Nº21
revista de literatura
 
Siguenos en:
 
 
 
Contacto Quiénes somos Colaboraciones Legal Enlaces Buscador Primer Hablador
 
 
creación
 
Jim Alexander Anchante
  Los callaínos
 


El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas.
Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto,
y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido,
ninguna plegaria podía salvarlo del final.

Julio Cortázar


La aldea de los Piti Piti no estaba muy lejos. Estaba seguro de que si corría a toda prisa (como hace unas horas, después del momento de la Venganza) podría volver a ver a los suyos. Sin embargo, sus piernas ya habían perdido la fortaleza acostumbrada. Sus movimientos eran ahora un torpe tropezar entre matorrales y piedras. Se miró el brazo: la sangre aún estaba tibia y de un rojo particularmente intenso. No como la de sus amigos, pensó. No. La de sus amigos debía estar en esos momentos negra y fría, esparcida por los alrededores de Colliki, no muy lejos de la muralla. Y totalmente seca por la tierra y las sombras, y las pisadas de sus enemigos, de esos que ahora están tan cerca de él que casi podía percibir su olor y presentir sus pasos.

Tomó el rumbo de las chalas y en su mente apareció el recuerdo de sus hijos jugando con los guijarros. El olor del mar se iba expandiendo poco a poco por el aire. Era un olor que conocía bien, desde que tenía sentido de las cosas. Era el olor de su aldea, de sus amigos y padres, de su mujer y su vacío. Era el olor pesado y fresco del mar cuando amanece. Porque hace ya buen rato que habían aparecido los rayos del sol. Sabía que ahora estaba más indefenso que nunca.

 

Aún no nacía la mañana, sin embargo. No sé por qué esbocé media sonrisa, aunque, en un momento de concentración, quise creerla como signo de que quizá eso me salvaría de la Venganza. Que posiblemente las aún persistentes tinieblas me protegerían mejor que a Rayado y Lucho Viejo, quienes, después de todo, se la habían jugado por mí. Ahora ambos estaban muertos. Mi única esperanza era tomar la avenida Sáenz Peña y llegar a mi barrio. Sabía que si, por alguna suerte del destino, lograba llegar hasta mi barrio, otra vez sería inmortal. Nada ni nadie podría tocarme allí. Sáenz Peña, sin embargo, aún estaba lejos, y las piernas cada vez las sentía más pesadas.

Tomé la avenida Cochrane, en dirección a Buenos Aires (estaba totalmente seguro que estaban cerca, que si el momento del encuentro llegaba, terminarían abiertos el cuello y el estómago, y mis ojos vislumbrarían la calle donde, de haber podido llegar, volvería a ser inmortal). No. No podía ser tan cojudo. No nuevamente. Si llegaba con la batería, sabía que estaría a salvo, aunque luego tuviera que responder por lo de Rayado y Lucho Viejo, dos de los mayores, a los demás del grupo. Estoy muy cansado. Me detengo un momento y veo el cielo, el cual ha dejado de ser menos oscuro, sin darme cuenta casi.

 

¿Estarán despertando su mujer y sus hijos, curiosos y preocupados por su ausencia, puesto que ninguno de ellos sabía que él era uno de los designados para la Venganza? La noticia la recibió la noche anterior. No quiso despertar a nadie, pero a su mujer tenía que tranquilizarla de alguna manera: pasaría la noche en la choza del Viejo, tomando decisiones con los hombres principales sobre el destino de todos, de su relación con los Colliki, de lo que les esperaba a ellos a partir de ahora. Durante años habían sido esclavos de todos, de los que en su momento habían sido los más fuertes, pero ellos siempre, los más débiles, una pobre aldea de pescadores que nada podía frente a las Huacas aledañas. Primero los de Maranga. Ahora los Colliki. Las ofrendas a la Huaca eran lo de menos: desde un tiempo tan remoto que ni el Viejo, el mayor de todos, conocía, se dedicaban a recoger los frutos que les daba el Mar (su único dios, no rendirían culto a nadie más, solo Él era quien les daba todo lo que necesitaban para vivir, las Huacas eran pura mentira, pura invención de los sacerdotes para quitarles su trabajo, su sacrificio, su esfuerzo) y también desde siempre compartían su trabajo con ellos, pagaban su tributo y la Huaca de turno les daba protección frente a las otras. Siempre había sido así. Pero ahora se habían metido con sus hijas, ahora ellas eran llevadas a la fortaleza de Colliki (varias leguas al norte, entre ciertos cerros que señalaban el límite del mundo conocido por ellos) como vírgenes. Otra, sin embargo, era la verdad: sus jovencitos cuerpos eran tomados para satisfacer los apetitos de los sacerdotes, y luego se convertían en mujeres de todos, y ellos nada podían hacer, no tenían la suficiente fuerza para luchar por sus hijas. La alianza con Maranga era casi un hecho, pero a cambio de un pedido: la cabeza del Sacerdote Mayor de Colliki. Solo al saberlo muerto se atreverían a desafiarlos, pues verían que su Poder podía ser violentado incluso por una aldea de pobres diablos como los Piti Piti.

Pero ellos no eran, en realidad, unos pobres diablos. Eran hombres muy fuertes (las olas habían delineado sus músculos sólidos y brillosos, expuestos en la carne gris de sus cuerpos), pero pacíficos. Y eran pocos. Por eso siempre habían dependido de otros para su defensa. Sabían que no podían hacer otra cosa: el Mar no podría librarlos de este enfrentamiento. El Viejo lo sabía y eso mismo les explicó a los hombres mayores. Un grupo deberá acercarse esa noche hasta la fortaleza de Colliki, entrar por una de las zonas laterales y, entre las sombras, asesinar al Sacerdote Mayor. Era la única forma para acometer la Venganza y recibir la protección de los Maranga. Y justamente porque no había otra salida, él se levantó y fue el primero en ofrecerse. Los otros, amigos suyos desde que tenían recuerdos, no demorarían en levantarse. Eran los más fuertes, y cada uno de ellos había sufrido la pérdida de un ser querido. Estaban dispuestos a morir.

 

Desde hace un rato el cielo se ha ido llenando del gris claro que tan bien conozco. Eso, de alguna manera, infunde cierta calma en mi corazón. El tajo en el brazo ya casi ni me duele, y la mancha de sangre al centro de la ropa es pequeña. Esa tranquilidad me anima un poco. No puedo dejarme matar con la merca en las manos. Tengo que hacerlo por los amigos caídos. Debo esquivar a los de Atahualpa, los que me han querido quitar la merca. Sé que, más que honor, el asunto es ahora estar concentrado y buscar la manera de evitar tenerlos frente a frente, que rápido nomás usarán el verduguillo, ese fierro que he metido a tantos que ya ni recuerdo la cantidad. ¿Diez, once? No me importa. Lo único importante es que sigo vivo y que mis patas me están esperando con esto. ¿Cómo dejé caer mi verduguillo? Tampoco sé cómo los de Atahualpa se enteraron del negocio. Salíamos de la quinta y ya estaban allí esperándonos. No puedo creer que alguien de la mancha haya soplado. No. No puede haber soplado nadie. Aquí hay algo muy raro. Tal vez estaban en complicidad con los mismos trafas de la embarcación, quizá querían nuestro billete y mantener su merca. Hijos de puta. No contaban con que, aunque solo fuéramos tres, los pararíamos en seco. Casi ni pienso cuando mato a alguien. Vi a ese gordito con gorra y en un acto rápido que nunca sé definir le metí el verduguillo en la barriga, lo giré y le hice volar las tripas. Eso los dejó secos. Fue hermoso ver a ese huevón patalear. Creían que como eran más (seis, siete) nos íbamos a cabronear. Se equivocaron. Sacaron sus sables, pero nosotros ya habíamos ganado la esquina y, de no haber sido por esos dos campanas que aparecieron de la nada frente a nosotros, sé que ahora estarían conmigo Rayado y Lucho Viejo. Yo me escabullí con la merca, pero no pude dejar de voltear cuando los agarraban y los cosían frente a mis narices. Esa imagen no la voy a olvidar mientras viva…, pero ¿cuánto tiempo más viviré con esto entre las manos?

 

No sabía desde cuándo empezó la disputa. Había ciertas variedades en las versiones de los mayores. Pero de lo que sí estaba seguro es que ellos, los Piti Piti, siempre habían sido los débiles, los sumisos, los dominados. Sus ofrendas de mar habían ido siempre a las Huacas, pero ahora, como nunca, mientras tomaban el camino lleno de chalas que los conducía a Colliki, sentían hervor en la sangre y también, como un  mareo, la de ver sangre en el suelo, sangre de sus enemigos, así como había sido derramada la sangre de sus hijas, que aún eran niñitas cuando se las llevaron y que ahora estarían siendo tratadas como putas. Él y los otros se miraron por un momento (había luna llena) y se dieron cuenta de que no había marcha atrás.

Cori Soncco (ese era su nombre) pensó en su pequeña Calali, que fue arrebatada de su choza cuando él estaba en el mar. Sabía muy bien que, de haber visto esa escena, ya estaría muerto por oponerse y luchar contra esos perros. Ahora ya la habrán hecho mujer a la fuerza, hasta de varios. Quizá esté muerta. Imágenes que iban y venían lo estaban mareando, pero eso no impedía que el paso fuera seguro. No faltaba mucho para Colliki. Sus afilados cuchillos colgaban de su cintura y pronto conocerían la carne de sus enemigos. De quienes los han hecho, a ellos, perderse.

 

Mi vieja debe estar levantándose para ir al mercado. No sé por qué nunca le he mostrado cariño, si ella siempre ha sido buena conmigo. Sé que ha llorado muchas veces, por mí, por la Elvira (sufrió como nunca cuando se enteró de que la estaban caficheando en un puterío de la avenida Argentina, pero nunca le diré, si la vuelvo a ver, que a ese pata lo raptamos y lo destripamos en la Mar Brava, y que a la Elvira le dije que si volvía a verla le iba a pasar lo mismo. Me dijeron luego que se había ido al norte, con las rucas de sus amigas, pero a mí no me importa, para mí es como si estuviera muerta), por los dos, que somos solo un par de malparidos.

Pero, a pesar de todo, yo la quiero a la vieja. Cuando me canearon iba hasta Sarita Colonia y me llevaba comida, y nunca me reprochó cuando se enteró de que estaba ya con el Grupo y que me ganaba mi billete. Como si estuviera resignada a que ese fuera mi destino.

Recuerdo aquella vez que cumplí dieciocho años y me preparó un almuerzo con mis tíos y tías del callejón. Recuerdo que me hizo una pequeña torta, me cantaron esa vaina del japi verdey, y mientras pedía un deseo (que la Tati fuera mi mujer), ella me abrazó largo rato, mientras me decía al oído: “me gustaría que tu deseo fuera irte de aquí y que te olvidaras de todos nosotros, que existimos”. En ese momento no le entendí a la vieja. Pero no le pregunté nada, porque la cara con que me miraba era, no sé, como de angustia, que me dio miedo. No le entendí. Luego, cuando la Tati se fue con su familia del barrio, cuando los amigos del Olaya que habían terminado el colegio se fueron yendo del barrio, y solo quedábamos los demás, creo que ahí comencé a entenderla…, pero me parece que ya era tarde.

Quién habrá sido el hijo de puta de mi padre. A ese sí me hubiera gustado darle vuelta.

 

No podían creer que la parte derecha de la fortaleza estuviera descuidada. Tanta era su soberbia, que se sentían seguros de que nadie podría atacarlos. Treparon sigilosamente por una muralla un tanto derruida, vieron algunos animales y a un viejo tirado en el suelo, y siguieron su rumbo. Conocían el lugar, alguna vez estuvieron allí llevando las ofrendas. Sabían muy bien dónde yacía el Sacerdote Mayor. El asunto era pasar como sombras, como aire.

Llegaron al recinto y, de manera extraña, presintieron que todo estaba preparado para que fuese así y no de otra manera. Era aún la oscuridad (aunque no faltaba mucho para el amanecer) y tenían allí, frente a ellos, al Sacerdote, en la puerta del recinto, tomando el fresco y sin nadie a su alrededor. Dio unos pasos y comenzó a ver el cielo, como si en el cielo estuvieran las palabras con que dirigía a su pueblo. Cori Soncco y los otros se movían sigilosamente entre las sombras, ellos mismos eran sombras, cuando de pronto, como en una de sus pesadillas, vio a su pequeña Calali cerca de la puerta, ya no tenía cara de niña, sino de una forma de mujer que nunca había visto en la expresión de alguna de su aldea, como una combinación de tristeza y lejanía, como si estuviera evocando un ruido tenebroso de mar que se agolpada en su interior.

El asunto fue tan rápido, que estaría de más especular el pensamiento de alguno de los personajes: Cori Soncco, sin pensar ya nada, se acercó al viejo y le hundió el cuchillo (tenía como un gancho en la punta) en el estómago y jaló de manera que las entrañas del viejo se desparramaron por todo el suelo. Este solo atinó a ver a su asesino y a exhalar un gruñido de animal, y cayó como una roca del cerro. Fue Calali, esta nueva Calali, quien sin reconocer la sombra que había dado muerte al sacerdote, comenzó a gritar pidiendo ayuda. Y rápidamente los Colli fueron apareciendo y ella señaló la dirección de las sombras (quizá nunca se enteraría de que su taita era una de ellas) y la persecución empezó. El cuchillo cayó de sus manos (¿por qué tuvo que caer?). Ruidos de cuernos sonaron como ecos quebrados, y las sombras fueron cayendo, una a una, hasta que solo Cori Soncco quedó como protagonista de la huida.

 

Estoy muy cerca de Sáenz Peña con Dos de Mayo. Algunas personas están saliendo de sus casas. ¿Y si me escondo en alguna de ellas? Imposible. Llamarían a la policía y me encontrarían con esto, y ahí sí me meten un puño de años a la cana. Total, por chorear nadie puede e
star adentro más que un tiempo. Pero esta merca sí me condenaría al toque.

–Oye, chochera, ¿te quieres ganar un sencillo?

El niño no lo vio a los ojos, sino la sangre de la manga, y luego su mirada se dirigió a la avenida que le señalaba con el otro brazo.

–Dos cuadras de frente, y una cuadra más a la derecha, está una quinta con unos fierros en la entrada. Allí va a estar parado un pata alto y con un chuzo en la parte izquierda del cuello (Diablo, el jefe de todos nosotros, a quien tenemos más miedo y respeto que al mismo Diablo de verdad). Dile que Julián está esperándolo entre Dos de Mayo con Sáenz Peña, metido en los baños públicos, que no puedo cruzar porque está seguro de que lo están esperando los de Atahualpa. Que venga con todos.

 

El niño agarró el billete y cruzó la avenida. Algunos transeúntes (eran casi las siete de la mañana) y quioscos lo hicieron desaparecer. De pronto, sintió con mayor fuerza la brisa marina y se percató de que estaba a poca distancia de su aldea. Incluso a lo lejos vislumbró las rocas altas de las Islas, adonde tantas veces había llegado a nado desde la playa. Su cuerpo desfallecido concentraba las pocas fuerzas que le quedaban, pero en eso los vio, allí, delante de él: los faites de Atahualpa cruzaban la avenida pero también la otra calle, y detrás de él. Estaba totalmente rodeado por los Colli. Apareció el niño (lo miró y corrió hacia el mercado), lo señaló y salió de escena. Julián sabía que estaba perdido, a tan solo unos pocos metros de su casa. Quizá su mamá, parada en la puerta y barriendo, habría presentido que ahora sí se quedaría totalmente sin hijos. Sin nadie a quien alimentar. Cori Soncco era rápido, pero las piernas eran ya dos bloques que se movían con total independencia de su cuerpo, y finalmente los bloques cayeron. Julián llegó a vislumbrar la mirada de Diablo (¿era la realidad o una última imaginación?) antes de que los de Atahualpa lo tiraran al suelo y sacaran sus verduguillos. Ni un balazo debía sonar… Cayó, y los enemigos de tiempo inmemorial lo abrieron de adentro para afuera, pero el guerrero quería creer que solo se trataba de un sueño, que era agua de mar y no su propia sangre la que lo estaba ahogando poco a poco. Aletargado, insensible ya, dejó de luchar y, si todo no hubiera sido tan rápido, hasta él mismo podría haber pensado en cerrar los ojos.

       
 
 
©Jim Alexander Anchante, 2014
 
Jim Alexander Anchante (Callao-Perú, 1979). Escritor, crítico literario y profesor universitario. Ha estudiado en las universidades San Marcos y Católica. Actualmente cursa un doctorado en la Universidad Bordeaux 3 (Francia). Como crítico, ha publicado los ensayos Poesía, ser y quimera: estudio de La mano desasida de Martín Adán (2012) y Las figuras del cazador: símbolos alegorías y metáforas en Simbólicas de José María Eguren (2013), así como numerosos artículos. Como escritor, publicó en 2006 el poemario Resquicios, y ha colaborado en las revistas Ínsula Barataria y Lucerna. En 2008 obtuvo el segundo puesto en el concurso de poesía Transformations, organizado por la Alianza Francesa de Lima. Un texto suyo ha sido incluido en la publicación Ritmo 20, voces del Perú (2014), antología de poesía peruana hecha en México. Está preparando un  libro de cuentos y una novela para una próxima publicación.
 
 
 
El Hablador 2003-2014 © Todos los derechos reservados | ISSN: 1729-1763