Cuando
se habla sobre la diplomacia y los diplomáticos,
casi siempre pensamos en una vida de lujo, banquetes,
cócteles y conversaciones banales. Pero también
encaja en la definición de diplomático
aquel
diletante,
probablemente más
snob que conocedor, que
de algún modo se siente también atraído
por el arte y la cultura, aunque sólo sea como
expresión de refinamiento y medio de reconocimiento
social.
Sin
embargo, ha sido la literatura el arte por el que
los diplomáticos con más o menos
suerte siempre se han sentido más atraídos.
Hay muchos diplomáticos que han escrito y escritores
que han desempeñado funciones diplomáticas;
hay novelas sobre diplomáticos y diplomáticos
que fabrican novelas. Mencionar a los más conocidos
o a los mejores sólo dará espacio para
que se piense que así como ellos ha habido
muchísimos otros que podrían no merecer
ser llamados ni lo uno ni lo otro. Carlos Herrera
puede llevar ambas etiquetas y hacerle honor a ambas.
Carlos
Herrera, diplomático y escritor, o escritor
y diplomático (aunque quizás el orden
de los factores en este caso sí altere el producto)
es una de las voces más peculiares de la literatura
peruana contemporánea. Desde su primer libro
de cuentos Morgana (1988) hasta sus Crónicas
del argonauta ciego (2002) Carlos Herrera se ha
distinguido siempre por la originalidad de su obra,
que transita entre lo lúdico y lo teórico,
pero siempre con una buena dosis de agudeza e ironía.
Con ocasión de la reedición de Blanco
y Negro: la vida exagera de Ulises García,
El Hablador le
propone un diálogo sobre su vida, obra y por
qué no, pues la literatura es casi una religión
para los que militan en ella milagros.
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1. Sobre la dicotomía
diplomacia/literatura
¿Se
considerara usted un escritor que trabaja como diplomático
o un diplomático que también se dedica
a la literatura?
Mi
vocación primera ha sido y es la literatura.
A la diplomacia llegué un poco por casualidad,
huyendo de ser otro abogado arequipeño. Con
los años más de veinte y
la experiencia, sin embargo, inevitablemente la carrera
diplomática ha pasado a ocupar una parte muy
importante de mi vida, y no hablo solamente en términos
del tiempo invertido. Sus peculiaridades la hacen
más que una chamba. La dicotomía, en
todo caso, no existe. Nadie es unidimensional, felizmente.
¿Cuándo
escribe?¿Cree en la inspiración o en
el trabajo continuo? Con tantas ocupaciones, viajes
y cambios en su vida como diplomático, ¿cuánto
tiempo puede dedicarle a la literatura?
Escribo
cada vez que puedo. Y eso, lamentablemente, hoy no
es mucho, sobre todo porque estoy metido en una novela.
Antes escribía exclusivamente de noche. Hoy
soy mucho más ecléctico. En cuanto a
inspiración, la ducha suele ser un buen momento,
aunque luego la idea debe madurar el tiempo necesario.
Estando en el exterior, aún en sitios complicados,
hay un poco más de tiempo que en Lima. En cuanto
a la lectura, están, ay, muy lejos las épocas
doradas de la infancia en que uno podía leer
prácticamente todo el día colegio
aparte, y esto y la noche. No dejo de leer literatura,
se entiende todos los días, o más
bien todas las noches; aunque sea unas líneas.
¿Cuáles
son los autores que más lo han influido y/o
estimulado a escribir? ¿Podría sentirse
identificado con alguno especialmente?
Me
parece una traición mencionar a unos autores
más que otros, y más aún "identificarse"
con alguno: si uno escribe es porque ha leído,
y leer implica aprovechar plenamente del orgiástico
festín que es la literatura universal. Además,
diferentes libros y autores marcan más en diferentes
edades de la vida. Dicho esto, para no evadir las
reglas del juego, debo referirme a las influencias/estímulos
de Homero en la infancia La Odisea fue
el deslumbramiento inicial, como a los seis años,
a Cortázar en la adolescencia cuando
la literatura tiene que ser entrañable
y a Calvino en la edad adulta, cuando la literatura
que prefiero es una inteligente y bella construcción.
¿Ha
pensado alguna vez en dedicarse exclusivamente a la
literatura?
Je,
je.
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