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Entregó el gobierno de sus destinos á los caudillos de su gloria, y como el esplendor de las armas tiene no sé que fascinacion sobre los pueblos nacientes, dominó la guerra y sucediéronse victorias á victorias, desastres á desastres.
La guerra nacional se trocó pronto en guerra civil, y el mundo sabe cuantos años ha seguido la República esta senda ignominiosa.
En otras colaboraciones, se resalta el papel del civilismo por sobre otras candidaturas, reclamándose así un papel más preponderante en relación con las candidaturas militares. De este modo, un artículo de autor anónimo titulado “Revista política” muestra los acontecimientos sucedidos durante la campaña de Manuel Pardo y el duro enfrentamiento entre las propuestas eleccionarias de civilistas y militares:
La candidatura civil se ha presentado en la actual contienda eleccionaria como un verdadero atleta.
El capital, la honradez, la independencia, el órden, la ilustracion, el talento, el trabajo, el libre voto: hé aquí sus fuerzas.
(…)
En cuanto á la candidatura militar, que desfallece y agoniza, sin poder resistir el peso enorme de su contraria, no necesitamos sondearla y rebuscarle sus fuerzas, porque no las tiene legalmente; ni sus cualidades que si las tiene, son las mismas que ha encarnado en todo el periodo de su dominacion dinástica (Anónimo 1).
Los principios políticos resumen, en consecuencia, las bases sobre las que se apoyaba el civilismo y su intención de plasmar un ideal republicano: “El ideal de la República fue el catalizador de muchos desarrollos políticos, intelectuales, sociales y económicos que habían venido dándose desordenadamente en el Perú, a lo largo de las determinantes décadas de la ‘prosperidad falaz’. En la resurrección del viejo sueño republicano, donde muchos intereses diversos confluyeron, no existió, en consecuencia, una linealidad ni una claridad absoluta” (Mc Evoy 1997: 98). Por consiguiente, la aparición del civilismo se entendería como el ideal por fundar una propuesta innovadora de participación política sobre tendencias intelectuales y actividades progresistas que vieron en Occidente a su mejor modelo, a pesar de que este no llegó a funcionar del todo.
Respecto del plano eleccionario, en el artículo se incide un indudable apoyo los candidatos civiles encontrando en estos una decisiva campaña sostenida entre José Rufino Echenique (militar) y Toribio Ureta y Manuel Pardo (civiles). De este modo, se ensalzan las cualidades de lo segundos y se condena la participación del militar, asegurándole una derrota decisiva en las contiendas electorales a través de caracteres propios de una descripción peyorativa: /desfallecer/, /agonizar/, etc. Estas asignaciones a una candidatura civil implicaba ya una participación más concreta de parte de la sociedad civil dentro de las esferas públicas, coincidiendo con la inclusión de algunas asociaciones o clubes políticos que empezaban a reclamar medidas alternativas para invocar a la participación ciudadana: “Muchas de las sociedades profesionales y literarias de este periodo ofrecían una interpretación alternativa de la autoridad cultural, permitiendo que los ciudadanos generaran normas rivales para formular juicios” (Forment 221-222).
1.2. Educando a los indígenas: La representación de los indios en El Correo del Perú
Si bien durante el siglo XIX la población indígena tuvo una escasa participación ciudadana, como consecuencia de los debates sostenidos entre conservadores y liberales limeños, estos últimos fomentaron una adecuación paternalista de los indios a través de catecismos cívicos, de forma que procurasen la asimilación de los indígenas en la actividad política. Para Francisco de Paula González Vigil, uno de los más importantes ideólogos liberales, “al representar la república lo mejor de los regímenes posibles, la suerte de los indígenas no podía sino haber mejorado” (Demélas 378). La visión paternalista de los liberales católicos contribuyó a la formación de la Sociedad Amiga de los Indios en 1867, entidad que se fundó para reclamar los derechos de los indígenas y construir una sociedad que procurase consolidar la ciudadanía no solo entre los criollos, sino también entre los indios.
Al declararse El Correo del Perú una publicación de evidente corte liberal, algunas colaboraciones tenían como fin exponer la situación indígena a través de grabados costumbristas y artículos que estudiaban la poesía incaica. Cabe resaltar que estos artículos fomentaban especialmente el pasado incaico y se divulgaban los hallazgos de piezas arqueológicas incaicas. Los colaboradores, en su mayoría, si bien se enfocaban en la modernización del país y en representar los más importantes movimientos culturales europeos –para tal fin, el Estado jugó un rol promotor en la consecución de estos proyectos nacionales (Denegri 21)–, adscribieron una preocupación ambigua por incorporar a otros sujetos que estuvieron relegados durante el coloniaje. Esta preocupación se fundamentaba en educar a los indígenas desde una visión eurocéntrica que dispusiera entre ellos su incorporación a la política modernizadora del Estado.
El artículo “Furor representativo”, de autor anónimo, es un claro ejemplo de cómo se adecuaba el discurso político dentro del imaginario común de la población indígena. Resulta interesante descubrir que a partir de un diálogo el autor recurre a un sociolecto típico de los hablantes serranos, sin hacer uso de un narrador que articule espacios o fenotipos de los personajes. De esta manera, se busca que el discurso político se inserte en la cotidianeidad de la población indígena, a fin de involucrarlos en la construcción ciudadana que el Estado había propuesto:
—Pero hombri ¿porque te lo estás intrometes en politicas? El cholos lo deben obedencias al patrones, e to lo tienes que complir so gosto. To patron es melitar e te lo sacó de Barbones.
—El leyes es premero. El periodicos lo dece, e to no lo tienes entendemientos.
—La tia Monástica que se lo está confiesas e comolgas en los coras santos, me lo dece todetos los deas. “To maredo es on cándedo de esponer so veda por candedatos. El partedos lo cariñan agora e a luego lo harán sos desprecios.” (Anónimo 45).
Como puede observarse, las referencias a los militares contienen una asociación de subordinación sobre la masa indígena, de allí que la fórmula militar = patrón conserve una enorme carga satírica, pues supone una evidente crítica hacia los caudillos militares y la consecuente adaptación de las masas indígenas en las nuevas prácticas políticas. Asimismo, la denominación de “tia Monástica” impuesta a las parroquias electorales nos induce a relacionar la cercanía que tenían los candidatos con las prebendas y malas prácticas que luego serían denunciadas por los mismos electores. En el interior de estas parroquias se cometían una serie de actos propiciados por los propios candidatos y sus partidarios, con la finalidad de permanecer en el poder.
—La tia Monástica dece que el candedatoras cevil se lo va anolar, porque el mesas se lo agarró con cochillo, e no deja que foncionen el mesas melitar. E dece que el bandos se lo va a quitar la gana, e que en todetas las parroquias se lo van a poner mesas todetos los partedos.
—Mas que nonca. Que me lo soba yo al depotaciones e se lo contaré on coento. Yo se lo deré al Congresos que el politicas melitares mandan al cholos reclotas e no se lo dejan chacras arando.
—La tia Monástica dece que el candedatoras cevil es el mesmo jerenga palos modando.
La situación descrita contiene imágenes de violencia cotidianas que debieron darse en el interior de las parroquias en provincias, por lo que algunos clubes políticos se vieron en la necesidad de recurrir a bandoleros para asegurar su victoria en los comicios. Si bien los enfrentamientos armados entre civiles y militares eran habituales en muchas de las ciudades provincianas y aun limeñas, el texto pretende resaltar la escasa cultura cívica entre los activistas indígenas, distinguiendo la imagen civilizatoria de los ciudadanos costeños, especialmente limeños. Esta asociación contribuiría a legitimar el papel de los políticos urbanos por sobre los indígenas, y de esta forma intercambiar el rol de patrón, es decir, de militar al civil. A pesar de que ninguno de los personajes apuesta por el candidato civil, ambos coinciden en que la etapa militar ha sucumbido para dar su espacio a un nuevo régimen.
—La tia Monástica se lo está volviendo loca los coras confesando. Que me lo saque yo el depotacion e quela manden todetos el republicas.
—Pero, Quispi, ¿te lo estás creyendo el menteras del partedos candedatoras?
—Chavela, ¡no lo insoltes mes candedatoras partedos!
—¡Quispi, to me lo estás al barbas sobiendo!
—¡Chavela!!
—¡Quispi!!!
—¡Alalau!!!!
Esta alegoría sobre las contiendas electorales muestra el fuerte predominio que mantenían los militares y lo difícil que podría ser para un candidato civil obtener un avanzado triunfo en los comicios a realizarse en provincias. Como demuestra Víctor Peralta al estudiar las elecciones limeñas de 1844 en que se suceden hechos de violencia en las parroquias electorales (Cfr. Peralta), en provincias al parecer estos aspectos no se habían detenido del todo. La intención de estos artículos publicados en El Correo del Perú era acercar a la población india hacia los modelos ciudadanos y las buenas prácticas políticas, a través del mundo letrado imaginando un indigenismo de Estado, que propiciara una estructura social protectora (Demélas 381). Sin embargo, la crisis económica y la posterior Guerra del Pacífico terminaron por aplicar políticas más centralistas y homogeneizantes dentro de las municipalidades serranas, excluyendo a las masas indígenas de las políticas electorales peruanas.
Un sugerente artículo de Francisco García Calderón, aparecido en un número extraordinario de El Correo del Perú, examina la situación de los indígenas a lo largo de la historia peruana, desde la época inca, pasando por la conquista, la independencia hasta llegar al temprano período republicano. En su ensayo, García Calderón grafica con sorprendente exactitud la mentalidad criolla respecto de cómo era visto su ingresaban los indios dentro de la comunidad republicana. Tras una breve introducción, divide su estudio en dos partes: “Estado de los indígenas antes y despues de la conquista” y “Estado de los indígenas despues de la independencia”. Nos interesa particularmente el segundo acápite, por cuanto nos muestra las razones de por qué se optó por una posición paternalista hacia estos; sin embargo, consideramos pertinente citar un breve fragmento de la primera parte del ensayo en cuestión:
Al principio de la conquista se introdujo la costumbre de obligar á los indios á un servicio personal tan duro, como el que podia exijirse de las bestias. Se les obligaba á caminar largas distancias con carga sobre sus hombros, á trabajar en las estancias y minas; y, en fin, á soportar todo género de fatigas; y en retribucion se les daba una mezquina recompensa. De aquí resultó el odio que los indígenas tenian al trabajo, y su tendencia á la holgazanería (García Calderón VI).
La situación descrita fue sustancialmente aprovechada para criticar el régimen virreinal respecto de la trata de los indios y, con ello, legitimar la adopción de una política que mantuviera a los indígenas bajo el cuidado de sus nuevos ‘protectores’. No obstante, cabe destacar que el autor no puede soslayar el prejuicio dominante que la hegemonía colonial había impuesto sobre los naturales conquistados, al resaltar la tendencia de describir al indio como un ser inferior y degenerado (Méndez 19), al clasificarlo como holgazán y distanciado del trabajo. García Calderón concluye que “en los trescientos años de dominacion española aumentaron sus fatigas y disminuyeron los cuidados que les prodigaba el Inca (…). Tan duro tratamiento promovió una insurreccion á principios de este siglo; y una vez sofocada, volvieron las cosas á su primer estado”, hecho que si bien puede entenderse como un reclamo y una manera de acentuar el discurso antihispanista, no es difícil relacionar la figura del Inca con la venida de la república, en tanto esperanza de conducir un nuevo destino para los indios.
En relación con la segunda sección del ensayo, el discurso del autor se muestra más bien ambiguo, pues argumenta que la condición de los indígenas se presenta como un problema de difícil solución. Tras la proclamación de la independencia, la elite peruana no sabía cómo enfrentar la terrible realidad que afrontaba la población indígena, mayoritaria en número y desperdigada en distintas comunidades y pequeñas aldeas campesinas. Las reflexiones de García Calderón apuntaban a precisar los límites a los que debían circunscribirse los indígenas dentro del modelo de nación imaginada, y que fueron el resultado del proyecto político tras la derrota de la Confederación Perú-Boliviana (Chiaramonti 351).
Cuando no se pensaba mas que en esplotar al indígena y sacar provecho de sus fuerzas, sin concederle ningun derecho político, el pais no podia ciertamente entrar en la vía del progreso; pero tampoco habia mucho que temer para su órden y prosperidad. Mas cuando la emancipacion política habia hecho del Perú un gobierno independiente, solo se presentaban dos caminos: ó negar al indio sus derechos políticos, faltando á la justicia y á la humanidad: ó hacer de él un ciudadano, igual en derechos é inconsecuente con la libertad que por todas partes se habia proclamado; y además, conservando á los indígenas en su abatimiento, poco ó nada podia esperarse del porvenir (García Calderón VI).
La duda de García Calderón radica en que la incorporación de los indios a la ciudadanía y a los derechos civiles podía revivir la insurrección, pues ello les otorgaba la misma soberanía que gozaban los criollos. Si bien la elite ilustrada no podía ni debía negar los derechos políticos que correspondía a los indígenas, pues la ideología republicana adoptada por el Estado peruano consideraba que a todos los individuos les correspondía el título de “peruanos”, aprovechó sin embargo el supuesto desinterés de los indios durante su participación eleccionaria. Un ejemplo paradigmático de ello lo constituye —como señala Gabriella Chiaramonti— la reforma constitucional de 1895, pues se argumentaba que “el indio analfabeto no vota, ni ha votado nunca; tuvo derecho a sufragio y nunca se percató de ese derecho ni lo usó ni lo defendió”(4). Ya en tiempos de la Revista de Lima surgieron sendos debates, entre liberales y civilistas, acerca de la contribución de los indígenas: asignar una tributación justa en los primeros, y dar libertad a los indígenas en los segundos (Kristal 73). Sin embargo, para García Calderón tanto los indígenas como los negros sentían la dependencia de su condición subalterna tan igual como sucedía en tiempos virreinales:
Felizmente se ha abolido el tributo en la actualidad y se ha hecho con esta medida la verdadera emancipacion del indio. El efecto inmediato de la supresion de este impuesto ha sido análogo al que ha traido consigo la abolicion de la esclavitud de los negros. Estos y los indígenas han mirado con horror su antiguo abatimiento: el negro ha abandonado la hacienda en que trabajaba, y el indígena no ha querido dedicarse á ninguno de los trabajos en que se empleaba cuando era tributario. Pero pasada esta primera crisis, los negros han sentido la necesidad de trabajar para vivir, y los indígenas la van sintiendo también lentamente; y al fin desaparecerá el vacio que ellos han dejado en la agricultura. La reaccion de los indígenas ha sido mas lenta que la de los negros, porque estos eran mas civilizados, tenian mayores necesidades; y por consiguiente, sentian con mayor fuerza los estimulos del trabajo (García Calderón VI).
El historiador estadounidense Mark Thurner asegura que la contribución significó el reclamo de derechos por parte de los indígenas y conseguir con ello ciertos beneficios que la república había deparado para los ciudadanos. En su estudio sobre los indios de Huaylas y Ánchash, observa que en “las décadas de 1830 y 1840 los campesinos con tierras podían entregar los recibos de la contribución como evidencia en defensa de su derecho a las parcelas, y como prueba de su buena posición como ciudadanos o republicanos contribuyentes” (Thurner 101). Si bien ello no se concretó en su totalidad, era sabido por parte de los indígenas sobre el acceso a tales beneficios, hecho que no se rescata en el ensayo de García Calderón, demostrando con ello los enormes desconocimientos de la elite criolla acerca de los contratos sociopolíticos establecidos entre el Estado oficial y la periferia.
Es tambien indispensable procurar y favorecer la traslacion de los indígenas de unos lugares á otros; hacer que se mezclen con las otras razas para mejorarlas por el cruzamiento; establecer escuelas en todas partes y haciendo obligatoria la enseñanza de los niños á los padres que no comprendan la importancia de esta media; y, en fin, desplegar toda la severidad posible con los párrocos y con los funcionarios políticos que no llenen exactamente sus deberes para con los indígenas (García Calderón VI).
La preocupación del autor por incorporar a los indios dentro del ideal republicano debía pasar por la educación y los modelos de instrucción ciudadana, adelantándose con ello a los proyectos políticos del Partido Civil que tomaría la propuesta de García Calderón a través de una resolución suprema dictada un año después. En efecto, Carmen Mc Evoy anota que entre los postulados de los civilistas se rescataba sobre todo el esfuerzo por alcanzar una homogenización cívica que se irradiaría tanto en las zonas urbanas como en las rurales, y que afianzaría los modelos de la “República práctica”:
La resolución suprema del 13 de marzo de 1874 dictaminó que la “Gramática y Diccionario Español-Quechua-Quechua-Español”, compuesta por José D. Anchorena, tuviera difusión nacional. Para lo mismo el estado asumió por cuenta propia una impresión de 1.000 ejemplares para ser distribuidas a lo largo de todo el país. Es probable que una obra como la anterior haya tenido como finalidad capacitar a los profesores en la tarea de traducir el mensaje ideológico del civilismo a los quechua parlantes (Mc Evoy 1997: 152)
Los artículos expuestos en este breve ensayo muestran los proyectos político-culturales establecidos por los civilistas, y que debe entenderse como punto de partida para el nuevo conocimiento de los ideales republicanos. De hecho, la clase política podrá a partir de ello esbozar una idea más clara del quehacer político, pues la opinión pública se constituirá en la vía más clara del debate y su llegada hacia los ciudadanos. Elías Palti dice al respecto: “la política (el espacio público) será ahora el ámbito por y a través del cual habría de constituirse no sólo una opinión pública, sino también los propios sujetos de ella, la instancia en que se definen y redefinen, en la misma instancia social, sentidos de pertinencia colectiva” (Palti 181). Los ensayos y debates que hemos seleccionado constituyen pues un claro ejemplo del interés entre los grupos ilustrados por representar la instancia social y su intervención en las operaciones mentales y discursivas decimonónicas.
© Johnny Zevallos, 2009
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Johnny Zevallos: ( Huacho - Perú) Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado relatos y artículos de crítica literaria en la revistas Apeiron y Ajos & Zafiros. Ha colaborado en Identidades, suplemento cultural del diario El Peruano, y en el diario La Primera.
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4 Manuel Vicente Villarán. “El voto del indio y la geografía electoral”. Páginas escogidas. Lima: Talleres Gráficos L.P. Villanueva, 1962. Citado en Chiaramonti 330.
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