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TRATADO
DE CINCHADA FUTBOLERA
(Tiempo estimado de
lectura: 15')
—Chicos, ¿qué van a hacer ahora?
—Recién salimos a la hora libre.
—¿Ya
jugaron algún partido?
—Todavía no.
—Bueno, vayan a la cancha. Juegan contra el
primero de la tarde.
El campeonato de fútbol del Don Orione había
comenzado unos días antes, y todavía
no se había armado el fixture, de modo que
por una casualidad, sin haber sido convocado, 5°B
iba a debutar. Hubo que improvisar, porque Eduardo
Linceo, el 6, no quiso jugar y Sergio Cerrini, el
3, faltó. Entonces, con Vázquez; Albornoz,
Linares, Clementz y Gómez Amarilla; Palavecino,
Gabriel Linceo, Martínez y Castro; Otero y
Escobar, 5°B salió a la cancha.
Esperaba
una división del turno tarde, algo novedoso
en la tradición del colegio.
De
movida, en uno de los primeros ataques de 5°,
Escobar pasó entre los centrales y pisando
el área la mandó a guardar con un tiro
bajo cruzado. No pasaron muchos minutos hasta que
Palavecino desbordó por la izquierda dejando
el tendal a su paso y levantó la cabeza para
ver la llegada de Linares por el medio del área,
sin marca. Entonces se produjo el reencuentro con
la enamorada colectiva.
—Toma,
Leo, hacelo.
Linares levantó la derecha para bajarla, pero
le dio con la rodilla. Paduano, el gordo que fue al
arco, salió para achicar, pero la hermosa muchacha
se le escurrió como la arena entre los dedos,
describió una parábola que por un instante
detuvo varios corazones y los hizo revivir cuando
volvió a su verdadero amor.
Los siguientes goles fueron llegando con solo buscarlos.
Para cerrar el primer tiempo Palavecino quedó
mano a mano con Paduano y su zurdazo sutil lo dejo
desparramado como ballena varada. Apenas iniciado
el segundo Palavecino la clavó en el ángulo
superior con un derechazo cruzado desde afuera del
área. Castro, de penal, hizo el quinto, y Escobar,
aprovechando otra falla defensiva, cerró la
cuenta. La única clara de primero fue antes
del tercer gol, uno que quedó mano a mano con
Vázquez y a la carrera la levantó por
sobre el achique del arquero, pero la pelota dio en
el travesaño y pasó el peligro. Poco
antes del fin de la hora libre terminó el partido,
con una goleada que ninguno esperaba conseguir.
En el aula esperaba la de Biología, una flaca
de rasgos orientales que no los quería y a
cuya clase siempre llegaban tarde. Se sentaron, sacaron
las carpetas y siguieron la lección. En un
momento Escobar se cambió las zapatillas, y
la china lo miró mal pero no le dijo nada.
Y todo se desencadeno cuando Otero fue a abrir una
ventana para renovar el aire viciado por haber transpirado
la camiseta y se peleó con Isabel Rojas, que
jetoneó para conseguir que la china los eche
a todos del aula con la amenaza de pedir un parte
de amonestaciones, frase tan gastada en esos cinco
años que había perdido todo poder. Juntaron
unas monedas para comprar una gaseosa y salieron al
patio.
—Che,
ahora dejémonos de joder y juguemos así
todos los partidos.
—Sí, tenemos que ser campeones.
—Esos de la tarde tan buenos que parecían
les hicimos seis.
—Hasta
Linares hizo un gol -dijo Martínez-.
Yo tendría que haber hecho uno aunque sea.
En esa frase, “hasta Linares hizo un gol”,
se resumía el no espíritu de equipo
que tenían, que hacía que perdieran
casi siempre que jugaban en la cancha de once contra
otras divisiones. Pero para profundizar hay que detenerse
en cómo se paraban y se movían en la
cancha, y todo va a ser claro.
El grueso de los pibes se mantuvo los cinco años
de escuela, entre 1996 y 2000, año en que eran
quince. Habían formado su base futbolística
en el 97: en la cancha de once, de medidas reglamentarias
mínimas, 90 por 45 metros, se paraban con un
4-4-2 atípico, mezcla de estilos, con defensores
que hacían marca zonal y volantes que se desplegaban
al estilo europeo, en abanico, con un diez clásico
en su juego aunque arrancaba volcado hacia el costado
izquierdo. El método era revolucionario, pero
faltaban intérpretes.
La formación base era esta: Albornoz; Vázquez,
Linares, Eduardo Linceo y Cerrini; Palavecino, Gabriel
Linceo, Martínez y Castro; Otero y Escobar.
Clementz era 8 suplente, Jiménez era 5 suplente
y Gómez Amarilla y Arce no jugaban nunca. De
mayor a menor así jugaban los titulares:
Marcelo Palavecino era la manija del equipo que, vaya
paradoja, tenía a dos de los cinco mejores
jugadores del colegio pero era una calesita sin muñecos.
Diez clásico, como Aimar, imposible de borrar,
la pisaba, gambeteaba, tiraba caños, hacía
rabonas, jugaba al servicio del grupo sin egoísmo
y hacía golazos.
Arrancaba
sobre el costado izquierdo, unos metros más
adelante de Gabriel Linceo, desbordaba hasta el fondo
o hacía la diagonal buscando el área,
con la categoría de un diez bien argentino
disfrazado de media punta.
El verdadero volante izquierdo, el 11, era Gabriel
Linceo, amigo y socio futbolístico de Palavecino.
Conductor sobrio, con un juego similar al de Figo,
era difícil de marcar. Otro de los cinco jugadorazos,
no era lujoso como el diez. Gambeteaba, la distribuía
con clase, se movía en un sector paralelo al
de Palavecino y era efectivo con sus remates secos
desde media distancia.
Santiago Otero se revelo en quinto como el nueve goleador,
algo pescador. Hasta cuarto fue volante derecho, pero
en el último año cambió su puesto
con Castro y encontró su lugar. Se movía
por todo el frente de ataque y hacía la diagonal,
jugando más cerca del área que Escobar.
Con la globa en los pies no hacia maravillas ni pasaba
papelones, pero en las cercanías del arco era
letal.
Gustavo Vázquez, el 4, era la salida del equipo
desde el fondo con la pelota dominada. Desde su posición
hacía una diagonal larga hacia el mediocampo,
para asociarse con Gabriel Linceo y Palavecino. Su
mayor virtud era el juego aéreo, sobre todo
en el área rival.
Sergio Cerrini, el lateral izquierdo, no se proyectaba
mucho. Sobrio, elegante y preciso a la hora de marcar,
no necesitaba jugar fuerte para quitar. Tenia gran
capacidad para estar en el momento justo y evitar
goles en la línea que provenían de jugadas
con pelota parada.
Eduardo Linceo, el 6, era el más veloz del
equipo. Tenaz, perro de presa, se pegaba como estampilla
al contrario que tenia la pelota y no lo dejaba avanzar,
pero el quite no era su fuerte. Al igual que Linares
no tenía talla para ser zaguero, pero ninguna
división rival jugaba a desbordar para tirar
centros a la olla, así que por ese lado no
tenían problemas.
La posición de Leonardo Linares era la de 2,
y con Linceo conformaba una zaga impasable, además
de cubrir el hueco que dejaba Vázquez cuando
subía. Lento, firme, brusco en la marca pero
sin juego desleal pese a sus golpes (“es el
ultimo recurso”, decía cuando pegaba),
con Linceo hacían diez o mas quites bravos
en el área y sus cercanías. Obsesivo
del gol, en los cinco años hizo cerca de treinta
pese a salir desde el fondo.
Si estos siete eran los que sumaban, los otros cuatro
tiraban abajo todo lo bueno:
Pedro Escobar era tan contundente en el área
rival como egoísta. El 7 bajaba hasta el círculo
central para recibir pelotas enviadas por Castro o
Martínez, llegaba hasta el fondo o entraba
al área en diagonal, sin dársela a nadie.
Por cada gol que hacía desperdiciaba tres o
cuatro por no habilitar a un compañero mejor
ubicado, y muchos partidos perdidos se debieron en
gran parte a él.
Pablo Martínez significaba para el equipo lo
mismo que Verón para la Selección: dar
changüí. Jugaba de cinco, casi sin cruzar
la mitad de la cancha, moviéndose por delante
de los marcadores centrales y bajaba para intentar
ayudarlos, aunque no lo necesitaban. Su única
idea, al igual que su modelo profesional, era tirar
pelotazos altos a dividir.
Rafael Castro, verdadero muerto, era el 8, un carrilero
que tomaba la pelota en su campo y desbordaba por
la derecha, sin dar el pase, hasta el fondo de la
cancha, eso si antes no se la sacaban, cosa bastante
fácil por cierto, o si no se marcaba solo.
Una jugada que siempre intentó fue pegarle
de tijera, pero al recibir el centro en lugar de echar
el cuerpo hacia atrás y pegarle hacia el arco
saltaba, hacía un cruce de piernas en el aire
y ni siquiera alcanzaba a tocarla.
Junto con Escobar, Martín Albornoz fue responsable
máximo de las derrotas. Lo cubría una
defensa sólida, que sólo era superada
con tiros desde afuera del área antes de que
llegaran a cubrir, y que casi siempre terminaban en
gol. Si iba al arco era sólo porque no podía
quedar vacío, pero si alguna vez lo hubieran
dejado descubierto quizás les salía
mejor. Clementz y Jiménez eran intrascendentes,
así que es mejor no hablar de ellos.
Esos cuatro, Martínez, Castro, Escobar y Albornoz
sólo querían imponerse sobre los demás,
sin tener interés en ganar los partidos, y
surgían las fricciones. En clase conformaban
una camarilla con Clementz y Gómez Amarilla,
y un ejemplo de su actitud fue que como perdieron
en el diseño del buzo de egresados no lo compraron.
Por el contrario los dos talentosos y los cinco batalladores
jugaban a ganar, pero sin más ayuda no podían
hacer mucho más. Como muestra digamos que el
año anterior Eduardo Linceo lesionó,
sin mala intención, a un contrario más
alto que él; y que Linares, dando una ventaja
de veinte kilos, fue a trabar una pelota con Víctor
Aguilera, el mejor del colegio, y no sólo la
ganó sino que tiró a su rival. El resultado
de esas formas opuestas de entender los partidos eran
las derrotas imposibles que conseguían.
Durante el tiempo de la clase de Biología siguieron
en el patio, discutiendo la estrategia a emplear,
comentando el partido, pensando en ser campeones del
Instituto, y también hablando del posible parte.
En eso los vio el profesor de Educación Física,
el que los mandó a jugar.
—¿Qué están haciendo acá?
—La de Biología nos sacó del aula
-dijo Escobar.
—Llegamos tarde, aquel se sacó las zapatillas
y una piba empezó a hacer escándalo,
y nos echó.
—Y nos amenazó con un parte.
—Ya vengo, voy a hablar con ella.
Esperaron tranquilos, terminando la gaseosa. Minutos
después el profesor volvió y les dijo
que la de Biología retiraba el parte, pero
no los dejaba volver al aula. Siguió un recreo,
una clase más y terminó el día.
Dos días después, a la tarde, fue el
segundo partido. Los únicos cambios en la formación
fueron los regresos de Cerrini y Eduardo Linceo. El
rival era un segundo de polimodal de la tarde, que
arrancó ganando desde el vestuario, pero Otero
se mandó por un costado y ante la salida del
arquero la jugó hacia el área chica
para la entrada de Gabriel Linceo de frente al arco
vacío, pero un contrario que acompañaba
fue al piso a cortar y se sumó a los goleadores
de 5°B. En el segundo tiempo Otero tomó
un rebote en el área y definió de media
vuelta, con un derechazo bajo. No hubo mucho más,
y todo finalizó con la victoria de nuestro
equipo, que sumaba el puntaje ideal.
La semana siguiente comenzó el derrumbe del
glaciar. En el tercer partido, contra primero de polimodal
del turno mañana, la camarilla se impuso y
la defensa se desmanteló, entrando Gómez
Amarilla por Linceo, Jiménez por Cerrini y
Clementz por Linares.
Todo
se definió en el segundo tiempo: primero Escobar
culminó una jugada de Otero; luego Martínez,
sólo para no ser superado en la tabla de goleadores
por Linares, pidió y convirtió un penal,
y finalmente Escobar hizo un golazo de tiro libre,
pegándole con zurda por sobre la barrera, similar,
salvando las distancias, al que le hizo Stoichkov
a los alemanes en el 94. El descuento de primero,
a través de los doce pasos, sólo contó
para la estadística.
Unos días después fue el turno del clásico
contra 5°A. A la mañana se debatió
la manera de jugar, se prometieron ganarle a la división
que más los tenía de hijos, y hasta
las chicas dijeron que iban a ir a la tarde, con la
bandera del viaje de egresados, para hacer de hinchada.
A las tres de la tarde todo estaba listo, la misma
formación del partido anterior, salvo que Albornoz
y Vázquez volvieron a ocupar sus puestos habituales,
y las chicas alentaban con la bandera desde el banco
del costado. Del otro lado, sólo ocho de los
once rivales.
—¿Faltan tres?
—Ahora sí tenemos que ganarles.
En este partido la defensa improvisada no paró
de hacer agua. En la primera llegada Miguel Lezcano
se le escapó a los espectadores de lujo que
hacían de marcadores centrales, Albornoz salió
hasta la medialuna y Lezcano definió con una
vaselina. Increíblemente Castro empató
en un mano a mano. Pero fue sólo un espejismo.
En el segundo tiempo el “A” hizo el segundo
en otro error del fondo, controló tanto el
partido que incluso uno de ellos, lesionado en una
pierna, le ganó trabando desde el suelo a Castro,
y poco después, mandándose como una
topadora, Lezcano quedó solo con Albornoz y
con tiro suave superó su achique. Suerte que
ahí nomás terminó todo, porque
la humillación pudo haber sido mayor.
¿Cómo se explica esto? 5°B tenía
a dos de los mejores, dos figuras, pero las otras
divisiones compensaban la falta de una estrella jugando
como un equipo. En quinto Castro y Martínez
desarmaban el juego, y ni el despliegue de Gabriel
Linceo ni la categoría de Palavecino, asociadas
pero sin más apoyo, podían reconstruir
el fútbol.. Los usurpadores solo jugaban para
lucir sus botines de marca, pero sin tener la mas
pálida idea de lo que es defender, lo que sumado
a la semejanza de Albornoz con Clemente dio como resultado
que con solo hacerle un poco de fuerza a 5° B
cualquiera le pintaba la cara. Incluso Gabriel Linceo
tuvo que resignar su fútbol ofensivo para quitar
en el medio campo, con lo que Palavecino pedía
a su socio.
—¿Por qué no subís y buscás
hacer goles, Gabriel? –le preguntó Linares.
—Porque si subo yo quién marca en el
medio campo.
A este partido siguieron unos diez días sin
actividad por ausencia del profesor encargado del
torneo. El próximo rival fue el otro primero
de la mañana, que sí presentó
once jugadores. La formación de 5° fue
la misma que en el clásico, y el paseo tuvo
las mismas proporciones. Un 5-0 que habló por
sí mismo, en el que Martínez tuvo la
oportunidad de descontar mediante un penal cuando
su equipo iba dos goles abajo, pero su zurdazo bajo
se fue desviado cuando el arquero fue al otro palo.
A Palavecino, que agarró la lanza y jugó
por dos o tres muertos que lo acompañaban,
no le salió nada bien, pegó un tiro
libre en el palo y se fue expulsado por protestar,
algo raro en él que se divertía con
su fútbol. Desde un costado los marginados
disfrutaban con el ridículo de sus reemplazantes.
Todavía las chances no estaban perdidas, según
los números. Solo era cuestión de ganar
el próximo partido y la punta de la tabla volvería
a estar cerca, pero si los delanteros no le hacían
un gol ni al arco de Rafael Calzada iba a ser difícil.
Con la misma formación se enfrentó a
uno de los novenos. Los desplazados volverían
a disfrutar, porque todo culminó con un 4-0,
con un 5° incapaz de intentar siquiera a los ponchazos,
de arrimarse al área contraria y crear algo
cercano al peligro. Como símbolo valga decir
que el patrón del mediocampo, Martínez,
reconoció ser un fraude y en su lugar entró
Linares, que trató de solucionar problemas
pero ya era tarde. Del glaciar sólo quedaban
cubitos.
Doce goles recibidos en tres partidos y tan solo uno
convertido decían todo del flan del fondo,
con pibes incapaces de tirarse al piso, que se limitaban
a acompañar a los atacantes contrarios en su
búsqueda del arco. Tal como habían copado
el lugar se fueron, pero el daño ya estaba
hecho. Para jugar contra uno de los segundos del turno
mañana Vázquez volvía a tener
a la defensa real acompañándolo, y todo
empezó bien. Otero recibió un pase de
Palavecino, entró al área y la cruzó
a media altura. Rápido, segundo empató
con un remate cruzado desde afuera del área,
antes de que los centrales pudieran cubrir y sin que
Albornoz intentara alguna resistencia. Pero el primer
tiempo fue de 5°: Gabriel
Linceo volvió a poner en ventaja a su división
con un violento zurdazo desde media distancia, animándose
por fin a ser ofensivo, y Otero pareció liquidar
el tramite con otro gol más. Los estrategas
habían vuelto a asociarse. Otero hacía
goles y la defensa se cansaba de recuperar guindas
en el fondo, poniendo huevos, enseñándoles
a los de afuera.
Pero en el segundo tiempo se desinflaron, y no fue
por exceso de confianza. Segundo siguió yendo
al frente para chocar con la defensa, y entonces empezaron
a probar desde lejos. Contaban con la inestimable
complicidad de Albornoz, que cada vez regaló
un palo, y así hicieron el segundo, empataron
y convirtieron el quinto, ya que el cuarto fue la
gran Chilavert, desde los doce pasos.
Tal vez ni siquiera quedaran chances matemáticas
de ser campeones del Don Orione, y sólo les
quedara completar con dignidad el resto del campeonato,
al que le faltaban seis fechas, pero sólo jugaron
un partido más, contra otro noveno. Entonces
no sabían que ese seria su último partido
del torneo, y salieron a disputarlo con una modificación,
un nuevo cambio de puestos entre Vázquez y
Albornoz. Entonces volvieron a las fuentes. Palavecino
y Linceo crearon juego todo el partido, la defensa
presionaba en la mitad de la cancha y desde ahí
recuperaban la pelota, y Otero con un gol en cada
tiempo concretó el triunfo.
Cerrini
pudo hacer el tercero, pero mientras se acomodó
se la sacaron en la línea. Ya corría
noviembre, no había tiempo para más
torneo, y el circulo se completó, porque de
la misma forma que empezaron a jugar, en medio de
la desorganización, sólo porque el profesor
no quería dar clases, lo terminaron, para darle
prioridad al fin de año.
Este hecho fue casi real (en serio che) por poco,
por poco... |