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¿De dónde viene este vínculo entre diplomacia y poesía? Una percepción personal es que, además de la palabra  –elemento y esencia fundamental de ambas expresiones —poeta y diplomático están además preocupados por una realidad que no es la cotidiana?

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Diplomacia versus Literatura

por Alejandro Neyra

 

“En nada semejaba a esos diplomáticos cuyas cualidades son todas negativas
y cuya ciencia consiste en no comprometerse y en hablar francés”.
(Guerra y Paz, Leon Tolstoi)

“Unos meses antes, un descuido había revelado que algunos diplomáticos arriesgaban a menudo su reputación y el porvenir de sus países a causa de su mayor o menor destreza en emplear con naturalidad, en el curso de las conferencias, palabras tales como “unicornio”, “hermafrodita” o cualquiera otra palabra extraña que los participantes habían convenido de antemano. La regla consistía en decir la palabra elegida sin que pareciera forzado.
 Admirable tentativa de esos pobres hombres de Estado por dar un poco de brillo a una vida lúgubre, consagrada a los intercambios culturales y a los problemas del desarme.
Pero se descubrió el pastel: La Diplomacia es una sociedad internacional de juegos de palabras
 y su secreto ha sido al fin divulgado”
(En el umbral de la ‘Patafísica, Roger Shattuck)

 

 

A los alumnos de las Escuelas y Academias Diplomáticas del mundo se les suele enseñar que cuando se discute sobre materias relacionadas a la seguridad y defensa nacionales, la carrera diplomática y la militar tienen muchas coincidencias, y que finalmente la Diplomacia y el Ejército son dos caras de una misma moneda. Sin embargo, probablemente debamos conceder también que siendo los diplomáticos especialistas en el uso del lenguaje –por  suerte cada vez más para evitar conflictos, antes que para crearlos– puede decirse que la diplomacia tiene una contracara más pacífica y amable, aunque no necesariamente menos discreta: la literatura.

Este breve ensayo no tiene un propósito más profundo que hacer un recorrido por diversas figuras, obras y personajes  –incluyendo especialmente a algunos autores peruanos  –que han sabido conjugar estas dos disciplinas(1)– usaremos este apelativo a fin de evitar la discusión si la diplomacia es un arte, un oficio o hasta un pasatiempo  –que hacen del lenguaje y de la expresión en general su elemento principal.

En la larga lista de escritores-diplomáticos(2) (y viceversa) que vienen a la mente de manera instantánea por latinoamericanos están desde Octavio Paz y Pablo Neruda (ambos ganadores del premio Nobel) hasta Jorge Edwards, pasando por Julio Ramón Ribeyro, Sergio Pitol, Abel Posse y Carlos Herrera entre otros muchos. Otros dos premios Nobel que vale la pena mencionar son Ivo Andric (nacido en Bosnia-Herzegovina y muerto yugoslavo) y notablemente Saint-John Perse, uno de los mejores poetas del siglo XX  –Nobel en 1960— quien ocupó además los más altos cargos de la diplomacia francesa con su nombre de pila Alexis Leger (incluyendo la Secretaría General del Quai d’Orsay  –la Cancillería gala— entre 1933 y 1940). Cesado por razones políticas y vilipendiado por el régimen colaboracionista de Vichy, el gran diplomático pudo dedicarse después de algunos meses de penuria en Estados Unidos, íntegramente a la Literatura. Saint-John Perse es el ejemplo perfecto de que un gran diplomático también puede ser un gran escritor (o quizás sea el ejemplo que confirma la regla contraria), y a él podemos agregar a Paul Morand y a otro escritor francés a quien también mencionaremos más adelante, Romain Gary.

A este ilustre grupo de escritores añadiremos uno que ha alcanzado la fama  –y la fortuna– recientemente. Se trata del diplomático indio Vikas Swarup, quien es el autor de un best-seller llamado Q&A, más conocido con su nombre de reimpresión con el que dio el gran salto al cine: Slumdog Millionaire. La versión en español de la película se llama Quién quiere ser millonario y tanto el film como su director, Danny Boyle, fueron recompensados con el Oscar 2009. De no llegar a ser considerado uno de los más talentosos escritores-diplomáticos, en todo caso Vikas Swarup seguramente hará honor al título español de su novela.

Por otro lado, no menos interesantes son las novelas sobre diplomáticos, como Bajo el volcán de Malcolm Lowry, que describe la caída libre de un cónsul británico alcoholizado en México, y Bella del Señor de Albert Cohen. Esta última ofrece la doble imagen del diplomático en la que quizás sea la más hermosa novela romántica del siglo XX: Solal, el culto, inteligente y encantador Sub-Secretario General de la Sociedad de las Naciones y Adrien Deume, el trepador, vanidoso y ocioso funcionario internacional (el capítulo IV es, si desea uno regodearse en la burla de la burocrática vida diplomática, lo más logrado de la literatura universal). A ellos, en casos más cercanos puede agregarse el Cónsul chileno en Iquitos de la novela El lugar donde estuvo el paraíso de Carlos Franz, o el Embajador peruano en Una muerte sin medida de Harry Belevan, sin contar las muchas novelas autobiográficas de diplomáticos latinoamericanos, pues no falta en cada servicio diplomático un aspirante a novelista.

Pero volveremos a los narradores un poco más tarde. Pasaremos ahora a algo más serio, cuando no menos celebrado, al menos en apariencia: la diplomacia y la poesía.

Diplomacia y poesía

La palabra diplomacia no se repite frecuentemente en la poesía. Mucho menos el vocablo diplomático. La vinculación entre diplomacia y lírica es más bien sutil. Como ya habíamos adelantado, uno de los más grandes poetas del siglo, Saint-John Perse, era un notable diplomático francés. Pedro Neftalí Reyes (Pablo Neruda) fue Cónsul honorario primero y de carrera después. Y Octavio Paz es otro de los mejores ejemplos de esta dualidad compartida de diplomático y poeta que muchos buscan emular.

Entre los peruanos, con diversos bemoles, abundan aquellos que si no se han dedicado paralela pero concienzudamente a la poesía, han sabido pergeñar poemas y antologías, desde Francisco y Xavier Abril de Vivero, pasando por Enrique Peña Barrenechea y el inefable José Santos Chocano, hasta reconocidos Embajadores como Felipe Valdivieso o Martín Yrigoyen, sin dejar de lado a un hoy lamentablemente poco recordado Luis Felipe Angell (Sofocleto), quien fue diplomático  –aunque usted no lo crea– y luego se dedicó de lleno a la sátira y al humor en diversas publicaciones en verso y prosa.(3)

¿De dónde viene este vínculo entre diplomacia y poesía? Una percepción personal es que, además de la palabra  –elemento y esencia fundamental de ambas expresiones —poeta y diplomático están además preocupados por una realidad que no es la cotidiana (aunque en ambos casos muchas veces se construya precisamente con elementos de cotidianidad). Poetas y diplomáticos viven preocupados con entelequias y definiciones generales, ideas  –en el sentido platónico, si se quiere– e ideales abstractos. Pues qué más irreal  –virtual también podría decirse hoy– que el Estado y las relaciones internacionales. Para un ciudadano de a pie, las relaciones entre diferentes gobiernos son un conjunto de frases rimbombantes y vacuas. Esos intercambios y visitas internacionales entre hombres que juegan a estadistas y cancilleres podrían entenderse mejor quizás a través de un mapamundi  –o mejor, con un juego de Risk.

Del mismo modo, la poesía busca comprender sentimientos, pasiones, intereses que no necesariamente se manifiestan en la epidermis de la sociedad sino en el plano de las ideas.

Volvamos a Saint-John Perse, quien llegó a lo más alto en su carrera diplomática y al mismo tiempo fue  –como él mismo señaló en su discurso de aceptación del premio Nobel– en tanto que poeta, “la mala conciencia de su tiempo”. En ese discurso memorable, que es de 1960 pero que permanece plenamente vigente, Saint-John Perse(4) dice que hoy más que nunca, en un tiempo de cambios tecnológicos, la poesía es necesaria y está tan presente como lo estaba en la época de las cavernas, pues es sustancial al hombre. Una similitud con la diplomacia, sin duda, si recordamos esa frase que dice que “la diplomacia se inventó cuando los hombres se dieron cuenta de que era mejor escuchar el mensaje que comerse al mensajero”.

Eso, escuchar y escribir, sin duda es lo que hizo también Octavio Paz, quien en su larga vida diplomática recorrió el mundo, contemplando sus elementos sustantivos y al mismo tiempo, haciendo de la poesía  –aunque también del ensayo, esa otra gran faceta literaria suya– un modo de expresión propio de aquellos desarraigados que buscan comprender y comprehender realidades diversas, muchas veces en lenguajes distintos, extraños, a los cuales solo se puede acceder a través de palabras elementales, que son, qué duda cabe, las que forjan la real poesía.
En el caso de los poetas peruanos, nuevamente es necesario precisar que no haremos mayores diferencias entre aquellos que ocuparon cargos diplomáticos a través del Servicio Diplomático y los que ocuparon puestos en el vasto organigrama del Ministerio de Relaciones Exteriores. Entre estos últimos tenemos a José Gálvez Barrenechea  –el llamado “Poeta de la Juventud”, quien fuera Cónsul en España—, a José Santos Chocano –autodenominado “Cantor de América”, quien fue miembro de legaciones peruanas en Colombia y España–, o el propio Xavier Abril –quien fue por muchos años (desde los sesenta hasta su muerte acaecida en 1990) Agregado Cultural en Montevideo.

Entre los diplomáticos “de carrera” están Pablo Abril de Vivero, hermano de Xavier y quien es recordado como poeta pero también como uno de los mecenas que ayudó a Vallejo a sobrevivir en su exilio, y Enrique Peña Barrenechea, el autor del Cinema de los sentidos puros, publicado curiosamente en 1931  –año en que Xavier Abril publicara también uno de los mejores poemarios del surrealismo peruano: Hollywood.

La lista de diplomáticos poetas en el escalafón del Servicio Diplomático (una suerte de guía “quién es quién”) es casi interminable, pero creo que en todos ellos confluye un deseo de inmortalidad y de reconocimiento digno de aquellos que hacen del lenguaje su material, su obra y su propio destino.
  

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1 Pedro Ugarteche, reconocido diplomático peruano, promotor de la creación de la Academia Diplomática, prefiere no correr el riesgo de fallar y señala que la diplomacia es “arte y ciencia, técnica y oficio” (Diplomacia y Literatura, 1961).

2 En este caso nos referimos por diplomáticos a todos aquellos que han desempeñado labores diplomáticas, incluida las labores consulares y el cargo de agregados (culturales en su mayoría), para no incurrir en la diferenciación entre diplomáticos de carrera y otros, aun cuando es de notar que –sobre todo hoy en día– la diplomacia es una profesión reconocida que suele tener cuadros profesionales especializados, a diferencia de antaño.

3 En palabras de Sofocleto, el Perú, luego de comenzar a producir en serie perfectos cojudos, empezó a exportarlos (a través del Servicio Diplomático) a efectos de infiltrarlos en las filas de los enemigos.

4 La Obra Poética Completa se encuentra en una edición de la Pontificia Universidad Católica.


 

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