Lo
verdaderamente "irracional" o "increíble",
entonces, no son los campos de concentración
o los Führer sino el bien. El bien no se puede
describir, no se puede explicar con palabras, y por
esta razón a B. le van a interesar más
"las vidas de los santos", por cuanto las
considera interesantes e inconcebibles.
B. cuenta que un día, en Auschwitz, un hombre
le dio una doble ración de almuerzo, acto aparentemente
simple pero que en realidad encerraba una revelación.
En una situación límite como la de un
campo de concentración, en la que todos velan
por su supervivencia, la posibilidad que se le ofreció
a este hombre de tener una doble ración significaba
una doble posibilidad de sobrevivir. Pero en vez de
hacer esto, y poniendo en riesgo su vida, el "señor
maestro" así llama B. a este hombre
le dio a B. la ración sobrante:
hay
algo y una vez más os pido que no lo
intentéis con palabras, existe un concepto
puro, no contaminado por ninguna materia: ni por
nuestro cuerpo, ni por nuestra alma, ni por nuestras
fieras, una noción que vive como una representación
igual en la mente de todos nosotros, sí,
una idea, por así decirlo, cuya inviolabilidad
o custodia o como queráis llamarlo es la
única verdadera posibilidad de supervivencia
del "señor maestro", pues sin ella
la posibilidad de supervivencia no es para él
tal posibilidad, por el simple hecho de que no quiere
y, es más, probablemente no puede vivir sin
mantener intacto este concepto, sin verlo puro e
íntegro. (4)
Si
Auschwitz, de alguna manera, no tiene explicación,
se debe a actos como los del señor maestro.
Sin embargo, B. dice que no hay que dejar de lado
ni uno ni otro aspecto. No hay que ocultar lo que
pasó en Auschwitz, como tampoco hay que olvidar
actos como los que describe B. Ambos existieron y
es nuestro trabajo averiguar cuál es su verdadera
explicación o, como quiere B.,
su verdadera explicación espiritual.
B. nos cuenta estas anécdotas cuando ya es
viejo y quiere hacer un resumen de todos los hechos
y preocupaciones de su vida. Sin embargo, hay un hecho
o un no hecho central, el más importante
en la novela, y este es el del hijo no nacido. En
su relato, B. nos cuenta que durante su matrimonio
no quiso tener un hijo con su esposa, y, en un principio,
tenemos la sensación de que B. nunca nos va
a dar una respuesta al respecto. ¿Arrepentimiento?
¿Decisión confirmada? Los temas de Auschwitz,
el señor maestro y su vida universitaria se
suceden, pero no encontramos respuesta hasta que nos
damos cuenta que B. ha sido un hombre que siempre
ha vivido en la inseguridad y la desconfianza, y no
se siente con la capacidad de tener un hijo. Desde
que nació, la condición de judío
le significó la marginación en la escuela,
y, posteriormente, Auschwitz. Y cuando salió
de Auschwitz siempre tuvo la sensación de vivir
en un estado de "subalquiler", como si fuera
un extraño:
Sí,
el "sentirse un extraño" significa
estar-abocado-a-lo-extraño, un estado que,
sin embargo, no contiene ni el más mínimo
elemento de fantasía, ni una pizca de imaginación
desbordante y liberada, y se limita a torturar con
el aburrimiento de la rutina y la cotidianeidad,
sí, pues es la carencia total de un domicilio
que, no obstante, no conoce ningún hogar
que yo haya abandonado ni anuncia uno que me espere
y muchas veces me planteé esta cuestión,
inmerso en aquellos estados, como sería,
por ejemplo, la muerte. (5)
Mal
que bien, Auschwtiz y el señor maestro pueden
explicarse. B., a lo largo de su relato de su
texto literario puede dar cuenta de ellos. Sin
embargo, ¿cómo puede hablar de un hijo
no nacido, si este no existió? ¿Cómo
puede tener un hijo por más que con toda
la inseguridad y desconfianza no quiera tenerlo?
B. se encuentra en una encrucijada, en la que los
motivos para tener y no tener un hijo son igual de
válidos. Un hijo es la proyección del
futuro, la perspectiva política de un hombre
(en tanto que un hombre, al tener un hijo, se preocupa
por el futuro, como dice Nietzsche). Pero B. no es
capaz de asumir una paternidad.
El
kaddish es el nombre de una plegaria judía
dirigida a Dios que expresa el deseo de la venida
del Mesías. B. la elige porque este acontecimiento
está relacionado con la resurrección
de los muertos (su hijo no ha muerto pero es necesario
hacerlo vivir). Pero además, B. elige el kaddish
porque tal vez sólo la plegaria el sentido
religioso de las palabras puede rescatar algo
que está más allá de los hechos
y las palabras.
Kaddish
por el hijo no nacido es la relación de
los aprendizajes que B. ha tenido a lo largo de su
vida, y Auschwitz y el señor maestro son un
ejemplo de ello. Sin embargo, es con la experiencia
del hijo no nacido o la no experiencia y luego
la reflexión que B. siente el impulso
de buscar una explicación una explicción
que se convierte en oración para su vida.
Su relato, en realidad, es un discurso dirigido a
Dios, a Dios y a la nada, a algo tan misterioso e
inexistente como un hijo y un hijo no nacido. Por
eso para B. es necesario dislocar la tradicional relación
entre las palabras y los hechos: su palabra en realidad
se refiere a algo que no existe, a algo que no es
ni ha sido real, y pareciera que su voz se queda en
el vacío.
En
la literatura subsiste un elemento sagrado, una voz
sutil que se separa de lo ficcional pero que tampoco
está en lo real, y esto es lo que sucede con
esta novela. Cuando leemos la historia de B. no sabemos
si estamos leyendo la historia de Kertész:
ambos elementos se confunden y pareciera que es una
persona "de verdad" y no un personaje el
que nos está hablando. Sin embargo, este sentido
religioso no estaría completo si no rescatamos
la visión realista del libro. Para B. las experiencias
que ha tenido se pueden encontrar en cualquier experiencia
humana: "no tuve que estar en Auschwitz",
le dice B. a su esposa, casi al final del libro, "para
comprender esta época y este mundo". El
bien y el mal, la vida y la muerte y, con ellas, la
esperanza, se encuentran en todos los hechos humanos.
Y es así cómo toda la historia del hombre
tiene y debe tener una explicación.
©
Mario Granda Rangel, 2003
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(4)
Ibídem, p. 57.
(5) Ibídem, p.
79.
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