemplo, el cuento "Más allá de la vida y la muerte", representaría el exceso verbal, la pintura fantasmagórica de una especie de "mundo al revés", sin explicación lógica; y otro cuento, el más celebré de todos, "Cera", representaría el equilibrio entre los dos estilos, o quizá una ligera ventaja del coloquial.

La novela corta Fabla salvaje prosigue la pugna entre los dos estilos, con una ventaja del barroco retorcido y enmarañado por la difícil pintura de una desviación psicopatológica que lleva al protagonista, Balta Espinar, progresivamente a la confusión, al desconcierto, inclusive al suicidio, o al simple dejarse morir. A ratos, hay un vaivén entre ambos estilos, pero hay también una ventaja de la verbosidad, en desmedro de la línea argumental, un choque continuo entre la maraña excesiva y los lampos de luz.

En el pequeño libro de pensamientos Contra el secreto profesional, (1973) la pugna entre la oscuridad y la luz se repite, pero cambia de sentido; ahora se trata de permanecer o no en la lógica aristotélica, o de salir al terreno extralógico de aquello que parece sin sentido, o que ha puesto al mundo del revés. Sin embargo, en ese vaivén peligroso y valiente, la solución artística de Vallejo es un juego admirable de posibilidades intelectuales y morales, de confusiones cotidianas o kafkianas, sin haber conocido a Kafka, y por fin emite juicios nuevos, conclusiones increíbles como éstas:

"La historia no se narra ni se mira ni se escucha ni se toca. La historia se vive y se siente vivir"

"Quiero perderme por falta de caminos… Odio las calles y los senderos, que no permiten perderse".

"Conozco a un hombre que dormía con sus brazos, Un día se los amputaron y quedó despierto para siempre".

El mundo del absurdo está aquí, además del cubismo, de Picasso y de Kafka.

Estas breves narraciones, entre ellas algunas estampas logradísimas como "Ruido de pasos de un gran criminal", son casi simultáneas a la nueva novela que ha escrito, El tungsteno (1931). Vemos aquí una estructura política y narrativa a la vez, que obedece a la necesidad de comprender la explotación social, luego, la necesidad de forjar y obedecer a un líder sindical, y en fin, el adoctrinar sobre qué deberán hacer los diversos segmentos de la sociedad en vías de rebelarse. Y esa novela acaba en una esperanza de liberación contenida en la frase: "El viento soplaba afuera, anunciando tempestad". Una frase muy similar al título de un libro de Luis E. Valcárcel, Tempestad en los Andes (1927), publicado cuatro años antes.

A su turno, José Carlos Mariátegui, el más brillante intelectual de la época, saludaba ese libro y decía: "Tempestad en los Andes llega a su hora. Su voz herirá todas las conciencias sensibles. Es la profecía apasionada que anuncia un Perú nuevo". Lo curioso es que treintaisiete años más tarde, en 1964, en la página final de la novela de Arguedas, Todas las sangres, esa vieja tempestad se repite y se la espera todavía "como si un río subterráneo empezara su creciente". Vallejo sigue marcando la pauta en el momento en que se sueña con una liberación final; y el propio Manuel Scorza, en la pentalogía que inicia en 1971, pinta la tempestad, el sacrificio, y los indígenas alzados han muerto, pero sólo para padecer la muerte al modo de Juan Rulfo, y también de Vallejo, están muertos pero siguen vivos, y la esperanza de liberación esta asimismo viva.

De muchos modos, pues, Vallejo encaja en nuestra actualidad; no sólo se le ve como un escritor ajeno, distintos; él ha dejado como huella nítida de su aprendizaje en otra forma de invención que no era la suya, la original, nos ha dado los nuevos frutos de una novela psicologista (que ahora está de moda), de un nuevo género que es el cuento-ensayo (que ahora se practica mucho), de una novela política, abierta, sin tapujos, muy parecida a las dedicadas a subrayar las desigualdades sociales del país, y nos ha dejado sus admirables poemas en prosa (1938). Para ser un prosista sólo en segunda instancia, lo ha hecho muy bien, y nos ha pintado claro en el aire su taller de aprendizaje su marcha segura, de niveles sucesivos y enriquecedores.

 

© Carlos Eduardo Zavaleta*, 2004 descargar pdf

 

(*) Carlos Eduardo Zavaleta (Caraz, 1928)

Escritor, ensayista, traductor y periodista cultural. Miembro notable de la Generación del 50, es profesor de la Facultad de Literatura de la Universidad de San Marcos. Ha tenido además una prolífica carrera diplomática, y es autor de numerosos libros. Entre los más conocidos están: Los Ingar; El Cristo Villenas; Un joven, una sombra; Pálido, pero sereno, entre otros.

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