Lo que no se lee son ciertos libros que no son del interés de ciertos estratos de la sociedad. Y esta afirmación supera ideas excesivamente ingenuas como la creencia de que no se lee por ser parte de una familia analfabeta o porque no se tiene recursos económicos para comprar libros.

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La piratería de libros y la ausencia de lectura: en contra del mercado, en defensa de la vida

por Víctor Hugo Quintanilla Coro

 

 

El canon de la piratería

Hay otra particularidad sobradamente interesante que considerar. Preguntémonos: ¿quiénes se encuentran detrás de las editoriales y librerías legales? No siempre, pero por lo general quienes deciden qué publicar y, por tanto, qué leer son intelectuales o personas con alguna relación con el llamado mundo de la cultura. En el caso de la industria del libro pirata, ello puede ser más o menos cierto. Lo importante es que no se publican los mismos títulos. En las editoriales y librerías se oferta libros especializados, enciclopédicos y de cultura general (es la tendencia), y en los puestos ilegales la mayor proporción de libros lo ocupan los textos de autoayuda, best-sellers y literatura light, elegidos por los mismos comerciantes, de la variedad que seguramente ofrece la industria cultural clandestina. He aquí lo interesante: las publicaciones de editoriales y librerías no tienen carácter canónico, salvo que se vendan libros ya consagrados.

Los comerciantes de libros piratas, por el contrario, venden “sólo” libros ya consagrados por la demanda que poseen. Mientras los libros de la razón legal deben recibir, por lo general, críticas para consagrarse como parte del capital cultural o del canon de la sociedad, la mayor parte de los libros pirata son canónicos sin mayor necesidad de crítica o reseñas de recepción, debido al simple hecho de que su lectura se da ya con intensidad y frecuencia. Encontramos, por lo tanto, que mientras la canonización de los libros legales depende de la recepción crítica de la intelectualidad que supuestamente debería cumplir la función de decirnos qué leer, por qué y cómo hacerlo, el caso de los libros pirata es diferente: ellos no están subordinados al gusto o complacencia de los intelectuales o críticos que, por cierto, brillan por su ausencia o aparecen sólo para hablar de quienes no leen o de cómo la piratería le significa pérdidas al capital legalmente establecido. Los libros pirata son canonizados por los mismos lectores que prefieren comprar lo barato, pero, además, lo que les interesa y puede ayudar, por ejemplo, a superar problemas emocionales, a enviar cartas de amor o aprender estrategias para combatir la pobreza. De este modo, no cabe duda que la sociedad ha llegado a instituir una propia lógica para legitimar productos simbólicos, y lo determinante, aquí, es precisamente la misma economía de mercado. Siendo así, ¿acaso no resulta ya irrisorio lanzar la afirmación de que no se lee, cuando todo parece indicar, más bien, lo contrario? La pregunta no sólo exhorta a reconsiderar la posición de que es necesario asegurar que no se lee con el fin de plantear estrategias para vender mejor y más, sino también para sospechar de quienes ven como problema el hecho de que haya gente que, en lugar de leer, se encuentra preocupada por comer antes que arrojarse al vacío metafísico de la belleza de las letras y de la cultura occidental.

Leer o vivir, esa es la cuestión

Llegados a este punto, cabe lanzar la siguiente pregunta: ¿dada la demanda, además creciente de libros pirata, se puede llegar gratuitamente a la fácil conclusión de que a la sociedad no le interesa leer? Si fuera esa la realidad, ¿a qué se debe la creciente demanda de libros pirata que suman, sin mayor problema, los cientos de miles de libros vendidos? El acentuado interés de los adolescentes, los jóvenes y los adultos por ciertos libros de literatura light, libros cursillo o de autoayuda indica que sí se lee, pero no lo que los cultos —los “verdaderos” lectores—, las editoriales y librerías quisieran que se lea. El interés y las necesidades de una sociedad marcada por diferentes huellas culturales, como el tercer mundo latinoamericano, no tienen que ser los mismos que los de las “clases” que pueden sentarse en el jardín de su casa, con una taza de café y un buen libro. No hay que infravalorar la decisión de las personas que entre leer una “buena” obra literaria, optan por leer el horóscopo, por leer las letras de las canciones del momento o simplemente leer libros que ayudan, por ejemplo, a despertar la sexualidad.

La actitud de ver como “menos” el interés por el contenido de los libros pirata o light sólo remarca una severa ausencia de eticidad para con los otros que son distintos a la racionalidad moderna de la educación humanística. Muchos dirían que la lectura de libros con contenidos light son pura basura. Eso puede ser cierto o no, dependiendo del punto de vista, pero el hecho de que la lectura de ciertos libros no desarrolle o fortalezca el gusto estético de las personas ya es otro asunto, diferente al que estamos tratando.

La afirmación de que no se lee, entonces, debe ser relativizada. Y quiero seguir insistiendo con ello: lo que no se lee son ciertos libros que no son del interés de ciertos estratos de la sociedad. Esta afirmación supera ideas excesivamente ingenuas como la creencia de que no se lee por ser parte de una familia analfabeta o porque no se tiene recursos económicos para comprar libros. Los ejemplos de grandes pensadores que fueron pobres sobran. ¿Supone esto que debemos apostar por la tesis de que la sociedad sí es lectora? Hay dos respuestas posibles. Primero, nuestra sociedad no lee lo que cierta racionalidad intenta legitimar en términos de la cultura a la que todos debemos acceder y que se presenta bajo la forma de libros “legales”. Este sesgo de la visión occidental no involucra las particularidades de las distinciones histórico-sociales, pues al parecer todos las culturas deben aparecer como iguales frente a la cultura u obras (léase libros no piratas) del mundo moderno. Segundo, la sociedad lee lo que le puede ser constitutiva para su cotidiano devenir: comenzando con el periódico, pasando por libros pirata de autoayuda y terminando con los libros de necesidad profesional o religiosa, lo cual no implica necesariamente que se lea diferentes libros, sino una y otra vez lo mismo. Como ya anticipé, esta segunda respuesta no incluye el tema del hábito de lectura, porque así como lo ha sugerido Pierre Bourdieu, ésa es una práctica propia de una nobleza cultural (1998). Somos países de tercer mundo, con una profunda influencia cultural indígena, y eso que Bourdieu llama nobleza cultural se restringe a quienes simplemente no están dispuestos a ser cómplices de los “criminales” que promueven la piratería de libros, porque se pueden dar el gusto de marcar su diferencia pagando hasta el doble por libros legales.

Termino con la siguiente precisión: las sociedades latinoamericanas vivimos un contexto de diversidad histórico-cultural, cuyas necesidades —emanadas de una educación que aún privilegia el conocimiento, el saber o la obra de arte por encima de la vida de las personas— deberían ser tomadas en cuenta, antes que tender a consolidar una racionalidad comercial a través de la lectura legal de libros que jamás podrá sustituir un plato de comida, en una época en que el capital (léase comercio legal) es más importante que una ética para quienes supuestamente no leen o deben vender libros pirata para optar por la vida antes que por una cultura moderna.

Bibliografía

Pierre Bourdieu. La distinción. Criterio y bases sociales del gusto. Madrid, Taurus, 1998.

 

© Víctor Hugo Quintanilla Coro, 2006

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/debate11_quintanilla1.htm

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