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Es muy jodido ser pobre y maricón en Chile, en Latinoamérica, donde los machitos de cada esquina son reyes, matones de barrio y dictadores. Es muy jodido ser pobre y maricón y de izquierda bajo la dictadura, pero la dictadura pasa, así los milicos (con socialismo y todo) sigan, pero el ser pobre y maricón no. Pero Lemebel no calla y no olvida

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Un maricón con huevos enormes

por Nicolás Rodríguez Galvis

 

Lo interesante es que para encontrar a Lemebel hay que saber leer bien.

Un mes en Buenos Aires y descubro en un periódico, digo descubrir porque la nota estaba escondida en las últimas páginas (y escrita con letra de contrato), que Pedro Lemebel daba una conferencia en la ciudad. El bus en el que estaba montado me llevaba a la universidad, donde tenía que cumplir los deberes de todo estudiante de intercambio que se respete. Pero la conferencia era a la misma hora que mi clase de relaciones internacionales. No fue muy dificil tomar la decisión adecuada: boté la clase que tenía por la ventana tras haberla aturdido con un par de certeras patadas en la entrepierna y acudí presto al Centro Cultural San Martín, donde un afiche fosforescente, como el aura de una virgen, anunciaba en negrilla y mayúsculas el título de Narradores de lo urbano, dos puntos, Crónicas de lo ajeno. Uno de los tres narradores era Pedro. Pero claro, la historia, como ha de ser, no comienza acá.

Fue una profesora argentina, exilada en Francia desde que Videla se encaramó en el poder, la primera persona que me habló de Lemebel y de sus crónicas. La presentación fue irresistible. “Es un hombre que resiste”, me dijo, “maquillado con buen gusto y con tacones puntiagudos”. Enseguida me prestó dos de sus libros que desde la lectura de sus títulos, La esquina es mi corazón y De perlas y cicatrices, marcarían mi imaginario y mi realidad. Porque cuando hablamos de Lemebel hablamos de violencia y de pasión, de esquinas donde se sortean cuchillos pero donde también nace el amor, de perlas como sueños de grandeza y de cicatrices que no se borran. Con su lucidez habitual, Nicanor Parra ya había prefigurado todo esto mientras dormía en una silla. Porque queda de manifiesto que las mariposas son flores en movimiento perpetuo, queda de manifiesto que fornicar es un acto literario y, sobre todo, queda de manifiesto que las arrugas no son cicatrices. Las arrugas no son cicatrices. Habría que repetir esta frase todos los días tres veces antes de dormir. Lemebel lo sabe bien, él que afirma que tiene cicatrices de risas en la espalda.

El ambiente en el centro cultural, ni más faltaba, era el propicio. Mientras yo fumaba un cigarrillo, el lugar comenzó a plagarse de exuberantes travestis que, como yo, también fumaban, pero estos, o estas (suele ser complicado escoger el genero adecuado) lo hacían con un estilo mucho más elegante que el mío, lo cual asumí con nobleza y poca perplejidad.

La conferencia comienza, transcurre y Lemebel habla en tercero, es decir en último, como lo hacen los grandes rockeros ya confirmados. Coca-cola light enfrente, abre la boca y el corro de seguidoras/dores, estalla en aplausos y besos sonoros y él, diremos él, Pedro, claro, saluda poniéndose de pie, mostrándonos el vestido sobrio que le llega a las rodillas, la pañoleta negra que le cubre la cabeza, sus manos grandes de uñas largas, sus tacones-aguja-de-seis-centímetros-que-suenan-siempre-tan-lejanos, mandando a su vez besos a diestra y siniestra como toda reina de la noche que se respete. Pedro abrió la boca, su tan recorrida boca –¿en qué recoveco sexual y político no se abrá metido esa boca de labios finos?– y de ahí en adelante todo fue memorable.

Leyó dos crónicas, crónicas de lo absurdo se me antoja decir, pero que son tan irremediablemente reales. Lo primero que dijo, todo el munbdo expectante, fue: “Ay, ¿podemos empezar en un momento? Es que estoy que me meo”. (Risas y más besos). Mucha Coca-cola light, presumo mientras el silencio empieza a aparecer. Pedro va a hablar del gay town de Santiago, sí, de Santiago, una ciudad que se cree Manhattan (San-hattan, intenta) pero donde no se habla del aborto así el presidente de Chile sea una presidenta. “Yo vivía en un barrio pobre”, comienza, “pero esta es la historia de cuando el maricón del tercer piso le dió una estrella al pueblo y volviéndose famoso pudo mudarse al Gaaaaay Taaaauuuuuuun”. Sobra decir que su acento es fantástico. Chileno arrastrado con el ritmo del travesti de Todo sobre mi madre. Su intervención es de otro planeta, un planeta donde se mezclan ironía, humor, dolor y alegría. Un planeta que desagrada de sobremanera a más de una esbelta setentona porteña recubierta de piel de bebé de foca que se para indignada de la sala y se va intentando olvidar las verdades que Lemebel transmite.

El viaje ha sido largo y duro para Lemebel. Es muy jodido ser pobre y maricón en Chile, en Latinoamérica, donde los machitos de cada esquina son reyes, matones de barrio y dictadores. Es muy jodido ser pobre y maricón y de izquierda bajo la dictadura, pero la dictadura pasa, así los milicos (con socialismo y todo) sigan, pero el ser pobre y maricón no. Pero Lemebel no calla y no olvida. Durante los años de la dictadura, momento en que lo escrito está más que controlado (perdonen el eufemismo), Lemebel crea el grupo de performance artístico Las Yeguas del Apocalipsis y le da una oralidad a su escritura contestataria. Roberto Bolaño, que más que ser su amigo fue su admirador, escribió sobre las Yeguas: “Las Yeguas eran, antes que nada, dos homosexuales pobres, lo que en un país homofóbico y jerarquizado (en donde ser pobre es una vergüenza, y pobre y artista un delito) constituía casi una invitación a ser pasado por las armas en todos los sentidos. Una buena parte del honor de la República Real y de la República de las Letras fue salvado por las Yeguas”. Después de las Yeguas, Lemebel vuelve a escribir. No escribe poesía pero su precisión, su sentido agudo del ritmo y su capacidad de mirar de frente al abismo nos indican que sí escribe poesía y profundidad. Lemebel, ese maricón con huevos enormes.

Su segunda crónica, “Eres mio, niña”, es aún más percutante que la primera. Se oye en los altavoces del anfiteatro el beat de un rap y salta Pedro a contar una historia eroticómica de cómo se hizo amante de un rapero de diecinueve años con un miembro de veintitantos centímetros. Los fluidos vienen y van a ritmo de beatbox mientras el deseo y lo urbano se toman la sala y la narración se hace hipnótica entre desparpajos de risa, sexo (penetración, saliva, amor), calles, noches y fantástica literatura. No es sólo meterlo y sacarlo y sacarlo y meterlo, aunque se saca y se mete y se mete se saca, se habla de ternura, compañeros, del cariño que rompe hasta las corazas más duras. Un mar de aplausos irrumpe en el auditorio cuando Pedro acaba y mandando una vez más sus besos de reina de la noche vuelta a coronar sale corriendo a mear.

Al final del encuentro, todavía aturdido de emoción, me quedé esperando a que sus fans, sus groupies (porque lo son, en lo más freak del término) y los entrevistadores fantasma le dieran un segundo de libertad. Mientra esperaba, pensé en los momentos que su lectura había grabado con hierro en mi memoria. Una imagen: Un perro agoniza de frio en la noche invernal. Un hombre vestido de mujer lo masturba lentamente mientras le soba el cuello. El hombre vestido de mujer lo cubre con su abrigo y se va. Una imagen: Tras años de espera Lemebel va a hablar con Silvio Rodríguez, ídolo de su resistencia, hombre de letras de canciones que agregan valor a la falta de esperanza, y Silvio Rodríguez lo desprecia por maricón. El retrato de un símbolo que cae de forma vertiginosa para romperse en mil pedazos que se transforman en la imagen de un sidario cubano, tal vez el mismo que casi destruye a Reinaldo Arenas. Una imagen: Altas horas de la noche. Santiago iluminado por postes de luz gastados. Lemebel espero un taxi en el andén. Un hombre se le acerca, plata, no, sale el cuchillo. Lemebel no corre, el miedo se le ha pasado con los años, sus tacones muy altos, espera, observa. Intenta negociar. El atracador reconoce su voz. Eres el weón de las crónicas de la radio, le dice. Te oíamos todos los días en la cárcel. Guarda su puñal y abraza a Lemebel con fuerza. Yo leo lo sucedido en una crónica que Lemebel escribe para la radio y dedica a ese hombre de la noche.

Le hablo entonces a Lemebel. Me hace preguntas, me pregunta de dónde vengo y me habla de Bogotá. Pedro se sienta de repente, mientras charlamos, en un sofá de tercipelo rojo que sale de la nada, como si su presencia lo hubiera atraido de repente. Yo hablaba en cuclillas y él me cogió una mano con su mano izquierda y me carició el antebrazo con su mano derecha. Me miraba intensamente con sus ojos delineados, con sus pestañas revloneadas, y le hablé sintiendo que me acariciaba una amiga, una mujer a la que le gusto, la abuela que nunca conocí, y seguí hablando (Pedro preguntaba y escuchaba con una delicadeza implacable) sintiendo sus yemas tan suaves que sin darme cuenta me erizaban los pelos y él me habló de viajes y de la importancia de la oscuridad y de los ojos abiertos y de mi pelo tan negro y rizado y de la necesidad de, siempre, fatigar a los andenes. Hablamos de libros y de Chile y entonces de Parra, de Lihn y de Bolaño y recordé de repente que en mi mochila estaban Los detectives salvajes que yo anadaba releyendo por esos días. Se lo dije y él me pidió el libro, me lo arrebató de las manos con cariño (y yo, absurda y logicamente seguí sintiendo sus caricias) y sacó un esfero de su escote (recatadísimo, por cierto) y me dedicó, dos puntos, “Robert me dijo, Pedro, tú eres el Condorito gay, Para Nicolás de este corazón desvencijado”.

Me entregó el libro y sonreí. Hubiera querido poder hacer algo más para demostrar mi felicidad, pero mi cuerpo en estos casos es limitado e intenté estupidamente estrecharle la mano. El me miró no creyéndolo, o incluso sin darse cuenta, y me abrazó y me besó en las dos mejillas. Pensé que era una lástima ser heterosexual.

El poeta Enrique Lihn escribió: “porque escribí porque escribí estoy vivo”. Esta frase, hermosa, puede que en el caso de Lemebel no sea totalmente cierta, su vida estando tan llena de lágrimas de rabia, alegría y tristeza. Lo que sí es cierto es que porque Lemebel escribió, y escribe, nosotros vivimos más, miramos las nubes con otros ojos. Su lectura nos hace más reales.

© Nicolás Rodríguez Galvis, 2009

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Nicolás Rodríguez Galvis: (Bogotá-Colombia, 1984). Es lector asiduo, periodista y escritor amateur ocasional. Le gusta subrayar, ir al cine y viajar en tren. Reside en París.

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