El fenómeno de la resemantización se traduce en un “efecto de referencia nuevo”, otorgado por el poder de la ficción para redescribir y desplegar dimensiones ocultas de la realidad.

 

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Ella cantaba boleros (1997). Resema de lo amoroso

por Adlin de Jesús Prieto Rodríguez

 

La Estrella en su Noche de ronda se queja ante la Luna, “señora de las mujeres”, por el corazón lastimado de todos los que forman parte del “chowcito” Caribe y la interpela para establecer un lazo comunicante entre éstos y sus amados ausentes, a través del ojo mágico de aquélla.

Esta luz que ilumina las noches, cual faro portuario, a través del dominio del verbo, renuncia a un Nosotros en nombre del amor y hace del sacrificio la enseña del mismo. Pasando de una existencia estética, esencialmente gozosa, a una existencia religiosa, caracterizada por el sufrimiento como estado duradero; no sin antes combatir con sus principios y deseos.

Atiéndeme, quiero decirte algo
que quizás no esperes
doloroso, tal vez.
Escúchame, que aunque me duela el alma
yo necesito hablarte y así lo haré.
Nosotros, que fuimos tan sinceros,
que desde que nos vimos
amándonos estamos.
Nosotros, que del amor hicimos
un sol maravilloso
romance tan divino. Nosotros,
que nos queremos tanto,
debemos separarnos
no me preguntes más.
No es falta de cariño,
te quiero con el alma,
te juro que te adoro,
y en nombre de este amor
y por tu bien te digo adiós.

Luego, resume el mal tormentoso del amor en su Mala noche, donde aunque el desconsuelo salta al oído, subyugando al oyente e impidiéndole descansar placenteramente, le confiere también cierta esperanza.

Mala noche, tan negra y silenciosa,
mala noche, insomnio de mi amor.
Mala noche tan larga y tormentosa,
mis ojos no se cierran, mis ojos sólo lloran.

Si te dicen que he llorado por ti
no lo he de negar pues no sé mentir.
Y si te hablan de mi amargo penar
recuerda mi bien que todo es por ti.

En las horas de mi insomnio fatal
mi loca pasión no puedo calmar.
Y hasta el alma me abandona por ir
en busca del ser que me hizo sufrir.
Y si mi alma te llegara a encontrar
y tenerte junto a mí
en mi corazón te haría un altar
nada más para ti.

La noche, relacionada con lo femenino, es tan mala como el objeto amado; éste parte, se mueve y el yo que ama se queda inmóvil en espera de un siempre ausente. En este caso, el hombre que se identifica con un bolero se feminiza por estar enamorado, por esperar y sufrir.

Júrame, exige La Estrella. Su amado, entiéndase cualquier hombre o mujer que ame en esta soleada Tierra, debe entregarse total y desenfrenadamente, porque ella (persona-amante) ha quedado hechizada por la mirada del otro.

Todos dicen que es mentira
que te quiero
porque nunca me habían visto enamorada
yo te juro que yo misma
no comprendo
el por qué tu mirar me ha fascinado.
Cuando estoy cerca de ti
yo estoy contento
no quisiera que de nadie te acordaras
tengo celos
hasta del pensamiento
que pudiera recordarte
otra persona amada.

Júrame,
que aunque pase mucho tiempo
no olvidarás el momento
en que yo te conocí.

Mírame,
que no hay nada más profundo
ni más grande en este mundo
que el cariño que te di.

Bésame,
con un beso enamorado
como nadie me ha besado
desde el día en que nací.

Quiéreme,
quiéreme hasta la locura
y así sabrás la amargura
que estoy sufriendo por ti.

El amor profesado, en este caso, es tan dramático que se celan hasta los pensamientos del otro. Aquí la frase freudiana “cuando amo, soy muy exclusivo”, se convierte en “cuando amo, soy muy posesivo”.

Y cuando el deseo manda, regla legada por los Caribes, no queda más que clamar por un Añorado encuentro, en el cual saciar la sed pasional. Se desea consumar el idilio amoroso, siguiendo la lógica irracional dictada por el corazón. La Estrella nuevamente asume su voz y la de muchos.

Aunque lejos estemos tú y yo
siempre unido estará nuestro amor
añorando tan solo el momento
de estrecharnos con loca y tenaz pasión.

Ni siquiera logré imaginar
me quisieras lo mismo que yo
aunque siempre en mi pecho callara
la inquietud que al mirar tus ojos me ahogara.

Hoy,
rompo las cadenas del silencio
logro decirte que te quiero
que tú eres todo lo que anhelo.

Volveremos a vernos los dos
trataremos del tiempo borrar
no tendremos en cuenta razones
que no sean
las de nuestros corazones.

Al repetir estas letras, intento mostrar que cada texto bolerístico juega con las leyes de la comunicación para deconstruir los mensajes, para diluirlos. Actividad lúdica que es también un acto de lenguaje cuya realización —cuál y de quién es la noche de ronda, quién es el que jura— amplía las dimensiones de espacio y tiempo y se apodera de nuestras palabras para crear con ellas imágenes y formas de la extensión del deseo.

El bolero, en cada auditorio social/individual determinado, incorpora nuevos significados, genera nuevos personajes. Su mensaje transforma al tú y al yo, aunque sea fugazmente, en la dama, la princesa, la perdida, el ángel o el señor, el héroe, el príncipe, el picaflor. En el interior de su estructura —letra, música, contexto—, los “… sujetos gramaticales se hacen circulares entre la voz que lo transcribe y la voz que lo interpreta, y la sensibilidad de los que escuchan en el espacio común del encuentro…” (Zavala, 2000:108) Y esa voz solicita del oído del oyente la identificación de las significaciones y de las articulaciones en la repetición de contenidos de la letra del deseo. Es su sublimación, es una identificación que depende de la distorsión del objeto y lo transforma en su otro.
 
Por eso, la voz que lo interpreta es tan importante. El papel que desempeña es fundamental para crear los juegos de identificaciones que se establecen entre los receptores y ciertos personajes ficticios —nosotros, tú, él, yo—. Su función es producir signos que posibiliten el establecimiento de una conexión con el otro dada por la comprensión y la identificación; situaciones receptivas que permiten desdoblar los casos gramaticales. Y en Ella cantaba boleros, esa voz habita en un cuerpo coloidal, el de La Estrella Rodríguez.

 

III. La Estrella: voz de un sentir popular.

La estrella

Era una mulata, gorda gorda, dos brazos como muslos y de muslos que parecían dos troncos sosteniendo el tanque del agua que era su cuerpo. (Cabrera Infante, 1997:219)

De esas enormes tetas, de su pecho y su barril, que forman una caja de resonancia perfecta, surge una voz que sin acompañamiento infunde en el oyente-espectador un verdadero sentimiento; allí reside su secreto. La voz, la voz del deseo, la voz de La Estrella es la única capaz de destilar sexualidad y placer, engaño y perfidia, odio, desprecio ante la exacerbada sensibilidad del amante. Y es la única capaz de hacerlo, porque ella es un desdoblamiento individual de una proyección imaginaria, de la cultura de la especulación y del espectáculo.

Con su “voz suave, pastosa y líquida” (Cabrera Infante, 1997: 225) que despliega en el bar, en el “chowcito”, la intérprete La Estrella hace una oferta simbólica: la del espectáculo de identificación colectiva de un pueblo que ansía no ser re-presentado, sino presentado a sí mismo. De ahí que asuma el discurso colectivo caribeño, gracias a la autoridad que le es conferida para cantar las imágenes de una realidad propia y ajena; y convierta al “chowcito” en su lugar (físico-simbólico) de enunciación. Es precisamente en el “chowcito” de la noche de verano tropical donde lo teatral tiene cabida y donde lo popular encuentra su espacio. Un espacio que permite la interrogación de las alucinaciones y las fantasías, pero también encubre las transgresiones y opaca las verdades. Un espacio que permite disimular el deseo bajo las apariencias y reabsorber las discordancias entre verdad/ilusión.

Esta voz portentosa voz que canta un bolero lento, húmedo y pegajoso es, pues, la enunciación de un sistema simbólico a través del cual se piensa un colectivo y se auto-representa en una figura, la del intérprete; es la manifestación de un imaginario —entendido como las formas que un colectivo tiene de percibir y nombrar al mundo que lo rodea, siguiendo a Baczko— que se encuentra atrapado en un revival del discurso amoroso, que produce un efecto de simulación amorosa (Baudrillard,1984:107), porque la cultura del sentimiento y la sensibilidad ha sido construida —por la modernidad— desde el rechazo, y ha estado destinada al desorden, a la mentira, a la cursilería. Sólo el discurso popular puede escapar del “racionalismo moderno” y desbocarse en el desorden amoroso, entregarse a la fuerza daimónica transformadora del amor... sólo el bolero nos permite expresar no un amor, sino el amor, o mejor dicho, todos los posibles amores...

Hoy,
rompo las cadenas del silencio
adónde vas
Escúchame, que aunque me duela el alma
yo necesito hablarte y así lo haré.
Quiéreme
quiéreme hasta la locura,
recuerda mi bien que todo es por ti.

Estas palabras… suaves… lentas… interpelan. Por eso, el bolero remite a la pluralidad del sujeto, propia de su discurso lírico como género musical, y seduce al otro; construye una situación perceptiva que lo lleve a caer en la trampa de su propio deseo; por lo que sus letras se resemantizan. Por ello, cada bolero puede ser re-apropiado por un individuo que ama en el sentido que enuncia ser aquel que tiene su mismo lugar en el panorama amoroso. Tal vez por esto, en el lenguaje sensual del bolero, pareciera que todos tienen voz y formaran un coro intimista y celebratorio de la pasión. Tal vez por eso, cada ser nacido en El Caribe se cree hacedor de su bolero personal y —de la mano de Mario de Jesús— se atreve a decir con toda propiedad Ese bolero es mío(2) porque su letra soy yo.

© Adlin de Jesús Prieto Rodríguez, 2008

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(2)Bolero compuesto por el dominicano Mario de Jesús. Según Castillo Zapata (1990), su tema constituye “el desarrollo explícito de la poética fundamental que anima todo discurso bolerístico” (23).

 

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