Aunque el propósito del mensaje se entiende –no contaminar, no ensuciar las calles— hay un aire a punición. Una voz que busca enseñar un poco de cultura urbana, pero que también castigará en caso de desobediencia.

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Literatura municipal

por Mario Granda

 

 

Lima ya es diferente
Luis Castañeda Lossio, alcalde de Lima

Son conocidas las campañas propagandísticas de los alcaldes de los distritos de Lima. Desde la celebración de Fiestas Patrias hasta la organización de peñas los domingos, pasando por la develación de nuevas estatuas, las municipalidades buscan entretener al vecino y promocionar la gestión del burgomaestre. A estas actividades se suman otras como los matrimonios masivos, la construcción de una cancha deportiva, una ciclovía, la instalación de un nuevo alambrado público, el reasfaltado de una calle o la inauguración de una plaza, eventos importantes en el calendario vecinal. Es siempre necesario colocar el nombre del alcalde, el eslógan de la municipalidad y tal vez una foto, sea la del propio alcalde o de la obra terminada. Al contrario de la política de los congresistas y ministros, que gira alrededor de los cocteles y las páginas de los diarios, la política de los alcaldes necesita de los carteles y de cierta presencia física para probar su vigencia (en ella está la ilusión de acceder al congreso o a la presidencia). Sin embargo, y más allá de la publicidad oportunista, también existe la propaganda en la que se promociona el propio distrito o el “espíritu distrital”. Ya no es una construcción o una obra la que la motiva sino el afán por divulgar los valores que supuestamente describen a los vecinos de cada comuna limeña. Así lo encontramos en los grandes carteles que cercan los terrenos baldíos de los distritos de La Molina y San Isidro, como veremos a continuación. En ambos distritos viven las grandes familias que alguna vez vivieron en el Centro de Lima pero que luego fueron arrimadas por la migración de la sierra. Hoy se encuentran entre los más caros y se esfuerzan por mantener los valores y las licencias que alguna vez perdieron.

Bienvenidos a La Molina

Al llegar a la avenida La Molina por la avenida Javier Prado, esto es, la segunda entrada vial más importante del distrito de La Molina , encontramos pintado en las paredes las siguientes frases: “Respeta las reglas, estás en La Molina”; “No ensucies las calles, estás en La Molina”; “No contamines, estás en La Molina”. Entendemos que frases como estas forman parte de todo acervo municipal (aunque muchas veces sin poner los basureros suficientes para poder cumplirlas), pero también encontramos un elemento que extraña el mensaje (1). ¿Qué significa “estar en La Molina”? ¿Que sólo allí se deben cumplir las reglas? ¿Que sólo allí no se deben ensuciar las calles o que estoy obligado a hacerlo porque ahora “estoy en La Molina ”? Aunque el propósito del mensaje se entiende —no contaminar, no ensuciar las calles— hay un aire a punición. Una voz que busca enseñar un poco de cultura urbana, pero que también castigará en caso de desobediencia. Pero el mensaje ni siquiera está dirigido al habitante de La Molina sino al que visita este distrito. El ciudadano que llega a La Molina tiene que obedecer las reglas (a riesgo de ser castigado), pero no porque estas sean reglas de urbanidad en sí sino simplemente porque se está en La Molina. La persona que llega a La Molina en vez de ser bienvenida es amenazada.

Al lado de estos mensajes encontramos otro, tal vez el que nos obliga a hacernos más preguntas: “Sonríe, estás en La Molina”. Ahora no solo debemos respetar las reglas sino estar felices porque, vaya redundancia, estamos en La Molina. La felicidad no es un estado interior, sino más bien un hecho exterior y el acceso a ella depende del hecho de estar dentro o fuera de un lugar: una felicidad impuesta y nunca compartida.

San Isidro en la colonia

En una pared de San Isidro encontramos una serie de fotografías y textos titulada “Nuestro legado”. Frente a esta pared encontramos otra que se titula “Nuestro color”. Más allá topamos con una tercera que se llama “Nuestro orgullo” y así otras de título parecido: “Nuestro ayer”, “Nuestro pasado”, “Nuestro futuro”, “Nuestro compromiso”. Cada serie tiene un tema específico, como la mujer, los ancianos, los niños o los hijos predilectos del distrito (escritores, automovilistas, reinas de belleza), pero en ella también aparecen lo que se debe considerar como típicamente sanisidrino o lo absolutamente “nuestro”. Encontramos fotos a blanco y negro del parque El Olivar, casas de estilo Tudor, balcones, rejas, faroles, fuentes, caballos de equitación y el Country Club. El “legado” o el pasado que se idealiza es esa “Lima que se fue”, pero que se trata de rescatar a través del recuerdo memorioso. Las fuentes, las rejas y los balcones que aparecen en las fotos de las casas sanisidrinas (en la propia alcaldía, como lo muestra una fotografía) nos transportan a esa época del Virreinato o de dominio aristocrático que para algunos todavía fue la mejor época de la historia peruana. Este “nuestro” (y no otro) son los “ojos históricos” que, según el escritor Sebastián Salazar Bondy, se dirigen al pasado colonial y “miran al espejismo de una edad que no tuvo el carácter idílico que tendenciosamente le ha sido atribuido y que más bien se ordenó de rígidas castas y privilegios de fortuna y bienestar para unos cuantos en desmedro del inmenso resto” (2).

En el óvalo en el que se encuentran las avenidas Camino Real y El Olivar encontramos la serie “Nuestro pasado”, y en ella las siguientes frases:

Ascendíamos por otra quebrada, practicable sólo para venados, conejos y muchachos en vacaciones y caíamos de malón en los amenos campos de San Isidro.

Luis Alayza y Paz Soldán

 

¿Cómo nos reconoceremos, si no preservamos nuestro entorno? Debemos para ello, reafirmar la presencia de nuestro legado histórico con las imágenes de nuestro espíritu colectivo respetuoso de su pasado y de su historia.

Rubén Luque Casanova

 

A estas citas propias de locus amoenus sanisidrino le acompañan imágenes del Country Club, la avenida Arequipa de los años treinta, rejas, balcones, fuentes y dos importantes personajes, San Isidro Labrador y el presidente Leguía jugando golf. Efectivamente, estas imágenes y frases hablan del pasado de los sanisidrinos, pero no creemos que sea el pasado de todos los trabajadores que están obligados a ver los carteles por largos minutos mientras el autobús, atestado de gente, espera la luz roja. Sin embargo, y por más que esto solo haya significado un pequeño sinsabor, las imágenes se quedan ahí, imperturbables e inamovibles. San Isidro le hace propaganda al distrito, pero también recupera un pasado que no podría ni puede ser compartido por todos. ¿Cómo reconocerse a través de las imágenes de mujeres de largos apellidos o cariñosos apodos como Mona Jiménez, Isabel Larco o Ana María Álvarez Calderón de Olaechea? ¿Quiénes son Natalia Málaga, Cecilia Barraza, Rosa María Palacios, Lourdes Flores Nano, todas mujeres que aparecen como “vecinas de San Isidro”? Y en la foto de las casas sanisidrinas nadie es el dueño, como también ninguno ha paseado por El Olivar. Frente a este espectáculo (los autos pasan rápidamente) se encuentra un cartel que dice “San Isidro, comunidad de artistas” y hay cinco reproducciones gigantes de pinturas. Una de ellas es del pintor Fernando de Szyszlo y la otra la silueta de un caballo de paso, las artes plásticas también divulgan el estupefaciente (3). Dice el alcalde: “Más allá de su liderazgo distrital y su aristocrática belleza, San Isidro aporta al país intelectuales, empresarios, académicos y políticos de nota; pero sobre todo, es cuna de connotados pintores y escultores que nos prestigian tanto nacional como internacionalmente”. Se celebra la existencia de pintores y escultores, pero también se da a entender que el “liderazgo” y la “aristocrática belleza” son naturales al distrito.

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(1) A propósito, en los distritos de San Isidro y Miraflores se tiene mayor imaginación que el de La Molina en lo que refiere a las campañas contra el ruido y de la contaminación. En ambos distritos se encuentran imágenes de niños tapándose las orejas con las manos, poniéndose el índice en la boca en señal de silencio o lavándose las manos. Estas imágenes, junto a frases como “Lávate las manos todos los días” o “¡No hagas ruido!”, son sumamente efectivas. En La Molina, en cambio, se han plantado unas coloridas flores de madera con mensajes dentro de ellas con las mismas instrucciones cívicas, pero solo escritas. Pero tanto es el colorido de estas flores y lo largo de los mensajes que más valen como artesanía que como mensajes cívicos.

(2) Sebastián Salazar Bondy. Lima la horrible, 35. Editorial Universidad de Concepción, Concepción, Chile, 2002.

(3) Véase el capítulo X de Lima la horrible titulado "El país inhibido en la pintura".

 

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