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Una pasión latina de Miguel Gutiérrez: Anverso y reverso del racismo

 

1. Mestizaje. Origen de las diferencias.

A lo largo de la narrativa de Miguel Gutiérrez, resulta ineludible tomar el antecedente de sus anteriores novelas para establecer parangones concernientes al tema del racismo. Es así que relaciono a Nolasco Vílchez Temoche, personaje principal de Una pasión latina, con Cruz Villar, el primogénito de la familia de los Villar de La violencia del tiempo. Ambos son representantes de un mestizaje que no proviene ni conlleva al resultado de una reconciliación, mucho menos a la armonía de una sociedad, sino todo lo contrario. Esta se dirige a una completa distorsión que abre mayores brechas y distancias, con fuerte carga de marginalidad, resentimiento y complejos que marca con demasiado ahínco las diferencias entre clases y razas. Y esta distinción no es más que un paradigma de nuestra historia como nación. En el ensayo de Peter Elmore: “La violencia del Tiempo. El mestizaje y sus descontentos”(1), se esclarece la desestimación propia del mestizo como sujeto a partir de la lectura de la novela de Gutiérrez. Elmore se respalda en la visión de Mariátegui que, en sus Siete ensayos, concibe al mestizaje como un proyecto que no ha resuelto la dualidad del español y el indio, sino que subraya la oposición irreconciliable entre la raza del conquistador y del conquistado, y cuyo acercamiento no ha producido más que un completo sentido de bastardía y rencor. Lo mismo resalta Sergio Ramírez Franco en sus “Notas sobre La violencia del tiempo”(2): “El perpetuo duelo por la violación de las nuestras indias lo lleva a una suerte de racismo a la inversa que reivindica la pureza de los orígenes y, al parecer, considera la mezcla racial como algo nefando. El mismo horror al mestizo que atraviesa la obra de Guamán Poma se halla en las páginas de LVT, emblematizado en la cruza de un gavilán y una gallina realizado por Santos Villar, […]”. Es así que encontramos la réplica de la cópula colonial a modo de alegoría en La violencia del tiempo, con el español Miguel Villar que llega a territorio piurano, lugar donde conoce y se une a la india Sacramento Chira, de quien luego se desliga, abandonándola a su suerte a ella y a su descendiente, Cruz Villar, para establecer lejos otra familia que sí gozaría de toda su atención, dando así el inicio de la estirpe “maldita” de los Villar:

“[…] desde sus orígenes el acontecimiento que fue uno de los baldones que cayó sobre los descendientes del ex galeote de padres desconocidos Miguel Villar (enviado por Fernando VII entre la tripulación formada por una gavilla de parias, canallas y asesinos de la nave Venganza para aplastar la revolución americana) y de la india Sacramento Chira, de padres y abuelos de la reducción de los indios de La Huaca, a su vez descendientes endogámicos y espurios del curaca de Tangarará”.(3)

Para el caso de Una pasión latina, “la maldición” de Nolasco Vílchez Temoche se conoce en el lector desde el momento que, bajo la intención de insulto, es llamado en medio de una multitud de la siguiente manera: “hijo de sirvienta de blancos” (p.21). Esta mención despierta el interés por conocer el origen de Nolasco, el cual se testimonia de la siguiente manera:

“-Sí, sí –afirmó Correa-. Era una historia vulgar, vieja como el mundo, el culebrón arquetípico, en el que el niño de la familia, el blanquito adolescente, ultraja a la sirvienta de la casa con un polvo urgente, veloz y sin memoria, la preña desde luego, aunque el muchacho no pudo saberlo porque sus padres lo enviaron a estudiar a Alemania, donde ya empezaban a sonar tambores de guerra. Fueron años interminables y atroces. ¿Qué diablos tenía él que ver con esa guerra? En vísperas de los bombardeos a Berlín, mil peripecias de por medio, Orlando, este es el nombre del muchacho, logra retornar a Piura. Pero no vuelve solo: viene acompañado con su esposa alemana y sus dos menores hijos, varón y hembrita”. (p.22)

Esta noticia marcaría a Nolasco Vílchez en la forma de entender su procedencia y condición bastarda, pues a partir de ese momento dirige todo su repudio a su madre de manera irresoluta, a la Antuca, a quien nunca llama madre. Este repudio nace de su concepción de ver en ella a una raza sucumbida y ultrajada de la que ha heredado el color de la piel. Para el caso de la Antuca, Nolasco también ha heredado de ella también los apellidos (Nolasco no lleva el apellido de su padre por no ser reconocido) además de la salud resquebrajada, que de niño lo llena de limitaciones y que sólo es curada con la sangre bravía de los toros para poder fortalecerse ante tanta adversidad. Todo esto es entendido por el mismo Nolasco como su “maldición”:

“Gafito (sobrenombre de Nolasco), se negaba admitir que la Antuca fuera su madre. Insignificante, fea, sudorosa, con un aspecto de tebeciana irrecuperable. La insultó, le manifestó su deprecio y le impuso la ley del hielo. Por eso cuando Nolasco Vílchez Temoche ingresó a San Marcos, al momento de la matrícula, declaró como muerta a su madre. […] Nadie me engendró, le confesó a Merino en una noche de borrachera. Le dijo He nacido de mí mismo; y afirmó Soy el primer hombre. Y no debo nada a nadie”. (p.26)

Lo mismo sucede con Cruz Villar, que en palabras de su bisnieto Martín Villar da a conocer su concepción siniestra que juzga a su antecesora y al origen de su estirpe:

“No culpó ni a Trinidad ni a Lucero Dioses: culpó a Sacramento Chira y a la sangre india en su incesante fluir. Y desde entonces se dedicó a odiar con fanática y salvaje prolijidad el recuerdo de su madre. No odió su entera imagen: odió su voz, sus manos, sus pies descalzos, los senos que lo habían amamantado, la cochina lujuria india con que había atrapado al expatriado soldado godo Miguel Francisco Villar. Puedo entender este odio, oh, no sabes hasta que punto puedo entenderlo. Nunca las hermanas Dioses temieron más la furia de su marido que cuando las requería para la posesión, pues cuando aquello terminaba debían soportar las atrocidades verbales de quien se había erigido en tirano y señor de sus vidas. Y la misma furia (sádica, destructiva, irracional) empezó a descargarse contra los hijos que le iban naciendo, calculando la intensidad de la misma según viera en ellos el triunfo de una u otra sangre”.(4)

Para ambas concepciones, la imagen de la madre “chola” e “india” merece inexplicablemente  la culpa primaria de todos los pesares de sus predecesores. Esta culpa se la adjudican por su condición racial y también por su condición femenina. Entendida ellas como unos entes de valor negativo, femenino en su naturaleza, débil, centrípeto y subyugado. Estos entes se han dejado sucumbir y/o poseer ante la imperiosidad del sujeto “blanco”, considerado como un sujeto de valor positivo, masculino, fuerte, centrífugo y dominante. Esta visión, recalca fehacientemente sobre un machismo desaforado, asumido y desarrollado a grandes rasgos en ambas historias donde se hiperboliza estos estados con el poder y la sexualidad. Continúa la presencia de culpas en segundo grado a la imagen paterna, que en su condición de hombre “blanco” en estas historias negó cualquier lazo familiar por simple hecho de concebir la relación interracial como algo irrelevante, efímero y hasta vergonzoso; o simplemente como algo negado o inconcebible. (5)

Esta predisposición de los géneros masculino – femenino se conjugan y se unen inevitablemente con la mención de las razas blanco – indio como categorías, en la manera de asumir un determinado coloniaje a la manera similar de poseer un cuerpo (femenino) abruptamente como si se tratase de un ultraje(6). La acción de lo sexual y su consecuencia (la progenie) no son más que el mínimo valor y o reconocimiento de lo indígena o el indio como sujetos que sufren posesión, uso y abuso. Se reafirma lo expuesto en la  LVDT con el caso de la venta de Primorosa Villar, hija de Cruz Villar, mestiza hija de mestizo, a su benefactor el terrateniente o gamonal(7) Odar Benalcázar, quien una vez más hace uso de su condición de “hombre blanco”, para poseer a la bella muchacha “hija de mestizos”, “hijas de indios”, “hija de cholos”.  


2. La mujer blanca. Tentación rubia.

A lo largo de su infancia y juventud, con pleno re-conocimiento propio de su “nefasto” origen, Nolasco Vílchez siente una repulsión a todo lo que concierne a su padre y su familia, a excepción de Trude Ostendorf, la esposa alemana, madre de sus dos únicos hijos legítimos. Trude se convierte en el foco de atención de todo Piura al desarticular toda función y regla machista en esta ciudad. Ella revierte cualquier mención subyugante de lo femenino a partir de su condición de extranjera que se transmite con evidencia ante los ojos de todos sus observadores:

“La primera vez que Trude entró al bar, se hizo un silencio entre los socios que bebían sus aperitivos. Las mesas eran ocupadas por hombres mayores que lucían canas, adultos entre treinta y cuarenta años. En los siguientes días empezaron a saludarla, primero con inclinaciones de cabeza y luego levantando la copa.” (p. 30-31)

Nolasco siempre se encontrará muy de cerca de Trude, observándola, idolatrándola, atraído por tan singular belleza a la que no puede comparar con ninguna otra mujer de Piura, sobre todo por el resaltante color de su piel. Pero la devoción y cercanía hacia Trude tiene su fin a partir de la reacción de los parientes de los Zúñiga de tratarla de gringa perra(8). Es entonces que Trude desaparece de Piura junto a su amante dejando un gran vacío en la ilusión y juventud de Nolasco, que a medida que va creciendo tiene la convicción de querer llegar a tener y poseer una amante que se parezca a ella. Esta obsesión definitivamente tiene su origen en la percepción contraria de la figura materna. Nolasco busca todo lo opuesto que puede significar la Antuca. Trude sería la figura femenina que se acomode a esa oposición en una clara distinción, sobre todo racial. Entonces las rubias comienzan a rondar en la cabeza y ante los ojos de Nolasco como una tentación única, negada al intercambio por otro tipo de mujer, que nace inicialmente de su obsesión por las blondas actrices cuyas películas veía en el viejo cine Variedades:

“Las rubias eran el gran tema de Nolasco Vílchez. ¿Rita Hayworth era morena, pelirroja o rubia? En Gilda, quizá por el blanco y negro, sus cabellos parecían castaños con reflejos rojizos, pero en La dama e Shangai lucía como rubia fatal. Jean Harlow y Ann Sheridan eran rubias naturales; Eleanor Parker era la más bella entre las pelirrojas; Lana Turner, la rubia platinada más glamorosa. Pero el tema las rubias le servían de introducción a su tema preferido: el cine de Hitchcock. La fijación de Hitch por las rubias. Las amaba, las acosaba o las odiaba y se vengaba si no cedían a sus requerimientos, como ocurrió con Tippi Hedren. […] Fue en una de esas charlas en que le aseguró a Merino que no le cabía la menor duda de que, de haber visto a Trude Ostendorf, Alfred la había escogido para una de sus películas. Pero, ¿para cuál: Marnie, Los pájaros o Psicosis?...” (p. 50-51)

El resto de su crecimiento, educación e instrucción de Nolasco Vílchez se da fuera de Piura, aun así no declina en su fijación por las mujeres rubias. Su primer acercamiento a su obsesión se da cuando da a conocer a su primera esposa, de la que no se menciona su nombre más sí una breve explicación que asevera el gusto de Nolasco por este tipo de mujeres:

“[…] era una joven agraciada, de piel despercudida como las huanuqueñas, lo que, al decir de Merino, de momento aplacaba ciertas nostalgias y apetencias de Vílchez.” (p. 46)  

Poco tiempo después, dentro de la misma Piura, Nolasco conocerá a Karen Spiegel, otra rubia que sí entrara en su vida, provocando en él toda una serie de cambios, incluida su obsesión hacia las rubias. Karen Speiegel es una americana que llega a tierras piuranas gracias a un Cuerpo de Paz para realizar estudios de campo en los poblados aledaños. Allí, Nolasco se relacionará con este Cuerpo de Paz y entablará una amistad y luego una relación con Karen Spiegel. Este será el inicio de aquella relación que desatará toda la serie de acontecimiento en la que se centra UPL. Pero volviendo al tema de Karen Spiegel, su condición de rubia no podía quedar excluida en la predilección de atormentado Nolasco, que al conocerla no pudo evitar mentir acerca de sus antecesores, creando historias totalmente distintas a las reales en su vida. Aquí un apreciación de Karen Spiegel en la configuración obsesiva de Nolasco:

“Como le contó más adelante a Merino, Karen Spiegel y Trude Ostendorf solo se parecían en que eran blancas, rubias y de ojos azules. De acuerdo con su linaje venusiano, Trude era una belleza radiante, voluptuosa y seductora. Karen, le explicó Vílchez, era del linaje de las Antígonas o de las Electras. O de Emma Zunz, añadió Correa por su cuenta. Tenía una hermosa piel y piernas espléndidas, pero sobre todo era una joven de fuerte personalidad. Era atractiva, con una sensualidad secreta, incitante y disuasiva. Apenas vio por primera vez a Karen Spiegel, Nolasco Vílchez tuvo la revelación de que Trude Ostendorf pertenecía ya para siempre a su pasado.” (p. 72)

Esta fascinación de Nolasco Vílchez por las rubias no sólo proviene del gusto común del hombre hacia una mujer de estas características. Su fascinación trasciende ese placer carnal y masculino para establecerse en el gusto de verse reconocido como una persona blanca a pesar de no serlo:

“El color de su piel era como la corteza de los algarrobos y tenía un pelo de fibras reacias”. (p. 48).

Esta obsesión se excede al punto de considerarse absurdamente parecido con una pintura del El Greco o a Anthony Perkins:

Obsérvame bien, Jorge, le pidió. De frente, de perfil. Así, según mi mujer parezco un personaje arrancado de un cuadro de El Greco. ¿Qué opinas tú? […] ¡Tonterías! Te voy a decir a quién de verdad me parezco. Mírame de nuevo. Fíjate en mi mentón, observa esta risita. ¿A quién te hace recordar? ¿Has visto Psicosis? ¿No te parece que soy idéntico a Anthony Perkins? Que rico flaco. Su manera desgarbada de caminar. He visto la película no sé cuántas veces. Y cada vez me he hallado más parecido al flaco genial. Por eso cuando me afeito, le digo al espejo: “¡Hola Anthony!”. (p.52).

Para Nolasco, sólo el hecho de estar al lado de una persona realmente blanca como Karen Spiegel, de poseerla, de ser su dueño, su hombre, eleva inevitablemente su autoestima y elimina toda sensación que remita a esa “maldición” que se emparenta a la de los Villar en
LVDT.  Nolasco intenta revertir las categorías mencionadas anteriormente (blanco-dominante-poseedor versus indio-dominado-subyugado) a manera de revancha con su origen, con su vida. Y esto no sólo tiene que ser experimentado y gozado por él, también desea mostrarlo ante los demás como una victoria, sobre todo en Piura, ciudad que lo vio nacer y que conoce la verdad de ese origen que tanto reniega y oculta

“Un año después, Karen Spiegel y Nolasco Vílchez retornaron a Piura en un vuelo de Faucett. Su llegada (por lo menos la de Karen) quedó registrada en los periódicos de la ciudad porque en el mismo avión había arribado Elena Rossel, que acababa de ocupar el segundo lugar en el concurso de Miss Mundo. […] Los fotógrafos siguieron quemando placas, pero al bajar la reina de belleza el tercer escalón, las cámaras apuntaron a otro objetivo apetecible. Era una joven blanca y rubia (Karen) que llevaba un sombrero tejano amarrado al cuello. Su rostro no tenía la perfección ni el encanto del de Elena, pero, aparte de ser atractiva, tenía la piel más blanca y el cutis más nacarado, y los cabellos dorados y los ojos azules. Detrás de ella bajaba un joven muy alto (Nolasco) con un sombrero de alas cortas, lentes oscuros, y una impresionante cámara fotográfica colgándole del hombro”. (p. 107).

Esta descripción de Nolasco muestra a otro hombre, muy distinto al niño debilucho o el joven revanchista que sólo observaba complacientemente. Ahora se trata de otro Nolasco, más seguro, más exitoso, más blanco a pesar de no serlo. Su vestimenta así lo muestra, con un sombrero de alas cortas, lentes oscuros y una impresionante cámara fotográfica como si se tratara de un extranjero, de un gringo. Un gringo falso, completamente peruano y piurano que aún mantiene con el color de la piel de su madre, con esos mismos apellidos que no le gustan y que los hubiese preferido cambiar por los apellidos de Karen, o quizá de Trude, o en su defecto de Anthony Perkins. Estamos ante un Nolasco alienado, agringado, que en su fascinación nada durarera, cambiará el rumbo de su historia tan llena de prejuicios, sobre todo de los prejuicios hacia sí mismo.


3. Gringos versus latinos.

Como bien lo cuenta el inicio de UPL, el matrimonio de Karen Spiegel y Nolasco Vílchez deviene a través del tiempo en una completa debacle que trae consigo el asesinato de ella por parte de un Nolasco enloquecido en sus propios traumas y prejuicios. A partir de este asesinato es que aparece el otro personaje móvil de la novela, Artimidoro Correa, para el esclarecimiento de estos sucesos dados ya no en Piura ni en el Perú, sino precisamente en Estados Unidos. Artmidoro Correa llega a E.E.U.U, precisamente a Washington D.C., para cumplir con una serie de conferencias literías. Correa es un escritor peruano, amigo de la infancia de Nolasco que ha llegado a esta ciudad para cumplir con una agenda académica en la universidad de esta ciudad. El tiempo que permanece allí es que sucede el asesinato de Karen Spiegel, por lo que se ve envuelto en la obligación de lidiar y responder a las interrogaciones de los agentes Jack Collin, de raza negra, y Everne García, de raza latina, como implantación de una completa ironía. Pues sólo por su presencia en este país, al ser amigo del asesino Nolasco Vílchez, y por el contenido de sus novelas y el antecedente político al que estaba imbuido en su pasado, lo convierten en sospecho cómplice de tan horrendo crimen, que no tarda en aparecer en todos los medios y pasquines como noticia de carroña, pues en un país como los Estados Unidos, sobre todo en los medios, surge un inmediato repudio hacia el asesinato de esta ciudadana norteamericana de raza blanca por parte de un latino, un peruano tercermundista que merece todos los calificativos que lo denigren por ser un asesino en un país que no es el suyo, y cuya sola mención de su procedencia convierte a su caso en un ejemplo de probable violencia racista, según vocación predilecta de los medios:

“Pero según Víctor, las notas que más caracterizaban a The Inquirer era su fundamentalismo protestante y su racismo y xenofobia. Por eso sus reporteros y paparazzi llevaban a cabo cacerías para descubrir a obispos y curas pederastas, y justamente Víctor había arribado a Washington cuando The Inquirer, con profusión de fotos escandalosas, informó durante semanas sobre el brutal asesinato de un obispo en manos de uno jóvenes que habían sido monaguillos, salidos de internados católicos de niños huérfanos. Sin embargo, el campeón de la prensa amarilla del D.C., sentía una especial predilección por divulgar casos de racismo xenofóbico. Por temor a las represalias de los grupos de la supremacía negra, no se metían mucho con los negros y centraban su odio en las comunidades hispanoamericanas y asiáticas. No hacía mucho, le contó Víctor, activistas neonazis y de la supremacía aria habían asaltado un establecimiento de vietnamitas, destruyendo y saqueando su negocio, y masacrando a los propietarios. En cambio, no se metían con la policía local o el FBI, y cerraban los ojos ante los excesos policiales contra las minorías étnicas”. (p.54)

Por otro lado, resalto la hostilidad que recibe Correa por parte de la policía americana, no tanto por los agentes mencionados, pero sí por el agente O´Brien, quien tiene plena libertad para hacer uso de lenguaje violento y humillante hacia Correa:

“-Todos los latinos son gente complicada –prosiguió O´brien-. Nacen así. Lo llevan en la sangre. ¿O crees que Vílchez es una excepción?” (p. 155)
“-Ah, todos estos latinos, cómo nos odian y envidian. Si por mí fuera… -no concluyó la frase y se alejó mascullando que los latinos eran la peor plaga”. (p. 158)

Después de todos los interrogatorios, queda claro es Artimidoro Correa no es sospechoso ni cómplice de la muerte de Karen Spiegel. Lo que sí queda claro, es la muestra de aberración que va creciendo entre Karen Spiegel y Nolasco Vílchez en los últimos días de su matrimonio donde el adulterio y el sexo predominan de acuerdo a sus apetencias ligadas a lo racial:

“Nolasco mantuvo la ecuanimidad hasta que Karen le dijo que desde hacía unos meses sostenía una relación con un hombre de su misma raza. Sonriente, Nolasco le sirvió otro coñac y luego le preguntó por el nombre del amante. ¿De verdad nunca lo sospechaste? Cuando finalmente se lo dijo, él se sintió avergonzado por no haberlo imaginado. ¡Steve Marvin!, el vecino con quien practicaba básquet! Nolasco reconoció haber empezado con los insultos, el más suave de los cuales había sido este: Gringa, siempre supe que eras una perra. Karen Spiegel replicó. Lo llamó “indio”, no había sido para ella más que un semental indio. Pero ahora ni siquiera era eso y, si quería saberlo, los negros eran sementales más poderosos. Fue en ese momento que Nolasco, con el mayor énfasis, le habló de Charo Méndez. Le dijo que Charo Méndez no solo era una flor fresca, juvenil, deliciosa, sino que le había hecho descubrir, más bien redescubrir, la belleza de la piel de las mujeres latinas. Pero sobre todo descubrió que no le gustaba el pellejo blanco de las gringas. Cuánto le desagradaba el olor que despedían por debajo de los perfumes que usaban…” (p. 160-161)

Ante estas verdades expuestas, Nolasco, en su condición de macho denigrado, como varón, como esposo, y ante los prejuicios raciales que siguen proliferando en él(9), es que procede con el asesinato sangriento de Karen como si se tratara de una escena de una película de Hitchcock con Anthony Perkins de protagonista. Pues Karen, para esas alturas de su vida, ya no era la salvadora de ese pasado que negaba, sino más bien la martirizadora de un presente que lo agobiaba:

“¿La gringa? Lo que es la vida, mi hermano. Hubo un tiempo en que ni se me hubiera ocurrido llamar así a Karen, mi Karen, cuando llegó a Piura y me liberó de la oscuridad y humillación que vivía. […] entonces Karen era la gringa, la maldita gringa que, aunque le repugnaban las cosas de mi vida, me escuchaba para tasar mi alma y más adelante someterme y manipularme”. (p. 228-229)

Parte de ese presente, su vida en Estado Unidos, su obsesión por la latina Charo Méndez, en sus salidas con ella, en su intento de huir de esa vida falsa, de ese matrimonio falso, y de su inquietud de pertenecer del todo en ese mundo americano, ajeno a ese mundo rural de Piura, a todo lo que significa el Perú, confirma la configuración de Nolasco Vílchez Temoche como un personaje contrariado, acomplejado, racista, excluyente en su inconsciencia, incluso hasta consigno mismo, desesperado en su afán de ser reconocido al punto de querer enrolarse como soldado americano en la guerra de Vietnam:

“Como recordarás, Merino, yo te conté que quise enrolarme para ir a Vietnam, pero diferentes circunstancias (entre las que se encontraba Karen) me impidieron hacerlo”. (p. 233)

Para este último hecho, resulta inevitable rememorar al personaje de Roberto López del cuento Alienación de Julio Ramón Ribeyro, que luego de tantas peripecias pasó llamarse Bobby, y luego a Bob en el colmo de lo absurdo, y que termina sus aventuras en la guerra de Corea defendiendo un país que no es el suyo (E.E.U.U), para finalmente morir acribillado.


4. Conclusiones

No quiero terminar sin dejar de hacer una síntesis del personaje Nolasco Vílchez Temoche que, como ya mencioné, ha logrado colocarse al mismo nivel del recordado Bobby(10) de Alienación. El autor, así como ha sabido desentrañar todos los complejos de este personaje, con sus vivencias venidas a menos, frustradas y enfermizas, también ha logrado colocar los adjetivos que le competen y que son mencionados con mucho ímpetu por los otros personajes que son testigos de esta manera de asumir lastres como el rencor y el racismo, síntomas, al parecer, inacabables o vigentes:

“-Genial. Por lo que me has contado, Vílchez es un personaje turbio, de conciencia torturada. Como diría Fuentes, es el típico hijo de puta latinoamericano producto de una violación olvidada. Y está también su fijación por las mujeres blancas, su rencor contra la ciudad y la creación del mundo propio, exclusivo, a través de películas del gordo Hitchcock. Pero de esto que bordea la patología, tú sabes mucho más que yo. […]” (p. 262)

Afortunadamente, estamos hablando netamente de una ficción y no de una realidad que intenta emular a la nuestra con todos sus defectos. Pues espero no equivocarme del todo.

 

BIBLIOGRAFÍA


BRUCE, Jorge (2007): Nos habíamos choleado tanto. Psicoanálisis y racismo. Lima, Universidad de San Martín de Porres.

GUTIÉRREZ, Miguel (1991): La violencia del tiempo. Lima, Punto de Lectura, 2010.
_________________ (2011): Una pasión latina. Lima, Alfaguara.

MONTEAGUDO, Cecilia / VICH, Víctor (ed) (2003): Del viento, el poder y la memoria. Materiales para una lectura crítica de Miguel Gutiérrez. Lima, Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

NUGENT, Guillermo (2008): “El laberinto de la choledad, años después…”. Desco, Revista Quehacer N°170, Abril-Junio. 

RESQUEJO, Tenorio (ed) (2006): El grupo Narración en la Literatura Peruana. Materiales básicos para un estudio crítico. Lima, Arteidea Editores.

RIBEYRO, Julio Ramón (1973): La palabra del mudo. Antología. Lima, Peisa, 2002.

____________
1 MONTEAGUDO, Cecilia / VICH, Víctor (ed) (2003): Del viento, el poder y la memoria. Materiales para una lectura crítica de Miguel Gutiérrez. Lima, Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú. p. 73-89.
2 RESQUEJO, Tenorio(ed) (2006): El grupo Narración en la Literatura Peruana. Materiales básicos para un estudio crítico. Lima, Arteidea Editores. p. 301-302.
3 LVDT. p.103
4 En LVDT p.657
5 Caso sintomático que trasciende en el tiempo y a lo estrictamente real. Considero el estudio Jorge Bruce, Nos habíamos choleado tanto, que toma el caso terapéutico de varones en la época actual peruana que mantienen relaciones amorosas con mujeres de distinta condiciones donde se sienten limitados ante el tema racial visto como un prejuicio sostenido por su inconsciente o por juicio social: “[…] lo relevante es que en todos los casos estas personas se conflictuaban porque sentían que sus amantes eran mujeres muy atractivas pero de otra condición socioeconómica y racial (subrayo una vez más el “pero” cargado de sentido racista implícito, disimulado, inconsciente)”, p.99.
6 Me ciño a la mención de la violación de la Antuca, madre de Nolasco, por parte de Orlando Zúñiga. 
7 Tomo referencia de la definición de gamonal que hace uso Guillermo Nuguent (2008) al considerarlo como un mal iniciático en torno al racismo: “Llama poderosamente la atención en los actuales debates y elaboraciones en las ciencias sociales el gran silencio alrededor del gamonalismo. Es tan unánime que cabe pensar si no estamos ante un proceso de encubrimiento de una serie de prácticas que siguen teniendo vigencia entre nosotros. La crítica del mejor pensamiento social peruano durante el siglo xx y segunda mitad del xix fue implacable en el cuestionamiento al gamonalismo. Un régimen que, en torno a la figura del hacendado omnipotente, generaba una serie de prácticas que involucraban por sobre todo las maneras benevolentes y despóticas de ejercer la autoridad tutelar. Jueces, militares y curas participaban de esas prácticas que definieron en gran parte el estilo cívico del Perú republicano. Una amplia serie de autores que va desde Clorinda Matto hasta José María Arguedas señalaron una y otra vez al gamonalismo como el principal mal público. Una tradición honorable en la que me reconozco”.
8 Ibid., p.32 
9 Como ya se ha citado, los gustos de Nolasco hacia la piel blanca se desvanece en los años de matrimonio con Karen, desgastando esta fascinación y dirigiéndola luego hacia esa piel latina que irónicamente bien podría ser la misma que tenía la Antuca, su madre.
10 RIBEYRO, Julio Ramón (1973): La palabra del mudo. Antología. Lima, Peisa, 2002. p. 262-274.
 
 
© Omar Guerrero, 2012
 
Omar Guerrero (Lima - Perú, 1977). Egresado de la licencia en Literatura y de la maestría en Estudios Culturales por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Es autor de la novela Paterson City (Estruendomudo, 2010) y tiene un blog de reseñas y crítica literaria: Supay Libros. Es colaborador frecuente de El Hablador.
 
 
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