Estando
en Ginebra, cualquier amante de la literatura debería
hacer tres cosas: leer Belle du Seigneur de
Albert Cohen paseando por las calles del exclusivo
barrio de Cologny y la Quai Gustave Ador; ir a Villa
Diodati aunque la mansión original haya
sido demolida en una noche de tormenta, leyendo
el inicio de Frankenstein o El moderno Prometeo
de Mary Shelley e imaginando aquella noche de terror
en que fue pensado el monstruo; e ir al cementerio
de Plainpalais para visitar la tumba de aquel ciego
maravilloso que hoy no es más que un poco de
tierra amontonada, unas plantas que amarillean en
estos días de otoño septentrional y
una piedra sólida con inscripciones celtas
que como la literatura de Borges nunca
podrá ser removida de ese sitio.
A
poco de llegar a Ginebra fui al encuentro de Borges
en Plainpalais, pero a lo largo de casi tres meses
en esta pequeña y cosmopolita ciudad suiza
he tenido otro encuentros con él, casuales,
curiosos, más y menos felices... pero es indudable
que el maestro ha vuelto a mi vida (o yo a la suya)
después de varios años de ausencia en
que frecuenté a otros autores y libros, y dudo
que me deje a mí mismo abandonarlo.
Sólo
quiero compartir algunas de estas experiencias de
manera sencilla, pues esa es la forma en que ese demiurgo
grandilocuente entra a la vida de los jóvenes
aprendices.
Marcel
Schwob, autor de Borges
Aunque
Borges nunca negó la influencia de Schwob en
su obra, pocos deben saber que el Aleph, ese espacio
maravilloso en el que todo se encuentra resumido,
existe ya en la vida imaginada de Lucrecio, poeta
latino de quien Schwob presenta una biografía
inédita, como todas las que incluye en sus
Vies imaginaires.
Brevemente,
Schwob, escritor ahora poco recordado, erudito investigador
de una curiosidad insaciable, periodista y traductor,
fue una de las figuras más importantes de la
literatura francesa de la última década
del siglo XIX, amigo de Gide, Valery, Claudel, Jarry,
y a través de estos, y sin duda de otros, precursor
de la Avant-Garde y del Surrealismo.
Más
brevemente, Lucrecio, poeta y filósofo
herético latino que murió envenenado
por su propia mujer, autor de De la naturaleza
de las cosas, merece una vida en la imaginación
de Schwob, quien lo hace enamorarse de una joven,
bella y demoniaca africana, quien termina envenándolo
como "en la vida real".
Sin
embargo, en medio de la breve vida del poeta en la
versión de Schwob, este se encuentra en un
momento de la narración después
de haber encontrado que la filosofía es nada
comparada con el sentimiento amoroso en un templo
ubicado en medio del bosque cerca del cual habitaba,
enamorado perdidamente de la africana y:
"Desde
allí él contempla la inmensidad caótica
del universo; todas las piedras, todas las plantas,
todos los árboles, todos los animales, todos
los hombres, con sus colores, con sus pasiones,
con sus instrumentos, y la historia de esas cosas
diversas, y su nacimiento, y sus enfermedades, y
su muerte. Y en medio de la muerte total y necesaria,
él percibe claramente la muerte única
de la africana, y llora"
(Marcel
Schwob, Vies Imaginaires, Ed.Gallimard, p.55-56,
traducción libre)
Luego
de esta visión del universo en un solo momento
(pues como en el aleph borgiano la convergencia de
espacio y tiempo es necesaria a efectos de poder comprehenderlo),
Lucrecio huye en busca de la africana y decide beber
el brebaje que le dará primero con la
locura la experiencia del amor e, inmediatamente
después, la muerte.
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