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Arturo Bandini lee autores difíciles, se diferencia del vulgo, de las personas comunes. Siente esta misma superioridad frente a su familia o compañeros de trabajo

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El camino de los sueños diurnos
(capítulo 2 de la biografía de John Fante)

por Juan Arabia

 

I

Si bien con fines distintos de los que aquí se presentan, es Werner Sombart quien con notable sencillez resume las características del alma infantil, sus valores elementales. El autor nos dirá que en la vida de todo niño persisten cuatro ideales: la grandeza, el movimiento rápido, la novedad y el sentimiento de poder. Por otro lado, esta simplificación total de los fenómenos psíquicos, quizá incompleta para muchos y también superficial, no deja por ello de ser a su vez sorprendente, ilustre y necesaria.
 
Cualquier tipo de acercamiento que el lector realice con la obra de John Fante encontrará algo más que vestigios de estas mismas características; sobre todo en aquellos libros en donde Arturo Bandini (su alter ego) no ha transitado todavía hacia el momento de su adultez. Se enfrentará a la grandeza, en algo más que su aspecto lúcido y sensible; como también en el movimiento rápido y la novedad, rasgos de por sí muy característicos del inmemorable personaje. Pero para tomar sólo uno de estos determinados elementos, y para justificar rápidamente lo que aquí se intenta poner en pie, hablaremos específicamente sobre el último de los valores propuestos: el sentimiento de poder.
 
Sombart, para explicar dicho elemento, utilizará el ejemplo y no la definición: “arranca las patas de las moscas, obliga al perro a hacer piruetas ... hace volar su cometa”(1). Es decir, que el niño descansa cómodamente frente al antojo y deseo de su voluntad, en la que todavía no parece existir un límite o un precipicio. Cierra sus ojos y se deja caer, una y otra vez; hay algo anterior que siempre lo mantendrá erguido sobre su siniestra senda.
 
Este sentimiento de superioridad frente a las cosas se hace explícito en muchas de las novelas de John Fante. Sobre todo en Camino a los Ángeles y en Espera a la primavera, Bandini, donde su alter-ego Bandini es todavía un joven muchacho:

Me acerqué a gratas a la orilla del estanque, y cacé un grillo. Un grillo negro, gordo y fornido ... Luego quiso escapar. Dio un salto y se puso en marcha. Tuve que romperle las patas. No hubo más remedio ... Raptaba lastimosamente por lo que había sucedido (2).
 
Dos moscas insolentes me siguieron. Me detuve en seco, echando chispas, y me quedé inmóvil como una estatua, esperando a que las moscas aterrizaran. Al final atrapé una. La otra escapó. Le arranqué las alas y la tiré al suelo. Se arrastró por el suelo de tierra, moviéndose como un pez, pensando que escaparía de mí de aquella manera. Ridícula criatura. Durante un rato dejé que se confiara. Entonces salté sobre ella con ambos pies y la aplasté contra el suelo. Levanté un montículo encima y escupí en él (3).
 
Cogió un pedazo de carbón del tamaño de su puño, se echó atrás y calculó las distancia. El pedazo estuvo a punto de segar la cabeza de la vieja gallina parda que tenía más próxima, pero le rebotó en el cuello y se perdió en la parte de los pollos. El animal se tambaleó, se desplomó ... La vieja gallina parda estaba otra vez en pie y bailoteaba aturdida en la parte nevada del corral, trazando un extraño dibujo zigzagueante y rojo en la superficie de la nieve. Murió despacio, arrastrando la cabeza ensangrentada hasta un montón de nieve ... Contempló la agonía del animal con satisfacción e indiferencia (4).

Si bien este sentimiento se hace más que explícito en los ejemplos denotados, válido resultará también vislumbrar las mismas características en el trato cotidiano que mantiene el personaje con sus pares. Arturo Bandini lee autores difíciles, se diferencia del vulgo, de las personas comunes. Siente esta misma superioridad frente a su familia o compañeros de trabajo:

¡Mi propia hermana hundida en la superstición de la plegaria! Carne de mi carne y sangre de mi sangre. ¡Una monja, la novia de un dios! ¡Cuánta barbarie! (5)
 
Dame un cigarrillo —dije—, negrito. Le dio de lleno. Ah, y cómo le dolió el pepinazo ... —La verdad es que no eres un negrito  —dije—. Eres un maldito filipino, que es peor. Un filipino amarillo. ¡Un maldito extranjero oriental! ¿No te resulta inquietante tener blancos cerca? (6)
 
Después de leer la mierda que has escrito, permíteme decir, en nombre del mundo en general, que si desapareces de este valle de lágrimas será una suerte para todos. No sabes escribir, Sammy ... Me gustaría decirte con sinceridad que no quiero que te mueras (7).

Pasajes de tal índole persisten en cada una de sus páginas. Es cuestión de abrir cualquiera de sus libros, y el lector se encontrará frente a las mismas ideas y conceptos: el enfrentamiento como mecanismo de existencia. Su vida no sucede sino en pos de la rivalidad. Sea contra el régimen burgués y cristiano, o contra la institución familiar, no habrá a fin de cuentas sino un único y eterno enfrentamiento: el que mantiene él contra sí mismo. Y es que en la obra de Fante la niñez misma será sólo vestigio. Como el atardecer lo es de la noche, este carácter infantil alumbra y prologa una luz que con paciencia espera ser descubierta. Tal vestidura no es sino la sombra del cambiante rostro del crecimiento.
 

II

 
El poeta es un hombre que ha conservado sus ojos de niño, decía Daudet. Por su parte, Freud también encontraba en el juego del niño una de las primeras huellas de la actividad poética. En su ensayo titulado El poeta y los sueños diurnos, advierte: “El poeta hace lo mismo que el niño que juega: crea un mundo fantástico y lo toma muy en serio; esto es, se siente íntimamente ligado a él, aunque sin dejar de diferenciarlo resueltamente de la realidad” (8).
 
Ahora bien, el pasaje de niño a hombre adulto supone la renuncia de este juego. Juego regido por un deseo: el deseo de ser adulto (9). Sin embargo, y he aquí uno de los grandiosos aportes del autor, tal renuncia no se presenta sino como aparente: “lo que parece ser una renuncia es, en realidad, una sustitución ... Cuando el hombre que deja de ser niño cesa de jugar, no hace más que prescindir de todo apoyo en objetos reales, y en lugar de jugar, fantasea”(10).
 
El pasaje de una forma a la otra; es decir de la sustitución del juego por la fantasía, presenta caracteres bien diferenciados. Mientras que el primero es exteriorizado y no encuentra un solo motivo para permanecer oculto, la fantasía o sueño diurno se presenta en cambio como algo íntimo, personal, y que precisa ser reservada ante los demás.
 
La hipótesis de Freud hacia el final del capítulo no será otra sino la de considerar al acto poético, al poeta en sí, como una continuación sustitutiva de los juegos infantiles: “el poeta nos hace presenciar sus juegos o nos cuenta aquello que nos inclinamos a explicar como sus personales sueños diurnos ... contribuye no poco a este resultado positivo el hecho de que el poeta nos pone en situación de gozar en adelante, sin avergonzarnos ni hacernos reproche alguno, de nuestras propias fantasías”(11).
 
Es decir, aquel soñador despierto, que se avergüenza de sus fantasías, ocultándolas, encuentra en la figura del poeta al héroe o portavoz de sus más íntimos secretos:

y que al leerla los otros digan a su coleto;
esto lo pensé yo alguna vez en secreto(12).

Ahora bien, esta transición descubierta en 1907 encuentra un eco no muy lejano en un sórdido ático de Long Beach hacia 1930. John Fante trabajaba en su primera novela, Camino de Los Ángeles. Intentaba en ella reflejar su historia de vida, o más bien, su corta existencia; ya que el autor contaba apenas con veinticuatro años cuando comenzó a escribirla. Nos encontraremos allí con gran parte de su historia, o al menos con una eventual muestra o inmemorable pieza de su juventud. El pasaje planteado del juego que deviene en poeta encontrará en sus páginas un fiel reflejo. Pero Fante irá más lejos, ya que  jugará con tal idea.
 
Al principio de Camino de Los Ángeles, es la figura de un niño la que todavía se oculta detrás de la envoltura de un adolescente. Semejante idea se comprueba —más allá incluso de lo anteriormente esbozado— en el momento en que el personaje se convierte de un momento a otro en escritor. El elemento planteado por Sombart en tanto novedad (“el niño tira un juguete para coger otro, empieza un trabajo para dejarlo a medias, porque le atrae más otra ocupación”(13) cobra nuevamente significado:

Mientras yo comía, Jim hablaba. Lees mucho —dijo-. ¿Has probado a escribir alguna vez? Ya estaba. En lo sucesivo sería escritor. –Ya estoy escribiendo un libro. Quiso saber qué clase de libro. –Mi prosa no está en venta —dije—. Escribo para la posteridad ... —¿Qué escribes? ¿Cuentos o novelas? —Las dos cosas. Soy ambidextro. —Ah. No lo sabía. Fui al otro extremo del local y compré un lápiz y un cuaderno” (14).

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1 Sombart, Werner: “El sujeto económico”, en El Burgués. Editorial Alianza, 1998. p. 183.

2 Fante, John: Camino de Los Ángeles. Editorial Anagrama, Barcelona, 2001. p.62.

3 Fante, John, op. cit., p.75.

4 Fante, John: Espera a la primavera, Bandini. Editorial Anagrama, Barcelona, 2001. p. 51.

5 Fante, John: Camino de Los Ángeles. Editorial Anagrama, Barcelona, 2001. p.19.

6 Fante, John, op. cit., p.77.

7 Fante, John: Pregúntale al polvo. Editorial Anagrama, Barcelona, 2001. p. 148.

8 Freud, Sigmund: “El poeta y los sueños diurnos”, en Sigmund Freud Obras Completas (Tomo II). Editorial Biblioteca Nueva, Madrid. p. 1343.

9 Aquí, el deseo de ser adulto se complementa con lo propuesto por Sombart en cuanto a la grandeza, que define: “en su aspecto concreto, encarnada por las personas mayores y, en último término, por el gigante”.

10 Freud, Sigmund, op. cit., p. 1344.

11 Freud, Sigmund, op. cit., p. 1348.

12 Fernández Moreno, Baldomero: “Prólogo a gallo ciego”, en Antología Poética de Fernández Moreno.

13 Sombart, Werner, op. cit., p. 183.

14 Fante, John: Camino de Los Ángeles. Editorial Anagrama, Barcelona, 2001. p. 32

 

 

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