Nº 20
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Carlos Zambrano Pérez
  Orquídeas
  I.

Al lado de los muros corroídos y las mallas bermejas, desiguales de fierro, el Wolks Amazon gris se detiene por tercera vez. Aquí acaba el tráfico y los autos avanzan lento, paralelo al barullo. Han llevado estancados más de veinte minutos en aquel embudo infernal: se trata de una furgoneta de remolque mediano obstruyendo carril y medio, estancando taxis, colectivos y autos particulares. ¡Carcocha de mierda!, grita Agustín Munaico, quien va al volante del auto que encabeza la fila. Ruge el motor, calla, vuelve a rugir y avanza. Ya a la altura de la furgoneta, el conductor lo queda viendo. ¡Culpable!, piensa, al percibir la indiferencia, al menos aparente, por parte de este último, y que sugiere la feliz conciencia de quien nada malo ha hecho. Saca la cabeza por la ventanilla y le grita: ¡viejoemierda, serrano tenías que ser!
Vuelve al volante y va de neutro a primera, pero para entonces el conductor de la furgoneta le ha devuelto el favor: ¡calla conchatumare!, le grita desde arriba, ¡Qué te habrás creído!
No es buena señal.
No lo es para este último, el furgonero, pues a juzgar por su edad,  complexión y circunstancias, definitivamente terminaría, suponiendo ambos se fuesen a las manos, o en un cajón o en una clínica;  pero ileso, lo que se dice ileso, ni en milagro. Tampoco lo es para Agustín Munaico: su actitud deja, desde ya, bastante qué desear, y es que si supiera los reales motivos que han llevado a ese hombre a estar allí -¿qué clase de idiota podría obstinarse en la premeditada intención de atascar el tráfico un martes por la mañana?- y peor aún, quien va con él en el vehículo, sí que se lo pensaría dos veces.
El asunto no acabará como podría suponerse, para nuestro alivio, y no precisamente por sumisión de este o aquel,  sino, primero,  porque todos los autos de atrás disponen solo de aquel carril para llegar a sus destinos y, sobretodo -¿quién dudaría de lo crucial de las circunstancias?- porque el niño que va en el asiento contiguo del Wolks Amazon gris ha empezado a llorar. Temblando de pánico ante el riesgo de que el padre se agarre a golpes con aquel desconocido, no ha encontrado mejor remedio que el llanto: no papito, no papi no te pelees, ¡te lo ruego!, dice entrecortando sílabas, juntando las manos como quien reza, sollozando, a la vez que se restriega los ojos y arruga los labios.
Por todo ello, ambos hombres intercambiarán miradas insultantes, palabras hasta por demás hirientes, cada una más instintiva que la anterior y hasta el conductor de la furgoneta bajará a alzar los puños: “¡ven, pues, cojudo, para que veas cómo te paro de cabeza aquí mismo!”, pero hasta allí avanzará el percance pues, lo sabemos, la presión colectiva podrá más que el instinto bruto: ¡muévete!, ¡que se mueva, carajo!, ¡avanza, oye animal!
En ese sentido, aliviémonos, porque la coincidencia ha sido acertada.

 

II.

Cuando Erika Alfaro terminó el quinto año de secundaria, no hubo alma en la familia que no quedara intrigada respecto de lo que ella querría ser en la vida. No hubo alma, decíamos, porque el padre era visitador médico, lo que se suele llamar, en el argot comercial, representante de ventas; y la madre, química farmaceútica con un posgrado en camino. Por lo demás todos, o casi todos en la familia, algo tenían que ver con la industria de la salud, ya sea amalgamando muelas, apaciguando traumas, restableciendo enfermos. Ya entonces tíos y abuelos, primos y sobrinos, estaban convencidos de que aquella jovencita de ojos grandes y curiosos, de aspecto frágil y acentuada timidez, terminaría inclinándose por las Ciencias de la Salud. Tal vez no Medicina, no tenía por qué gustarle Medicina, tampoco; quizá Sicología o Farmacia, ¿y por qué no Enfermería, corazón?  La respuesta, en todo caso, les cayó al padre y la madre como baldazo de agua fría, qué decimos agua, qué decimos fría, como trozos y trizas de hielo: Lo que yo quiero, les dijo una tarde luego del almuerzo, es estudiar actuación.
No hace falta dibujar tal cual la escena, que es bastante imaginable: en algún momento todos hemos atravesado, sino el mismo, similar percance. ¿Actuación? A ver, princesa, ¿no te parece que deberías tomarte un poco más en serio las cosas? Pensé, decía el padre, tratando de mantenerse sereno, y aún pienso, que eres una persona madura que no se deja llevar por euforias de un día. ¡Pero qué disparate!, forzaba una sonrisa, colocándose los dedos en la sien. No, papá, no es un disparate, yo lo que quiero es estudiar actuación. ¿Actuación? ¿En dónde? ¿Y para qué, tesoro, para qué actuación? Nadie en la familia podría apoyarte en esa “carrera”, si así se le puede llamar a eso. Estudiando algo más coherente como Sicología o Farmacia estarías, desde mitad de carrera, y óyeme bien, ¡desde mitad de carrera!, clavadita en alguna clínica practicando, ganando tu platita ¿No es eso lo que te gustaría? Los actores en este país se mueren de hambre, ¿no te das cuenta? ¿Quién te ha metido todas esas ideas en la cabeza? En la escuela de Artes Escénicas de Monterrico, papá. Yo misma puedo ir a averiguar si quieren; solo denme la oportunidad de probar, de saber. Nunca me ha gustado nada que tenga que ver con la Salud, creo que no es lo que yo quiero, creo que sólo… Pero si eres muy buena en números y hasta donde yo sé llevas bien los cursos de Química, de Biología. Tesoro, ¿en qué estás pensando?, decía la madre. Mejor analiza bien las cosas, ¿estamos?, añadía el padre. Por favor, solo denme la oportunidad de averiguar, de… Imposible, tesoro, ¡imposible!
Reconozcámoslo. Sueños jóvenes se truncan por convicciones ajenas; la razón, los motivos, los argumentos, sepultan ideas vagas. No será el caso, no al menos hoy, de Erika, quien con los ojos húmedos partirá a su cuarto a apaciguar el dolor de quien cree haber perdido una batalla, pero no la guerra. Arrancará los pósters de Penélope Cruz y Salma Hayeck y se hundirá en la cama a mirarlos llena de rabia, de una impotencia sofocante. ¿Por qué no puedo?, piensa, ¿Por qué no? “Mediocres… Todos”, susurra entre sollozos.
Las penas callan. No hay lágrima eterna. Erika cerrará los ojos y se refugiará en la almohada, porque al menos por hoy es suficiente para ella, y para nosotros también. Ya se verá mañana.

 

III.

¿Sabes una cosa? Nadie se ha dado cuenta de que estoy aquí, contigo. Mejor así ¿no?, porque parece que no te podemos ver. Allá afuera una chica está discutiendo con mi papá, dice que te van a llevar a otro lado cuando regrese alguien que se ha ido no sé a dónde. Por cierto, te traje esto, mira ¿te gustan? Te las voy a dejar aquí, sobre la mesa. Las venden afuera. ¿Verdad que son bonitas? Tan pronto salgas te vamos a llevar para que escojas todas las que quieras. ¿No hablas? Mira, te voy a dar mi mano. Cuando la gente está en los hospitales, se comunica apretando las manos. Tú siempre me has dicho que no es bueno mentir, que cuando uno miente un pedacito de su corazón se hace negro, pero he  tenido que mentirle a mi papá, porque cree que yo no me doy cuenta que estás enferma, y a mí me parece que si se enterara de que me di cuenta, se pondría triste. ¿Mejor así, no? ¿Me estás escuchando? Aprieta mi mano.

 

IV.

Aquel hombre blanco y grueso, de bigote negro y semblante severo, tiene un motivo particular  para estar tan ofuscado aquel martes por la mañana, y es que durante la madrugada ha recibido una llamada del Hospital Montealto en la que, con cierto pesimismo, la enfermera de turno le ha dicho que la única opción –lo que ocurre es que hemos esperado demasiado, señor Munaico– para evitar complicaciones en Silvia, su mujer, es una operación hepática en las próximas doce horas. No es lo peor, porque lo uno lleva a lo otro: necesitamos trasladarla cuanto antes a la sede central, aquí no tenemos equipos suficientes para realizar una operación de ese tipo. Ha dicho ¡no!, antes; ¡de ninguna manera!, el mes pasado; ¡tiene que haber otra opción!, hace dos semanas; ¿no existe otra forma?, hace cuatro días y sin embargo, esta vez, algo le ha dicho que es hora de confiar más en las pestañas quemadas de esos extraños que en sus torpes corazonadas. Por ello ha partido cuanto antes y llegado minutos antes de las ocho; sin embargo no ha podido verla, no despierta, al menos, y es que ya la han sedado y va en camilla rumbo a la sala 23,  E. Hepáticas.  Necesitamos unos cuantos exámenes, a lo más una hora. Durante ese tiempo puede quedarse aquí si desea, señor; luego tiene que esperar afuera, le han dicho en enfermería. Tan pronto surja algo se le avisará, no se preocupe. Así lo ha hecho Agustín y ha esperado en el escaño de metal, y aunque nunca ha sido muy religioso, ha optado por acudir esta vez a Dios y rogarle, rogarle por la vida de aquella mujer, aquella vida que es su vida. Mal haríamos en interpretar esta conducta como un signo de hipocresía, incoherencia o debilidad; sería más sensato juzgarla como una fe inventada, quién sabe natural, producto del dolor y la impotencia. Mueve pies y muñecas, mira de aquí para allá y respira profundamente. La fracción de cielo que deja ver la ventana entreabierta se toma su tiempo para espesarse y aclarar. Ocho de la mañana, ocho y veinte, y cincuenta, nueve y diez. Allí está la enfermera. Agustín teme lo peor pero no, no aún, procure calmarse un poco, que yo lo entiendo, créame, yo entiendo su preocupación, pero le aconsejo, usted sabe, vaya a buscar a algún familiar cercano; ¿tienen hijos? Sí, uno, tenemos uno pequeño. ¿Edad?; nueve años. Será mejor tenerlo aquí, entonces. ¿Traerlo, dice?, ¿y para qué? Disculpe usted el atrevimiento, pero uno nunca sabe, son cosas de Dios, y hay que estar preparados. ¿De Dios? Agustín tarda en comprender lo que ella realmente le ha querido decir. Cualquier cosa que necesite, por favor, mi nombre es Rocío Alguiar, no dude en consultarme. Al cabo de un rato la duda se disuelve en un quebrar de su voz. Sale trotando por el pasillo hacia las escaleras,  desconsolado baja al cuarto piso. De Dios, piensa, tercero de dos en dos, segundo y primer piso, rumbo al estacionamiento. Al abrir la puerta del vehículo suena la alarma y la apaga al instante como si cualquier ruido fuese determinante para la vida de su mujer. ¿En Dios?, se pregunta. Una tentación discreta lo seduce: creer. Sube al auto y enciende el motor. Piensa en la ruta más rápida para llegar al colegio de David. ¿Y si tomara la Plaza San Martín? Aún con tráfico sería el camino más corto. Calcula el tiempo de retorno. ¿Una hora? Tal vez un poco más.

 

V.

Erika durmió apenas tres horas. El resto de la madrugada se la pasó repasando el Manual de Legislación Sanitaria. Estaba algo entretenida en las muchas trampas que impone en los centros de salud la normativa clínica. ¿Qué ocurría si los familiares dejaban un enfermo al abandono? ¿Debía el centro de salud que hacerse cargo de él? Y si así fuere, ¿por cuánto tiempo? Desde hace cuatro meses venía desempeñándose en la oficina de autorizaciones para salida de internos por cáncer en el Hospital Montealto y hasta ahora no encajaban en su cabeza tantos procedimientos y formalidades solo para trasladar a un interno. Si un hombre está grave, y en una sede no hay equipo suficiente, pensaba, ¿el sentido común qué nos dice? Seguía leyendo el manual y al cabo de un rato interrumpía la lectura, se respondía con el lápiz en la boca: que lo llevemos a otra donde  pueda salvarse esa vida; y sin embargo ¿no era esto de lo más infrecuente? Para trasladar un enfermo debía estar presente ella, verificar las condiciones del trasladado, cobrar un abono de garantía, tomar datos absurdos y firmar varias veces el mismo documento. ¿Cuándo fue que me metí en esto?, solemos pensar cuando el infortunio acude, y sin embargo somos conscientes de que ya es tarde, que ya no se puede dar marcha atrás, lo hecho, hecho está y no lo borrará nadie. ¿En qué instante tomé la decisión?, piensa Erika con la mirada gacha y una sonrisa austera. Se parece esta expresión a la nostalgia de quién perdió algo valioso. Ya se verá mañana, habíamos dicho y, tal cual, al día siguiente se vio, y se vio igual; y así los días que vinieron, uno tras otro la misma respuesta por parte del padre. ¡Imposible, hijita! Si quieres estudiar eso, con el dinero de esta casa no cuentes ¿Actuación? ¡Qué disparate! ¿Trabajo? ¿y en dónde? Pero eso sí, tal vez en algún momento retomes la madurez que no sé cuando perdiste, la cordura y ese día hablaremos, hasta entonces puedes soñar todo lo que quieras, pero recuerda que la vida, las oportunidades vuelan, que si no avanzas, retrocedes. Erika, con el pasar de los meses, se dio cuenta de que tarde o temprano debía avanzar para algún lado, el que fuera, pero avanzar. Pensó entonces, ¿actuación? ¿Estudiar actuación? ¡Vaya disparate! Las semanas siguientes se las pasó eligiendo qué estudiar: ¿Sicología? Aquello le sugería sesiones interminables donde escuchaba testimonios y brindaba consejos todo el tiempo. No era mala la carrera después de todo, aunque dudaba de la elasticidad de su paciencia y sobre todo, de la lucidez de sus consejos. ¿Farmacia? Nunca había tenido problemas con la Química ni la Biología, sonaba interesante Farmacia. ¿Enfermería? No era tan prestigiosa como las otras pero Enfermería estaba bien. Además ofrecía una ventaja: su examen de ingreso era menos riguroso. Porque eso sí, complacería a sus padres, claro que sí; pero de ahí a internarse a estudiar todo un verano, jamás.
Aquel día, piensa.
Toma el manual de Legislación Sanitaria y subraya unos párrafos importantes con el lápiz. Retiene la imagen de ella ingresando a la carrera de Enfermería y sus padres abrazándola, felicitándola, llevándola de vacaciones a Piura. Sonríe. Vuelve al manual. Tapa y destapa el resaltador. Subraya.
Aquel día, piensa.

 

VI.

Me olvidé de decirte. ¿Te acuerdas de mi planta de frijol?, pues ha crecido mucho. De este tamaño ha crecido, mira. La próxima vez que venga te la voy a traer. La miss Carola me ha dicho que me va a poner AD, la nota más alta. Algo me acuerdo que le echaste, y me dijiste que así crecería más rápido, y yo pensé que me estabas engañando pero no, está así de grande. Haces mucha falta en la casa ¿sabes? Mi papá cocina feo. Comemos arroz con tortilla todos los días y yo ya no quiero comer arroz con tortilla. Irma se fue la semana pasada, dice que le dábamos mucho trabajo, y mejor porque cocinaba feo, aunque no tan feo como mi papá. ¿Mi papá y yo te dábamos mucho trabajo? Yo creo que no, porque tú nunca te has molestado con nosotros. Te prometo que cuando regreses a la casa yo voy a tender solo mi cama y voy a barrer mi cuarto, y también te voy a ayudar a cocinar siempre y cuando nunca hagas arroz con tortilla.

 

VII.

Jirón Alamedas, tres cuadras hacia el Teatro Amauta. Un bochorno tibio se dilata en el ambiente. Le ha bastado a Agustín Munaico reconocer los paredones blancos y verduscos del colegio para –¡qué tarde para reflexiones!– darse cuenta de que es la segunda vez que viene en el año. Siempre lo haces tú, china, piensa. Siempre tú a las reuniones, y tú lo recoges cuando se queda hasta tarde, y tú para esto, y tú para lo otro, y cuando me preguntas si quiero acompañarte yo te digo que para qué, que esas son cosas de mujeres, los hombres poco entendemos de comités o agendas escolares; y tú te ríes y me dices pero este hombre para machista, caray, un día le voy a pintar la boca de rojo cuando se quede dormido y le voy a tomar una foto, y yo siempre me sirvo un vaso de refresco y me voy para la sala, y te ignoro, china. ¿Qué pretexto usaría con el pequeño? Por lo demás, suponía, no habría problema en recogerlo; después de todo, él era el padre; y sin embargo ¿qué le diría? Esto último lo agobiaba. ¿Debía inventarle un pretexto? No estaría preparado el niño para noticias que aún no entiende. Una idea resplandece en su mente. No era malo el pretexto, ni tan falso tampoco: orquídeas, ¿por qué no? Agustín busca un lugar donde estacionarse. Un policía, debe ser el del colegio, se aproxima al vehículo. Buenos días, caballero, no está permitido estacionar aquí, pero puede dar la vuelta por la puerta principal. No, oiga, solo recojo a mi hijo de aquí del colegio, rapidísimo y regreso. Una cuestión de minutos. El policía lo queda viendo: sí, por eso señor; es que no está permitido, vaya usted a la vuelta, que allá hay espacio para estacionamiento. No, es que usted no entiende, es algo urgente. Sí, señor, por eso mismo, por favor para el otro lado. Agustín Munaico lo queda viendo y avanza hacia la avenida para dar la vuelta. En la intersección, una joven se cruza en el camino.
­¡Mierda!
Frena.
Felizmente no iba a velocidad. Gente imprudente, carajo, piensa. La mujer aún está frente al vehículo, inmóvil, sin saber qué hacer. Agustín respira hondo y le hace un gesto con las manos para que avance, señorita; pero ella se aproxima a su ventanilla y le dice, algo alterada: necesito llegar al hospital, me acaban de robar, señor es una urgencia, por favor, lléveme, yo… Yo llegando se lo juro, si me espera un poco, le pagaré la carrera. Agustín piensa: ¿qué dice esta mujer?, está loca, y yo debo recoger a David de una vez, que ya bastante tiempo he perdido. Pisa el acelerador y la deja atrás. Su aspecto pálido, su figura delgada se le queda un instante impregnada en la memoria. Ya pasó, Agustín, ya pasó, solo fue un susto.  Pronto estaciona el vehículo e ingresa al colegio. Buenos días señorita, vengo a recoger a mi hijo. Le piden sus documentos y el ingresa. Siéntese, por favor. ¿Qué grado? Segundo, dice. ¿El niño? David Matías Munaico. Sí, Munaico Albornoz. Sí, segundo de primaria. Asuntos personales. Así, es.


VIII.

Que llegue lo bueno, pero que llegue hacia mí de mis manos y no por suertes prestadas. ¿Cuánto tiempo había pasado? Eran aquellas noches de pestañas quemadas y ardor en los ojos para Erika Alfaro; y al cabo del tiempo se encontraba allí, a mitad de carrera entre gasas y féretros y entre vocaciones ansiosas que contrastaban acaso con su mirar resignado, receloso del bien de aquel que, por su cuenta y voluntad, ha escogido lo que ha de llevarle el pan a la boca. Felices son ellas, pensaba, y sin embargo cuántas con menos oportunidades que yo por no tener esos grandes contactos de los que hablaba papá. Corazón, tan pronto llegues a séptimo ciclo te colocamos a practicar en alguna Clínica; no creas que te vas a quedar en esos trabajos de mala monta que se le da a las demás corrientitas. Una Alfaro, y escúchame bien, una Alfaro, debe sobresalir
¡Sobresalir!
¿No le vendría bien a Zulema Gálvez, con lo despierta que es, trabajar en una Clínica particular? ¿Cuán mal pagada sería Vicky Neira en un hospital nacional? Cuento con un trabajo algo estable aquí dentro, piensa, y aunque no gano tanto, basta y sobra para de una vez por todas valerme por mí misma. Sí voy a vivir de esto, pues a empezar desde ahora. No lo dijo ni aquel día ni al siguiente, ni al que de aquel seguía, sino que prefirió buscar primero un cuarto cómodo en un lugar cercano, calcular los gastos que haría y, naturalmente, de los que tendría que privarse, que no eran pocos; y a veces en maleta, cuando no en maletín, llevaba polos y casacas, y luego zapatos y pantalones. Compró una mesa de noche y una radio pequeña, y vio que lo que hace tres años le habría sido imposible más que por dinero, por su frágil temperamento, empezaba a hacerse realidad. No había sido tan difícil después de todo; o no lo había sido hasta entonces porque llegó el día en que después de la cena le dijo a sus padres que se iba a vivir a otra parte; y entonces la expresión desencajada del hombre que tenía en frente: hija, ¿estás hablando en serio? Aquí lo tienes todo. A veces parece que dices las cosas así nada más, sin pensar ¿quién te ha metido esa idea absurda? Nadie papá, solo que me parece que ya es hora de vivir de mí misma, ya no soy una niña, ¿no te parece? Pero claro que ya no eres una niña, Erikita, pero lo que me estás diciendo no tiene ni pies ni cabeza, ¿dónde vas a dormir? ¿Qué vas a comer? ¿Crees que es tan fácil como decir me voy y ya? He conseguido un cuarto a un precio cómodo, probablemente el mes siguiente pueda compartir el pago con alguna amiga, no sé. A ver, corazón, cuando retomes la cordura, que no se en qué lugar de esa cabecita se está escondiendo, conversaremos; hasta entonces olvídate de las recomendaciones y de las prácticas que te propuse, ¿estamos? Las olvidé hace mucho, papá, y prefiero no disponer de ellas, ganarme las cosas por mí misma, como te digo ¿Por ti misma? Pero Erikita, ¿y esta chica en qué mundo vive? decía mirando a la madre, ¿Qué pretendes, dime, terminar trabajando en un hospital de medio pelo?, rió el padre tratando de apaciguar su desconcierto. Se hizo un profundo silencio, que dio lugar a ruidos aislados, metálicos en la loza de los platos y miradas desviadas del padre a la madre y de ella a su hija. Permiso, dijo con voz calmada Erika, al terminar su ración. El padre mantenía la mirada en el plato, como si no la hubiese oído. Bueno, suspiró Erika, y enrumbó hacia su cuarto, satisfecha, con una sonrisa entre dientes y el corazón exaltado. ¿Había enfrentado a  papá? ¿Había conseguido mantenerse firme? Allí estaba el primer paso, y con ellos el camino que habrían de seguir los demás.        

 

IX.

¿Oyes eso? Seguro ya se dieron cuenta de que estoy aquí y vienen para llevarme. ¿Habrá llegado esa persona que están esperando? Mi papá debe estar preocupado y seguro tú ya quieres descansar. No has apretado mi mano ni una sola vez, debe ser que estás dormida. Mira, ya me tengo que ir, pero te voy a poner una de estas en la cabeza. ¿Cuál te gusta más? Te iba a traer rosas pero la chica dijo que las orquídeas son las únicas flores más bonitas que las rosas. Mira, te la voy a poner aquí, para que la sostenga tu cabello, solo déjame acomodarla por aquí y… a ver… Listo, te ves muy bonita. Tengo una mamá muy bonita, y tú tienes un hijo muy bonito, aunque en el colegio me dicen dinosaurio. Yo no sé por qué me dicen dinosaurio y por eso le pregunté un día a Diego, oye Diego ¿cómo es la cara de los dinosaurios? Y él me dijo no sé, pero tú tienes cara de dinosaurio. Bueno, le dije yo ¿sabes de qué tienes cara tú? Sí, yo tengo cara de niño. No, le dije, tú tienes cara de pollo. ¿Y cómo es eso?, me dijo. Exactamente como la tuya, le respondí yo, aunque un poco distintas. Tú tienes cara de un pollo, un pollo un poco feo, y él se tocó la nariz, y entonces yo…

 

X.

Durante al almuerzo, Erika bajó a la cafetería ¿hoy qué tenemos, señito Marisol? La mujer que está en el mostrador es cobriza y robusta; de vez en cuando va y viene de la cocina. Es la encargada de los almuerzos en el hospital. Hoy huancaína y tallarines rojos, chiquita. ¿Y de postre? Flan, de postre flan. Erika suspira resignada: van cuatro días seguidos que tenemos flan, señito. ¿Cómo estamos así? No dan para otra cosa, pues, qué vamos a hacer. Desde allí, Erika se percata de que Rocío, de Hepatología, ocupa una mesa. Buenas tardes, oiga usted no trabaja señorita, qué buena vida. Toma la silla desocupada y se sienta. ¿Ya pediste? Claro, claro, ¿y tú? También, niña, también. Oye, verdad, quería hablar contigo una cosita, así urgente. A ver,  qué será, cuéntame, ¿qué pasó?, dice Rocío mientras toma un espejo pequeño y se mira, se arregla las pestañas. Erika le toma el brazo y baja la voz. ¿Te acuerdas que te comenté que en el Teatro Amauta iban a presentar El Mercader de Venencia? Si, algo así me acuerdo ¿cómo fue, averiguaste? Claro, la primera función es la próxima semana; pero este martes es el último ensayo, y está abierto al público, empieza temprano, a las nueve y no sé, durará una hora y media, me imagino. Rocío asiente y guarda los cosméticos en la cartera. Ya… ¿y? Erika simula darle un golpe en la cabeza: ¿Cómo que y, pues? Tengo que faltar ese día como sea, mujer, no me voy a perder el ensayo. Rocío aleja un poco la cabeza y contrae los ojos, la mesera coloca los cubiertos y se aleja.  ¿Pero por qué no vas simplemente a la función general?, así no te arriesgas. ¡Ay!, no es lo mismo pues, no seas tontita. ¿No te das cuenta que es el último ensayo? Acuérdate que a mí me gustan estas cosas, dice y Rocío: Ay, no sé, tú eres encargada de los traslados en el Hospital; de las altas me puedo encargar yo pero tú sabes que se necesita tu presencia para traslados. Erika suspira y fija la mirada hacia arriba, como pidiendo complicidad. Pero mira, en este hospital hay equipos suficientes, no se dan casos de traslado hace varias semanas; que me de una escapadita por un día nadie se va a morir. No sé, amiga, la verdad no sé a mi no me tienes que pedir permiso, pero si algo pasara... No pues, no ayudas mucho tampoco... Aunque sí, serías bien salada, déjame decirte, para que justo ese día… Aún así, no sé. Además, me gustaría aunque sea descansar un día de toda esta rutina que, francamente, me aburre. ¿Vas sola? Sí, estas cosas es mejor disfrutarlas así, además tú sabes que a Javi no le gusta mucho el teatro. Bueno, a esa hora felizmente no es muy movido el asunto. Espero que todo salga bien, ya muero de ansias por ver los ensayos. Qué te puedo decir, niña, dice Rocío a la vez que la mesera va sirviendo los platos.  

 

XI.

¿Falta mucho, papi?, dice el niño. Agustín golpea el timón con los dedos, carraspea y se toca el bigote con la punta de la lengua. Siempre hace lo mismo cuando lo invade o el nerviosismo o la ansiedad. El pequeño aún espera ansioso su respuesta ¿falta mucho, papi?. El sol se alza en el andar de la mañana.
El pequeño buldog sobre el tablero balancea la cabeza y desde allí Agustín atisba su reloj, echa un vistazo al espejo lateral, tantea una emisora donde chilla una salsa mal sintonizada. El pequeño lleva un pantalón gris, una camisa celeste y un corbatín azulino. Al cabo de un rato se aventura hacia la ventanilla. Mete la cabeza, David, ruge Agustín, que te vas a ensuciar toda la ropa. Papi, dice el niño, y ante el gesto de Agustín el pequeño duda un instante, se toma la cabeza, se muerde los labios. ¿Para qué estamos yendo al hospital? Agustín vuelve a mirar el espejo lateral y luego el panorámico. Ya, dice, un ratito, un ratito. Dime pues. Caray, David, a llevarle unas flores a tu mamá para que se ponga contenta, me lo vienes preguntando ya buen rato, hijito ¿Y por qué me has recogido hoy del colegio tan temprano? Bueno, porque hoy las visitas son solo en la mañana y es mejor que las flores se las entregues tú. Sabes algo papi, hoy la profesora nos hizo llevarle nuestros vasos de frijol y me dijo que me iba a poner AD ¿y sabes qué más me dijo? que si sigo así me voy a sacar primer puesto de todo el salón. Cuando lleguemos al hospital se lo voy a contar a mi mamá para que se ponga feliz y se cure. Me parece bien, hijo, me parece bien. Agustín asiente y toca la bocina, queda viendo al conductor de al lado. Papi, dice el niño, ¿Sí, qué pasó? ¿Qué se hace en el hospital? Agustín exhala profundamente y dice: pues la gente va cuando le duele algo. Ah, entonces por eso fue mi mamá, porque le dolía aquí cuando dormía ¿no?, dice a la vez que se toca el vientre. Algo así, hijito, algo así, sin prestarle mucha atención.  El pequeño coloca una diminuta iguana sobre sus piernas y esta se adhiere a su pantalón ante la extrañeza del hombre. Aquiles ya quiere comer. Siempre que tiene hambre se le pone bien dura la piel, se le pone como lija, ¿ves?, dice el niño. Agustín disimula su preocupación: ¿y tú desde cuando la estas llevando al colegio? Es que somos los mejores amigos, y los mejores amigos van juntos a todos lados, como Clark y Benny. ¿Quiénes son Clark y Benny?, dice Agustín. ¿No sabes quiénes son Clark y Benny, papá? ¡Pero si todo el mundo sabe que son los superamigos más poderosos que nunca antes se ha visto. Si no fuera porque juntan su poder, el doctor Killor ya habría destruído el planeta, porque el rayo de fuego de Benny Comb no sería nada sin el gran cañón de… Claro, claro, entiendo, dice Agustín, pero ya te he dicho que no lleves ese animalito al colegio. Al colegio no se llevan animales, David. Agustín Munaico tantea otra emisora, pero aún hay interferencia. Es que me gusta tenerlo conmigo. Te podrá gustar pero no podemos hacer siempre lo que nos gusta, hijo. Doblan una esquina. A lo lejos se oyen las evidencias del caos vehicular y un sonido se hace débil, moribundo. Debe haber tráfico más adelante, dice para sí Agustín. Pisa a fondo el pedal de embrague y hace un movimiento brusco con la palanca de cambios. Silba, mira el espejo retrovisor una vez más, pasa a tercera. El rugir se hace intenso y la máquina parece tomar fuerzas nuevamente. ¿Falta mucho para llegar?, insiste el niño. ¡Caramba!, ya te he dicho, David; y no me repitas las cosas porque me voy molestar.

 

XII.

He aquí la bella heredera, Porcia, quien al bañarse de lumbre y ecos da a escoger al humilde Bassanio, a condición de casarse con él si es su criterio afortunado, entre tres cofres: uno de oro, otro de plata y otro de plomo. ¿Cuál de ellos, oh Bassanio, guarda mi retrato? Está en el último, lo sabe Erika desde luego, pues ha leído y releído esas líneas. “Está en el cofre de plomo”, piensa. ¡Cuán bella se ve Italí Lessy representando a Porcia! ¿Y si yo hubiese persistido en mi decisión de estudiar actuación? ¿Y si yo esto? ¿Y si yo aquello? Es lo que han de llamar “mística ojalatera”, que a cada consecuencia amarra una nostalgia, cierto sentimiento de desperdicio irreparable. ¡Ojalá me hubiesen apoyado en mi decisión de ser actriz! ¡Ojalá no me hubiese rendido tan fácilmente!, tal vez habría estado en el lugar de ella. Escojo el de plomo, profiere Bassanio ante la sonrisa de los espectadores, donde desde luego debería estar incluida Erika; pero algo radicalmente distinto acaba de llamar su atención: es su cartera que vibra. Que no sea el doctor Valdés, por favor, que no sea el doctor Valdés, que no se hayan dado cuenta, implora. ¿Aló? Aló Rocío. Ay, amiga, sí dime, qué pasó, me asustaste. Pasó, Erika, que tienes que venirte pero en el acto, que una mujer con tratamiento hepático ha complicado. Necesitamos trasladarla a la sede de Surco, y sin firma no hay traslado. ¿Qué reacción, qué rostro, qué decir en estos casos? Erika queda inmóvil unos segundos y piensa en la vida que en pocas horas podría extinguirse. Bassanio sale de la escena, la penumbra invade la sala y ella se abre paso entre el reclamo intermitente de otros espectadores: ¡oiga que le pasa! ¡tenga cuidado! ¡Está loca! Necesito un taxi, piensa; un taxi que me lleve, ¡pero ya!, al hospital. Camina media cuadra hacia la calle y espera pase alguno. La luz de la calle le empaña la vista.  No lo sabe, sin duda, ni siquiera lo sospecha en un momento de tanta angustia, pero un hombre la sigue desde que salió del Teatro, fijando su mirada en la cartera de cuero. Sus intenciones son claras, ya deben haber sido deducidas.

 

XIII.

¿Cómo, oiga usted me está jugando una broma? Agustín Munaico clava los ojos en la responsable de Hepatología, sin poder controlar el desconcierto, la indignación. Ha esperado que sea ella misma quien le confirme lo que ya dos enfermeras le han repetido hasta el cansancio, y es que no se lo puede creer: ¿o sea que no pueden trasladar a mi esposa mientras la encargada de los traslados no firme este pedazo de papel?, señala la ficha de autorización. Sin firma, no hay traslado, señor. O sea que si esa mujer no llega, mi esposa se muere ¿eso me está diciendo? Señor, llegará en cualquier momento, trata de calmarlo la encargada de Hepatología. Pasa que el día de hoy ha tenido un percance pero ya está en camino. Ya nos comunicamos. Pero no entiendo, ¿cuál es el problema? ¿Por qué simplemente no la trasladan y luego ya se ve todo este papeleo? Señorita a mi me dijeron hoy en la mañana que mi esposa debía ser operada en unas horas. No puede ser que usted me venga con esto a estas alturas. La tienen que atender ahora mismo, son absurdas todas estas formalidades. No lo son, señor. Necesitamos una autorización donde figure la hora de salida y el estado de la paciente para evitar responsabilidades por negligencias ajenas. Puede ocurrir un percance ¿Y eso no lo puede ver usted misma? Eso es, precisamente, lo que debe ver la encargada de traslados al salir el paciente, señor. Está Agustín Munaico tan sumergido en la indignación, que no se ha percatado de que van varios minutos que el niño no lleva allí. Va recorriendo el pasillo y abre una, dos, tres puertas: ay, disculpe señora, disculpe señor, estoy buscando a mi mamá, no quise molestarlo. Lleva en las manos un paquete envuelto en celofán.

 

XIV.

¡Casi una hora! ¿Puede creerlo?, y los carros pase y pase ¿Cree que uno siquiera aceptaba llevarme? Nadie, nadie de lo que es nadie. Es que en este país nadie da un pelo por nadie. Cada uno con su pañuelo y punto y los demás al diablo ¿no? Erika mira hacia la ventana y hace un gesto de reprobación. Su gesto, después de todo, es comprensible: luego de la llamada de Montealto y del robo lamentable, no ha tenido mejor idea que esperar que alguien se dignara llevarla hasta allá, en el mejor de los casos a cambio de nada. ¡Nadie!, le juro. No sabe la cólera que me da esa gente, esa gente a la que le resbala todo! Al fin el viejo se detiene en un semáforo y acomoda una franela sobre el tablero: así es a veces, dice, la gente ya no confía; pero yo no tengo problema, además no me desvío tanto de mi ruta. Ay señor, pero por mi culpa se ganó el pleito con el grosero ese de hace rato que ni pude verlo, porque si no le juro que me bajaba yo también y entre los dos le decíamos su vida entera. ¿Se puso a insultarlo así, de la nada? No, es que justo estoy dando la vuelta y se me apaga el motor. Esta carcochita ya me viene fallando buen tiempo, y cuando enciendo el semáforo justo cambia a verde. Entonces no podía ni meter ni sacar el carro ¿Cómo, pues? El hombre viene y me dice que sí, que serrano esto, que lo otro, como si él fuera qué cosa, gringo, ¡tremendo cholo! ¿Con cojudeces a mí? Ah, no, así que le mandé saludos a su madre. Ay, oiga, me da tanta cólera cuando pasan estas cosas. ¿Doblo aquí? La otra esquina, por favor. Quiero entrar por la puerta que está allá, es más rápido. Erika busca su cartera y solo entonces recuerda que ya no la tiene. El conductor avanza un poco más y finalmente: La dejo por aquí, entonces, porque no me van a dejar ingresar.


XV.

Las ansias dilatan sentidos. En un principio oyeron, lejos, zancadas continuas; luego el eco de un andar pausado, propio de quien nada teme; y luego, al girar los rostros, la mujer se dejó ver frente a ellos, al fondo del pasillo y sonrojada, sollozando de la agitación que hasta allí la ha llevado. El hombre y el niño yacen en los escaños de fierro. Agustín Munaico con el cuerpo hacia delante y los codos sobre las rodillas, los pies inquietos golpean la loseta; el pequeño, erguido con un retazo de papel en las manos, balancea las piernas. ¿Cómo reaccionar? No faltará alguien, por lo demás reflexivo, que sugiriera llevar a cabo de una vez el traslado y luego, con las formas, que de otro modo  mayor es la resta que la suma, llamarle severamente la atención a esa muchacha, solicitar una cita, enviar una queja al superior inmediato, que no se puede jugar con la vida de las personas de esa manera. No faltará tampoco el  justificado vehemente que atinará, al diablo con las formas, qué mujer ni qué mujer, proclamarle su vida entera a la tipa esa por irresponsable ¡Qué se habrá creído! ¡Como algo ocurra me desgracio, se lo juro que me desgracio con mis propias manos, así me metan a la cárcel el resto de mi vida! La reacción de Agustín Munaico, no obstante, es desconcertante: viene fijando la mirada en ella desde que llegó y se detuvo al fondo del pasillo: ¿no es esta la mujer de la mañana, la que se me cruzó en el camino? Y ella: ¿no es este hombre uno de los tantos que me pasó por alto en la avenida? La duda ha paralizado ambos corazones. La encargada de los traslados camina hacia la sala 23, gira la manija y recuerda, siente un helar en el vientre. Abre la puerta y allí aún está la paciente, recostada en una camilla. ¿Y esas flores?, pregunta, pero nadie responde. Hay que alistar todo de una vez, y traer el registro de salida y los documentos pertinentes. ¿Se contactó Aguirre ya con la ambulancia?, oye. Los aparatos, exceptuando los más esenciales, están apagados. Los ojos de Rocío son esquivos.
Erika, al fin, entiende.
Un helar repentino le crispa la garganta. Rocío te lo juro que…  La verdad yo… Yo no pensé que… Eso poco importa ahora, Erika, la interrumpe. Lo urgente es darle la noticia al señor. ¿Pero cómo? Yo, yo no puedo Rocío yo… Yo no puedo. Tranquila, estoy llamando al señor Linares para que te acompañe, por si las dudas, porque parece que el hombre es un poco violento. De todas formas, hay que informar lo antes posible.

       
 
 
© Carlos Zambrano Pérez, 2012
 
Carlos Zambrano Pérez ( Trujillo - Perú, 1990). Estudia Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Sus cuentos han sido seleccionados dos años consecutivos (2010-2011) para Textura, mercado ambulante de cuentos, organizado en la Facultad de Letras de esa misma casa de estudios. Ha publicado reseñas en la revista literaria El Hablador. En 2011 obtuvo el primer lugar en el concurso de cuento Manuel Scorza, organizado por la Facultad de Letras, con el cuento “Orquídeas”, que ahora presentamos. Actualmente, además de su labor como docente escolar, dicta talleres de lectura y creación literaria para jóvenes. 
 
 
 
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