Pero lo más interesante en esta suerte de memoria sobre el autor argentino es que el personaje critica también mordazmente el silencio —o quizás mejor dicho ceguera— de Borges frente a la dictadura, su erudición y elitismo, humanizando así al sabio, bajando del pedestal al maestro

 

 

 

 

Resulta vano hablar de la semejanza de esta visión de Lucrecio con "El aleph". Lo curioso es que Borges no menciona este aleph en su cuento y aun cuando su descripción resulte más precisa y generosa en detalles, no cabe duda que se trata del mismo momento-objeto que el imaginado por Schwob para Lucrecio.

Este silencio incomprensible —pues ya se ha dicho que Borges reconoce la gran influencia que ejerció Schwob en él, en especial en su Historia Universal de la Infamia— sólo nos hace recordar el cuento de Pierre Menard, y preguntarnos cuántas veces más Borges ha plagiado a algún otro autor, algún otro texto, alguna otra vida.

Aunque qué duda cabe también que en el universo borgiano cada texto, por más nuevo que parezca no es sino una copia y un acopio de muchos otros textos, la inclusión de este aleph pudo haber servido para que Schwob fuera un poco más revisitado. En todo caso queda la duda que se plantea Borges al final de su cuento: "¿Existe ese aleph en lo más íntimo de una piedra?" Quizás sí, quizás en la piedra de su propia sepultura, en el cementerio de Plainpalais.

Felipe imaginando el Aleph de Borges...

Borges en la carnicería

"¿Y para esto me revienta el corazón? ¿Para esto casi muero del miedo de hablarle en público al cegato? ¡Doscientas personas delante! ¡Cágate! Le voy a esperar fuera, pienso. Le voy a esperar fuera y le voy a decir: Te has pasado, te has pasado de la raya. O mi frase célebre: Que os den por culo y os quedéis ciegos."

Rodrigo García es un autor argentino (Buenos Aires, 1964) que vive en España hace varios años (1989 para ser más exactos) y presenta sus obras de teatro no sólo en España sino también en salas francesas y, por extensión, en la Suisse Romande, parte de Suiza en la que se habla el francés y donde se encuentra Ginebra.

El resumen de la obra decía que se trataba de cómo un joven porteño fanático de Boca y de Borges conoce al maestro en el café Tortoni de la capital argentina. Buen argumento si uno recuerda además que Borges odiaba el fútbol por considerarlo una muestra de frivolidad, un espectáculo comercial rodeado de un barullo insoportable y una odiosa muestra del nacionalismo exacerbado que Borges decía detestar (razón por la cual apreciaba tanto Suiza, pues consideraba que en este país no existía el nacionalismo).

La puesta en escena de Rodrigo García (en colaboración con Mathias Langhoff y con la actuación de Marcial Di Fonzo Bo) en el teatro de Saint-Gervais de Ginebra fue impecable, sobre todo teniendo en cuenta que la obra se desarrolla en una carnicería española en la que el protagonista —el joven que quiso ser escritor y admiraba a Borges— se despacha con un monólogo de aproximadamente 45 minutos en el que recuerda no sólo el encuentro con el maestro sino también la dictadura, la guerra de Las Malvinas, los títulos de Boca, el campeonato de Argentina 78. Admirable porque aquello que los críticos denominan la tensión dramática no decae en ningún momento, porque el protagonista cuenta las cosas mientras corta una cabeza de chancho, pela un conejo y prepara embutidos —pues después de todo es carnicero— y porque esos recuerdos de Argentina de fines de los 70 e inicios de los 80 se muestran con imágenes de la época que se proyectan sobre una tela traslúcida que se ubica delante de la carnicería-escenario con gran nitidez (incluyendo también una hermosa escena de la visita del personaje a la tumba de Borges en el cementerio de Plainpalais).

Pero lo más interesante en esta suerte de memoria sobre el autor argentino es que el personaje critica también mordazmente el silencio —o quizás mejor dicho ceguera— de Borges frente a la dictadura, su erudición y elitismo, humanizando así al sabio, bajando del pedestal al maestro, recordándolo como un ser de carne y hueso entre jamones, perniles, chorizos y salchichas. Después de todo, Borges —sí, el gran Borges— no fue sino uno de nosotros, un pedazo más de tejido animal, que incluso ahora ha cambiado de reino, pues ya pertenece sólo al mineral, en su actual terruño ginebrino.

 

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