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Siguiendo una estrategia discursiva similar respecto de la relación entre madre/hijo o nación/hijo, la novela de Donoso también destaca el sentimiento de orfandad como una de las características más dolorosas del exilio

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La memoria y la escritura en las novelas del exilio chileno: Cobro Revertido y El jardín de al lado

por Gabriela McEvoy

 

El jardín de al lado concilia la tensión —entre aferrarse al pasado chileno y vivir el presente español— cuando el personaje abandona el proyecto de su novela. La escritura da a la mujer la posibilidad de replantearse una nueva identidad femenina en el exilio. Permaneciendo en el exterior y haciendo uso del proceso de la escritura, se “libera” del papel de esposa del escritor. Cabe destacar que, al haber pertenecido a la alta clase social chilena, el personaje femenino había vivido bajo el dominio del padre para luego convertirse en la sombra de su marido. Es, pues, en el exilio donde desarrolla la capacidad creativa de tal forma que se recrea una identidad libre de los prejuicios de su género y clase de la sociedad en que vivió.

No obstante, la novela sugiere una pregunta: ¿cómo reinventarse una identidad en un país extraño, lejos de la familia, lejos de la tierra natal? El escritor plantea la posibilidad de ejercer el chilenismo en el extranjero; para ello se hace necesario dividir el arte de la política. Ejemplo de este triunfo es el personaje Pancho Salvatierra, famoso y exitoso pintor chileno y cosmopolita, quien se abstiene de usar su fama y su arte para tomar una posición firme contra la dictadura pinochetista. El discurso político es planteado de una manera indirecta en la novela. Se menciona, por ejemplo, el tema recurrente y “saturado” del exilio en la literatura al mostrarse que, incluso un individuo con apenas seis días de calabozo, donde “no me torturaron ni me interrogaron siquiera” (32), intenta producir la novela del golpe. Igualmente, la comercialización del arte de denuncia política, convertido en una “protesta lucrativa” (50), demuestra la contradicción existente entre el arte comprometido y su propósito mercantil. En el texto de Donoso, Méndez no logra escribir la novela del golpe; sin embargo, quedan implícitamente representados los estragos de la dictadura a partir de la crisis interna de los personajes exiliados. En todo caso, la narrativa donosiana se torna en un discurso auto-reflexivo de la naturaleza de la novela del exilio.

Siguiendo una estrategia discursiva similar respecto de la relación entre madre/hijo o nación/hijo, la novela de Donoso también destaca el sentimiento de orfandad como una de las características más dolorosas del exilio. Para el personaje de esta novela, la madre es el “anclaje” que lo mantiene unido a la nación. Cuando la madre muere y se da inicio a la venta de la casa, el personaje se cuestiona: “¿Adónde, si se vende la casa, quiere que vuelva? Uno no vuelve a un país, a una raza, a una idea, a un pueblo: uno —yo por lo pronto— vuelvo a un lugar cerrado y limitado donde el corazón se siente seguro” (171). La pérdida del “útero chileno” simboliza la ruptura del vínculo principal que aún se conserva con Chile y el tener que vivir en el exilio implica “elegir una vida afuera de ese útero pequeñito, aislado, protectivo que es Chile pese a los peligros que todos conocemos, pero que es protectivo en comparación con la inclemencia de esta inmensidad que es afuera, donde nos hemos visto obligados a renacer” (73). La casa, el espacio doméstico, no sólo funciona como un lugar físico sino también es un espacio que brinda protección al individuo y que está fácilmente asociada con la memoria de la niñez, de la juventud y de toda una vida que de pronto es interrumpida. El objeto-casa es “arraigo, historia, leyenda, metáfora, territorio propio, término que habita el corazón” (173) por lo que la venta de la casa de la madre tras su muerte significa el corte definitivo del cordón umbilical. Luego de la muerte de la madre, el personaje de Donoso se contesta así mismo la pregunta que se había estado formulando: “¿volver o no volver?” Al perder el punto de referencia —la madre y la casa— se resuelve el conflicto: no se regresa ni para “cerrarle los ojos a mi madre moribunda” (73) ni para asistir a los funerales.

A diferencia de Urbina, en la novela de Donoso se discute, con mayor profundidad, el tema concerniente a los hijos del exilio. En El jardín de al lado se muestra que su reimplantación a la sociedad europea se hace de una manera más rápida cuando se deja el país de origen a una edad temprana. Por otro lado, el compromiso político es otra de las características de las que carecen los hijos de exiliados, lo cual es motivo de tensión entre ambas generaciones. De esta manera, Bijou —hijo de Berta y Hernán Lagos, exiliados chilenos— declara “estar harto… no entendía las discusiones siempre alrededor del mismo tema que día a día se producían entre sus padres y los amigos de la familia… ¿qué de su generación, por lo demás, se acordaba de esas leyendas tantos años después, transcurrida casi la mitad de la vida de la gente como él en Europa”? (54). En el texto, los hijos del exilio están cansados de “escuchar el mismo disco”, se sienten más identificados con el país adoptivo; incluso, el texto construye personajes aculturizados que intentan borrar cualquier asociación con lo latinoamericano. Así, por ejemplo, cuando Alhaja (luego se convierte en Bijou),hijo de unos exiliados chilenos, se da cuenta de que su sobrenombre parece “nombre de argelino, o de marroquí que son razas despreciables, como los negros y los chinos y los judíos, con las que no quería que mis amigos franceses me confundieran y tampoco quería que me confundieran con los latinoamericanos, especialmente con los mexicanos, que parecen chinos” (83) demuestra la renuncia a su identidad original no solo por falta de ideología sino que niega su conexión con las raíces latinoamericanas porque conllevan a la discriminación racial en la sociedad europea. Para Bijou, sus raíces “están en París” (55) ya que había “crecido e ido al colegio en Francia, con compañeros franceses, viviendo como viven los franceses” (55). Otro ejemplo, Patricio (Pato) el hijo de los Méndez cambia también su identidad al llamarse Patrick. Su padre, en efecto, reflexiona sobre la reinvención de la identidad de su hijo. Ante la muerte de la madre y su posible retorno a Chile, a la casa del auténticojardín Méndez menciona: “ahora que mi madre ha muerto podría habitar el auténtico —no el reflejo en esta artificiosa agua de lujo— jardín de al lado. Patrick, entonces, volvería a ser Pato” (167). La caracterización de lo artificial en el exterior —tal como se aprecia en la cita transcrita— no sólo ejemplifica la representatividad del jardín de al lado como punto referencial de la identidad chilena sino que también el regreso a la tierra natal implicaría la reconstrucción de la identidad del hijo de chilenos, crecidos fuera del país de origen. Los hijos del exilio se ven no solo como una generación perdida en la ambigüedad sino también por su facilidad de integración con respecto a los padres, llegan incluso a tomar una posición totalmente eurocentrista al rechazar todo lo que no sea “occidental”.

Dentro de un conglomerado de individuos latinoamericanos que residen en España, el exilio continental se convierte en una nueva categoría que recrea una conciencia etnocomunal. Cabe destacar, sin embargo que a través de la representación del conflicto producido entre los latinoamericanos, los sudacas, la novela simboliza la falta de integración continental. La contradicción consiste en que a pesar de las tensiones, los “exiliados políticos latinoamericanos como nosotros, que tan a menudo nos odiábamos pero que no podíamos prescindir de nuestra compañía – asados a la argentina, feijoada, pastel de choclo, empanadas salteñas, anticuchos, los sabores nostálgicos, simulados con productos tan distintos a los nuestros” (36) se establece una comunidad donde se crea una “hermandad de sabores”, de tal manera que se mantienen las costumbres y tradiciones a un nivel del continentalismo latinoamericano. El lenguaje, las historias similares y la proximidad geográfica se convierten en elementos unificadores de esta masa de exiliados. Laura A. Chesak sugiere que “la recuperación de las señas de identidad perdidas en el viaje entre Hispanoamérica y Europa es lo que sigue reuniendo a la comunidad de mendigos y vagabundos” (1998: 98). En el exilio se hacen más estrechos los vínculos entre quienes comparten las mismas experiencias, y ante el aislamiento o la soledad, surge la organización comunitaria. Es así que las tragedias colectivas —la dictadura chilena, uruguaya, argentina— crean entre los exiliados no solo un sentimiento de solidaridad sino que las reuniones son motivo “para seguir hurgando en las heridas del rencor” (Donoso 1981: 36).

 

3. Diálogo entre ambos textos

Ambos autores plantean dos enfoques distintos mas no contradictorios, sino, en todo caso, complementarios respecto de la experiencia del exiliado. Uno de los temas principales es la estrecha relación que se presenta entre la madre/nación y el exiliado. En forma paralela, Urbina y Donoso recurren al hilo telefónico como una estrategia de conexión entre el presente y el pasado. Al enterarse de la muerte de la madre, Méndez menciona: “Ahora no soy hijo de nadie: ahora yo soy tronco, yo soy raíz” (167). La ruptura del cordón umbilical desencadena una crisis ante los sentimientos reprimidos. No obstante, una de las características de los grupos diaspóricos es el deseo de retorno, en muchos casos, se convierte en un pensamiento utópico en tanto las condiciones económicas o políticas no lo permiten.

Uno de los comentarios sociales que más se resalta en estas dos obras se refieren, por un lado, a la pérdida de una generación de jóvenes que mueren por defender unos ideales que, en su momento, simbolizaban la posibilidad de “crear una realidad alternativa” (Urbina 1992: 184). Por otra parte, se puede dilucidar la fuga de talentos que se produce luego del golpe de estado. Tomando como ejemplo el caso de la Argentina, en la narrativa donosiana se menciona: “toda la escuela psicoanalítica argentina fue forzada a abandonar al país, porque para los militares en el poder psicoanálisis y marxismo era una y la misa cosa: la salida de estos eminentes profesionales fue como hacerle una lobotomía a la Argentina. Sus miembros más prominentes se establecieron en Madrid” (Donoso 1981: 82). De tal forma, los países bajo gobiernos dictatoriales expulsaron a muchos profesionalesque luego serían incorporados en los diversos sectores de las sociedades receptoras. Adicionalmente, los hijos del exilio se convierten en una generación caracterizada por la ambigüedad identitaria. Este grupo de jóvenes ejemplifica una generación desidentificada con la sociedad chilena que ante la idea del retorno “confiesan[n] que jamás volverán a sus países, aunque las cosas cambien para bien” (83). Una generación que crece en el país del exilio de los padres revierte la posición de país de origen/receptor. Así, como lo menciona María Elena Acuña, “para la segunda generación la sociedad de acogida pasa a ser su sociedad de origen y Chile, su sociedad de acogida” (2001).

Por otra parte, el enfoque de los dos textos muestran al exiliado que vive en el conflicto entre “aquí y allá”, posición que se intenta negociar y/o definir a través de estas dos obras. Si la persona es un producto del discurso, entonces, el exiliado es un individuo que ya ha sido producido a través de una ideología educativa, religiosa, distinta a la del país adoptivo, lo que implica el difícil proceso de adaptación y/o asimilación en la sociedad receptora. Entre los factores de asimilación por considerar, están por el ejemplo, el lenguaje, el clima, por lo que en el caso de España el choque cultural pareciera no ser tan fuerte, aunque de todas formas permanecen los sentimientos de nostalgia y de añoranza por la tierra que se dejó. El exilio es visto —desde la perspectiva literaria— como una experiencia traumática que disgrega al individuo en un allá-entonces y un acá-ahora (término de Abril Trigo).

La relevancia de estos textos radica en el hecho de que los escritores representan la sicología del exiliado mostrando su constante negociación por lograr vivir en un país extranjero. Para el caso de Cobro Revertido, Urbina muestra la incapacidad de adaptación del exiliado. El pasado pesa más que el presente y es la muerte de la madre, como estimulador de la memoria, la que origina un análisis retrospectivo del individuo. Urbina, en este sentido, construye a un personaje que encarna las situaciones más extremas del sujeto que vive lejos de su tierra natal. No hay reconciliación entre el individuo y la vida; el exilio lo lleva al fracaso. Por otro lado, mientras que para el sociólogo de la novela de Urbina sus memorias del pasado no le permiten desasociarse con su patria, el personaje-escritor de la novela de Donoso intenta precisamente recordar su experiencia del exilio para narrar su historia. La memoria presente o ausente es lo que determina la posible adaptación y/o asimilación del exiliado en el país que lo acoge.

Tanto la literatura de Urbina como la de Donoso cumplen la función de cuestionar el régimen dictatorial y demostrar, a través de sus relatos, la experiencia que vive el individuo en el exilio. Mientras que Urbina estructura la novela en base a los recuerdos del sociólogo, reafirmando de esta manera la frase “somos lo que recordamos”, Donoso plantea una visión del exilio que intercala el fracaso con el éxito, el odio con el amor y el fatalismo con la esperanza. En ambos casos, el referente es Chile y a pesar de la distancia y de la distinta realidad, la “madre patria” es el eje principal de los personajes. Bajo un marco socio-histórico, el análisis de las dos novelas del exilio chileno nos ha permitido explorar las distintas esferas o niveles en que se puede construir discursivamente la realidad del exilio. La recuperación de los recuerdos se convierte en un mecanismo en el cual el pasado es un presente constante. Es decir, el pasado se incorpora de una manera dinámica a la vida actual, ya que la experiencia de la dictadura y el consiguiente exilio influyen sobremanera en el individuo que intenta modificar su comportamiento en el país extranjero. Se podría concluir cuestionando: “¿Cuáles son las “lecciones de vida de estas historias”? El aprendizaje principal, según Jelin, es que “la nueva generación trajo al escenario de la acción política el ‘nunca más’ a confrontaciones violentas y traumáticas, lo que requirió producir y ‘usar’ olvidos y silencios políticos” (4). En otras palabras, en base a la experiencia vivida, frases como “nunca más”, “recordar para no repetir” se convertirán en guías en la acción política, especialmente, en la defensa de la democracia.

 

4. Conclusión

Tomando como casos de estudio la novela de exilio de José Leandro Urbina y de José Donoso, el análisis de estas dos obras nos ha permitido interpretar —desde una perspectiva literaria— algunos de los factores más impactantes de la dictadura militar chilena. Si bien hay otras fuentes más documentales de la dictadura y del exilio y se puede pensar, por ejemplo, que es la historia la narración veraz de los acontecimientos pasados o presentes mientras que la literatura es la expresión y la recreación de una dimensión imaginaria, a través de la literatura se ha podido analizar la figura del individuo común, anónimo, puesto en un contexto social, económico, político y cultural en la sociedad que lo acoge. La novela del exilio se puede ver como una memoria colectiva que expresa, preserva y traslada la experiencia del exilio para las siguientes generaciones. Las novelas, Cobro Revertido y El jardín de al lado, coinciden en plantear las tensiones y conflictos de la experiencia del exilio chileno, contribuyendo, de esta forma, a las memorias de la dictadura. Mientras que en Cobro Revertido, la progresiva decadencia del exiliado es un símbolo de la destrucción identitaria y, por lo consiguiente, no se propone un final reconciliatorio, en El jardín de al lado la renuncia de la escritura por parte del personaje masculino representa el inicio de la escritura por parte del personaje femenino. Si bien ambos autores —Urbina y Donoso— escriben con cierta distancia espacio-temporal, coinciden en señalar la memoria y la escritura como elementos fundamentales en el exilio. En el caso de la novela de Urbina, la mirada retrospectiva permite encontrar en el pasado los motivos que aquejan al exiliado. Donoso, por su parte, recurre a la ruptura geográfica y a la reconstrucción de un personaje que, tras su caída, se reivindica y mira al futuro con una perspectiva esperanzadora. Los escritores chilenos determinan su permanencia en el exilio a partir de la muerte física y metafórica de la madre.

Este trabajo ha explorado las implicaciones de la representación del individuo exiliado en la novela de dos escritores chilenos del siglo XX. Las referencias al golpe de Estado y a la salida de la tierra natal forman parte de las agendas ideológicas de la narrativa de dictadura y exilio. Si bien ambos autores se centran en la especificidad regional: la dictadura chilena como expresión del autoritarismo militar, éste es un concepto universal que podría representar cualquier ciudadano latinoamericano que tiene que enfrentarse con múltiples problemas de adaptación lejos de su lugar de origen. La coincidencia en el uso de la recuperación de la memoria y de la escritura como estrategias literarias utilizadas por ambos autores permite elucidar la intrínseca relación entre estas dos funciones fisiológicas y la necesidad de narrar la experiencia del exilio con distintas versiones para una misma realidad. La narrativa de la experiencia del exilio no produce, siguiendo las palabras de Jelin, “alivio, sino una reactualización de la situación traumática” (2002: 85), por lo que evocar la memoria se transforma en un mecanismo de resistencia contra la amnesia colectiva. Si bien hay un reacomodo en términos socioeconómicos, tras la lectura de ambas novelas del exilio se puede determinar que los personajes no logran escapar de su condición de exiliado.

Situándonos en el contexto contemporáneo, podemos establecer la importancia de tal literatura, no solo para quienes —de alguna u otra manera— fueron tanto partícipes como testigos de la violencia que utilizó el gobierno contra su propio pueblo, sino también a través de personajes que duermen, sueñan, comen, trabajan y luchan por adaptarse a la nueva sociedad, pues esos sentimientos de dolor, de nostalgia, de frustración y de fracaso sugieren que la obra literaria es una radiografía de la experiencia del exilio. Si bien la dictadura causa miles de muertes, desapariciones, torturas, rupturas familiares, exilios, pena y dolor en la sociedad chilena; el arte, a través de la producción fílmica, como ejemplo los filmes de Miguel Littín y Patricio Guzmán y la vasta literatura de la dictadura y el exilio, surge como un nuevo tipo de expresión artística que intenta representar el período de terror que se vivió y que se prometió “nunca más” repetir. El acto de narrar está impulsado por la necesidad de representar los estragos del exilio a fin de evitar que el “polvo” cubra a esta gran tragedia colectiva “con una capa grisácea de olvido” (Donoso 1981: 261).

 

© Gabriela McEvoy, 2008

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4 Elizabeth Jelin toma el ejemplo de la Guerra Civil española; sin embargo, dada las características similares de los gobiernos de dictadura: golpe de estado militar, exilio, tortura, puede fácilmente relacionarse con el caso chileno (2002: 123).

 

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