La “literatura de viajes” concibe el viaje como un valor en sí mismo, como una inquietud heredera de aquella antigua fascinación por los deslazamientos plasmada en epopeyas fundacionales de la literatura universal, ostensibles “relatos de viajes”, como La Odisea de Homero, La Eneida de Virgilio, El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha de Cervantes...

 

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Julio Verne y las crónicas de los viajes imaginarios

por Rafael Ojeda

 

Los viajes extraordinarios

Con el título de Los viajes extraordinarios, Julio Verne y su editor Jules Hetzel agruparon la más famosa colección libros de viajes que se haya escrito. Serie que consta de 60 relatos, iniciada con Cinco semanas en globo, publicada en 1863, y que se prolongará a lo largo de cuatro décadas, hasta integrar obras como Viaje al centro de la tierra (1864), De la tierra a la Luna (1865), La vuelta al mundo en 80 días (1873), Los hijos del capitán Grant (1867), Veinte mil leguas de viajes submarino (1870), La isla misteriosa (1874) éstas tres últimas pertenecientes a la trilogía del capitán Nemo y Miguel Stroggof (1876), entre otras publicaciones editadas, pues se dice que casi al final de su vida, arrastrado por la amargura, quemó varios libros, diarios y demás obras en gestación.

Precursor de novelas de ciencia ficción y modernos relatos de aventura, a él le debemos la primera anticipación del hombre proyectado a la Luna , publicada en dos partes De la tierra a la Luna y Alrededor de la Luna, cuyo parecido a los episodios del primer viaje del Apolo 8, en 1968, al espacio selenita será sorprendente. Y tal vez esto explique el hecho de que se ubicara como el autor predilecto del séptimo arte, tendencia perceptible desde el filme que Georges Méliès hiciera a partir de una de sus obras.

Los viajes de Verne, aunque no tan intensos como los relatados en sus novelas, no fueron del todo imaginados, pues entre 1861 y 1863 ya había visitado Escocia, Noruega, Islandia y Estados Unidos. Pero sus ansias de aventuras lo llevarán a comprarse un yate, en 1879, bautizado con el nombre de Saint Michel, y con el que recorrerá el Mar Mediterráneo, pasando luego a recorrer Irlanda, Escocia, Noruega (1880), Inglaterra, el mar del Norte y el Báltico (1881). Al tiempo, renunciando a sus viajes y aventuras, venderá el yate, pues en 1886, inexplicablemente, el sobrino al que él había amado y protegido como a un hijo le dispara hiriéndole en la pierna, dejándolo lisiado, solitario, enfermo y más amargado aún.

Tal vez, a pesar de que sus mayores obras implican una búsqueda apasionada de esa armonía que él jamás tuvo, de esa pureza humana intacta a pesar de las adversidades, él nunca se traicionó. Sus últimas obras, La Misión Barsac, donde se vislumbra un ataque contra el occidentalismo, o El Eterno Adán, planteado como un retorno a los inicios entendido desde el título, no abandona ese pesimismo manifiesto en su vetada primera novela, resucitando un manuscrito de casi 8 mil años de antigüedad, en el que su personaje central descifra una historia en la que se describe la destrucción de una civilización: la civilización occidental en la época de Julio Verne.

 

Martín Paz y el retorno al Perú de Verne

Tal vez las leyendas de ciudades perdidas, como el fabuloso reino del Paititi, los reinos imaginarios de Ruparupa, Candire y Henin; la aurífera Omagua, el Gran Moxo, o El Dorado, llegadas a Europa durante el siglo XVII, y asociadas a la legendaria Arcadia, hayan originado esa imagen de país mítico y riquísimo que impuso en el viejo continente la frase: “Vale un Perú”. Y, aunque pueda resultar discutible afirmar que la antigua civilización andina ha marcado el desarrollo social de los pueblos del mundo, influyendo en las concepciones políticas y sociales que siguieron al Renacimiento, no se puede negar la importancia que el sistema político incaico tuvo en la concepción de las primeras utopías socialistas del siglo XVII, sobre todo por su influjo en libros fundacionales como La ciudad del sol, de Thomaso de Campanella, o Basiliada, del italiano Morelli.

Probablemente también eso inspiró a H. G. Wells a escribir El país de los ciegos, relato, suerte de antiutopía, en el que antiguos peruanos, huyendo de la tiranía de los españoles, se establecen y edifican una ciudad perdida en la que paulatinamente todos se van quedando ciegos, y donde, a diferencia del libro de José Saramago, la ceguera les permite construir un nuevo tipo de organización social. La visión pasa a ser un lastre en vez de una ventaja para la socialización.

Pero Wells, nacido en 1866, no fue el primer autor de ciencia ficción inspirado en esta parte de América. En 1851, el joven Verne había escrito una corta novela que llamó Martín Paz (3) , ambientada íntegramente en el Perú, y que sin embargo había permanecido relegada al olvido en nuestro medio.

Por ello, no resulta raro que un francés se haya inspirado en el Perú para escribir una novela como ésta, más aún si consideramos la moda incaísta que se impuso en Francia durante el siglo XVIII, con la proliferación de obras como Las Indias galantes de Rameau, el drama Alzire de Voltaire, Manco Capac de Leblanc o la posterior Esposa del sol de Gaston Leroux.

Martín Paz es una especie de novela histórica, cuya principal importancia reside en haber captado, en esencia, el génesis de nuestros males nacionales, y de la que dicen fue inspirada tras la contemplación de los cuadros del pintor peruano Ignacio Merino.

Ambientada en los inicios de la República, durante el convulsionado gobierno de Agustín Gamarra (1840), abundante en descripciones naturalistas, narrando a la perfección el paisaje, calles y costumbres de la Lima antigua, Verne aborda vía un artificio tomado de Shakespeare la idea de insertar una historia de amor entre dos bandos en conflicto los graves conflictos interraciales entre indios, mestizos y españoles.

La novela cuenta la historia del indio Martín Paz, hijo del líder máximo de un grupo de insurgencia indígena, que, mientras su gente prepara una revuelta para tomar el poder, se enamora de una dama española, hija adoptiva de un especulador judío y prometida de un mestizo acaudalado. Amor que tras frustrarse la rebelión llevará a los amantes a la muerte.

“Es importante que sepas que sólo una inmigración europea puede salvar al antiguo imperio peruano”, le dice el Marqués de Vergal a Martín Paz, que al final será su protegido. (p.31)

Se puede criticar que Verne aborde los conflictos raciales vía estereotipos conservadores, impuestos por el etnocentrismo occidental. Idealiza la “nobleza” del español en desmedro del mestizo, especie de clase media corroída por la envidia al blanco y el desprecio a los indios y movida por el arribismo; y de los indios, presentados como bárbaros, clase resentida o salvajes en busca de su liberación, además de la figura tópica de un judío ambicioso, intrigante y sin escrúpulos. Pero debemos situarnos en su contexto, pues sólo podemos especular en torno a las ideas que predominaron en Europa del siglo XIX y que influyeron en él. Sobre todo después del desprestigio sistemático de los aborígenes americanos que había iniciado en 1768 el abate de Pauw, pensador naturalista cercano a Voltaire, que había asumido la contrapartida de Rousseau, atacando la tesis del “buen salvaje”. Ideas que habían significado en América Latina una incipiente apertura a la modernidad como proyecto de la Ilustración.

En Martín Paz, sorprende la perfecta descripción que hace de la Plaza Mayor: calles, iglesias y formas de vida que parecen no haber cambiado en Lima. Tal vez todo lo cuestionable en esta obra, como sus retorcidos tránsitos geográficos además de facilitar la fluidez, intensidad y sensación de angustia en el episodio final, pueda explicarse a partir de esa aspiración verniana que Barthes describía como establecerse y encerrarse, de apropiarse del mundo reinventándolo.

El eje de las caminatas no era otro que la Plaza Mayor , donde los artesanos disfrutaban el grato viento de la tarde, mientras los vendedores pregonaban entre la muchedumbre. Las mujeres del pueblo paseaban con el rostro oculto bajo el manto, y las señoras, con elegantes trajes y el cabello arreglado con flores, lo hacían en sus carretas. Contemplaban ese cuadro, los indios con sus miradas gachas conteniendo la envidia y la furia que los consumía, y los mestizos, quienes pese a pertenecer a las bajas capas sociales, se permitían manifestar su resentimiento (12).

Por ello, lo sorprendente no es que Verne haya escrito un texto “histórico” ambientado en Perú (pues también lo hizo con otros países de la región), sino la perfecta descripción que hace del espacio e idiosincrasia limeños. Él nunca visitó el Perú y, como dijera Cortázar, su travesía latinoamericana la realizó sólo alrededor de su mesa, lo que sus críticos observan como insólito en un autor de novelas de aventura, del que dicen salió de su país sólo en las ocasiones mencionadas en este texto. Y tal vez eso podría explicar su rigurosidad y generosa necesidad de documentación ratificada luego en sus mayores obras de ciencia ficción.

Quizá el mayor aporte de este libro a la literatura no sea estilístico, pues su estructura es convencional. Mas su valor real reside en la actualidad de sus presupuestos, que hasta podrían incidir en una aprehensión de las mentalidades. Es decir, a partir de esta historia, Verne ve en la diferencia de clases, el odio entre razas, esa diversidad intolerante que más tarde será el principal lastre para la construcción de una nacionalidad, con unidad de objetivos, lejos de la relación dominador-dominado y de las pretensiones hegemónicas de algunos grupos sociales.

 

Una travesía latinoamericana y el final del camino

Sobre Martín Paz recae también la aureola de haber sido el primer relato de Verne, publicado en la revista ilustrada El Museo de las Familias además de Los primeros navíos mexicanos y terminado cuando el escritor atravesaba apenas los 21 años. Pero su periplo americano no se detendrá ahí, pues, además del Perú y México, Verne tratará sucesivamente países como Argentina, Venezuela, Brasil y Chile, en obras como Los hijos del capitán Grant, La Jangada, El soberbio Orinoco, El faro del fin del mundo y Los náufragos del Jonathan (4).

Esta última describe la odisea del libertario Kaw-djer personaje maravilloso como el apreciado capitán Nemo, que tras el naufragio del velero Jonathan tendrá que confrontar sus principios anarquistas con una realidad que exige orden y la necesidad de tomar las riendas del destino de otros y salvarlos. Escrita en 1891 y publicada recién en 1909, en ella Verne muestra su final definición política, lejana de su faceta conservadora y defensora del status quo, tomando partido más bien por los ideales anarquistas y socialistas.

Pero esos tránsitos imaginados alrededor del mundo, esa pretensión verniana por copar hasta el rincón más inesperado del planeta como en su Viaje al centro de la tierra, otros exquisitos referentes de lugares ignotos de esta parte del continente, y su travesía imaginada alrededor del mundo, responden a sus ansias de totalidad, deseo en el que la imaginación se torna en liberadora y los sueños pierden su irrealidad para concretarse en maravillosos legados humanos.

Sin embargo, injustamente minusvalorado, obviado en los estudios literarios, catalogado para el público infantil, o simplemente despreciado por los que veían en él a un simple divulgador de corrientes científicas que tendían pronto a la obsolescencia, sus últimos meses de vida serán los más tortuosos. Y atacado por una parálisis progresiva y la diabetes que lo irá consumiendo, un 24 de marzo de 1905, tras varios días de agonía y sin poder soportarlo más, se disparará un tiro en el estómago, salida que lo llevará a emprender su último viaje: su travesía hacia la eternidad.

Y no obstante todo ello, el filósofo y epistemólogo Michel Serres le dedicará en 1974 un libro: Juventudes. Acerca de Julio Verne, donde nos muestra esa audacia en el misterio que le dio la trascendencia. Donde el no conocimiento, lo desconocido, es en lo que hay que adentrarse para construir conocimiento. Algo plasmado en el impulso de sus predicciones científicas que el tiempo se encargará de ratificar.

Pero la grandeza de Verne reside, sobre todo, en haber previsto los avances científicos y tecnológicos que un siglo después inaugurarían una nueva era para la humanidad. Demostrándose en él lo que Wilde quiso decir al escribir: “La vida imita al arte”, pues Julio Verne insinuó en su obra algunos caminos para el avance científico, algunas pistas sobre el futuro. Un visionario al que el utopista Wells se le acerca un poco e Isaac Asimov le queda aún lejos. Y tal vez nada puede explicar mejor a Verne que estas palabras suyas extraídas de una entrevista que le hicieran hacia 1893: “Yo no fui jamás un hombre que busca enriquecerse. Yo soy un hombre de letras viviendo en la búsqueda de un ideal. Soy un artista”.

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(3) Verne, Julio. Martín Paz, Edición popular de homenaje. Revista Polémica, Lima, 2004,

(4) De esta obra se desprende esta curiosa descripción de un camélido americano: “Era un animal gracioso, de cuello largo y elegante curvatura, la grupa redondeada, las piernas nerviosas y afiladas, los contornos desdibujados, el pelaje rojizo salpicado de blanco, el rabo corto, muy peludo. Su nombre original: guanaco".

© Rafael Ojeda, 2006

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/dossier12_ojeda1.htm

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